Tan canalla como Jude (Dirty: chicos malos del rock 3) 20 Jude #3
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20 Jude #3

Le agarré un puñado de pelo y le eché la cabeza hacia atrás.

Gritó y dijo Sí y Joder un montón, así que supuse que estaba tan metida como yo.

Cuando le solté el pelo, mis manos se clavaron en sus caderas mientras la embestía.

La curva esbelta de su espalda arqueada brillaba de puto sudor.

Las manos me resbalaban por su piel cuando le di unos azotes. Y le di fuerte.

No se quejó.

Estaba sudando de deseo por mí.

—Dámelo, Jude —me suplicó. Y no como una frase ensayada que pudiera usar con cualquiera. Sin aliento y desesperada, como si lo estuviera anhelando.

Como si lo hubiera estado anhelando desde la última vez que estuve dentro de ella.

Hacía. Tres. Putos. Años.

—Cariño, te lo voy a dar tan bien que no vas a andar derecha en una semana. No vas a olvidar este día ni lo bien que te follé en lo que te quede de vida.

Todo tipo de guarradas estúpidas salían de mi boca sin control.

—Bien… —gimió—. Fóllame así. Me gusta duro… Quiero que me folles, justo así…

Joder…

Esta chica.

Lo sentía mientras nuestros cuerpos chocaban…

La atracción profunda, primitiva, animal. Yo hacia ella. Ella hacia mí.

¿Había deseado alguna vez a una mujer, a cualquier mujer, como la deseaba a ella?

No.

Jodidamente triste… No.

La follé hasta que los dos estuvimos empapados de sudor. Luego le di la vuelta para poder verle la cara mientras la follaba. Para poder verle la cara cuando me corriera.

Se corrió otra vez cuando lo hice yo, con sus ojos verdes clavados en los míos.

Después, mientras me vestía, ella se sentó en el borde de la cama con la bata puesta. —¿Qué es esto? —Ni siquiera sonaba esperanzada ni expectante ni nada que no fuera triste.

—Un cierre —dije. Me puse la chaqueta de cuero y la miré. Aún respiraba con dificultad. El condón apenas había caído en la papelera bajo su escritorio y yo ya tenía la ropa puesta. Esperé a que sus ojos encontraran los míos.

Lo hicieron, y asintió, apenas. —Vale.

La dejé allí, y no miré atrás.

Mientras volvía a casa en la moto aquel día, supe que no la vería de nuevo. Supe que la próxima vez que la viera en una fiesta, tendría que irme por otro lado. Tendría que borrar su número, que seguía en mi puto móvil.

No podía permitirme seguir enganchado a Roni Webber el resto de mi vida.

Porque cada vez que la miraba, solo veía toda esa mierda que no quería ver.

No era que ella me hubiera traicionado.

Me había traicionado a mí mismo.

Había roto una promesa que me hice a mí mismo hacía muchos años, cuando no sabía una mierda sobre mujeres. Cuando tenía trece años y empecé a empalmarme por las tías del club de mi padre, y vi cómo saltaban de regazo en regazo.

Cuando vi cómo saltaban al regazo de mi hermano.

Lo único que sabía era que nunca le iba a dar mi corazón a una de esas tías. A ninguna tía que hubiera estado antes con uno de mis hermanos.

Y Roni Webber había estado ya con putos tres.

Piper.

Ben.

Zane.

Que yo supiera…

Y estaba hecho polvo por eso.

Estaba cabreado porque se había acostado con Zane. Estaba celoso de que hubiera salido con Ben.

Me seguía doliendo que se hubiera follado a Piper.

Ojalá de verdad no lo hubiera hecho… porque ojalá de verdad las cosas hubieran podido ser diferentes entre nosotros.

No podían.

Sabía que mis razones para alejarla eran una gilipollez, en cierto modo.

Pero también eran una cuestión de puto orgullo.

Así me habían criado, en el club de mi padre. Ni me atrevería a ir a hablar con él de esto, a pedirle consejo. Si le decía que estaba hecho polvo por una tía a la que Piper se había follado y tirado años atrás, una tía que mi hermano ya había tachado de guarra, me daría un guantazo en la nuca.

Así eran las cosas.

De niño, se metían conmigo por ser demasiado escuchimizado. Demasiado callado. Demasiado moreno.

Así que me hice grande.

Me pillé una moto ruidosa. Me junté con un grupo ruidoso de cojones, y amigos ruidosos de cojones.

Me follaba a las mujeres que me deseaban, y no recogía las sobras de mi hermano.

Cualquier mujer con la que me plantease siquiera ir en serio iba a ser mía y de nadie más.

Y Roni Webber se había descalificado a sí misma, tres veces.

2:06 am.

Seguía sentado en la oscuridad, en mi porche trasero. Se me había acabado la hierba hacía rato y hacía un frío de mierda. Y aun así, ahí seguía.

Porque habían pasado seis años desde aquella mañana en el piso de Roni, y aquí estábamos.

El tiempo había pasado.

La vida se había vivido.

Las mujeres iban y venían.

Y yo había madurado de una puta vez. O al menos, me gustaba pensar que sí.

Ya no necesariamente me tragaba la visión del club sobre las mujeres ni las reglas sobre cómo tratarlas.

Desde luego, me la soplaba lo que mi hermano pensara de Roni. Al menos, seguro que me importaba una mierda su aprobación.

Pero ¿seguía celoso?

¿Me seguía doliendo?

Y más importante: ¿de verdad iba a dejar que lo que pasó en el pasado arruinara lo que fuera que había entre nosotros?

Porque de todas las cosas que habían cambiado en todos esos años, lo que sentía por ella no había cambiado nunca.