Tan canalla como Jude (Dirty: chicos malos del rock 3) 22 Jude
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22 Jude

JUDE

Era domingo, la mañana de Nochebuena, cuando me desperté junto a Roni.

Era la primera mañana que nos despertábamos juntos. La primera vez que uno de los dos pasaba la noche en la cama del otro. Estábamos en mi casa, adonde la había traído después de la fiesta de Zane la noche anterior.

Aunque… resultó que no estaba exactamente en la cama con Roni.

Solo con sus braguitas de bastoncito de caramelo y un rastro de su perfume de gatita sexual.

Oí el tintineo de platos y me llegó olor a tostadas.

Me levanté, me puse unos calzoncillos y una camiseta, y seguí el olor a comida. Este sitio nunca se había parecido tanto a un hogar como cuando encontré a Roni Webber en la cocina, con una de mis camisetas puesta, preparándome el desayuno a la luz del sol.

—Ah, hola —dijo, iluminándose al verme entrar—. ¿Quieres tostadas?

—Claro.

Sonrió de oreja a oreja y metió un par de rebanadas en la tostadora. Luego la alcé en brazos. La besé varias veces, suavemente. Labios, mejillas, párpados, nariz.

—Perdona —dijo bajito—, no soy muy cocinera que digamos y no tienes gran cosa en la nevera, pero me las he apañado. He cortado algo de fruta. Y, por cierto, si quieres que una tía te haga el desayuno después de dejarla sin sentido de tanto follar, igual te conviene comprar unos huevos o algo.

—Qué quieres que te diga… —Le besé la mejilla otra vez y la solté—. Como mucho fuera de casa. No paso mucho por aquí. Y no quiero tías cocinándome el desayuno.

Se le cayó la cara.

—Mierda. Menos tú, V. Quería decir menos tú.

—Ah. —Una sonrisa tímida le bailó en los labios carnosos.

—Joder. ¿Acabo de decir eso estando tú en mi cocina, con mi camiseta, haciéndome el desayuno?

—Sí.

—Meto la pata hasta el fondo. Lo mío es una enfermedad.

—No pasa nada.

—Me comeré lo que quieras hacerme, cariño.

—Genial. —Las tostadas saltaron y las puso en un plato para mí—. ¿Mantequilla?

—Solo un poco.

—¿Quieres café o algo? No encontraba dónde lo guardas.

—No tengo. ¿Necesitas uno?

—No. Soy consumidora ocasional. —Sonrió. Estaba guapísima con el pelo revuelto de por la mañana y sin una gota de maquillaje—. Aquí tienes. ¿Fruta?

—Ya cojo. —Me serví un poco de las manzanas, fresas y lo que fuera que había cortado en una especie de ensalada de frutas, echándolo en mi plato. Parecía que ella ya había terminado de desayunar—. Podrías haberme despertado. Ni idea de por qué he dormido tanto. Suelo madrugar bastante.

Se encogió de hombros. —No sé. Estabas ahí tan a gustito, y yo tenía hambre.

—Gracias. —Me apoyé en la encimera y mordí la tostada—. La mejor tostada que me ha untado una tía en la vida.

Puso los ojos en blanco. —¿No vas a sentarte?

Miré las sillas alrededor de la mesa, que rara vez sacaba. —Siempre desayuno de pie aquí —dije—. Normalmente solo me hago un batido.

Sonrió un poco. —¿Quieres mermelada?

—¿Tengo mermelada?

—He encontrado esto en el porche —dijo, señalando un tarrito de cristal con lo que parecía mermelada casera, en la mesa—. Salí con mi zumo a echarle un vistazo a tu triste jardincillo. ¿Una tal Janice te lo ha dejado? —Levantó una ceja mientras yo miraba la etiquetita del tarro.

—Mi vecina —dije.

—¿Te la tiraste? —Apartó la mirada mientras daba un sorbo a su zumo—. No estoy celosa. Solo me lo pregunto. La mermelada está buena. —Se giró para guardar el pan y le pasé el brazo por detrás.

