2. Zane
ZANE
Maggie cruzó los brazos y me fulminó con la mirada, como si estuviera esforzándose muchísimo por seguir cabreada.
Lo cual me parecía de puta madre. Cuando Maggie se cabreaba, yo me empalmaba.
Lo que significaba que ya estaba bastante más empalmado que hacía un minuto, viendo a un par de tías al azar morreándose.
Sobre todo cuando se le marcaron los pezones contra la camiseta.
Aunque sí que me sentí un poco gilipollas. No tenía ni idea de que estaba ahí dentro.
Mi mirada recorrió la camiseta enorme de los Sex Pistols que llevaba puesta, claramente de un tío. No era el look habitual de Maggie. Tenía los labios hinchados y el pelo, siempre compulsivamente liso, completamente revuelto, como si le hubieran dado algo más que sueño ahí tumbada.
¿Qué coño había interrumpido ahí dentro?
Eché un vistazo por encima de su hombro, pero no vi una mierda, solo la puerta de un baño. Me acerqué más hasta casi rozarla, apoyando un hombro en el marco de la puerta.
—¿Quién cojones te ha estado chupando el cuello? —Mi mirada se había quedado enganchada en la marca que estaba bastante seguro de que era un chupetón.
Ella soltó un ruido exasperado y frustrado en la garganta que hizo que se me subieran los huevos.
No era ningún secreto, al menos para mi polla, que deseaba a esa mujer. Por desgracia para mí y para mi polla, nunca había conseguido ponerle las manos encima más allá de un abrazo.
Maggie y yo éramos «compañeros de trabajo» y «amigos» y no debíamos «ir por ahí».
Según ella.
—Zane —dijo con una educación exagerada—, por favor, tómatelo de la mejor manera posible, pero necesito que te vayas a la mierda ahora mismo.
Lo ignoré. Maggie me mandaba a la mierda al menos una vez al día. Con razón.
Teníamos ese tipo de relación. Yo tenía la confianza suficiente para cabrearla, ella tenía la confianza suficiente para mandarme a la mierda, y al final del día nada de eso importaba. Maggie y yo éramos amigos. De los que a veces querían matarse mutuamente, pero aun así.
¿Qué clase de amigo sería si no me aseguraba al menos de que no estuviera ahí dentro con algún perdedor?
Intenté mirar detrás de ella otra vez, pero cerró la puerta todo lo que pudo, encajándose en la estrecha abertura. Me encajé justo con ella, empujando la puerta un poco más con el hombro. Mi límite era abrirme paso a la fuerza, pero joder. Iba a echarle un ojo al capullo ese le gustara a ella o no.
—Venga, Maggs. Quiero conocerle —le dediqué mi sonrisa más canalla, la que hacía que a la mayoría de las tías se les mojaran las bragas.
¿Maggie? Maggie no era como la mayoría de las tías.
—No seas gilipollas, Zane. Y ¿te importaría tirarte a tus nuevas amiguitas en tu propio cuarto? Tienes el dormitorio principal. Mira, ahí. Detrás de esas puertas grandes y sólidas.
—Ah, no son para mí.
Ella puso los ojos en blanco.
—Ya.
—Las he traído para Jesse —dije, lo cual era verdad, aunque ella no se lo creyera—. He oído que Elle y él se están peleando.
Sí, era un buscapleitos. Pero ¿cuándo no estaban esos dos peleándose?
Joder, si enrollarse no fue la peor decisión que mis dos imbéciles compañeros de banda tomaron jamás. Me apostaba lo que fuera a que rompían al final de esta gira. Mejor para la banda. Mejor para todos.
Adoraba a Elle, era una tía genial, pero mi hermano de banda necesitaba una mamada épica, con urgencia, para recordarle que la vida era demasiado corta para un solo coño. Sobre todo uno que le sacaba de sus putas casillas.
—Bueno —dijo Maggie—, estoy segura de que Jesse y Elle agradecerían el detalle, pero Jesse no está aquí. Estoy yo.
—Guay. ¿Y por qué?
Suspiró.
—Digamos que... hubo una cagada con las habitaciones, ¿vale? —Y entonces empezó a morderse el labio.
—Ya —dije, distraído con la imagen de sus dientes mordisqueando ese labio inferior carnoso. Joder, Maggie tenía una boca que flipas—. ¿Cagada cómo?
¿Y qué coño le había pasado al humor de esta tía desde que la vi en el vestíbulo hacía una hora, toda sonrojada y jodidamente contenta?
Le quedaba genial, y yo quería un poco de eso.
Me pasé un poco, acorralándola contra la pared, y durante un nanosegundo, mientras esos preciosos ojos grises parpadeaban mirándome, pensé que igual aceptaba mi invitación a salir de fiesta, cosa que no hacía nunca.
Yo siempre se lo pedía. Ella siempre decía que no.
Era una especie de ritual.
Quizá por una vez no debería habérmelo tomado como un caballero.
—Mira, es una mierda que tengamos que compartir suite —dijo, ignorando mi pregunta—. Pero cada uno va a hacer lo que va a hacer. —Ladeó un poco la cabeza, echando un vistazo detrás de mí—. Pero en serio, ¿podemos poner el límite en la coca?
Esperé hasta que sus ojos grises volvieron a encontrarse con los míos.
No me gustaba ver la preocupación en ellos.
.. pero Maggie siempre se preocupaba de que yo recayera en un barril de whisky.
Lo entendía. La cocaína nunca fue lo mío, pero Jack Daniel's no era precisamente un tío difícil de encontrar en un hotel de Vegas.
