Tan canalla como Seth 11 Elle
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11 Elle

ELLE

Después de cenar, encontré a Seth sentado en el patio trasero, solo.

Joanie nos había encontrado un luau al que ir, pero yo solo quería quedarme en casa, así que habíamos hecho pescado a la parrilla.

O, mejor dicho, Seth había hecho pescado a la parrilla.

Ni siquiera me dejó aliñar la ensalada para acompañarlo.

Seguía sin tener claro si el hombre había dormido.

Estaba sentado frente al hogar de piedra, donde había varias sillas dispuestas, mirando al océano.

Cuando me acerqué, estaba rasgueando una canción en una guitarra acústica que no era suya.

Varias acústicas más estaban apoyadas en las sillas, o tumbadas en estuches abiertos que habían colocado cuidadosamente sobre una manta delante de él.

No estaba cantando, pero a medida que me acercaba reconocí Band On the Run de Paul McCartney.

Y me quedé escuchando un rato.

Seth era uno de esos guitarristas natos que aprendían canciones rápido y hacían que lo que tocaban pareciese fácil, incluso cuando no lo era.

Sabía que tocaría el resto de su vida, aunque Dirty no le readmitiese nunca, aunque no volviese a ganar un céntimo tocando.

Podía tocar con los ojos cerrados, probablemente podía tocar dormido, y cuando no estaba tocando, estaba componiendo, tarareando o marcando un ritmo con los dedos.

La música simplemente le corría por las venas.

Había conocido a muchos músicos así. Músicos locamente apasionados por la música, que destilaban talento y parecían comer, vivir y respirar lo que hacían. Como Jesse y Dylan. Pero conocía a muy pocos músicos que de verdad diesen la impresión de que podrían morirse sin música en sus vidas.

Zane era así.

Y Seth.

Y los dos eran adictos, así que vete tú a saber… quizá había alguna conexión ahí.

También eran los dos increíblemente guays, pero Zane tenía una arista afilada a la que, como mujer, nunca había querido acercarme.

Seth tenía su propia arista, pero era mucho menos…

volátil. Y siempre fue una especie de hombre misterioso.

Nunca parecía ansiar la admiración de los fans como Zane, y, sin embargo, tenía ese carisma sin esfuerzo que era magnético, que hacía que la gente quisiera estar cerca de él.

Les caía bien a los tíos. Les caía bien a las tías.

Igual que los demás chicos de Dirty, era un hombre nacido para ser estrella del rock.

Cuando llegó al final de la canción, empezó con un clásico de Dirty, Runaround.

Entonces pareció notar que yo estaba ahí de pie y titubeó; miró hacia donde estaba, hacia mi vestido de verano agitándose alrededor de mis muslos desnudos con la brisa. Sus manos se quedaron quietas sobre la guitarra y sus ojos encontraron los míos.

—Woo me ha dicho que puedo coger las guitarras que quiera de su estudio —dijo, como si sintiese la necesidad de explicarse. Luego quitó la guitarra de la silla que tenía al lado, dejándome un sitio.

—Debe de tenerte en muy alta estima —le dije—. Esas son sus niñas. —Me senté en la silla vacía, de cara al fuego—. ¿Has hablado con Woo?

—Esta mañana. Me ha parecido que debía hacerlo, ya que estoy aquí.

Me pregunté qué más le habría dicho Woo, pero no pregunté. —¿Has dormido algo?

—Todavía no —dijo. Y luego añadió—: No sentía que pudiera, la verdad.

—¿Por qué?

Sus ojos se apartaron de los míos. —Es difícil dormir pensando que a lo mejor me odias.

Se me revolvió el estómago. Se me encogió el pecho mientras decía: —No te odio, Seth. Puedes dormir si quieres.

Asintió, pero no me miró. Y me dolió el corazón. Se me cerró la garganta de emoción, de empatía hacia él.

Carraspeé y le dije: —Sabes… ya sé que Dirty Like Me vuelve locas a todas las chicas, pero Runaround fue la mejor canción que has escrito en tu vida. Si me preguntas.

—La escribí con Jessa.

—Sí. Hacíais muy buen equipo creativo. —Eso era quedarse muy corta.

No tenía ni idea de si sabía que Jessa había vuelto con nosotros, componiendo canciones con nosotros otra vez. Ni cómo se sentiría al respecto si lo sabía.

Mi mirada bajó a la taza, medio llena, en la mesita junto a él. Había estado bebiendo café otra vez. Cuando levanté la vista, nuestros ojos se encontraron.

—Lo siento —dije—. No sé por qué sigo haciendo eso.

—¿Haciendo qué?

—Inspeccionar lo que bebes. Es como si no parase de comprobar que no hay una lata de cerveza o una pipa de crack a tu lado. —Me daba vergüenza admitirlo, pero era así.

—Bueno… —dijo, procesándolo— la cafeína es mi único vicio real últimamente. Y el crack nunca fue lo mío. Perdona por decepcionarte. —Luego sonrió un poco, el hoyuelo apareciendo y desapareciendo en su mejilla izquierda.

Era la primera vez que veía ese hoyuelo desde que habíamos tocado juntos en Vancouver a principios de año. Casi se me había olvidado que lo tenía.

—Lo siento, Seth —repetí. Y quizá estaba pidiendo perdón por mucho más que solo escudriñarle el café.

—No lo hagas.

Le observé mientras dejaba la guitarra que había estado tocando de nuevo en su estuche.

