3. Maggie #2
¿Quién coño olía tan increíble todo el rato?
Observé cómo cruzaba la terraza y dejaba la botella en una de esas mesas raras de mosaico con motivos pseudogriegos, fuera de mi alcance.
—Quien decoró esto, vaya horterada de mierda —masculló.
Sí. Lo era.
Consideré protestar por lo del champán, pero ya me había bebido media botella de todas formas, y a decir verdad no me gustaba beber delante de Zane. Me sentía un poco mal. Como comerte un trozo enorme de tarta de chocolate delante de alguien a dieta... solo que mucho peor.
Quizá como si la persona fuera mortalmente alérgica al cacao y un bocado pudiera acabar con su vida.
Porque eso era lo que el alcohol podía hacerle a Zane.
No me gustaba ni verle tocar la botella, pero joder, había que tener algo de fe en la capacidad del hombre para no autodestruirse.
No podías hacer de niñera con él todo el rato.
Dios sabe que lo había intentado.
Vi cómo acercaba una silla al otro lado de la mesa, una recta, no una tumbona como la mía. Se sentó con los muslos bien abiertos, el botón de arriba de los vaqueros desabrochado, y se echó bien hacia atrás. Se había quitado el chaleco de cuero y se había cambiado la camiseta por una blanca.
Debí de dejarle la otra oliendo a bajista ñoño.
Él también se había duchado. Tenía el pelo aún un poco húmedo, peinado hacia atrás, retirado de la cara. Le hacía parecer más duro y, de algún modo, más guapo de lo que ya era normalmente —que ya era guapísimo de cojones— mientras me miraba con sus ojos azules afilados como el hielo.
Dios, era precioso.
Ese hombre había nacido para ser una estrella; eso lo veía cualquiera.
Pero, dejando aparte la belleza, aunque Zane Traynor estuviera arrugado, jorobado y cubierto de verrugas, estaba bastante segura de que igualmente encontraría la forma de metérseme bajo la piel.
Era esa forma suya de hablar, la calma personificada; esa forma de ocupar espacio, como el rey de la selva; esa forma de cantar, un regalo divino para el rock.
Joder, la forma de respirar. Incluso la forma en que funcionaba su mente retorcida.
.. La forma en que me miraba como si quisiera comerme viva, exactamente como estaba haciendo ahora.
.. Sí. La lista de cosas de Zane que me jodían la cabeza y el cuerpo momento a momento era interminable.
Nunca sabía cómo me iba a dejar sin aliento la próxima vez. Solo sabía que lo haría.
Siempre.
Observé cómo sacaba un Zippo, una bolsita de hierba y un paquete de papel de liar del bolsillo y decía:
—¿Quieres contarme qué te tiene con las bragas en un puño?
Sí. Así, sin más.
El rey de la calma.
El hombre me había tirado al suelo y luego había escupido en ese suelo, todo porque le besé, y ahora la del problema era yo. Tenía todo el sentido, la verdad, siendo ese nivel de locura un momento normalito en la vida de Zane Traynor.
No tanto en la mía, y como la cabeza me daba un poco de vueltas por todo el champán, me permití esperar no haberle oído bien.
—¿Perdona?
—Venga, dale —dijo, entrecerrando los ojos mientras señalaba el helado con la barbilla—. Reconozco a una yonqui cuando la veo.
No se equivocaba en eso. Yo era una adicta total al dulce, y por muy cabreada que estuviera con él, no tenía sentido desperdiciar un buen helado.
Así que vertí el sirope caliente y espeso de chocolate por encima y me lancé a por él mientras él iba colocando hierba en el pliegue de uno de los papelillos.
Si esto era una ofrenda de paz, era increíblemente efectiva.
A medida que el helado iba haciendo efecto, definitivamente podía admitir que estaba más cabreada conmigo misma que con él.
Por mucho que me irritara su calma suprema.
Observé cómo pasaba la punta de la lengua por el borde del papel y sellaba el porro.
Encendió el Zippo y lo prendió, luego se guardó el mechero.
Me ofreció el porro, pero negué con la cabeza.
Lo último que necesitaba era algo más nublándome el juicio esta noche.
Probablemente ni debería haber abierto el champán, pero cuando lo hice no pensaba que fuera a volver a verle.
Le dio unas caladas cortas, exhalando una voluta de humo mientras me estudiaba.
Aunque rara vez fumaba, me encantaba el olor de la buena hierba.
Pero no me gustaba que Zane se fumara un porro.
Con el tiempo, me daba miedo que simplemente reemplazara una adicción por otra.
Tampoco me cortaba en decirlo. Lo habíamos debatido hasta la saciedad, y fue Brody, no Zane, quien al final me convenció de dejarlo estar.
Deja que el hombre fume su hierba. Ha vencido a un demonio considerable, y no se hace eso sin ganarse algunas cicatrices.
Esa era la lógica masculina marca Brody, pero como normalmente acertaba en todo lo relacionado con la banda y su negocio —profesional y demás—, por no hablar de que era el maestro indiscutible de desactivar situaciones que de otra forma acabarían conmigo estrangulando a Zane, lo dejé correr.
No significaba que me gustara.
Zane arqueó su ceja canalla, la del doble piercing, mientras yo le veía fumar. Le dio otra calada lenta, sin apartar los ojos de los míos.
