Tan canalla como Seth 7 Seth
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7 Seth

SETH

Me quedé mirando a Elle… allí sentada con su pelo platino y su maquillaje impecable, devolviéndome la mirada con sus ojos gris acero. Ni siquiera estaba seguro de qué me estaba preguntando, exactamente.

Mi único plan para esta noche —y durante muchísimos años de mi vida— había sido reunirme con Dirty. Y dado que eso claramente no iba a pasar hoy… Sí. Estaba bastante jodidamente libre.

—Ningún plan —dije.

—Bien. Entonces puedes venir a Hawái.

—¿Hawái?

—Kauai. —Ya no me miraba; solo observaba el tráfico pasar por su ventanilla—. ¿Has estado alguna vez?

—No.

—Es la mejor isla. Te gustará. Woo tiene una casa allí donde me quedo a veces. Voy para allá ahora.

—¿Ahora mismo?

Me miró. —Ahora.

Me limité a seguir mirándola.

¿Por qué coño me estaba invitando Elle a Hawái?

—¿Qué es esto…? —le pregunté.

—Es una rama de olivo —dijo—. El vuelo corre de mi cuenta.

Lo que hagas cuando llegues es cosa tuya.

Puedes quedarte en la casa de Woo conmigo y Joanie, si quieres.

Tendremos seguridad —añadió, haciendo una pausa para enfatizarlo, y la advertencia no me pasó desapercibida—.

Pero no puedo obligarte a quedarte ni a hablar conmigo.

Esto no es un secuestro. Y no te estoy prometiendo nada con la banda.

Esto no va de la banda. No hablo en nombre de Dirty.

Esto soy solo yo, diciendo que lo siento a un viejo amigo y que desearía que las cosas no hubieran salido como salieron, pero salieron así… y quiero que estés bien.

No tenía ni idea de qué decir a eso.

Era la única disculpa de cualquier tipo que había recibido jamás de alguien de la banda. No es que esperase ninguna. Tenían motivos para echarme. Al menos, la primera vez.

¿Se estaba disculpando por eso? ¿O por el segundo despido?

¿O por los dos?

Se giró para mirar por la ventanilla otra vez. —Esto es todo lo que puedo hacer ahora mismo para asegurarme de que estés bien. Es un momento. Me siento generosa. Acéptalo y punto.

Así que lo acepté.

—Vale —dije—. Voy.

Me miró de nuevo, sus ojos grises duros y directos. —Y Seth, si hay alguna droga… —Se calló un momento. Luego terminó—: Desaparezco de tu vida y no vuelves a acercarte a mí.

—Entendido.

Apartó la mirada y se quedó en silencio, y no me dirigió ni una palabra más durante el camino al aeropuerto.

No insistí.

Me importaba una mierda Hawái. Pero esto… era algo con lo que había soñado jodidamente.

Bueno… desde luego nunca había soñado con que Elle me invitara a volar a Hawái con ella.

Eso estaba tan lejos de lo que jamás creí posible que nunca me había molestado en tener esa clase de sueños.

Pero llevaba deseando esto tanto puto tiempo que no recordaba cómo era no desearlo.

Elle. Zane. Jesse. Dylan. Cualquiera de ellos, queriendo hablar conmigo de verdad.

Sería imbécil de remate si dejaba pasar la oportunidad de hacer las paces con alguien de la banda. Pero, a pesar de su disculpa, seguía sin tener del todo claro si eso era lo que estaba pasando aquí o no.

Lo único que sabía con absoluta certeza —y sabía que Elle también lo sabía— era que el resto de la banda, y Brody, no iban a alegrarse de esto.

Lo iba a hacer de todas formas.

Y por algún motivo que se me escapaba por completo, ella también.

El vuelo al aeropuerto de Lihue fue de poco más de seis horas, en un jet privado de lujo, y solo había cuatro personas en la enorme cabina.

Yo, Elle, su asistente, Joanie, y su guardaespaldas, que se me había presentado a regañadientes como Flynn.

Cinco personas, si contabas a la azafata que aparecía y desaparecía como un fantasma.

Los cuatro nos sentamos en esquinas opuestas de la cabina, y hubo muy poca conversación.

