22 Jude #2
En cuanto al día de Navidad, ahora todos teníamos familia con la que queríamos celebrarlo. Yo seguía teniendo a mi madre y a mi hermano. Zane seguía teniendo a Dolly. Pero Jesse ahora tenía a Katie y a la familia de ella, y Brody tenía a Jessa y a Nick.
La verdad, este año se notaba que, con Jessa de vuelta y un bebé nuevo en la ecuación, todos teníamos algo más que celebrar.
Y ahora… yo tenía a Roni.
Cuando salí de la ducha, me enrollé una toalla a la cintura, sin apretar, y me asomé al pasillo, por si le apetecía celebrar la temporada navideña otra vez. Pero pasó disparada junto a mí y se metió en el baño. —Gracias —dijo—, no tardo. —Luego me cerró la puerta en las narices y abrió la ducha.
Supuse que eso significaba que no iba a acompañarla.
Mientras me secaba y me vestía, me iba quedando claro que estaba actuando un poco rara. No es que supiera cómo era por las mañanas, exactamente. Hay gente que está atontada por las mañanas, o que habla con monosílabos o simplemente está zombi hasta el primer café. Pero esto no era eso.
Puede que le hubiera sentado mal que le pidiera que nos viéramos en casa de Brody y Jessa, en vez de pedirle que fuera conmigo.
Si era eso, no sabía muy bien cómo arreglarlo, salvo adelantar un poco su regalo de Navidad.
Cuando salió de la ducha, lo tenía en la mesa de la cocina. Yo estaba vestido, pero ella había ido un paso más allá. Ropa puesta, bolso al hombro y chaqueta en la mano, como si estuviera lista para salir por patas. Pero cuando vio la caja del regalo, se detuvo.
Me miró a mí, y luego miró la caja otra vez.
—¿Otro regalo de Janice? —me preguntó, con cara de póquer absoluta.
Joder, qué borde era esta tía.
—Lee la puta tarjeta.
Dejó la chaqueta y el bolso y abrió con cuidado la pequeña tarjeta doblada en la que apenas había podido escribir, de lo diminuta que era.
—Veronica —leyó en voz alta—. Feliz Navidad. —Le dio la vuelta—. Hmm. No está firmada.
—Será de Papá Noel.
—¿Se ha adelantado?
—No seas borde.
Una sonrisa se extendió, tímidamente, por su cara.
Tenía las mejillas un poco sonrojadas de la ducha, el pelo negro algo húmedo, y seguía sin maquillaje, y tuve el pensamiento extraño de que iba a estar realmente guapa cuando envejeciera.
De esas mujeres que mejoran con la edad.
Su pelo negro volviéndose elegantemente gris y luego blanco, y su piel pálida simplemente sentándole bien, y todos los viejos babeando detrás de ella.
Madre mía.
¿Qué coño me pasaba?
Las fiestas me estaban poniendo sentimental de cojones, o algo.
La observé mientras, con mucho cuidado, casi con timidez, deslizaba los dedos bajo el celo y poco a poco iba despegando el papel de regalo plateado con campanitas.
La mujer de la tienda lo había elegido, y por cómo Roni lo trataba como si fuera oro hilado, supuse que había sido buena elección.
Por fin desenvolvió la caja blanca de dentro, y luego empezó de nuevo el proceso con el celo que mantenía la caja cerrada.
—Que somos jóvenes, cielo. Que se nos va a pasar la Navidad.
Me lanzó una mirada asesina rápida y siguió despegando. Cuando abrió la tapa, la levantó, dejando a la vista el papel de seda gris plateado del interior. Lo fue apartando con cuidado, despegándolo del regalo dentro de la caja.
—Me estás matando.
Sonrió un poco y, por fin, retiró suficiente papel de seda para meter las manos. Agarró su regalo y lo sacó, sosteniéndolo entre las manos. Brilló a la luz del sol de la mañana.
Ladeó la cabeza y me miró de reojo.
—Es un jarrón —dije, como un imbécil.
—Por un segundo —dijo—, te juro por Dios que pensé que iba a ser una pistola o algo. Ya sabes, para mi «protección».
—¿Por eso lo manejabas como una bomba a punto de estallar?
—Solo quería saborearlo —dijo, algo avergonzada. Contempló el jarrón—. Es precioso, Jude.
—Ya sabes, para reemplazar el que rompí.
Sus ojos verdes se clavaron en los míos, y me sacudió por dentro, como tantas veces. —Lo rompimos juntos.
—Sí. —Me aclaré la garganta—. No es para tanto. Jessa me ayudó a elegirlo. Dijo que te gustaría.
Lo giraba entre las manos, con cuidado. —Es de cristal.
—Dentro hay un tique regalo. Por si no es lo que quieres.
Lo guardó con cuidado en la caja. Luego me agarró por la nuca y se puso de puntillas para besarme.