—No me la tiré —le susurré al oído, y luego le mordisqueé el lóbulo—. ¿Por qué te interesa tanto Janice? ¿Te van las rubias atléticas?

Soltó esa risilla gutural suya. —A veces. —Luego sus ojos se encontraron con los míos, y se le cayó la cara—. Es broma —dijo—. No me refería a Taze… ni a quien sea.

A quien sea. Eso significaba Piper o Zane, sin duda.

La solté. —Perdona por sacarlo.

—No tengo fijación con los rubios, Jude.

No dije nada.

Me miró fijamente, mordiéndose un poco el labio carnoso. —Lo has mencionado varias veces. Has dicho cosas sobre que Taze era rubio…

—¿Sí?

—No tengo, no sé, un fetiche con los tíos rubios ni nada.

—Me alegra saberlo —dije, dejando el plato vacío en la encimera—. Porque yo no soy rubio.

—No. Eres… —Me miró el pelo—. Oscuro.

Bebí mi zumo.

—Hawaiano, brasileño… inglés y sueco.

Buena memoria. Ni siquiera recordaba habérselo contado, pero debí de hacerlo, en algún momento.

—Igual que Piper —dije—. Creo que también tiene algo de noruego.

—Y se te nota. Todo. —Me miró fijamente—. A él también, en cierto modo. Solo que… de otra manera.

—Ajá.

Parecía a punto de decir algo más, pero se giró para dejar su plato en el fregadero. Luego se volvió hacia mí, de repente, como si acabara de reunir el valor para soltar lo que quería decir. —¿Quieres que vaya a la cena de esta noche?

La miré. ¿Eh?

—O sea, Jessa me invitó, pero sé que es una tradición vuestra, y… no tengo por qué ir. De verdad.

Sabía que Jessa la había invitado, y había dado por hecho que vendría.

—Sí —dije—. Quiero que vengas.

—Ah. —Pareció relajarse un poco, pero seguía con cara de estar al borde de algo—. Vale. —Se dio la vuelta.

Luego se giró otra vez.

—¿Es… como… raro para ti? Que… tu hermano sea rubio? Y tú… no?

—Bueno. No fue precisamente normal cuando era crío, eso te lo digo. —Terminé el resto de mi zumo y la miré.

—Ah —dijo—. Pero. O sea… obviamente, sabes que eres guapísimo, ¿no?

Claro. Lo sabía igual que ella sabía que quería que viniera a la cena.

—Saberlo no es lo mismo que sentirlo, cariño.

Frunció un poco el ceño. —Supongo… —Cogió nuestros vasos de zumo, despacio, mientras le daba vueltas a eso.

—Deja los vasos.

Los dejó en el fregadero.

La agarré de las caderas, la giré hacia mí, aplasté mi boca contra la suya y le di un beso largo y abrasador.

Y fui paciente de cojones. La besé y la besé hasta que soltó la rigidez del cuerpo y volvió a ser ella misma entre mis brazos, curvilínea y segura.

Sentí el cambio, la forma en que pegó su cuerpo al mío y me devolvió el beso.

Cuando por fin me separé, le dije: —Eso es lo mucho que quiero que estés en la cena esta noche.

—Vale —dijo, con la voz ronca de deseo; mucho más convincente.

—Estaré allí sobre las tres —le dije, soltándola.

—Ah. ¿No vamos… juntos?

—Tengo que pasarme antes por casa de Piper. Va a freír el pavo. Le dije que le echaría un cable con la freidora. La llevo en su camioneta.

—Ah. Claro.

—¿Entonces?

—¿Entonces qué?

—¿A qué hora vas a llegar?

—No sé. ¿A las cuatro? Para echarle una mano a Jessa si lo necesita.

La observé mientras recogía los restos del desayuno de la mesa. —Tengo que irme pronto. ¿Quieres ducharte antes? La ducha del baño principal es una mierda, así que usamos la del pasillo.

