13 Elle
ELLE
Cuando Seth y yo —y Flynn, que me había seguido como una sombra hasta la playa y de vuelta— llegamos a la casa, descubrimos que habíamos pillado a un acosador.
Un fotógrafo con un teleobjetivo gigante, apostado entre los árboles justo al otro lado del límite de la propiedad de Woo.
Se había instalado cómodamente al otro lado del muro bajo de piedra que rodeaba el jardín trasero.
Como si no fuésemos a fijarnos en él ahí, entre las sombras.
Flynn le vio enseguida.
—Putos paparazzi —murmuró Joanie, saliendo al patio a recibirnos, donde nos había preparado el desayuno. No es que el paparazzi estuviese fotografiando a Joanie; Joanie no era famosa. Pero entendía que sentir que te estaban acosando podía arruinarte la comida, daba igual quién fueras.
—¿Quieres que le eche? —me preguntó Flynn. Estaba claro que se moría de ganas de mandar al fotógrafo a paseo. Probablemente estaba aburrido como una ostra y deseando un poco de emoción.
No es que disfrutase que me acosaran en mis vacaciones, pero hacía mucho que había aprendido a no tomármelo como algo personal. A no dejar que me arruinase la comida, y mucho menos el día.
—Todavía no —dije. Joanie se había esmerado mucho preparando crepes, algo que llevaba tiempo intentando dominar, y yo estaba decidida a disfrutarlas con mi mimosa y el LA Times en línea—. Le daré algo. Y luego a lo mejor se larga.
No sentía ningún cariño por los paparazzi, pero sabía cómo jugar a ese juego. Lo mejor sería dejarle sacar unas cuantas fotos de nosotros. Sin hacer absolutamente nada. Quizá cuando termináramos de comer, yo me pintaría las uñas y Seth podría recortarse la barba.
¿Quería invadir nuestro tiempo personal? Yo podía hacerle perder el suyo como nadie en este puto mundo.
Después, dejaría que Flynn fuese a decirle que se largase. Flynn podía ser muy persuasivo.
Pero Seth no nos había seguido al patio; se había quedado parado en la puerta del jardín, y me giré para observar cómo volvía hacia la línea de árboles, directo hacia el fotógrafo.
Tenía las manos en los bolsillos, y le vi charlar con el hombre durante unos minutos. En un momento dado, miró hacia mí.
Luego volvió al jardín y se acercó a mí.
—¿De qué iba eso? —le pregunté.
Se puso delante de mí, cubriéndome del fotógrafo con su cuerpo.
—He hecho un trato con él —dijo—. Le he dicho que le daremos cinco minutos para fotografiarnos en la playa, y luego nos dejará en paz el resto del tiempo que estemos aquí.
—Suena a buen trato —dije—. Para él.
—Es un buen trato para todos —dijo Seth—. Ese es Bob Brazer. Básicamente controla esta isla entre los paparazzi. Les hará saber a los demás que tampoco pueden fotografiarnos. No nos molestará nadie más.
—¿Le conoces?
—Me lo he cruzado unas cuantas veces a lo largo de los años. Un tío decente.
Resoplé con incredulidad. No podía decir que reconociese a Bob Nosecuántos; nunca les miraba a la cara.
Solo veía sus objetivos apuntándome como babosos, y normalmente mantenía toda la distancia que podía.
No me interesaba forjar relaciones con ellos como hacían algunos famosos.
Para mí, eran todos cucarachas. Carroñeros.
Al menos, los que me espiaban desde los arbustos mientras estaba de vacaciones desde luego que sí.
—Lo dudo —dije.
—O puedo decirle que el trato se cancela —dijo Seth— y le dejamos a Flynn.
Miré a Flynn. Estaba claro que él prefería ese plan.
—Pero puede volver —añadió Seth—. O puede aparecer otro. Ahora que saben que estamos aquí…
—No —dije, mirando de Seth al fotógrafo—. Si tú confías en la palabra de este tío… me fío.
Seth asintió. —Vale.
—Después de terminarme el desayuno.
Casi una hora después, salí de la casa y me encontré con Seth y el fotógrafo hablando en el borde del jardín.
Me alegré de ver que estaban de pie al otro lado del muro de piedra; no quería a ese tío en la propiedad de Woo.
Al menos había cambiado de objetivo. Puesto que en realidad le estábamos dejando fotografiarnos, se había quitado el teleobjetivo de acosador y lo había sustituido por uno ligeramente menos intrusivo.
Me acerqué y Seth me salió al encuentro a mitad de camino.
Le había dicho a Joanie y a Flynn que se quedasen atrás, pero le hice saber a Flynn que podía tener unas palabritas con el fotógrafo si se pasaba del tiempo.
En realidad fue un aviso de cortesía; Flynn haría exactamente eso, se lo pidiese yo o no.
Joanie se acomodó en el patio mientras bajábamos a la playa. Flynn se quedó atrás, cerca del camino de rocas, mientras Seth y yo salíamos descalzos a la playa pálida con forma de media luna, el paparazzi pegado a nuestros talones. Ni siquiera miré al hombre; no quería conocerle.
Cuando llegamos al agua, Seth me siguió hasta el oleaje rizado.
Había unas cuantas personas más en la arena, pero estaban bastante lejos, en el otro extremo de la media luna.
Nos quedamos de pie en el agua, uno frente al otro, las olas lamiéndonos los tobillos.
