20 Elle #3
Asimilé todo aquello y asentí. —Lo sé. —Lo agradecía. En mi experiencia, era más de lo que la mayoría de los hombres harían.
Había tenido hombres que se echaban para atrás completamente ante la idea de hacerse las pruebas antes de acostarse conmigo. Había tenido hombres que discutían conmigo sobre la necesidad de usar condón.
Ni que decir tiene que, al final, no me había acostado con esos hombres.
Pero este hombre… había estado dentro de mí apenas unos segundos sin condón, y le preocupaba que yo estuviera preocupada por ello.
—Pase lo que pase, Elle —dijo—, solo quiero que te sientas segura conmigo.
—Me siento segura —le dije, y me di cuenta de que era verdad—. Pero… aun así tendríamos que usar condón. Si nos acostáramos. —La idea de eso, la posibilidad… nosotros, ahí de pie simplemente hablando de ello… me estaba poniendo caliente.
Quería acostarme con él otra vez. Desesperadamente.
Solo temía lo que pasaría después. Los dos haciéndonos daño.
—Lo sé —dijo—. Si nos acostamos otra vez… voy a llevar como diez condones en los bolsillos, en todo momento, por si acaso. —Sonrió un poco, con el hoyuelo asomando.
Le devolví la sonrisa. Confiaba en eso. Confiaba en él. Quizá porque no me había presionado. Tal como me dijo que haría en mi dormitorio el otro día, Seth me estaba dejando llevar las riendas. Estaba siguiendo mis reglas.
No había intentado tocarme de nuevo.
Yo no se lo había pedido.
Pero seguía dándome esa mirada, la que me estaba dando ahora mismo —la que me decía que estaría desnudo conmigo en cuestión de segundos, si yo quería.
Y yo sí quería. No solo porque me volvía loca de deseo; lo quería porque me sentía segura con él —de más formas que solo la física.
Porque todos esos putos miedos que me habían atormentado, prácticamente paralizándome…
las dudas persistentes y la ansiedad que me habían quedado como secuela de mi corazón roto…
no sentía nada de eso cuando Seth estaba aquí.
No le tenía el más mínimo miedo a que me dejara, a que me abandonara, a que me rompiera el corazón. Él simplemente no era esa clase de persona.
Seth Brothers no era un rompecorazones.
Jesse Mayes me sentó, la mañana después del último concierto de nuestra última gira, en mi casa de L.A., y me dijo, de forma muy profesional, que habíamos terminado. Que no podía seguir conmigo. Luego se fue volando a Vancouver. Y eso fue todo.
No hubo más conversación, ni ida y vuelta.
Asestó el golpe, y se suponía que yo tenía que lidiar con ello.
Me dejó lidiando con ello, sola. Seguíamos siendo amigos.
Siempre seríamos amigos. Sabía que le importaba.
Que me quería, incluso; yo era parte de su banda y parte de su historia.
Pero a la hora de lidiar con mi corazón roto, él no estaba disponible para mí.
Emocionalmente desinteresado, o incapaz, o simplemente egoísta; nunca había decidido cuál.
Quizá era demasiado feliz con Katie como para ver siquiera lo duro que había sido para mí.
O quizá, al final, era todo lo anterior.
Mientras Seth estaba frente a mí, guardándose los resultados del laboratorio en el bolsillo, supe que él nunca sería así. Que nunca me dejaría rota de ese modo y simplemente se marcharía. No sabía exactamente cómo lo sabía. Pero lo sabía.
Mi corazón estaba a salvo con él.
Sin importar lo que esto fuera, o lo que no fuera, o hasta dónde llegara… Seth manejaría mi corazón con cuidado.
Si tan solo pudiera darle esa oportunidad.
—Debería dormir un poco —le dije, aunque nuestros ojos seguían enganchados y aquel calor necesitado se desplegaba en lo bajo de mi vientre, extendiéndose por mi centro…
esa inquietud dolorida. Los recuerdos que ahora tenía de él…
arrodillándose, su boca entre mis piernas…
follándome en el suelo de mi dormitorio mientras el mundo que había conocido se desmoronaba a mi alrededor y una realidad nueva y muy incierta tomaba forma.
La realidad era que deseaba a un hombre al que se suponía que no debía desear.
Un hombre que no se suponía que estuviera en mi vida de ningún modo significativo, y sin embargo, le quería aquí, en mi casa. Me lo había llevado a Hawái. Le había seguido hasta Vancouver.
Me lo había llevado a mi cama.
Y aun así, seguía sin tener ni idea de cómo iba a hacerlo: cómo iba a contarles a las personas más cercanas de mi vida que Seth y yo estábamos haciendo música juntos, y mucho menos que estábamos íntimamente involucrados.
Porque lo estábamos. Lo sentía mientras estábamos ahí, a centímetros el uno del otro. Éramos íntimos, y estábamos involucrados, aunque no nos estuviéramos acostando.
—Vale —dijo con ligereza, y si estaba decepcionado, no lo demostró—. A dormir pues. —Puso su mano en mi brazo, cálida y fuerte, y me besó, suavemente, en la frente.
Durante un instante, se quedó ahí, y supe que me estaba dando un momento… por si de repente le agarraba y le besaba y le pedía que se quedara.
Pero no lo hice.
Quería hacerlo. Quería tantísimo hacerlo… pero no lo hice.