8 Seth #2
—Mis recuerdos no son exactamente… claros.
Al menos, algunos no lo son. Algunos sí.
Algunos ni siquiera existen. Pero sé que nunca abusé de ella.
Brody me acusó de eso… de violarla. —Negué con la cabeza mientras hablaba.
Nunca sería capaz de digerir esa acusación—.
Sé que intenté presionarla al final, para que quisiera estar conmigo.
Para que me quisiera. Para que no me dejara.
Pero nunca la presioné para tener sexo, Elle.
Sé que era más joven que yo. Pero los dos éramos adolescentes cuando empezamos.
Lo éramos. Yo tenía diecinueve, ella dieciséis, y ella fue quien inició el sexo conmigo.
Recordaba claramente la primera vez que pasó.
Habíamos tomado éxtasis juntos, y el éxtasis era mío.
Había un grupo de nosotros que lo había tomado cuando salimos de fiesta.
No era mi intención que Jessa y yo acabáramos solos, en la cama, aquella noche. Pero para entonces me gustaba. Mucho.
Sabía cómo podía sonar si intentaba explicárselo a Elle, así que simplemente dije: —Sé que eso no hace que estuviera bien. —Porque no lo hacía.
—Entonces, ¿qué crees que le dijo ella? ¿A Brody? —me preguntó Elle—. Para que pensara que le hiciste eso.
—No lo sé. No sé lo que dijo. Pero conozco a Brody, y vi lo que había entre ellos.
—Lo vi. Aquello era un amor muy grande, probablemente desde mucho antes de que yo apareciera—.
Creo que, diga lo que diga ella, le resulta más fácil creer que la forcé o que la manipulé para que se acostara conmigo que pensar que ella de verdad me deseó, aunque solo fuera por un momento, y quizá por las razones equivocadas.
Elle ladeó la cabeza, considerándolo. —¿Qué razones equivocadas?
Cogí aire y dije: —Quizá yo le di algo en aquel momento que nadie más le daba.
Eso era bastante cierto, aunque no tenía ni idea de si Elle entendería a qué me refería.
Jessa y yo habíamos pasado mucho tiempo juntos escribiendo canciones, al principio, y ese había sido nuestro primer vínculo. Y sabía que se sentía cómoda conmigo. Yo no la juzgaba ni tenía expectativas sobre ella ni le imponía las mismas reglas que su hermano y los otros chicos.
Con el tiempo, sin embargo, nuestra relación estuvo sin duda alimentada por nuestro consumo mutuo de drogas.
Pero no iba a contarle a Elle, ni a nadie, que Jessa me había pedido drogas.
Que me lo había pedido varias veces antes de que fumara con ella la primera vez.
Y todas las demás veces, ella lo pidió. Incluida la vez que tomamos éxtasis juntos por primera vez.
No me pidió éxtasis en concreto, pero quería colocarse.
Parecía irrelevante. Y sucio, de algún modo, echárselo encima así. Resultaba demasiado feo haber dado drogas a Jessa, por mucho que ella las quisiera, fueran cuales fueran mis motivaciones.
Quizá Brody siempre creería que coloqué a Jessa para poder llevarla a la cama. Pero se equivocaba en eso. Yo lo sabía. Por muy borrosos que fueran mis recuerdos, por mucho que me acusaran, por mucho que me sintiera atraído por Jessa. Incluso si Jessa lo recordaba de otra manera.
Elle estaba en silencio. Bebió un sorbo de café y pareció estar considerando lo que le había dicho.
¿Pensaba que era un baboso? ¿Un gilipollas integral?
No tenía ni la menor idea.
Elle siempre había sido una especie de misterio para mí.
Algo desconocido, y muy por encima de mí.
Algo así como las estrellas en el cielo son un misterio para el hombre de a pie; puedes entender lo básico de cómo funciona todo, pero eso no significa que puedas quedarte ahí, bajo su luz y su belleza, sin sentirte pequeño, sobrecogido e incluso indigno.
Lo único que podía hacer realmente era esperar a que dictara sentencia sobre mí. Iba a formarse una opinión de mí, de una manera o de otra. Poco podía hacer ya salvo decir la verdad. Mi verdad; la única verdad que conocía.
—¿Harías las cosas de otra manera, si pudieras? —me preguntó al cabo de un rato.
—Joder, sí. —Ni siquiera tuve que pensarlo—. Pasé muchos años cabreado con todo, deseando borrar el pasado, deseando no haber dado nunca esa primera calada, no haber caído nunca por esa madriguera.
—Me refiero a si harías las cosas de otra manera con Jessa.
Eso sí tuve que pensarlo. Y no era la primera vez que lo pensaba, tampoco.
—No —admití—. Probablemente no. Si hubiera estado sobrio, quizá. Pero mientras hubiera sustancias de por medio… estuve dando vueltas alrededor de un sumidero durante años con mi adicción, y hasta que dejé de consumir, no había nada que pudiera haber hecho de forma diferente.
Elle se quedó en silencio otra vez. Y me pregunté hasta qué punto lo entendía. O no.