—Tus bragas —dijo, entrecerrando sus ojos azules mientras exhalaba humo—. Las tienes hechas un puño esta noche, Maggs. ¿Me vas a contar de qué va esto?
La cuchara se me quedó congelada a medio camino de la boca, y había que tener mucho valor para interponerse entre mi helado y yo.
Dejé el bol, las ganas de comer abandonándome, y tiré la cuchara dentro para que repiqueteara con fuerza.
Luego respiré hondo, buscando en lo más profundo las fuerzas, la paciencia y la voluntad de resistirme a cometer un asesinato que intuía que esta conversación iba a requerir.
—No sé, Zane. Quizá podrías decirme por qué tienes que subir el nivel de locura hasta once. O sea, todo el mundo sabe que ya estás bastante loco tú solito... pero nos metes a ti y a mí solos en una habitación, y Dios santo.
Se lo pensó un momento, con aspecto de estar completamente imperturbable. Luego su mirada se deslizó hasta la abertura de mi albornoz, donde mis muslos estaban a la vista, demorándose un momento en mi piel desnuda.
—Porque no puedo pensar como una persona cuerda, joder, cuando estás cerca y la tengo empalmada.
Sí. Eso ya lo habíamos establecido.
Pero por mucho que intentara fingir que no pasaba, el coño se me contrajo con sus palabras. Eso sí, era un coño imbécil. Por eso no mandaba él.
A diferencia de la polla de Zane, que claramente sí mandaba.
—No iba a pasar nada, Maggie —añadió, como si me leyera el pensamiento, con la voz baja y tranquila—. Estabas sufriendo. Se te veía.
¿Sufriendo? Sí, estaba sufriendo. Pero no tanto por Coop, que probablemente era lo que él pensaba.
—Pienses lo que pienses de mí y de mi historial con las mujeres, nunca te haría algo así.
Bueno, eso me ablandó.
—Lo sé —dije.
En el fondo lo sabía. Pero era muy agradable tenerlo claro.
—De todas formas —añadió—, no me follo a mujeres que han bebido.
Parecía tan jodidamente serio que casi me entró la risa.
—Ya. ¿Fumas mucha hierba?
—Es totalmente diferente. No me afecta igual.
—¿Afectar?
¿Así es como lo llamábamos?
Yo había visto al hombre borracho, prácticamente a diario, los primeros meses que trabajé con él, y afectar ni siquiera empezaba a describir el estado en que se ponía después de unas cuantas.
—Es difícil de explicar —dijo, apartando la vista—. Tentación no es la palabra exacta, pero como no tengo una mejor... el alcohol y las mujeres juntos... esa es una tentación que no puedo aguantar.
Joder.
Joder.
Mi risa incrédula murió cuando de repente me puse seria. Y ahora me sentía aún peor por haberme lanzado sobre él... y por haberle metido mi lengua en escabeche hasta la garganta.
Vale, tampoco es que estuviera borracha ni nada, pero aun así.
No es que supiera, cuando me bebí ese vodka, que Zane iba a aparecer y cortarle el rollo a Coop, y mucho menos que iba a lanzarme sobre él y atacarle la cara. Si lo hubiera sabido, habría dejado el alcohol en paz.
Pero aun así. Tampoco iba a ponérselo fácil.
Era tremendamente impresionante que Zane no hubiera probado una gota en casi seis años, sobre todo teniendo en cuenta el mundo en el que vivía, y estaba orgullosa de él por eso.
Pero los dos sabíamos que esos seis años de sobriedad duramente peleados podían terminar de forma estrepitosa con un solo trago.
—¿No? ¿Y qué pasa con las tías que esnifan coca de la encimera de la cocina?
Se me quedó mirando, impasible.
—Me deshice de ellas, Maggie. ¿Qué más quieres que diga? Si hubiera sabido que estabas aquí, no las habría subido.
Se agradecía que lo dijera, y se notaba que lo decía en serio.
... Y ahí radicaba lo más peligroso de Zane Traynor.
Es decir, que yo era lo bastante masoquista como para preocuparme por su culo, lo cual hacía de él y de todo lo que hacía una amenaza para mi bienestar.
.. sobre todo cuando me miraba como lo estaba haciendo ahora; como si yo le importara, incluso más de lo que le importaba echar un polvo.
Y a Zane le importaba mucho echar un polvo.
—Mira, no podemos tener mierda entre nosotros, Maggs. Así que vamos a sacarlo —le dio una última calada al porro y aplastó la colilla en uno de esos maceteros horteras grandes con forma de sol sonriente—. Quítate las putas gafas de sol.
Me las quité con naturalidad, como si hubiera tenido intención de hacerlo de todos modos. En realidad, se me había olvidado que las llevaba puestas.
No estaba tan oscuro en la terraza como pensaba. Las lucecitas colgantes a lo largo de las paredes la iluminaban bastante. Era algo mágico, la verdad.
Romántico.
Lástima que no iba a poder disfrutarlo de esa manera.
—No quería apartarte, Maggie —dijo, con un tono suave y sincero—. Lo siento muchísimo, joder. —Me miró durante un largo, largo momento, sin pestañear, sus ojos azules fríos ardiendo en los míos—. ¿Me sigues en eso?
—Sí, Zane —dije en voz baja—. Te sigo.
Quizá demasiado.