Joanie durmió casi todo el vuelo. Flynn leyó revistas y no dijo ni una palabra.

Yo básicamente toqué mi acústica, en voz baja.

Elle estaba con su ordenador portátil, los auriculares puestos, y rara vez levantó los ojos de la pantalla. No tenía ni idea de si estaba trabajando o qué. Pero no me habló.

En cuanto aterrizamos, estaba pegada al móvil.

Flynn nos consiguió un coche de alquiler, un todoterreno de lujo, y cargó las bolsas de todos en la parte trasera.

Yo no tenía bolsa, solo mis guitarras, porque no iba a pedirles exactamente que se desviaran a Santa Monica para recoger mis cosas de casa de Lauren.

Flynn se sentó al volante, Joanie iba delante, y Elle, a mi lado en el asiento de atrás, seguía con el móvil.

—No lo sé, Ash. Ya te avisaré cuando vuelva —dijo—. No lo sé. Podemos hablar de eso luego, ¿vale? —Sonaba irritada, con ganas de colgar. Ash no la dejó, sin embargo, durante unos minutos más de media discusión.

Era noche cerrada. Los Ángeles nos llevaba dos horas de adelanto, pero aun así. No tenía ni idea de si Ash sabía que Elle estaba aquí conmigo, pero ella desde luego no lo sacó a relucir.

Cuando colgó, suspiró suavemente, metió el móvil en el bolso y echó la cabeza hacia atrás en el asiento.

En cuestión de minutos, la cabeza se le fue contra la ventanilla. Se había dormido.

Cuarenta y cinco minutos después, mientras subíamos por el serpenteante camino de entrada de Woo, bordeado de árboles y salpicado de faroles que centelleaban en la noche, yo seguía observándola. Intentando descifrarla.

Descifrar qué hacía realmente aquí conmigo.

La había oído al teléfono con Ash, y no era la clase de conversación que tienen los amigos. Era evidente que había algo entre ellos. Y había visto cómo la miraban los hombres. Hombres en el aeropuerto. Nuestro piloto. Incluso Flynn.

No era solo que fuera preciosa. Más allá de su físico, Elle siempre había tenido ese algo; simplemente no era una chica cualquiera. Se movía de una forma que se sentía desde el otro lado de una habitación. Literalmente, las cabezas se giraban a su paso.

Era una estrella, en todos los sentidos de la palabra.

Y me preguntaba adónde había ido aquella chica radiante, descarada, pero con los pies en la tierra que yo conocí.

Todavía podía verla, sentada ahí, a apenas un brazo de distancia.

Bajo la ropa de diseño y el maquillaje. La veía viviendo esta vida enorme y glamurosa, como si le saliera de forma natural, y sin embargo no parecía cómoda en medio de todo eso.

Más bien… entrenada. Como si hubiera aprendido a vivir con ello.

Veía cómo lo llevaba puesto, como un vestido hecho a medida, uno que había olvidado cómo quitarse al final del día. Su fría distancia de todo. Su soledad en medio de su propia vida.

La miembro más famosa de Dirty…

No debería haber podido acercarme a ella, precisamente, pero por algún motivo me había dejado entrar. Al menos hasta aquí.

Era la única miembro de Dirty que me había tendido la rama de olivo.

Y no conseguía entender por qué.

—Bella te instalará en una de las casitas de invitados —dijo Elle, mientras me presentaba al ama de llaves de Woo.

Estábamos en su enorme cocina, con una pared de ventanales de suelo a techo abierta a la noche.

Olía a café recién hecho, a flores y al océano.

Oía las olas romper contra la orilla más allá del jardín, bajo los acantilados rocosos.

—Está todo listo para ti —dijo Bella, sonriéndome. Era una mujer menuda y vivaracha de sesenta y tantos—. Puedo enseñarte el camino, si quieres.

Miré a Elle, que se mantenía a distancia, observándome. Cruzó los brazos pero no dijo nada. Me fijé en que Flynn y Joanie se habían esfumado. Flynn había inspeccionado brevemente la casa antes de desaparecer. Ni siquiera creo que Joanie hubiera llegado a poner un pie dentro.

