13 Elle #2
Joanie desapareció en dirección a la barra, dejándonos a Seth y a mí en la mesa.
El local estaba lleno, como siempre. La banda residente tocaba música local increíble, y la pequeña pista de baile estaba a reventar.
Estábamos sentados junto a la pista, Seth con sus pantalones de lino y una camisa blanca suave, desabrochada hasta la mitad, con las mangas remangadas.
Su piel de tono aceitunado se había oscurecido los últimos días al sol, y parecía que pertenecía a este lugar.
Ese pensamiento me reconfortó: que Seth tuviese un sitio donde encajar otra vez.
Aunque solo fuese por unos días.
En la mesita entre nosotros, acunaba una taza de café entre las manos mientras escuchaba a la banda.
Y tenía que reconocerme a mí misma que la razón principal por la que había elegido este bar en vez de cualquier otro de la isla era que sabía que servían un café local fantástico a cualquier hora de la noche.
Me parecía injusto llevar a Seth a un bar y beber delante de él si ni siquiera podía disfrutar de un café.
Me miró de repente, como si hubiese notado que yo le miraba a él.
¿Quizá me había quedado mirándole fijamente?
Aparté la vista y miré a la gente bailar. Tenía las piernas cruzadas y balanceaba una al ritmo de la música, meciéndome un poco en mi asiento. Solo deseaba saberme la letra para poder cantar con ellos.
Hacía mucho, mucho tiempo que no me sentía tan bien. Tan relajada.
Tan despreocupada.
Desde antes de mi relación con Jesse, probablemente. Antes de que todo se tensara y se fuese a la mierda, y el día a día se convirtiera en una lucha.
Simplemente aguanta hoy sin recordar que te arrancaron el corazón.
Incluso cuando me enrollaba con Ash, y nos lo pasábamos bien… la sombra de ese desamor seguía al acecho. Seguía huyendo de aquello.
Ya no huía.
No estaba segura de cuándo había pasado…
Si fue volar a Kauai, tener por fin algo de tiempo libre, o decirle a Ash que no podía venir conmigo, o decirles a todos los demás que me dejasen en paz unos putos días…
Pero en algún momento, todo había dejado de perseguirme.
Mi corazón roto. Mis luchas por trabajar con Jesse y el resto de la banda como si nunca hubiese pasado nada. Mis intentos fallidos de pasar página.
Por fin me sentía libre de todo.
—Deberíamos bailar. —Sentí el aliento cálido de Seth en mi oreja. Me giré a mirarle; se había inclinado sobre la mesa y su cara estaba cerca de la mía. Podía ver los anillos dorados alrededor de las pupilas de sus ojos, como fuego ardiendo entre el humo.
Y quería bailar. Con él.
Joanie volvió con dos cócteles rosas ridículamente femeninos en vasos huracán, dejándolos entre nosotros. —La camarera te traerá más café —le dijo a Seth.
Seth seguía mirándome. Le asentí, y se puso de pie, tendiéndome la mano. Pegué un trago a la bebida rosa, luego me levanté, deslizando mi mano en la suya.
—Vamos a bailar —le dije a Joanie—. ¿Vienes?
—Qué va. —Nos despidió con la mano—. No estoy lo bastante borracha.
Me reí por lo bajo y negué con la cabeza; Joanie nunca estaba lo bastante borracha para bailar.
Seguí a Seth mientras me llevaba a la pista de baile. La música era animada, de ritmo medio. Música para sentirse bien; la música más fácil del mundo para bailar. Y la pista estaba lo bastante llena como para que tuviésemos pocas opciones más que bailar cerca el uno del otro.
Muy cerca.
Y no podía decir que me molestase. Podía sentir el calor del cuerpo de Seth.
Su energía serena y relajada. Me guiaba mientras nos movíamos, llevando la iniciativa.
Bailamos juntos, pero en realidad no me tocó.
Aparte de rozarme de vez en cuando, cada vez que la gente se movía y nos apretaba más, no me tocó en absoluto.
Y yo estaba un poco… decepcionada.
Porque la verdad era que tenía ganas de tocarle a él.
Pero si él no iba a ponerme las manos encima, yo no iba a dar el primer paso.
Quizá simplemente iba puesta con la música. Atrapada en el baile. Muy posiblemente me había tomado demasiados de esos cócteles afrutados gigantes con las sombrillitas.
Pero no es que fuese nueva en esto.
¿Cuántas veces había estado bailando y bebiendo entre bastidores o en alguna fiesta o club y había tenido a hombres —tíos buenos, buenísimos— restregándose contra mí? Eso no significaba que fuera a perder la cabeza y abrirme de piernas para cada uno de ellos.