Llevaba la pulsera BADASS que yo le había regalado cuando entró en Dirty hacía diez años.

Siempre la llevaba, cada vez que le veía, y en cada foto que había visto de él a lo largo de los años.

Era de peltre, ya un poco gastada; habría pensado que la sustituiría por algo… bueno, más caro.

Pero nunca lo hizo.

—Fue muy divertido —le dije—, tocar contigo otra vez en el concierto de Vancouver.

—Sí. La gran reunión. —Se recostó en la silla.

Llevaba unos pantalones de lino ahora, remangados por debajo de la rodilla, y una camiseta verde claro con el logo de un restaurante local; a la luz del atardecer hacía que sus ojos ahumados pareciesen más verdes de lo habitual mientras me observaba—. Me alegro de que me dejaseis hacerlo.

—Yo también —admití—. Encajaste como si nada, igual que siempre.

Así fue. Desde aquel primer día en que Zane se lo trajo a casa para tocar con nosotros, con diecinueve años. Tan callado, un poco tímido… hasta que se colgó la guitarra, la enchufó y tocó Free Bird, y todos flipamos con él.

Hasta aquella última noche… el último concierto de la primera gira mundial, después del cual le echamos porque era un puto desastre.

Apenas un mes después de que sufriese una sobredosis en el autobús de gira.

Volvió del hospital haciéndose el fuerte, diciéndonos que todo iba bien, que había dejado la heroína.

Mintiéndonos, como hacen los adictos. Pero todos sabíamos que se estaba hundiendo en un agujero muy profundo y oscuro, y ninguno sabía cómo salvarle.

Éramos lo bastante jóvenes, quizá, como para pensar que podíamos hacerlo, durante un tiempo.

Pero entonces, aquella noche, después del último concierto, volvió a colocarse. Desastrosamente colocado. Y el resto… fue historia.

—Estabas limpio en el concierto de Vancouver —dije sin rodeos, porque era así. Se le veía en los ojos—. Estás limpio ahora.

—Sí —dijo.

—¿Cuánto tiempo llevas limpio?

—Cuatro años. Y cuatro meses y medio, más o menos un día o dos. Antes contaba los días. Ahora solo cuento los meses. —Me estaba mirando, entrecerrando un poco los ojos contra el sol del atardecer—. Pero eso ya lo sabes. Lo repasamos cuando me volvisteis a contratar. Os lo conté todo entonces.

Así fue. Se sentó con la banda y con Brody y nos dijo exactamente eso. Aun así…

—Te lo pregunto ahora —dije.

Y me lo contó.

Durante más o menos una hora, me quedé sentada escuchando mientras el sol se ponía y las estrellas empezaban a salir, y me lo contó todo.

Lo que pasó después de que le despidiesen de la banda.

Los casi tres años entrando y saliendo de rehabilitación, intentando desengancharse, intentando no desengancharse, y la última vez, cuando de verdad se desenganchó, y siguió así.

Quería saberlo todo. Quería saber qué hacía falta para superar ese tipo de adicción. Y cuando se lo pregunté, simplemente dijo: —En el fondo, mis motivaciones tenían que cambiar.

—¿Cuáles eran tus motivaciones para consumir?

Pareció pensárselo un momento, buscando las palabras adecuadas. Luego dijo: —Tenía algunos demonios con los que luchar. Colocarme era una forma de evitar esa batalla.

—¿Qué clase de demonios? —pregunté, aunque me hacía una idea.

Demonios de su vida como huérfano. Como niño de acogida. Como chaval de la calle. Demonios de su lanzamiento meteórico a la fama. Y demonios, quizá, que se parecían a Jessa Mayes.

Pero él solo dijo: —De todo tipo.

Así que lo dejé estar.

En su lugar, le pregunté por lo que había estado haciendo, musicalmente. También me hacía una idea, pero no mucha.

Me habló de las distintas bandas con las que había tocado, ninguna de las cuales duró. Hasta el día en que se cruzó con Zane en la playa en L.A., y Zane le propuso tocar juntos… lo que llevó a reencontrarse con Dirty este año.

—Estaba emocionado por reconectar contigo —le dije, recordando la llamada que recibí de Zane—. Creo que estaba aliviado, encantado de ver con sus propios ojos lo que todos habíamos oído sobre ti, pero no nos atrevíamos a creer. Que estabas limpio. Que te iba bien.

La mirada de Seth sostuvo la mía a la luz del fuego. —¿Y tú cómo te sentiste al respecto?

Y le dije, con sinceridad: —Feliz. De hecho, fue la primera vez que me sentí realmente feliz este año. —Recogí las piernas en la silla, abrazándome las rodillas, recordando esa sensación—. Veintidós de enero. Ese fue un buen día.

—Fue justo después de la boda de Jesse —observó él.

—Sí.

Me estaba observando, y sentí la apreciación masculina en su mirada mientras me rozaba las piernas. No era algo atrevido. Más bien algo involuntario, como si no pudiese evitar fijarse en mi piel desnuda.

Y me pregunté: ¿Seth me había mirado así alguna vez, en el pasado? Y si fue así, ¿por qué no me había dado cuenta?

—¿Cómo fue verle casarse con otra? —me preguntó.

Me encogí un poco, porque seguía sin ser mi tema favorito.

—¿Cómo fue que te echasen de Dirty —le pregunté— y vernos tocar tus canciones sin ti?

—¿Con sinceridad?

—Sí.

—Fue desgarrador —dijo.