Había cuatro casitas de invitados pequeñas pero acogedoras en el jardín lateral, y todos, excepto Elle, dormíamos en ellas. Eran alrededor de las cuatro de la madrugada, pero no tenía muchas ganas de dormir.

—Gracias —le dije a Bella—. Puedo encontrarlo solo.

Tras una breve charla con Elle en la puerta principal, Bella se fue a su casa.

Se había quedado levantada esperándonos, y había insistido en enseñarme la casa de Woo cuando llegamos.

En lo que habría sido una salita junto al comedor, había un estudio de grabación completo.

El salón tenía un piano de cola y grandes ventanales que daban al jardín trasero, donde había una amplia terraza con un pozo de fuego.

Los cinco dormitorios de arriba daban al jardín arbolado, los acantilados rocosos y la oscura extensión del océano más allá.

La casa estaba apartada de la carretera, entre los árboles. Privada y tan aislada como se podía estar allí.

En general, entendía por qué Elle había elegido venir aquí.

Volvió a la cocina, donde yo estaba apoyado en la isla, mirando hacia la oscuridad. Ya me había servido un café.

—¿Quieres uno? —le pregunté, levantando mi taza.

Sus ojos encontraron los míos. Se rodeaba firmemente con los brazos, pero dijo: —Claro. —Se sentó en uno de los asientos acolchados junto a la ventana, con vistas al jardín trasero. Sentí su mirada mientras le preparaba un café.

—¿Te gusta con leche? ¿Azúcar?

—Solo con leche —dijo.

Le llevé la taza. Tenía una pequeña bailarina de hula y decía I Got Lei'd in Waikiki.

—Gracias. —Se le curvaron un poco los labios al ver la taza, pero no llegó a sonreír exactamente. La cogió y bebió un sorbo. Seguía mirándome, de vez en cuando, y ya que todavía no me había mandado a la mierda, supuse que me quedaría por allí hasta que lo hiciera.

Me senté en uno de los sillones acolchados frente a ella, de cara a la ventana.

Ella estaba de espaldas a la oscuridad ahora, de frente a mí, con las piernas recogidas en el asiento de la ventana, su vestido largo y suave de color gris envuelto alrededor de ellas.

Se había cambiado desde que llegamos. El vestido tenía tirantes finos; uno de ellos casi se le caía, sus hombros bronceados desnudos y erguidos frente a mí mientras se abrazaba las rodillas contra el pecho.

—Bueno —dijo—. ¿Estás bien? —Su aspecto y su tono eran cautelosos, pero al menos me estaba hablando.

Y pensé en lo que podría querer oír. En lo cargada que estaba esa pregunta, y en las diversas respuestas posibles.

—La mayoría de los días —dije.

Era bastante cierto. Desde que me desenganchué, mi vida había sido una corriente bastante estable de bien.

Asintió una vez, como si estuviera archivándolo dentro de sí misma. Marcando una casilla en algún lugar de su cabeza. Luego dio un sorbo de café y se miró los dedos de los pies. Llevaba las uñas pintadas con purpurina dorada y las meneó, jugueteando con el anillo del dedo medio del pie.

—¿Y tú? —le pregunté.

Me miró, sus cejas finas juntándose. —Estoy bien.

—¿Sí? ¿Qué tal la vida en el ojo del huracán?

Se encogió de hombros. —Es lo que parece.

—Parece agotadora.

—Sí. —Parecía agotada cuando dijo—: Lo es.

—¿La disfrutas? ¿Que todos quieran un trozo de ti?

—Mantuve su mirada de acero y añadí—: Queriéndote…

Encantados de odiarte… Solo esperando a que la cagues.

—Sabía, por experiencia, que eso era lo que menos me gustaba de la fama.

Pero no podías quedarte con todas las ventajas del éxito como estrella de rock sin lo demás.

Asintió, despacio. —Podría decirse que es una relación de amor-odio.

—¿Solitaria?

—¿Qué?

—¿Es solitaria? —le pregunté.

Pareció desconcertada por la pregunta. Pillada desprevenida. Quizá nadie se lo había preguntado de verdad antes. Entrecerró los ojos un poco y frunció el ceño. —¿Por qué iba a ser solitaria? Nunca estoy sola.