Sabía mucho, mucho más que eso.
Siempre había sido bastante selectiva con los hombres, y con los años había aprendido a serlo todavía más. Cuidadosa con a quién dejaba entrar en mi mundo. Y discreta.
La fama prácticamente lo había convertido en una necesidad.
Y sin embargo, ahora no estaba siendo precisamente discreta.
Ni siquiera estaba segura de por qué. De por qué me sentía lo bastante cómoda para bailar con Seth en público.
Claro, era solo un garito de mala muerte donde todo el mundo bailaba y nadie parecía fijarse ni importarle quién o qué era yo, pero estaba cómoda.
Estaba más que cómoda.
Lo bastante cómoda como para empezar a perrear con Seth Brothers. Si él quería.
Lo raro era que Seth no se restregaba contra mí. Muy deliberadamente se estaba guardando las manos —y todo lo demás— para sí.
Era algo tan fuera de mi marco de referencia que casi no sabía qué hacer conmigo misma. Estaba acostumbrada al baile como una forma de preliminares. Un ritual de ligoteo.
Seth no estaba intentando ligar conmigo.
Simplemente estaba bailando conmigo.
Siempre me había parecido increíblemente sexy cuando un hombre sabía bailar… y Seth Brothers siempre supo bailar. Se me había olvidado un poco eso de él. Quizá se me habían olvidado muchas cosas, al final.
Quizá había querido olvidar, para no tener que sentirme tan culpable.
Pero a medida que fuimos sudando en esa pista de baile, y al final sí me tocó, haciéndome girar e incluso meciéndose conmigo, despacio, sus caderas rozando —apenas— las mías, todo me volvió de golpe.
Solía bailar mucho con Seth. Principalmente porque los otros chicos de la banda no bailaban. Dylan tenía dos pies izquierdos en la pista, a Zane simplemente no le iba mucho el baile, y Jesse… bueno, Jesse prácticamente prefería mirar.
Así que acababa bailando con Seth en fiestas y bares cuando salíamos, porque me gustaba tener a un hombre con quien bailar. Alguien que fuese muy bueno haciéndolo, pero del que no tuviese que preocuparme de que fuera a meterme mano. Así podía simplemente ser libre de perderme en la música.
Aunque hasta ahora nunca me había parado a pensar por qué Seth siempre bailaba conmigo.
Simplemente asumí que le encantaba bailar.
Me había tocado, a veces, mientras bailábamos —para hacerme girar o inclinarme cuando hacíamos el tonto, o llevarme más adentro entre la gente, o lo que fuera. Pero eso era todo. Ni siquiera intentó meterme mano entonces.
Igual que no lo hacía esta noche.
Pero entonces, no me molestaba que Seth no intentase meterme mano.
La posibilidad de que Seth me metiese mano simplemente no estaba en mi radar.
Quizá era solo yo siendo una chica de diecinueve años un poco ingenua, pero de verdad no creía que se le hubiese ocurrido interesarse por mí de esa manera.
O quizá simplemente no se me había ocurrido a mí que pudiera estarlo.
Entonces, tampoco se me había ocurrido intentar meterle mano a él.
¿Por qué no?
Tenía esa pregunta clavada en la cabeza mientras bailaba con Seth ahora. Mientras observaba sus ojos ahumados, entrecerrados… la forma en que se movían sobre mí. La forma en que me miraba bailar, como si intentase no hacerlo. Como si no pudiese resistirse a mirar.
Entonces recordé.
Porque era un yonqui.
E incluso si no lo era… tenía esa dichosa norma de no liarme con mis compañeros de banda.
Una norma que, todo hay que decirlo, Zane había tanteado más de una vez cuando éramos adolescentes y aún no nos conocíamos bien.
Cuando había intentado tirarse el lance, y había fallado.
Pero Zane nunca había sido tan respetuoso con esas cosas como Seth.
Y luego, por supuesto, estaba Jesse.
Me había gustado Jesse Mayes prácticamente desde el primer día. Pero la misma norma que apliqué a Zane, y a Seth, y a Dylan, tenía que aplicarse a Jesse. Hasta que no se aplicó… y hace dos años, me tiré por ese precipicio con él.
Estrellarme con eso, sola —después de que Jesse me dejase— ahora mismo no parecía haber merecido la pena.
¿Merecería la pena por la mañana si me tiraba a Seth Brothers esta noche?
Mi mente achispada por los cócteles no tenía respuesta para eso.
Así que bailamos y bailamos… y luego, al final, volvimos a la casa y me fui a la cama.
Sola.