Los pantalones de Seth se estaban mojando.
No parecía importarle. Llevaba esos pantalones blancos otra vez…
y se me ocurrió que yo llevaba un vestido blanco.
Genial. Ahora probablemente parecía que Seth y yo nos estábamos casando en la playa.
Técnicamente el vestido era crudo, y solo llegaba hasta la rodilla, un vestido de verano bonito, vaporoso y con la espalda al aire. Pero no me extrañaría que los paparazzi publicasen lo que les diese la gana.
—No puedo esperar a ver qué pie de foto le ponen a esta —dije, cargada de sarcasmo. Principalmente porque estaba nerviosa. Y no exactamente por las fotos que se publicarían. Eso, la verdad, me daba bastante igual.
Hacía mucho, mucho tiempo, un hombre muy sabio —mi padre— me dijo: Mientras pongan la foto de mi niña y escriban bien su nombre, no importa mucho lo que digan de ella en el artículo.
Dicho de otro modo, cualquier publicidad es buena publicidad.
Y aunque podía discutir ese punto, dado lo que había pasado en los medios, en el fondo mi padre tenía razón. La gente iba a decir lo que iba a decir, publicar lo que iba a publicar, y creer lo que iba a creer. Al final, no había mucho que yo pudiese hacer al respecto.
Pero eso ya no me ponía nerviosa. Hacía mucho que no.
Más o menos cuando Jesse cortó conmigo, prácticamente dejé de preocuparme por lo que el mundo en general pensase de mí. Ese tipo de desamor tenía que superarse en privado, y aprendí a no escuchar las voces del mundo.
Tenía que hacerlo, si quería sobrevivir.
Pero esto… esto me ponía nerviosa, por alguna razón. Estar aquí de pie con Seth. Tan cerca de Seth.
Me estaba mirando, y eso me ponía más nerviosa. Lo sentía, aunque solo podía entrever sus ojos a través de las gafas de sol. Pero estaba a centímetros de mi cara.
Miré al fotógrafo, que estaba de pie en la arena, justo fuera del agua. Había empezado a hacer fotos mientras estábamos ahí, incómodamente. Juntos, pero no juntos.
Al menos, yo me sentía incómoda.
Seth parecía perfectamente tranquilo.
—Igual deberíamos empezar a morrearnos directamente —dijo, y levanté la vista hacia su cara otra vez. Estaba sonriendo un poco, el hoyuelo asomando en su mejilla—. Ya sabes, liarnos a besarnos. Lo van a decir de todas formas.
Me reí, pero fue un sonido extrañamente nervioso, y me abracé a mí misma como si tuviese frío, cuando no lo tenía.
La sonrisa de Seth se desvaneció, el hoyuelo desapareciendo. —Es broma, Elle.
—Ya lo sé. —Solo intentaba aligerar el ambiente, ayudarme a relajarme. Lo sabía. Pero no le miré a los ojos.
—Le digo que se vaya si quieres —dijo.
—Gracias.
Pero después de que el fotógrafo hiciese unas cuantas fotos más, dejé caer los brazos.
Y entonces alargué la mano… y cogí las de Seth.
Me dejó.
Actuamos como si simplemente estuviésemos pasando el rato, de pie juntos en el oleaje, mirando la playa. Pero entonces me descubrí mirando directamente al cañón de esa cámara. De frente. Porque ¿quiénes cojones eran ellos para juzgarme?
¿Para juzgarnos?
Los medios… La banda… Cualquiera de ellos. No tenían ningún derecho a juzgar, y desde luego yo no le debía explicaciones a nadie sobre lo que hacía.
Ni explicaciones sobre lo que sintiese por Seth Brothers.
Cuanto más las exigieran… más iba a tener que mandarles a todos a la mierda. No era asunto de nadie más que mío.
Y de Seth.
Le cogí de las manos, sin apretar, mientras posábamos juntos, a veces solo con los dedos enganchados, o con nuestras palmas deslizándose la una sobre la otra al cambiar de posición… pero nunca nos soltamos.
Y algo pasó en esa playa.
Ni siquiera miraba la cara de Seth. Pero podía sentirle.
Sólido como una roca. Su energía estable y serena, como una especie de bálsamo sanador para mis nervios, la marea ondulante de mi rabia defensiva.
Podía sentir el latido firme de sus dedos.
La fuerza suave de su tacto y la aspereza de sus callos.
Podía olerle; su olor cálido, playero, masculino… extrañamente familiar.
Y a veces, cuando su cara estaba lo bastante cerca de la mía, podía oírle respirar por encima del suave siseo de las olas lamiéndonos los pies.
Podía sentir su aliento cálido en mi piel cuando se inclinó hacia mí y dijo: —Estás preciosa.
Y sentí el fuego recorrerme la espalda.
—¡Voy a por otra ronda!
Joanie me gritó por encima de la música.
A pesar de mis reparos por dejar la paz y tranquilidad de la casa de Woo, había dejado que me arrastrase fuera esa noche.
Estábamos en el Blue Tide, un bar diminuto al aire libre al que solíamos ir cuando veníamos a Kauai.
Joanie, yo, y quienquiera que hubiésemos traído.
En este caso, era Seth. Y por supuesto Flynn, que eligió quedarse fuera a fumar bajo las estrellas, aunque le habíamos invitado a tomar algo con nosotros.