No dije nada.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Qué tal Ray?

Me encogí de hombros. —El mismo Ray de siempre.

Ray Brothers era mi padre de acogida, a falta de un término mejor.

Un hombre sencillo; a Ray le gustaban las cosas sencillas.

Su tele, su sofá y su cerveza light. Pero era un buen hombre.

Me acogió a los trece años y cuidó de mí durante unos cuantos años, con idas y venidas, cada vez que no estaba en el reformatorio por pillarme trapicheando con hierba.

Incluso después de que muriera su mujer, me había acogido, hasta que se lesionó la espalda en el trabajo y tuvo que pedir la invalidez y los que mandaban dijeron que ya no podía.

Había sido lo más parecido a una figura paterna en mi vida.

Mi propio padre, Todd Becker —un hombre que había entrado y salido de la cárcel antes de salir directamente de mi vida— desde luego no lo había sido.

Ray incluso me ofreció su apellido cuando cumplí diecinueve.

Dijo que podía quedármelo, si quería. Dijo que podía ser un nuevo comienzo, una oportunidad de empezar de cero con una vida propia y dejar atrás mi infancia de mierda.

Acepté la oferta. En aquel momento, de verdad creí que era un nuevo comienzo.

Lo que no sabía es que los peores momentos de mi vida estaban aún por llegar.

—Creo que está esperando a que le visite —añadí—. No le gusta que viva tan lejos últimamente.

Elle ladeó un poco la cabeza. —¿Dónde vives? —preguntó. Y resultaba tan jodidamente raro que ni siquiera supiera la respuesta a eso.

Pero ¿por qué iba a saberla?

—En Los Ángeles, a veces. Nueva York. Austin. Donde sea.

—¿Tienes un sitio ahí? ¿En «donde sea»?

—Tengo muchos sitios —dije—. Ninguno propio, si es lo que preguntas. Voy flotando de aquí para allá. Piedra que rueda no cría musgo, ¿o cómo era esa mierda?

—¿Y te gusta eso? ¿Ir flotando?

—La mayoría del tiempo —dije.

—¿No te resulta solitario? —Sus ojos gris acero encerraban un desafío.

—Nunca estoy solo —dije, repitiendo sus propias palabras.

—Ya. —Me examinó, con cuidado, como si intentara calarme. O entenderme—. ¿Tienes novia?

Me encogí de hombros. —Hubo una chica. Michelle. Tuvimos algo, con idas y venidas, estos últimos dos años.

—¿Y?

—Y ella está en Boston. Y yo estoy aquí.

—¿Ya no estáis juntos?

—Nunca estuvimos juntos realmente. Solo… buenos amigos.

—Amigos. —Elle lo consideró—. ¿Con derecho?

—Si lo quieres llamar así.

Negó con la cabeza mientras decía: —No sé, Seth… Boston me parece muy lejos para un simple rollo.

—No si vives en Boston —dije.

—Ah. —Se quedó en silencio, quizá preguntándose cuándo coño había vivido yo en Boston.

—Antes de eso —ofrecí—, estuvo Lauren. Ella está en Los Ángeles.

—¿Otra amiga?

—Exacto. Y antes de eso… era un yonqui, y también lo eran casi todas las chicas con las que me lié. Las que no lo eran… bueno… en cuanto ven lo que hay detrás del telón, no es tan bonito, y no duran mucho.

—Pero eso fue hace mucho tiempo.

Sí; estaba claramente desafiándome. Tanteándome. Vigilando cualquier señal de que fuera a cagarla. Cualquier señal de que tuviera que llamar a Flynn para que me sacara de aquí a patadas.

—Exacto —dije, sosteniéndole la mirada—. Hace mucho tiempo.

—¿Has tenido alguna vez una relación de verdad? —Dio un sorbo de café, mirándome por encima del borde de la taza—. Ya sabes, desde que te desenganchaste.

—¿Qué es eso? —le pregunté—. ¿Flores y paseos por la playa?

—¿Quizá? Parecen cosas bastante normales que hacer con alguien que te importa.

—Entonces supongo que simplemente no soy tan normal —dije.