Tan canalla como Jude (Dirty: chicos malos del rock 3) 18 Jude #3
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18 Jude #3

Lo único que sabía, eso sí, era que la había llevado a «dar una vuelta» el fin de semana anterior. Lo que significaba que probablemente asumía que me gustaba. Ni me molesté en contarle el resto. Tenía miedo de no poder sacar las palabras de la boca sin vomitar, o matar a alguien.

Se plantó justo delante de mí con sus vaqueros ajustadísimos de tiro ultrabajo y la camiseta que dejaba ver el vientre. —Hola —dijo, más o menos dando botecitos sobre las puntas de los pies mientras enganchaba los pulgares en los vaqueros. Incluso me sonrió.

Yo no sonreí. —Hola.

—¿Dónde te habías metido?

—En la sede del club.

Dejó de dar botecitos, su sonrisa flaqueando ante mi falta de modales básicos. —Guay. ¿Has traído la moto esta noche? Igual podemos ir a dar una vuelta después del concierto… —Me observó, quizá leyendo mi lenguaje corporal, y rectificó—: ¿O igual una cream soda?

—Estoy trabajando —dije—. ¿Cómo has entrado?

—Ah. Ben me consiguió un carné falso.

—¿Ben?

—Sí. Ya sabes… ¿Blazer?

Conocía a Ben/Blazer. Era un King y uno de los mejores amigos de mi hermano. Y por lo visto, le había conseguido a Roni un carné falso en algún momento mientras yo estaba de gira.

Ya, ¿a él también te lo tiraste?

Las palabras estaban en la punta de mi lengua, pero me las tragué.

A ella se le juntaron las cejas y mordisqueó un poco su sexy labio inferior. —Estás enfadado por algo…

Perspicaz.

Quizá debería haber desaparecido entre bastidores, pero no iba a salir corriendo ni a esconderme de ella ni a pasarme el resto de mi vida evitándola en cada fiesta de la ciudad. Ella me buscó a mí. Ese fue su error, no el mío.

—Estoy ocupado —dije. El grupo salía en como media hora, y podría haber estado ocupado, pero lo único que hice fue quedarme ahí plantado. Para colmo, estaba sonando «Cold Hard Bitch», y me estaba avivando el puto fuego.

—¿Qué te pasa? —preguntó, con sus ojos verdes abriéndose de par en par. Parecía preocupada, por mí.

Solo me cabreó más.

—Creía que habías dicho que nunca repetías —dije, con toda la frialdad cabrona que pude reunir.

Se me quedó mirando. Luego se le endureció la columna y dejó de inclinarse hacia mí. —Bueno —dijo—, ¿y si contigo quiero?

—¿Y si yo no?

Retrocedió como si le hubiera dado una bofetada. Pero contraatacó al instante: —¿Qué coño ha pasado? ¿Qué ha cambiado desde que te vi, hace como una semana? Me llevaste a tu casa y encendiste velas y me besaste durante como tres horas…

—¿Y qué?

Los labios carnosos le temblaron en un puchero auténtico. —Pues… Pues que tuvimos sexo y ahora intentas pasar de mí.

Sí, básicamente eso.

¿No podía pillar el puto mensaje?

Tenía que poder sentirlo. Mi piel prácticamente se erizaba de asco. Sabía que estaba actuando diferente. Hasta la miraba diferente, como si estuviera por debajo de mí o algo, como si ni siquiera pudiera soportar mirarla, y esa era la puta verdad.

Pero había una cantidad enorme de dolor detrás que no iba a dejar que ella viera.

Por desgracia para los dos, Roni Webber no era de las que se echaba atrás en una pelea ante un hombre, ni siquiera ante uno cabreado hasta los huevos. Tenía demasiada experiencia para una chica de su edad. Y ahora mismo, toda esa experiencia me estaba comiendo por dentro.

Cada vez que la miraba a los ojos verdes, el deseo que sentía por ella simplemente se me revolvía en el estómago junto con la repulsión.

—Simplemente no va a funcionar —le dije, lo más frío que pude. Nunca había sido un tío frío, pero era la única forma que conocía de lidiar con ella.

Simplemente apartarla, por completo.

—Yo… Yo creía… —Estaba luchando, luchando de verdad por encajar las piezas en su cabeza—. Yo creía… que esto era lo de verdad. Ya sabes, como… de verdad.

Se me quedó mirando, completamente perdida cuando no dije nada.

—Creía que sentías… lo mismo. Pasamos tanto tiempo, y… Creía que los dos queríamos… Confié en ti. Te hice confidencias.

Le sostuve la mirada, furioso en silencio, porque tenía razón.

Yo sí quería.

Yo sí empecé a confiar.

Y ella se folló a mi hermano.

Desde luego, nunca me hizo ninguna confidencia sobre eso.

Ella seguía allí, en mi cara, y necesitaba que se fuera.

Así que le cogí la mano, la atraje hacia mí y entrelacé mis dedos con los suyos, sujetándola ahí. Su nariz estaba a un centímetro de la mía cuando le dije, despacio y deliberadamente: —Tú y yo no vamos a ir por ese camino.

Me miró a los ojos, dolida y claramente confusa. —¿Por qué no?

—Porque, cielo, tú intentaste ir por ese camino con Piper primero.

Se soltó de mi mano de un tirón.

—¿Creías que no me iba a enterar? —dije, bajo y acusatorio, dejando que algo de ese fuego de odio que había estado hirviendo a fuego lento en mí toda la semana ardiera a través del frío.

Negaba con la cabeza despacio, mirándome, y las lágrimas empezaban a asomarle a los ojos. Y lo único que oía en mi cabeza era la voz de mi hermano.

Ya sabes cómo son esas.

Nunca podrás fiarte de ella…

—Me equivoqué contigo, Jude Grayson —dijo, y las lágrimas empezaron a rodarle por la cara—. No te estabas enamorando de mí. Nunca te importé nada. Solo me usabas como un sitio donde meter tu polla. Igual que tu hermano.

Luego se dio la vuelta y se largó.