Mis brazos la rodearon, sujetándola, y mi boca se aplastó sobre la suya, y lo que probablemente pretendía ser un dulce beso de Gracias por el regalo se convirtió en el beso profundo, sucio, guarro y mojado que ponen al principio de un buen porno.
—Es el mejor… regalo… de la historia… —dijo, entre morreo y morreo—. Y ahora puedes comprarme más flores… para ponerlas dentro…
Entonces su móvil empezó a vibrar.
Se arrancó de mí, con los labios hinchados y húmedos. Frunció un poco el ceño. —Mierda.
—¿Ignóralo? —La sujeté contra mí, pero intentó zafarse, poniendo cara de disculpa. La solté y sacó el móvil vibrando del bolso.
—Joder —murmuró, mientras yo me ajustaba el empalme en los vaqueros—, es mi madre.
—¿No vas a contestar?
Levantó una ceja, como diciendo Igual no.
—Es Nochebuena —le recordé.
Refunfuñó algo entre dientes —algo así como ¿Y ahora va de buen chico…?— y por fin cogió el teléfono. —Hola, mamá.
Escuché, y aunque nunca había conocido a la madre de Roni, por cómo se desarrolló la conversación, el tono de Roni algo cortante y en guardia, me hice una idea bastante clara de su relación. Al menos, de la parte de Roni.
—Sí. No estoy segura aún, mamá. Iba a quedar quizá con Jessa… —Sus ojos se encontraron con los míos.
¿Cuándo?, le articulé sin voz.
¡Esta noche!, me articuló ella.
Negué con la cabeza, despacio.
Se dio la vuelta. —Sí, estoy aquí. Igual te puedo confirmar…
Le quité el maldito teléfono de la mano.
—¿Cindy? —No, no la conocía, pero sabía su nombre. Sabía bastante de ella, en realidad.
—¿Hola? —dijo la madre de Roni—. ¿Quién es?
—Soy Jude. Un amigo de Roni. —Miré a Roni, que estaba ahí plantada en estado de shock.
—¿Ah, sí? —dijo la madre de Roni.
—Parece que acabamos de confirmar nuestros planes para esta noche —le informé—. Cenamos en casa de Jessa Mayes. Una especie de cosa prenavideña. Poca gente. Estás invitada, si estás libre.
A Roni se le abrió la boca.
—Ah. Bueno… sí. Estaría muy bien. Hace mucho que no veo a Jessa.
—Seguro que le encanta que vengas. ¿Has conocido ya al bebé?
Roni salió de su estupor e intentó arrebatarme el teléfono. La mantuve a raya con un brazo.
—No —estaba diciendo su madre—. No, Roni me dijo que había tenido un niño, y le mandé una tarjeta, ya sabes, pero hace tanto que no la veo…
—Estupendo. Les digo a ella y a Brody que vienes. —Le di la dirección, colgué y le devolví el móvil a Roni—. ¿Tan difícil era?
Me fulminó con la mirada. —Qué acabas de hacer.
—He invitado a tu madre a la cena de Nochebuena.
Suspiró y empezó a teclear en el móvil.
—¿Qué haces?
—Le digo que es una cena de traer algo, así que más le vale traer algo bueno. —Envió el mensaje y se guardó el móvil en el bolso.
La estudié.
—¿No quieres ver a tu madre en Navidad?
—No lo entiendes. Ella no hizo planes para verme a mí.
—¿En Navidad?
—Jude. —Me miró, con las manos en las caderas—. Esto es lo que hace. Los planes que tuviera para esta noche se le han caído. Y te prometo que, si tenía planes, eran con un tío. Soy su plan B de última hora en Nochebuena. Siempre soy su plan B de última hora.
—No sabes eso.
—Créeme. Lo sé. Si hubiera la más mínima posibilidad de que esta noche le fueran a dar lo suyo, no me estaría llamando.
La cogí y la estreché entre mis brazos. Parecía agotada de los nervios, y la verdad es que nunca había visto a Roni así. —Es tu madre, Roni. Es Nochebuena. Puede que te sorprenda.
Apoyó la cabeza en mi pecho. —No. No me va a sorprender. Va a ser increíblemente poco sorprendente.
—Puede que a mí me sorprenda. —Roni levantó la vista hacia mí y sonreí—. Nunca la he conocido.
—Hay una razón —murmuró—. ¿Tienes idea de lo que acabas de provocar? Cindy Webber en una habitación llena de estrellas del rock. Dios.
Parecía agotada solo de pensarlo.
Le di un apretón. —Trabajo en seguridad para Dirty, nena. Creo que puedo manejar a una mujer salida en una habitación llena de estrellas del rock.
Me miró como si fuera idiota. —A esta no la has conocido.
—Si se parece en algo a ti, cariño —dije, con una buena dosis de sarcasmo—, será arcilla en mis manos.