Tan canalla como Seth 4 Elle #2
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4 Elle #2

—Estoy tan jodidamente harto de esta mierda —se quejó, frotándose la cara con las manos.

Sí. Yo también. Pero no era propio de Dylan perder la paciencia.

Esto iba mal de verdad.

—¿De verdad quieres que Seth vuelva? —le preguntó a Zane.

—Joder, sí —dijo Zane—. Ojalá nunca le hubiéramos perdido.

—Lleváis todos mucho tiempo aquí. —Maggie intervino, quizá intuyendo que necesitaba callar a Zane. Se le daba bastante bien saber cuándo había llegado ese momento—. Dejémoslo por hoy. Hablaré con Brody y haremos lo que haga falta para encontrar a la persona adecuada.

—Gracias, Maggie —dije, cuando los chicos se quedaron ahí sentados en un silencio sombrío.

Maggie asintió, luego se giró y salió en silencio. Zane se levantó para seguirla, pero se detuvo para estrecharle la mano a Dylan.

—¿Nos vemos luego?

—Sí —dijo Dylan—. Me paso.

Después Zane se giró hacia mí. Se acercó para abrazarme, así que me levanté a su encuentro. Nos abrazamos, pero no le estaba mirando exactamente a los ojos cuando me preguntó:

—¿Vienes esta noche?

No, no iba a ir. Aunque esperaba no tener que decírselo a la cara.

Zane daba una fiesta de cumpleaños atrasada para Woo en su casa esa noche. En realidad, probablemente también era una fiesta de Joder-por-fin-hemos-acabado-con-estas-audiciones. Pero ahora, quizá no habíamos acabado. Y yo me iba a Kauai de todas formas, en cuanto saliera de aquí.

Zane me sujetó con los brazos extendidos. Me miraba fijamente, y cuando tardé demasiado en contestarle, me acusó:

—¿Te vas a esfumar?

—Sí —dije, porque ¿qué otra cosa podía decir?

Sus manos se apartaron.

—¿Pero qué coño, Elle?

—No puedo más. Por ahora.

—¿Qué coño significa eso?

—Significa que no puedo más. Que me tomo un descanso. Vosotros también deberíais. —Miré hacia Dylan, que seguía despatarrado en su silla, dándose golpecitos en el cráneo con una baqueta y con cara de preferir que le hicieran una endodoncia en ese momento.

—Díselo a Brody y Maggie —dijo Zane.

—Ya lo he hecho. De todas formas necesitarán tiempo para resolver los detalles con la cadena. Ampliar el rodaje o lo que sea. Mientras tanto, todos podemos respirar un poco.

Zane me sostuvo la mirada, pero no discutió más.

Todos sabíamos que este proceso estaba pasándonos factura, y la verdad es que me importaba una mierda lo que pensara sobre que me largara a Kauai.

Se suponía que iba a tener este descanso hacía meses, pero esta búsqueda interminable de un nuevo guitarrista no paraba de posponerlo.

¿Cuántas veces se había desentendido él de la banda a lo largo de los años porque tenía algo más importante que hacer, como emborracharse, o ponerse sobrio, o echar un polvo?

Aquí estábamos hablando de mi salud mental.

Habíamos estado trabajando en el nuevo álbum y buscando un nuevo guitarrista sin parar durante un año mientras yo además trabajaba en unas novecientas cosas más.

Estaba oficialmente sobrecargada, sobrepasada y hasta las narices de la mierda entre Jesse y Zane, por no hablar de la mierda entre Jesse y yo.

Si no me tomaba un tiempo lejos de todo, iba a perder la cabeza, y no iba a ser bonito.

Maggie y Joanie habían trabajado mucho para despejar mi agenda —un pequeño milagro— y si Zane tenía un problema con que me fuera, podía ir a hablarlo con Brody.

Yo me largaba, y Zane podía besarme el culo mientras me alejaba.

Pero me mordí la lengua. Por los pelos.

Y él lo sabía. Esos ojos azul hielo se le entornaron, una sonrisa tirándole de las comisuras de la boca.

Sonreí, a regañadientes.

—Espero que encuentres buena polla en Hawái —dijo—. Y anímate de una puta vez.

Se me borró la sonrisa. Mira quién hablaba; yo no era quien usaba el sexo para sentirse mejor.

Aunque, estos últimos siete meses… eso era exactamente lo que había estado haciendo. Con Ash.

Pero Zane no sabía eso. Al menos, estaba bastante segura de que no.

De todas formas, probablemente debería haberme sentido aliviada.

Esto era lo que todo el mundo había querido desde que Jesse y yo rompimos, hacía casi un año y medio: que la vida en la banda volviera a la normalidad.

Y Zane solía hablarme así —en plan basto— todo el tiempo.

Desde la ruptura, sin embargo, se había mordido la lengua muy ostensiblemente sobre mi vida personal.

Parecía que la moratoria sobre ese tema había terminado por fin.

Sonrió con suficiencia, porque a Zane le encantaba tener la última palabra, luego se dio la vuelta y se alejó con su paso chulesco.

—Espero que no te tires sin querer a ninguna cría menor de edad en tu fiesta esta noche y acabes en la cárcel —le dije a su espalda mientras se alejaba—. Vamos a necesitarte en la gira.

Levantó el puño y me hizo una peineta, luego desapareció por la puerta.

Sí. Más o menos, todo como siempre.

Me quedé ahí de pie un momento y suspiré. Estaba oficialmente libre, y ya iba siendo hora. El equipo estaba empezando a reaparecer, desmontando discretamente el equipamiento y recogiendo a mi alrededor. Ya no tenía obligación. Esto se había acabado, por ahora.

Entonces ¿por qué seguía aquí de pie?

—¿Y tú qué?

Miré hacia Dylan. Casi me había olvidado de que seguía aquí.

—¿Qué?

—¿Desearías que nunca hubiéramos perdido a Seth? —me preguntó.

Suspiré otra vez, un suspiro pesado y desgarrado que venía de algún lugar muy profundo.

De algún lugar herido y tan lleno de arrepentimiento que nunca había sido capaz de encontrarle el fondo.

Un lugar donde guardaba los dos peores recuerdos de mi vida: encontrar a mi amigo inconsciente, inerte y pálido, en un charco de su propio vómito y sangre… y un mes después, darle la espalda.

—No importa —dije, con la voz sonándome pequeña en la enorme sala—. De todas formas no es lo mismo. A veces todavía desearía no haber perdido a Jesse, pero eso no significa que le quiera de vuelta.

Cuando encontré la mirada de Dylan, sus ojos verdes eran suaves, su cara atractiva tensa de preocupación.

No recordaba una sola vez en que Dylan hubiera estado en medio de ningún tipo de drama entre nosotros: Zane, Jesse, yo.

Siempre éramos los tres montándola, y Dylan, la calma en el ojo del huracán.

Me agaché para besarle, suavemente, en la mejilla.

—Nos vemos —le prometí.

Pero al salir, la verdad es que no sabía cuándo sería.