21 Seth
SETH
Era lunes. Una nueva semana.
Estaba sentado en el estudio casero de Elle, solo, con las piernas cruzadas en el suelo frente a los grandes ventanales abiertos, tomando café mientras el sol del atardecer y el aire fresco de la costa me bañaban.
Estaba trabajando en una canción nueva, una de mis acústicas favoritas en el regazo.
Le había pedido a Michelle que me la enviara desde Boston, y había pedido que me mandaran unas cuantas más desde Austin y L.A.
Mis guitarras eran como el resto de mis cosas; desperdigadas por toda Norteamérica.
Llevaba diez días seguidos tocando con Elle, aquí en su estudio.
Habíamos pasado la mayor parte de ese tiempo trabajando en canciones nuevas, y el fin de semana habíamos empezado a grabar.
Hacía cinco noches, le había enseñado los resultados de mis análisis, pero ella seguía sin tocarme.
No me había dado ninguna indicación de que quisiera que la tocase.
Y aunque me estaba matando en silencio, no poder alargar la mano y atraerla hacia mis brazos, difícilmente podía presionarla.
Ella dijo que así era como lo quería. Que lo que había pasado era solo sexo. Y por lo visto, «solo sexo» significaba una sola noche de sexo. Y la mañana siguiente. Y ya está.
Yo seguía sin creerme que eso fuera todo lo que había entre nosotros. Pero no iba a forzar las cosas.
Elle ya estaba en una situación complicada de por sí.
Sabía que aún no les había dicho a los chicos de la banda, ni a Brody, lo que estaba haciendo aquí, en su casa, conmigo. Si yo hubiera sido mejor hombre, quizá me habría apartado de su vida sin más, se lo habría puesto más fácil.
Pero no lo hice.
Me había quedado a dormir en el sofá de Ray unas cuantas noches más para poder pasar tiempo con él por las mañanas, desayunar, hablar de deportes y otras mierdas que a mí me daban igual pero a Ray no.
Ray me importaba, así que le dedicaba ese tiempo.
Pero cada día estaba deseando volver aquí.
Venía en cuanto Elle me mandaba un mensaje diciendo que estaba levantada y lista para tocar.
Desde que me había registrado en el hotel, sin embargo, las cosas se habían puesto más difíciles.
Al menos en casa de Ray sentía que servía para algo.
Ahora, cada noche mientras yacía en la cama del hotel, solo, pensaba en hacer las maletas y largarme.
En dejar a Elle en paz de una puta vez, como debería haber dejado en paz a Jessa todos aquellos años atrás.
Había demasiadas similitudes incómodas.
El gran y feo secreto de todo aquello.
Las mentiras que Elle iba a tener que contarle a la banda por mi culpa.
El hecho de que probablemente estaría mejor sin mí, sin esta complicación de cojones en su vida.
Simplemente no podía creerme que ella aguantara este tipo de complicación si solo era para hacer algo de música y tener una noche trepidante de sexo. Eso podía conseguirlo de muchos otros hombres, sin las complicaciones.
Lo cual me dejaba por las noches tumbado en la cama, mirando al techo con la pregunta martilleándome la cabeza: ¿Por qué yo?
Pero cada día, apartaba esa pregunta a un lado y disfrutaba de esto por todo lo que valía —que era muchísimo. Porque cada día, los días que tocaba con Elle en su estudio, se sentían como los mejores que había tenido en mucho, mucho tiempo.
Los mejores desde que había perdido a Dirty.
No sabía cómo renunciar a esto. A esto, lo mejor que tenía en mi vida.
Aunque fuera egoísta. Aunque no fuera lo mejor para Elle.
Miré alrededor de su estudio… Esta preciosa habitación blanca con sus techos altos y el retrato multicolor de Bob Marley en una pared, un par de discos de platino de Dirty colocados sin mucho cuidado, torcidos, en otra.
El sillón grande y mullido tapizado de pelo sintético blanco.
Las revistas femeninas y las revistas de música todas mezcladas en la mesa de centro, con pendientes sueltos y tubos de brillo de labios y botes de pintauñas.
La única foto, cuidadosamente enmarcada y colocada en una estantería —de Elle cuando era adolescente, quizá de dieciséis años o así, con sus padres y su hermana pequeña, todos acurrucados juntos en un sofá.
Esta habitación… se sentía como el espacio sagrado de Elle.
Aún me asombraba que me hubiera dejado entrar aquí. A veces, era más fácil entender que me hubiera dejado entrar en su cama que en esta habitación.
Hoy ella no estaba. Dirty había reanudado las audiciones. Lo que significaba que había perdido cualquier oportunidad que hubiera tenido con ellos, si es que había tenido alguna. Oficialmente estaban continuando su búsqueda para sustituirme.
Pero yo aún tenía esto.
Tenía la música que Elle y yo estábamos haciendo, los largos días en su estudio, a veces hasta bien entrada la noche. Y hoy, mientras ella estaba en las audiciones, me había dejado estar aquí aunque ella no estuviera.
