Tan canallas como nosotros
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Prólogo
MAGGIE
La moqueta roja estaba desgastada bajo nuestros pies. El altar era un único escalón, también cubierto de moqueta roja, en el que estábamos junto con el oficiante.
El oficiante llevaba una cazadora de cuero negro de motero, una camiseta desteñida de Steppenwolf, unos vaqueros raídos y botas de motorista. Una biblia de cuero negro decorada con tachuelas plateadas descansaba abierta sobre sus manos.
Yo llevaba un vestido rosa.
La sala era pequeña y no tenía ventanas. El techo era abovedado y las paredes eran negras, cubiertas de neones de cerveza y discos de platino de imitación.
Había una fila de ocho sillas gris metalizado, cuatro a la derecha del pasillo y cuatro a la izquierda, de las cuales dos estaban ocupadas. Una mujer a la que no conocía estaba de pie al fondo de la sala con una sonrisa cortés. Un hombre armado hacía guardia junto a la puerta.
Fuera, el tráfico sonaba con un rumor constante que, de vez en cuando, hacía vibrar la quincalla hortera de las paredes.
En la sala de al lado, una canción espantosa sonaba débilmente en bucle. Una canción de rock cutre y guarrilla sobre una colegiala.
Cerca de mí, alguien hablaba.
Pero lo único que yo oía era aquella vieja canción de Steppenwolf, Magic Carpet Ride, sonando en mi cabeza.
La oía como Zane la había cantado una vez, sentados alrededor de una hoguera, bebiendo Jäger de una botella que iba pasando de mano en mano, con esa voz tan cruda, tan ahumada y tan bonita que me puso la piel de gallina.
La oía como mi madre la ponía, a todo volumen, en su viejo tocadiscos destartalado, mientras bailaba en la cocina con una de sus blusas vaporosas y unos pantalones cortados.
Podía verla ahora, bailando descalza, con un aspecto tan, tan joven.
Y deseé que estuviera aquí.
Estaba cogida de sus manos, y me temblaban las rodillas. Podía sentirle el pulso en los dedos que me envolvían con fuerza. Su pulgar me acariciaba los nudillos de un lado a otro, pasando por encima del anillo nuevo que llevaba en el dedo, mientras yo respiraba corto y despacio.
Me estaba mirando. Lo sabía. Podía sentir el calor de su mirada recorriéndome la cara.
—Maggie.
Cogí aire y sentí su pulso, una vez… dos… Después levanté la vista hacia aquella cara preciosa. Sus ojos de un azul hielo sostuvieron los míos. Me apretó ligeramente las manos.
Zane.
Yo.
Cogidos de la mano en el altar.
Hostia puta.
—Esa es tu señal, nena —dijo Zane, y me di cuenta de que el hombre de la cazadora de cuero era quien había estado hablando. A mí. Todo el mundo me miraba y esperaba.
Y yo me quedé mirando a Zane.
Las comisuras de sus ojos se contrajeron. Sonrió ligeramente y no pude evitarlo. Nunca podía, cuando se trataba de él.
Le devolví la sonrisa.
—Sí —dije, en respuesta a la pregunta del hombre, pero la palabra se me quebró y salió como un susurro. Me aclaré la garganta y encontré la voz—. Sí, quiero.