3 Elle
ELLE
A la mierda con esto.
Estaba hasta las narices.
Mientras volvía a salir al bar, me sentía inquieta y agitada. Aburrida, en realidad. ¿Qué coño quedaba por discutir? Estábamos en un punto muerto. No habíamos avanzado nada aquí.
Todo aquel puto proceso era una pérdida de tiempo.
Audiciones que te dejaban el cerebro frito. Escuchar a aspirantes a estrellas de rock tocar canción tras canción. La mayoría, malas. Algunas, buenas.
Unas pocas, muy, muy buenas.
Ninguna de ellas, Dirty.
Habíamos seguido el proceso hasta el final, para las cámaras, para nuestro acuerdo con la cadena, pero extraoficialmente todos sabíamos que, en cuanto a talento, todo se reducía a Johnny O'Reilly o Boz Bailey: un par de estrellas de rock de verdad que ya conocíamos.
Johnny, si conseguíamos convencerle de dejar su otra banda y unirse a nosotros; poco probable, ya que tenían una canción en lo más alto de las listas de indie rock en ese preciso momento y nuestra última conversación había acabado siendo una discusión a tres bandas entre Johnny, Jesse y Zane.
Boz, si conseguíamos sortear sus problemas para viajar. Es decir, tenía prohibida la entrada en Estados Unidos de por vida por un delito relacionado con drogas de hacía más de una década.
Una noticia estupenda para una banda de gira.
Opciones de puta madre.
Si no podíamos cerrar el trato con Johnny o Boz, se reducía a una de estas audiciones, y ninguno de nosotros estaba contento con las opciones.
Bueno, algunos sí, pero ninguno de nosotros se ponía de acuerdo en cuáles nos convencían.
Me desplomé en una de las sillas que habían colocado en semicírculo en la pista de baile, frente al escenario, para nosotros: la banda y nuestro productor discográfico.
Habíamos acordado, sin problema, que tenía sentido grabar las audiciones de L.A.
en el bar de Dylan, porque era el tipo de sitio donde podríamos hacer audiciones reales, aunque no las estuviéramos haciendo para una serie documental de televisión.
Nadie quería ir a grabar a un plató de televisión o en un decorado falso, y Zane, en particular, dijo que de ninguna manera iba a «sentarse en un puto trono como en un reality de mierda y juzgar a la gente».
Así que aquí estábamos, en viejas butacas de teatro rescatadas de algún teatro abandonado, en medio del local de Dylan, con una banda residente en el escenario formada por amigos nuestros, y la cosa tenía un punto jodidamente acogedor; lo único raro era el equipo de rodaje y las cámaras, y por supuesto, la enorme pantalla que habían montado, bloqueándonos la vista de un lado del escenario, donde los aspirantes se ponían a tocar la guitarra para nosotros.
Había luces detrás de la pantalla que proyectaban una especie de silueta, pero era bastante borrosa.
La mayor parte del tiempo no podías distinguir si era un hombre, una mujer o un alienígena dándolo todo ahí detrás.
Zane se había quejado de eso, dijo que necesitábamos ver el aspecto de la gente como parte del proceso, pero Brody nos había convencido de aceptar la idea, que era toda de Liv. Y habíamos confiado en Liv, como siempre.
Las audiciones a ciegas quedan bien en televisión, había dicho. Añadirán dramatismo.
Como si necesitáramos algo que añadiera dramatismo a unas audiciones en directo con Zane en la sala. Y con todos nosotros discutiendo sobre cada guitarrista que tocaba para nosotros. En lo único que habíamos coincidido hasta ahora era en quiénes habían sido un desastre total en la audición.
En ese momento, los chicos seguían discutiendo, lo cual significaba que, aunque mi cabeza ya estaba en una playa de Kauai, tenía que aparentar estar aquí hasta que terminaran con su debate.
Como siempre, Jesse y Zane chocaban. Dylan estaba recostado con la boca cerrada, y yo estaba haciendo un esfuerzo enorme por no perder los papeles.
Habíamos terminado hacía ya casi media hora; yo ya me había largado a mirar los mensajes y había vuelto.
Ahora íbamos por la mitad de los grandes éxitos de The Guess Who y seguían debatiendo sobre el tío de Vancouver que se las había arreglado para impresionar a Jesse la semana pasada con su versión de Crazy Train de Ozzy Osbourne, y la chica que ayer había tocado una versión extrañamente ralentizada y de algún modo sensual de Avenged Sevenfold.
—Si no tuviera tetas —decía Jesse—, ¿seguirías pensando que tocó God Damn como para merecer la pena?
Estaba sentado en el asiento a mi izquierda, aunque apenas le había mirado en todo este proceso, a menos que las cámaras estuvieran grabando y tuviera que aparentar normalidad.
—¿Tenía tetas? —dijo Zane con sequedad. Estaba repantigado al otro lado de Jesse, con su característico chaleco de cuero negro sobre una camiseta blanca desgastada, y unos vaqueros de tiro bajo que enseñaban demasiada línea de vello depilada. Zane tenía un cuerpazo, sí. ¿Quería verlo? No.