—¿Y tú? —le pregunté—. ¿Alguna vez te dejaste caer por esa madriguera?
—No —dijo—. No del todo. Me metí algo de coca, ya sabes, en aquella época.
—Sonrió con ironía; aquel comentario hacía que pareciéramos viejos.
Pero en realidad, no hacía tanto que éramos solo unos críos estúpidos e ingenuos abriéndonos camino a guitarra limpia hasta lo más alto de las listas…
sin paracaídas—. Tomé algo de éxtasis. Probé otras pastillas, algo de speed.
Supongo que solo tonteé, en plan social.
Pero al cabo de un tiempo me di cuenta de que en realidad no lo disfrutaba.
Todos a mi alrededor parecían colocarse para escapar de sus vidas.
Yo no quería escapar de mi vida. —Se encogió de hombros—. Mi vida es bastante buena.
—Sí. Esa es una forma de verlo. Pero hay gente que no puede con su vida, incluso cuando es buena, ¿sabes?
—Sí. Lo veo —dijo—. Supongo que… prefiero tener la cabeza despejada. Casi siempre. Todavía me gusta la hierba, a veces. Me gusta un poco de alcohol. Me gusta dormir. Supongo que soy la monja del grupo.
Negué con la cabeza mientras la sensación de admiración que ya sentía en su presencia se intensificaba.
—Eres fuerte —le dije, y lo decía en serio—.
Hace falta mucha fuerza, y mucho carácter, para mantenerte fiel a lo que te gusta, a lo que te funciona, cuando todos a tu alrededor están haciendo otra cosa. Y esperan que tú también participes.
Elle se limitó a quitarle importancia. —¿Las drogas te funcionaron alguna vez? O sea… ¿alguna vez lo disfrutaste?
—Sí. Joder, sí. —Era verdad. Era tan jodidamente triste, pero era verdad—. Siempre las amas justo antes de odiarlas. Y aun cuando las odias… hay momentos en los que de verdad crees que podrías volver a amarlas. Hasta que casi te matan.
Vi la expresión turbada pasar por su cara, y solo podía suponer que estaba recordando, todos aquellos años atrás, cuando tuve la sobredosis. Cuando me vio después de la sobredosis.
Jude me lo contó después; que había sido Elle quien me encontró, quien me sostuvo en sus brazos hasta que los sanitarios vinieron a recogerme del suelo del autobús de gira.
Y ojalá pudiera quitarle el peso de ese recuerdo concreto, pero no podía.
—¿Crees que… o sea, de verdad —me preguntó—, crees que si no te hubieras liado con Jessa, habrías acabado igualmente donde acabaste? Ya sabes… si no te hubieran roto el corazón.
No contesté; no estaba seguro de cómo contestar.
A pesar de las cosas que le había dicho a Jessa cuando me confrontó en aquella cafetería en febrero —cosas defensivas, amargas—, no estaba seguro de que Jessa me hubiera roto el corazón.
—Por eso tuviste la sobredosis, ¿no? —dijo Elle—. Por eso caíste tan al fondo de la madriguera.
—No fue solo Jessa, Elle. Fueron muchas cosas. —Negué con la cabeza—. Fui yo. La sobredosis… que me echaran de la banda… todo eso fue cosa mía. Al final no tenía una mierda que ver con ella.
Pero Elle simplemente ladeó la cabeza y se me quedó mirando, con un pequeño ceño pensativo en su cara bonita, como si no estuviera segura de que eso fuera verdad. Como si fuera la primera cosa falsa que le había dicho esta noche, y estuviera intentando darle sentido.
—Debías de quererla —dijo con suavidad, con sus ojos grises en los míos—. Mucho.
Pensé en ello, como tantas veces a lo largo de los años, con una especie de pregunta en el corazón que nunca había sido capaz de responder del todo.
Sabía que me había aferrado a esa idea durante mucho, mucho tiempo.
Que había querido a Jessa; que ella me había rechazado.
Formaba parte de la historia que me contaba a mí mismo, sobre mí mismo, para que estuviera bien seguir haciéndome daño.
Para alimentar la amargura y el resentimiento que todavía sentía hacia ella por abandonarme, hacia la banda por abandonarme; una amargura que solo había conseguido dejar atrás de verdad este año.
Después de que me dejaran otra vez, y decidí enterrar el pasado.
Dejarlo ir.
Era un nuevo día. Era un hombre nuevo.
Pero no era tan sencillo, ¿verdad?
Podías dejar las drogas y desengancharte, pero no podías simplemente borrar la pizarra y dejarlo todo atrás. No cuando todo se había convertido en parte de ti, te había cambiado, había dado forma al hombre completamente nuevo en que creías haberte convertido.
Todo el dolor por el que había pasado siempre sería parte de mí, grabado en mí, junto con todos los errores, los remordimientos. Aunque solo fuera para guiar las decisiones que tomase de ahí en adelante. Para que, con suerte, no volviera a cometer los mismos errores.
En la vida… o en el amor.
—Debí de quererla —dije, finalmente.
Pero la verdad, la verdad de la que más me avergonzaba, era que no lo recordaba del todo.