Me miró de reojo y sonrió suavemente. —¿Por qué vives aquí?

—¿No te gusta mi casa? —Miré alrededor. Sí, era vieja. Tirando a pequeña. Pero estaba limpia. Simple. Me gustaba lo simple.

—Solo digo que no es tuya. Es de alquiler, ¿no?

—¿Tanto se nota?

—Seguro que te podrías permitir algo mucho mejor.

Me encogí de hombros. —Hay cosas mejores en las que gastarse el dinero.

—¿Cómo qué?

—Motos. Viajar. —Le eché un vistazo a sus piernas desnudas—. Mujeres.

Puso los ojos en blanco. —Ve a ducharte. Yo termino de recoger.

—No hace falta, cariño, en serio.

—Venga, ve. —Estaba trajinando con los platos en el fregadero, y le deslicé la mano por la cadera hasta el estómago, esa ligera curva de su vientre que encajaba justo en mi mano. Le aparté el pelo con la barbilla y le besé la sien.

—Sí, señora.

La dejé allí. Notaba que se estaba retrayendo un poco, pero ni puta idea de por qué. Le había dicho que quería que viniera a la cena. Si estaba nerviosa por ver a Piper o algo, no sabía qué se suponía que debía hacer al respecto.

Yo mismo estaba inquieto.

Le había dicho a Jesse en la fiesta de la noche anterior que no pasaría por su casa esa mañana para entrenar, y seguro que me vio irme con Roni. Así que podía atar cabos.

Aparte de eso, no le había dicho una mierda a nadie todavía, incluido Piper.

Pero pensaba ponerle al día de que estaba con Roni cuando fuera a su casa hoy, antes de que acabara en la misma habitación que ella con una cerveza en la mano y dijera alguna gilipollez.

Ni idea de cómo se lo tomaría. La verdad es que me daba igual. Mientras Roni fuera mía, lo demás ya lo iríamos solucionando.

Y anoche, cuando me la follé en el sofá de Zane, en la oscuridad, le dejé bien claro que era mía.

No discutió.

Al meterme en la ducha, me di cuenta de que ni siquiera sabía qué hora era, lo cual era jodidamente raro. Algo en Roni, en pasar tiempo con ella… Absorbía toda mi atención, hacía que todo convergiera en ella.

Hacía que el reloj de mi cabeza se callara de una puta vez.

Y me gustaba.

Calculé que tenía tiempo de sobra para asearme, muy posiblemente follarme otra vez a Roni como un animal, e irme a casa de Piper.

La cena de Nochebuena —La Cena de los Huérfanos, la llamábamos— era una tradición entre Jesse, Brody, Zane y yo desde que teníamos unos veinte años. La empezamos cuando los cuatro compartíamos aquel piso de mierda. El año en que murió la madre de Jesse.

La llamábamos La Cena de los Huérfanos porque ninguno tenía padres con los que pasar la Nochebuena.

Los de Jesse y Zane estaban muertos, Brody odiaba a los suyos, y mi padre vivía fuera de la ciudad.

Mi madre vivía en la ciudad, pero siempre pasaba la Nochebuena en la iglesia, así que la veía el día de Navidad.

Por aquel entonces, Jesse y Zane pasaban el día de Navidad con la abuela de Zane, Dolly; Brody lo pasaba con sus padres —cuando conseguían obligarle— o en casa de Dolly, o se venía conmigo a casa de mi madre.

Un par de años después, de todas formas, el padre de Brody murió y su madre se largó a donde fuera con su nuevo marido.

Así que, La Cena de los Huérfanos.

Seguíamos haciéndola cada año en Nochebuena. Cada año, uno de los cuatro se turnaba para ser anfitrión. La lista de invitados la manteníamos bastante cerrada, solo el círculo íntimo, pero todos traían comida y siempre era un banquete de la hostia.