21 Seth #2
—Bueno… puedo dejarlo en modo calentar, si necesitamos hablar…
—Sí. Estaba claro que necesitábamos hablar.
Sobre cómo yo estaba siendo un bicho raro limpiando su cocina y arreglando sus cosas rotas y comprándole pequeños electrodomésticos mientras ella estaba fuera.
Como si imponerme en su vida no fuera ya bastante raro de por sí.
—No quiero hablar —dijo, y su mirada bajó a mi boca, sus ojos grises oscureciéndose como un cielo tormentoso justo antes de explotar en truenos y relámpagos.
Oh. Joder, lo leí completamente al revés…
Mientras la sangre me rugía de repente hacia la polla, que despertaba, puse la olla en modo calentar. —Puede esperar un rato…
—¿Cuánto? —preguntó, pestañeando hacia mí, pareciendo de alguna manera angelical y totalmente cachonda a la vez.
—Lo que quieras —dije, aunque realmente no tenía ni idea. ¿A quién cojones le importaba? Me comería el pollo reseco y helado si hacía falta.
—Bien —dijo. Luego me cogió de la mano, entrelazó sus dedos suavemente con los míos, y me llevó arriba a su habitación sin decir una palabra más.
Me llevó despacio, pero cuando llegamos y se giró hacia mí, nuestra ropa desapareció en un torbellino.
Estábamos desnudos en su cama, y yo estaba encima de ella en cuestión de segundos.
La tenía dura, dolorida, el cuerpo tenso por el esfuerzo de contenerme mientras ella se retorcía debajo de mí, frotando su cuerpo contra el mío, sus manos recorriéndome.
Me sentía inquieto, desquiciado, completamente deshecho por este deseo insaciado por ella…
el deseo que había estado creciendo desde la última vez que la follé.
Mientras me inclinaba y rozaba los labios por su cuello, las últimas noches en el hotel destellaron en mi mente —la polla en la mano, masturbándome frenéticamente pensando en ella…
su largo pelo rubio platino, sus ojos de acero gris, sus tetas firmes, su coño bonito…
su piel morena y suave contra la mía, y ese olor dulce y embriagador suyo…
sin saber si alguna vez volvería a tenerla.
Estaba luchando, luchando de verdad, por saborear el momento y no arruinarlo precipitándome —Elle, queriéndome otra vez en su cama— mientras su mano se deslizaba entre nosotros y me agarraba la polla, dándome una caricia lenta y apretada…
mientras abría las piernas para mí y yo me acomodaba entre sus muslos esbeltos.
Aún no me había besado siquiera.
Respiraba suave y rápido contra mi cara —y me estaba poniendo un condón con dedos hábiles. —Dios, no puedo esperar más…
Le besé la garganta, subiendo con la lengua por su cuello hasta la oreja. —¿Qué quieres, Elle? —le pregunté, con la voz tensa y ronca.
—Te quiero a ti —dijo, y cuando encontré sus ojos, la tormenta en ellos estaba a punto de estallar—. Lo quiero fuerte. Dámelo fuerte…
La besé entonces, profundamente, mientras me hundía en ella, y se lo di como me lo había pedido.
Fuerte. Implacable. Ni siquiera me molesté con los dedos o con un vaivén de caderas, nada para llevarla al orgasmo salvo machacarle directamente el clítoris y clavársela con mi polla hinchada.
Le sujeté las manos a ambos lados de la cabeza y la follé mientras la besaba, arrasándole la boca con mi lengua.
Pronto, los dos jadeábamos tan fuerte que no podíamos seguir besándonos. Tuve que soltarle las manos para apoyarme y dárselo más fuerte. Cuanto más fuerte la follaba, más altos y agradecidos se volvían sus gritos entrecortados. Me clavó las uñas en el culo mientras embestía, atrayéndome hacia ella.
Al cabo de un rato, frenó mi ritmo con las manos y se echó los tobillos sobre mis hombros.
—No te contengas, Seth —dijo, con la voz hecha un jadeo entrecortado entre los otros sonidos de placer indefenso que hacía—. Dámelo…
Seguí embistiéndola hasta que su coño me estrujó el alma y gritó al correrse —y entonces la embestí aún más fuerte.
Más rápido otra vez. En el instante en que empezó a correrse, fue como si se hubiera tirado de un cable trampa; exploté como un puto cañón, vaciándome en ella con tanta fuerza…
el rayo me atravesó el cuerpo y la cabeza me estalló en estrellas.
Más tarde esa noche, estaba envuelto alrededor de Elle cuando me preguntó: —¿Cuándo empezó esto para ti? ¿Fue en Hawái?
Estábamos tumbados en un sofá en el cuarto de estar contiguo a su comedor, desnudos, envueltos en una manta.
Acabábamos de volver a follar y yo estaba pegado a su espalda, jugando con su pelo, pasando los mechones largos suavemente entre mis dedos.
Ni siquiera estaba seguro de que siguiera despierta hasta que habló.
—No —confesé—. Pensé en ello mucho antes. —Dudé, luego añadí—: Siempre pensé en ti.
—¿Siempre? —Se giró boca arriba para mirarme. Había un fuego encendido en la chimenea y velas encendidas por toda la mesa del comedor de nuestra cena; la luz del fuego le parpadeaba sobre la cara, haciéndola parecer atemporal, eterna, dorada—. ¿En aquella época?
—Sí —dije—. En aquella época. —Porque habría mentido como un cabrón si hubiera dicho que la idea de follármela era un concepto nuevo para mí.
Se quedó callada un largo momento mientras simplemente me devolvía la mirada. Luego: —¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque… tenías esa regla de no involucrarte con los tíos de la banda —dije, aún jugando con las puntas de su pelo, como oro blanco hilado—.
Zane me avisó antes siquiera de presentarme a ti.
Así que siempre lo tuve en mente. No quería joderla, ni faltarte al respeto.
Te tenía mucho respeto. A todos vosotros.