1. Maggie
MAGGIE
Dos horas antes…
Estaba de pie en medio del enorme y reluciente baño, intentando no imaginar cuánto habría costado aquella suite de hotel si hubiéramos tenido que pagarla. E intentando no pensar en por qué no teníamos que hacerlo.
Le había dicho a Coop que se sirviera el champán de cortesía, porque yo no pensaba bebérmelo ni de broma.
En vez de eso, cogí uno de los vasitos que había junto al lavabo y me preparé un vodka con arándano, sirviéndome de la botella de Stoli que había pagado yo misma.
Después abrí mi neceser de viaje en el suelo y respiré hondo.
La última hora de mi vida había sido un desastre total, y la conversación con mi padre era más o menos lo más opuesto a un afrodisíaco que existía. Solo necesitaba unos minutos para centrarme y cambiar el chip.
Le di un trago a mi copa y me evalué en la pared de espejos. Todavía llevaba los vaqueros y la chaqueta que dejaba el ombligo al aire con los que había ido a cenar con el equipo, pero ya había decidido que la ocasión requería algo mucho más sexy.
Rebusqué entre mis cosas, desenterré la lencería nueva y le arranqué las etiquetas. Después repasé mi lista mental mientras me desvestía.
La banda estaba instalada en el hotel, habían terminado con las entrevistas promocionales que les había organizado durante el día, y oficialmente tenían la noche libre.
En Las Vegas. La última vez que vi a cada uno de ellos, se habían dispersado en distintas direcciones en busca de sexo (Zane), alcohol (Dylan) y/o soledad (Jesse y Elle).
La noche siguiente era el último concierto de la gira y todos iban cargados con un cóctel peligroso de expectación, adrenalina y hormonas.
No era la clase de peligro ante el que yo pudiera hacer gran cosa, aparte de quitarme de en medio y estar disponible para recoger los platos rotos después.
Mi jefe, Brody, y yo éramos la dirección del grupo, lo que significaba que organizábamos los bolos, nos asegurábamos de que todo el mundo cobrara y, en general, manteníamos el dinero circulando.
Pero también significaba que nos tomábamos la responsabilidad de que todo el mundo se mantuviera relativamente cuerdo, así que la realidad era que, si algo se iba al traste entre ahora y el concierto de mañana, mi móvil iba a explotar como las luces de Freemont Street, y no era como si pudiera ignorarlo.
La historia de mi vida, pero al menos todo estaba como debía en ese frente.
Seguridad, equipo y material estaban controlados y todo estaba listo para que Dirty, la banda de rock más caliente del planeta y mis increíbles jefes —joder, sí— arrasaran en el nuevo recinto del Strip de Vegas.
Y aunque estaba emocionada con el concierto de mañana de esa manera agridulce que marcaba el final de cada gira, lo que de verdad me apetecía era una distracción momentánea de toda aquella locura.
Una distracción de índole sexual. Porque los Penny Pushers también estaban en la ciudad para el concierto, y eso significaba que esa noche iba a follar.
Me puse el babydoll cortito de encaje con el tanga a juego, ambos de un verde lima vibrante que quedaba increíble con mi tono de piel. Gracias a mi madre, tenía una piel color miel impecable, que siempre había considerado mi mejor rasgo. Sobre todo porque hacía que me pareciera menos a mi padre.
Normalmente, cuando la gente se enteraba de quién era, asumían que querría que me asociaran con él. Al fin y al cabo, era rico y famoso.
Pero esa era la gente que no le había conocido.
Le di un par de tragos más a mi copa, me recolocé el escote con las copas rígidas tipo demi del babydoll y me retoqué el maquillaje, dejando que el alcohol y la hiperrealidad bizarra de aquel momento me fueran calando.
Yo, Maggie Omura, estaba a punto de follarme a una estrella del rock.
¿Qué pensarías de esta, mamá?
Se reiría, supuse. A carcajadas. Porque esto iba completamente en contra de La Regla.
La Regla me la había inventado yo misma cuando empecé a trabajar para Dirty hacía seis años.
En realidad, me había inventado muchas reglas.
¿Qué coño sabía yo? Era una empollona idealista de diecinueve años con estrellitas en los ojos.
Pero, como descubrí en la tormenta de mierda absoluta del caos del rock ’n’ roll en que pronto se convirtió mi vida, solo había una regla que merecía la pena conservar.
No follarse al talento.
Cuando conocí a Dirty, su primer disco acababa de arrasar en las listas de éxitos y venían de su primera gira mundial.
Yo era ingenua e inexperta, pero tenía cabeza para los negocios y lo único que había querido siempre era trabajar en la industria musical.
Conseguí meter un pie increíblemente precario por la puerta gracias a una potra increíble: resultó que compartía clase en la universidad con la hermana del guitarrista de Dirty, Jesse Mayes, y nos habíamos hecho amigas.
También tenía el enamoramiento más descomunal y estúpido del mundo con Zane Traynor, chico malo rubio y vocalista lunático…
y cuando clavó aquellos ojos azul hielo en mí, supe que la única manera de no cagarla era vivir, respirar y soñar con La Regla.