Se echó el pelo rubio hacia atrás con una mano cargada de anillos y sus ojos azul hielo se cruzaron con los míos. Me guiñó un ojo.
Suspiré.
No me molesté en mencionar que la chica en cuestión apenas tenía dieciocho años y probablemente no debería haber estado aquí en absoluto, y seguramente no habría estado si no fuera porque estábamos grabando estas audiciones, y lo de «buena televisión» y toda esa mierda.
—Entonces, si nadie arrasa con esto, ¿dónde estamos?
—preguntó Dylan, por enésima vez esa semana, harto de la discusión.
Estaba sentado a mi derecha, sus largas piernas enfundadas en vaqueros estiradas frente a él.
Le miré y me lanzó una mirada de sufrimiento, sus ojos verdes suplicándome que le ayudara a acabar con esta locura—.
¿Elegimos a alguien para la serie —sugirió— y le despedimos cuando acabe el contrato?
—Ni hablar —dijo Jesse.
—¿Y por qué no? —replicó Zane—. ¿A quién coño le importa? Aguantamos, disfrutamos de la publicidad, y si son una mierda, les echamos.
—Ni de puta coña —dijo Jesse—. No voy a compartir el escenario con nadie con quien no quiera compartirlo.
—Nadie quiere hacer eso —intervino Brody.
Estaba de pie contra la pared, brazos cruzados en su cazadora de cuero, y apenas había dicho nada desde que se fue el último guitarrista.
Normalmente no hablaba cuando las cámaras estaban grabando, pero ahora que habíamos terminado y seguíamos discutiendo, estaba claro que necesitábamos la voz de la razón entre nosotros—.
Pero tenemos una obligación con la cadena.
Si no podemos elegir a alguien, puede que nos pidan ampliar la grabación y seguir buscando.
Miró al productor de la serie, que también estaba sentado al fondo, contra la pared, jugando con el móvil. Él apenas hablaba, aparte de lamernos el culo con entusiasmo a la menor oportunidad, apoyándose en gran medida en Liv para dirigir todo esto creativamente.
¿Y dónde coño estaba ella ahora? Formaba parte del acuerdo, y francamente, una de las razones principales por las que la cadena había dado luz verde a la serie.
Una razón principal por la que nosotros habíamos accedido a hacer la serie.
—No está en el presupuesto actual —confirmó el productor, mirándonos y asintiendo con entusiasmo, como si lo que había dicho fuese de alguna ayuda. ¿Frank algo? No me había molestado en recordar su nombre—. Pero, sí. Probablemente lo pedirán.
—Que le den al presupuesto. —Ese fue Zane.
—Estoy de acuerdo —dijo Jesse, y me giré a mirarle, porque estar de acuerdo con Zane era algo a lo que solía ser alérgico—.
Prefiero que lo paguemos nosotros y sigamos buscando hasta encontrar a alguien adecuado.
—Sus ojos castaño oscuro se encontraron con los míos; su cara preciosa estaba a escasos centímetros de mí.
Se me retorció un poco el estómago, pero no de la misma manera que se me retorcía cuando éramos pareja.
Ni antes de eso, cuando quería que lo fuéramos, desesperadamente.
Era un retorcijón de incomodidad.
Y me pregunté: ¿cuándo cojones iba a desaparecer eso? ¿Alguna vez sería capaz de mirarle y sentir… nada? Nada más que lo que sentía cuando miraba a Zane… una apreciación completamente impersonal de sus encantos masculinos, porque me resultaban completamente indiferentes.
Aparté la mirada. Él y Zane tenían razón, pero no era lo que quería oír ahora mismo. Estábamos todos quemados con esta búsqueda. No la búsqueda que empezó con las audiciones la semana pasada. La búsqueda que empezó hace siete años, cuando perdimos a Seth.
Habíamos pasado por ocho guitarristas rítmicos diferentes, oficialmente, desde que Seth Brothers fue despedido de la banda.
Y ninguno de ellos se había unido técnicamente a Dirty.
Les habían contratado con contratos temporales, como músicos de estudio o músicos de gira, o habían tocado como «invitados especiales» en nuestros álbumes.
Lo más cerca que habíamos estado de cubrir el puesto de verdad fue cuando contratamos al propio Seth hacía seis meses.
Ese contrato duró apenas unos días.
Desde entonces, habíamos estado buscando ferozmente para llenar el vacío. A estas alturas, todos empezábamos a sentir que estábamos malditos o algo así. Cada vez que creíamos haber encontrado a nuestro hombre, todo se desmoronaba.
La serie documental era una idea montada por nuestro equipo de gestión, liderado por Brody y Maggie, junto con Woo, nuestro productor discográfico, y desarrollada con Liv.
Era una buena idea, por muchas razones. Con suerte, generaría mucho revuelo y entusiasmo cuando la serie saliera, un entusiasmo que ayudaría al lanzamiento de nuestro próximo álbum del décimo aniversario y la gira.
También abría las audiciones al público, lo cual significaba lanzar una red más amplia y la posibilidad de descubrir una estrella emergente.