Así que le di lo que quería, porque sí. Era Maggie. Y yo estaba así de pillado.
—Eh, Blancanieves —llamé a la morena de la cocina—. Es hora de irse, guapa.
Estaba bailando sola con Marvin Gaye, pero Natalie saltó de la mesa de centro, arrastrando a la otra rubia con ella para formar un muro protector de zorras.
—¡¿Qué?! —graznó Nat, y luego me puso unos morritos teatrales—. Si ella se va, nosotras también.
—Pues iros —dije.
—¡Zane! ¡¿Qué cojones?! ¿Quién coño es ella? —Nat estaba ahí en bragas, totalmente indignada, mirando a Maggie como si hubiera pisado una mierda.
Lo cual me puso frío como el hielo.
—Mueve tu culo de guarra de aquí, Nat.
A Natalie se le cayó la mandíbula. Tenía una buena boca si querías que te la chupara, pero aparte de eso, me hacía un favor si la mantenía cerrada. Era la única de ellas a la que había conocido antes de hacía media hora, y eso no era precisamente una recomendación para el resto.
—Eres un auténtico gilipollas —soltó, tirando de su falda.
—Eso me dicen.
Nat bufó, recogió el resto de su ropa y se largó con su amiga la cocainómana. La otra rubia se puso una camiseta por encima de sus tetas operadas, me dio un beso en la mejilla, le echó a Maggie un repaso desdeñoso y se fue.
—¡Que no te vayas a dar con la puerta en el culo al salir! —le gritó Maggie, y luego masculló—: No vayas a pegarle la clamidia.
Me quedé mirando a Maggie y ella me devolvió una sonrisa totalmente falsa.
Pero qué interesante.
Seis años hacía que la conocía, y nunca la había visto con este humor en particular. Normalmente se guardaba sus cosas. La Maggie tranquila y controlada; no era fácil, ni siquiera para mí, alterar a esa mujer. Pero ahora mismo estaba claramente cabreada de cojones... y frustrada.
¿Sexualmente frustrada?
Si no la conociera mejor, hasta diría que estaba celosa.
Fuera lo que fuera, me estaba provocando un empalme brutal.
Soltó un ruido irritado con la garganta y seguí su mirada; las otras dos tías seguían dándose el lote en el sofá, pero ahora estaban en horizontal y más o menos haciendo tijeras.
—Buenas noches, Zane.
Maggie intentó cerrar la puerta, pero la paré con el pie.
—Vaya humor que tenemos...
—Eh. —Un capullo sin camiseta apareció detrás de Maggie, pasándose la mano por su pelo desgreñado, y un fogonazo de celos asesinos me estalló como un petardo en las tripas—. ¿Todo bien? —Me miró a los ojos y me saludó con la barbilla.
Puto Coop.
Parpadeé, porque no me lo podía creer.
¿Maggie se estaba follando a Coop?
Hostia, no.
Yo estaba totalmente a favor de follar, en general.
Hasta estaba bastante seguro de que en alguna rara ocasión algún imbécil se me habría colado y habría conseguido meterse debajo de la falda de Maggie.
No era idiota. Una tía tan buena como Maggie había catado polla en algún momento de la historia, aunque fuera demasiado jodidamente discreta, por no hablar de estirada, como para dejarlo entrever.
Pero ¿esto? Ni de coña.
Pero ni de puta coña.
—Danos un minuto —le dijo a él con dulzura, con una dulzura de cojones, en un tono que a mí desde luego nunca me había oído usar—. Ya sabes, cosas de la banda.
—Ah. Claro. —Coop desapareció, a regañadientes. Sin coña. Yo también me pondría impaciente si Maggie estuviera hablando con algún capullo en la puerta en vez de cabalgándome la polla.
—No te estás follando a Coop —dije, lo bastante bajo para que él no lo oyera, inclinándome para asegurarme de que ella sí, con la cara vuelta hacia la suya.
No retrocedió. Solo me fulminó con la mirada, entrecerrando los ojos y frunciendo esa boca tan dulce, toda cabreada y menuda.
Y por eso me encantaba pelear con Maggie. Estaba tan jodidamente buena cuando se enfadaba. Buena, y mona de cojones. Adorable. Como un gatito salvaje.
Además, si le daba en el punto justo y perdía los nervios, le costaba mucho más ignorarme, que era lo que solía intentar cuando le tocaba las narices.
—¿Te estás follando a Coop? —insistí.
—Noticia de última hora, Zane —me espetó—. No eres el único que puede querer hacerlo en esta suite de hotel tan absurdamente elegante, ¿vale?
—Hostia, pero es que... ¿Coop?
Me fulminó con la mirada, una tormenta gestándose en sus ojos grises. Luego gruñó. Literalmente gruñó, grave, desde la garganta, y juro por Dios que casi me corro en los pantalones.
—¿Qué coño tiene de malo Coop?
—¿Por dónde quieres que empiece? Para empezar, no soy yo.
—Ni hablar —dijo, pellizcándose el puente de la nariz—. No voy a hacer esto. No voy a entrar en esto contigo.
—Entremos —dije, metiéndome otro centímetro en la habitación, con el pulso latiéndome en la polla, empujándome a seguir.
—No. —Me puso la mano en medio del pecho, manteniéndome a raya—. Ha sido una noche de mierda, no he follado desde Navidad, y no me vas a joder esto.
Y me cerró la puerta en las narices.
¿Navidad?
Navidad fue hacía casi cuatro meses.