Con los años, La Regla me había mantenido fuera de problemas. De muchos problemas. Sin embargo. A veces las reglas se quedaban obsoletas. Necesitaban una pequeña revisión. O una excepción estratégica.
Y como no me iba a tirar a un miembro de la banda para la que trabajaba, no contaba del todo, ¿verdad?
—¿Maggie? —Coop llamó a la puerta esmerilada del baño, con diversión y un toque de preocupación en la voz—. ¿Piensas salir algún día? —También sonaba cachondo, con la voz baja y un poco más ronca de lo habitual.
Perfecto.
Me eché hacia atrás para comprobar el resultado y me sentí ridículamente sexy durante unos cinco segundos, sabiendo que le iba a encantar…
hasta que caí de verdad en que había comprado la lencería por eso.
Porque Andy Cooper había mencionado, hacía meses, que estaba buenísima con ese color.
Lo que significaba… sí. Le estaba poniendo demasiado empeño a esto.
Más o menos como hacía con todas-y-cada-una-de-las-puñeteras-cosas.
Pero esto era raro, ¿no? ¿Cruzar una línea?
Coop era solo un rollo, y ninguna mujer en su sano juicio compraba lencería cara y sexy solo para un tío con el que se estaba enrollando, a menos que buscara convertir esos polvos casuales en polvos de quédate-después-y-repite, seguidos de polvos de despiértate-juntos-a-la-mañana-siguiente-y-otra-vez.
Y yo definitivamente no buscaba eso.
¿O sí?
Me alisé el pelo largo y oscuro y me mordí el labio frente a mi reflejo. Sexy. Pero sí, raro.
—¿Maggie? —Coop volvió a llamar.
Me bebí el resto de la copa de un trago. —Ya voy.
¿Lencería sí o no? Podía quitármela, salir desnuda…
Veto.
¿Ponerme los vaqueros otra vez?
Tomé una decisión ejecutiva a favor de la lencería, respiré hondo y abrí la puerta. A pesar de que lo que sentía por Coop no era tan especial como la lencería sugería, mi noche se había ido a la mierda y necesitaba de verdad esta distracción.
Solo esperaba que le diera tiempo a ayudarme a soltar toda esta tensión; podía llevar un rato.
Coop se echó hacia atrás, alzando las cejas mientras me devoraba con la mirada.
Llevaba una camiseta vintage de los Sex Pistols con las mangas cortadas, luciendo unos brazos francamente decentes, con vaqueros grises y un cinturón de tachuelas.
Tenía el pelo rubio hecho un desastre, como siempre, y una sonrisa pícara se le dibujó en la cara.
—Joder. Maggie… hostia. —Se pasó la mano por el pelo—. Me siento un poco mal vestido.
—Pues vamos a desvestirte —dije, dejando que mi zorra interior tomara el mando mientras le agarraba de la camiseta y le arrastraba hasta la cama enorme.
Yo había reclamado el más pequeño de los dos dormitorios de la suite del ático, pero la cama era de matrimonio tamaño king, lo que me hizo preguntarme qué habría en el dormitorio principal. ¿Tamaño harén?
Apropiado, teniendo en cuenta quién iba a dormir allí.
Ni se te ocurra ir por ahí.
Tiré de Coop hacia mí y nos fundimos en un beso hambriento, ligeramente torpe.
Me empujó contra la cama, su peso cálido acomodándose sobre mí.
A pesar de la oferta de champán gratis, sabía vagamente a cerveza, lo que me recordó haberle encontrado en el bar del hotel hacía media hora…
lo que me recordó haberme topado con Zane más o menos media hora antes de eso…
NO. Vayas. Por. Ahí.
El cuerpo de Coop era delgado y duro mientras se restregaba contra mí, sus caderas arrastrándose sobre las mías, el bulto inconfundible de la erección en sus vaqueros encendiéndome chispas de placer entre las piernas, y jadeé.
Oh, joder, sí… Esto era exactamente lo que necesitaba.
Me besó el cuello bajando y gemí, arqueando la espalda, metiéndome en el asunto mientras me chupaba la garganta…
Hostia puta. Me quedé rígida cuando unos gritos de alegría y carcajadas estallaron en la habitación de al lado, la sala principal de la suite del ático.
Varias voces de mujer.
Coop ni pareció notarlo. Ni importarle. Siguió restregando su polla dura contra mí y me besó de nuevo.
Cerré los ojos mientras su peso me presionaba contra el colchón, sus caderas moviéndose más rápido contra mí, su cuerpo calentándose.
Me agarró el pecho, apretando fuerte, y hundió la lengua en mi boca.
Entonces le oí. Le oí a él. A mi «compañero de piso» para esa noche. Su voz ronca tan cerca, justo al otro lado de la puerta del dormitorio, que me encogí.
Se me abrieron los ojos de golpe. Me aparté bruscamente, parando a Coop con la mano en el pecho, tan de repente que nos sobresalté a los dos.
Miró mi mano mientras yo jadeaba debajo de él. —¿Estás bien? —preguntó, desorientado—. ¿Te he hecho daño?
—No —conseguí decir medio ahogada, aclarándome la garganta.
Joder.