Hacía como una hora, me había mandado un mensaje para decirme que venía de camino a casa y preguntarme si quería quedarme.
Un rato después, me escribió otra vez para decir que quizá podíamos pedir comida a domicilio, pero mientras tanto, yo ya le había preparado la cena.
Pensé que era lo mínimo que podía hacer, ya que me había dejado estar aquí mientras estaba fuera —aunque resultaba extrañamente doméstico.
Extraño porque no estaba acostumbrado a hacer la cena para nadie que no fuera yo mismo.
Los pocos días que había pasado en Hawái con Elle y su equipo, había cocinado más comidas para otras personas que en años.
Pero no era una mala sensación.
La verdad es que, si dejabas a un lado toda la mierda con Dirty y toda la mierda que me daba miedo causarle a Elle, me sentía verdadera, profundamente bien por primera vez desde lo que había pasado con la banda a principios de este año. Cautelosamente bien.
Cuando oí a Elle entrar en la casa, fui a la cocina a comprobar el pollo.
Ya me había dicho a mí mismo que no metiera el morro.
Que no le preguntara qué tal le había ido el día.
A no ser que ella lo sacara. Me iba a matar no preguntar, no tener ni idea de lo que estaba pasando en las audiciones, pero si ese era el precio que tenía que pagar por estar aquí, con ella, lo pagaría.
Lo primero que salió de su boca fue: —Joder, qué bien huele aquí. —Apareció desde el recibidor principal y se quedó allí de pie, mirándome, como si tuviera miedo de haberse equivocado de cocina, como si esta no pudiera ser su casa.
—He hecho algo de cenar —dije, volviendo a poner la tapa de la olla de cocción lenta.
—¿Has hecho la cena? —repitió, como si fuera la cosa más asombrosa e increíble del mundo.
—Sí. —Me encogí de hombros—. Solo un poco de pollo con miel y ajo con arroz salvaje. Y una ensalada.
Se me quedó mirando boquiabierta.
—Es… eh… algo que me va —expliqué—. Desde que me desenganché. Ya sabes, un estilo de vida más sano. Comer bien.
—Pero no tenías por qué hacer esto. Podríamos haber pedido comida. —Dejó caer el bolso y se adentró más en la cocina—. No tenías que pasarte el día cocinando cuando preferirías estar haciendo música… —Se paró justo a mi lado y espió a través de la tapa de cristal de la olla.
—Me llevó como quince minutos prepararlo —dije, observándola—.
La olla hizo el resto. —Tenía el pelo alisado sobre un hombro en una trenza larga y su garganta desnuda estaba tan cerca de mí que podía oler ese aroma cálido, casi especiado, suyo.
Como coco y ron. Casi presioné mis labios contra su piel suave.
No lo hice.
Me miró. —Ni siquiera sabía que tenía una olla de cocción lenta.
—No la tenías —le dije, sintiéndome bastante idiota ahora—.
Yo… eh… te he comprado una. —No intentaba hacerle la pelota, pero ahora lo parecía.
¿Qué clase de idiota le compra una olla de cocción lenta a una mujer después de acostarse con ella una vez?
—. Solo quería hacer esto. Ya sabes, es muy fácil, y se ha cocinado mientras yo estaba en el estudio… Mierda. ¿Qué coño estaría pensando?
Probablemente conocía a músicos que tenían auténticas orgías de sexo y drogas a su alrededor en el estudio. ¿Y yo le estaba haciendo pollo en olla lenta como un imbécil enamorado?
—¿Eso es mi colada? —dijo, con la mirada yéndose al montón de toallas dobladas en la encimera.
—No. Es que… necesitaba un trapo de cocina y no encontré ninguno limpio, así que…
—¿Has fregado los platos? —Miró alrededor, y de repente vi la cocina a través de sus ojos.
Los platos limpios —los que habíamos ensuciado durante el fin de semana en nuestras maratones de grabación— apilados ordenadamente en el escurreplatos de la encimera.
El lavavajillas abierto, vaciado. Los pequeños montoncitos de sus cosas ordenados en la isla.
Las persianas de la ventana del office que se habían quedado atascadas abiertas, que yo había arreglado.
Sus ojos encontraron los míos otra vez.
—Guau. Yo, eh… me siento como un idiota.
Negó con la cabeza lentamente. —Me siento como una dejada. La chica de la limpieza no viene hasta mañana. Normalmente recojo un poco más que esto…
—No pasa nada.
—Tenía pensado hacer que arreglaran las persianas.
—No me importó…
Un silencio incómodo aterrizó mientras ella seguía mirándome como si un alienígena hubiera aterrizado en su cocina. Como si no acabara de entender qué estaba pasando.
Entonces se mordió un poco el labio y ladeó la cabeza. —¿Cuándo estará listo? —preguntó en voz baja.
—¿Qué? —Se me había quedado la mirada enganchada en esos labios dulces. Esa forma perfecta de arco de Cupido, hecha para besar.
—El pollo.
—Eh… ya está listo, si tienes hambre.
—Ah. —Parecía… decepcionada—. O sea… ¿se pondrá malo si no lo comemos ahora mismo?