16 Jude #2
Durante las próximas semanas, estaría preparando a mi equipo de seguridad y trabajando con Maggie para dejar cerrados todos los detalles de la gira.
Había un montón de papeleo para mis chicos y movidas de las que Maggie me ayudaba a ocuparme, y me gustaba trazar un plan completo de quién hacía qué, dónde y cuándo, aunque a veces se fuera a la mierda una vez estábamos en la carretera.
Me gustaba estar preparado, en la medida de lo posible; cuando se trataba de la seguridad del grupo, no me gustaban las sorpresas.
Lo que significaba que también necesitaba preparar todo un plan alternativo; uno que definiera qué iba a pasar si yo no iba en la gira. El pequeño problema con eso era que todavía no tenía claro a quién pondría al frente de mi equipo en mi lugar.
Y si iba en la gira… ni quería pensar en quién iba a ocupar mi lugar aquí, con Roni.
¿Ser su follamigo y el único tío al que dejaba acercarse cuando estaba «emocional»? Esos eran papeles que no estaba nada entusiasmado por pasarle a nadie.
Esa noche, tarde, cuando terminó la grabación del videoclip, en vez de ir al piso de Roni para follar, la recogí donde estaba —en un bar con unos amigos— y la llevé a mi casa.
Era la primera vez que la traía a mi casa, y mientras entrábamos, lo vi más o menos a través de sus ojos.
La escasez general de muebles. La tele enorme y el sofá de cuero que básicamente dominaban el salón. El comedor que no tenía mesa. La enorme foto en blanco y negro impresa en lienzo de mi hermano y yo de pequeños, con nuestro padre y una de sus motos: la única decoración en cualquier pared.
La casa era vieja, sencilla, estaba en un estado decente, pero la verdad es que no era gran cosa.
Roni aun así miró, con atención, mientras le hacía el tour increíblemente breve.
Mientras observaba, quizás debería haberme incomodado. Su piso junto al agua en Olympic Village era mucho más nuevo, y como ella, era bonito, elegante y acogedor.
Pero no me incomodó.
Sabía por qué nunca traía mujeres allí. Porque aquel era mi espacio privado. Mi santuario. Mi único escape tanto del MC como del grupo.
Le tenía mucho cariño a mucha gente, pero al final del día mi culo introvertido necesitaba desconectar de todo y apagar ese puto reloj que hacía tictac o me volvería loco.
Había básicamente cuatro cosas que necesitaba en la vida para conservar la cordura.
Mis rutinas.
Mis entrenamientos.
Mantener mi dieta lo más limpia posible, incluso de gira.
Y mi espacio.
Los mejores lugares para conseguir el espacio que necesitaba eran mi moto y mi casa: un sitio que era solo mío, donde dejaba todo el drama en la puerta.
Solo tenía esta casa desde que volví de la última gira de Dirty.
Prácticamente en cada gira dejaba el alquiler que tuviera, y cuando terminaba la gira simplemente buscaba otro.
Si no contaba la gira de seis semanas del álbum en solitario de Jesse el año pasado, no había estado de gira en casi dos años; era la pausa más larga que habíamos tenido entre giras de Dirty.
Y en esos últimos dos años, estando más o menos en casa y lejos de la carretera, no había habido ninguna mujer en mi vida a la que quisiera traer a mi santuario.
Solo Roni.
Ni siquiera estaba seguro de por qué de repente sentía que era tan importante traerla allí, salvo que sentía la necesidad de hacerlo. Así que allí estábamos.
—Tu padre —dijo, mientras contemplaba la foto en la pared del comedor vacío—. Murió hace unos años. —Me miró por encima del hombro—. Me enteré. Todavía me cruzo con gente del club, de vez en cuando.
—Sí. Yo estaba fuera de gira cuando pasó. La segunda gira mundial de Dirty. Estábamos en Australia. Casi no llego al funeral a tiempo. Jesse voló conmigo, tuvo que perderse un par de conciertos.
—Lo sé —dijo—. Yo estaba allí. —Volvió a mirar la foto—. Fui al entierro. Pero había mucha gente.
¿Estuvo allí?
Me dejó atónito; que le hubiera importado lo suficiente como para ir.
Sí, había mucha gente en el funeral. Pero no me podía creer que no la hubiera visto.
—Deberías haberte acercado —le dije—. Haberme dicho hola.
—No. Estabas de luto. No creía que quisieras verme, de todas formas. —Me miró un momento, luego se metió directamente en mi dormitorio.
La seguí, observando cómo miraba a su alrededor.
—Sin señales visibles de otras mujeres… Bien. —Giró en un círculo lento—. Cama sin hacer, pero las sábanas parecen limpias… Vale. Sin pósteres de Star Wars… Bien.
Levanté una ceja.
—Me quedo. —Dejó caer el bolso al suelo y se quitó la chaqueta.
—¿Te encuentras eso en los dormitorios de otros hombres? —le pregunté, con genuina curiosidad—. ¿Pósteres de Star Wars y señales de otras mujeres?
—No todos los hombres tienen tanta clase como tú, Jude Grayson.
—Eso es verdad.
Caminé hasta ella y la giré por las caderas.
Luego le bajé la cremallera de su vestidito negro y se lo deslicé hasta el suelo.
Le recorrí la espalda con la mano, por encima del tatuaje de la parte posterior de su hombro derecho; era el único que tenía en el cuerpo.
Un patrón femenino y ondulante de hojas y flores. Bonito, como el resto de ella.
La empujé hacia delante, de modo que quedó doblada sobre mi cama, y le bajé las bragas de un tirón por los muslos.
—No siempre tengo clase —le informé.
Entonces me chupé dos dedos y se los metí en el coño.
Jadeó. —Sustituye eso por tu polla… y yo tampoco tendré mucha clase.
Ya me estaba desabrochando los vaqueros, y rebusqué un condón en el cajón junto a la cama. Tardé un rato en encontrar uno. Dejé de meterle los dedos el tiempo suficiente para ponerme el condón, luego la agarré de las caderas y la embestí de golpe.
Gritó, un sonido crudo, animal, seguido de una ristra de tacos y ánimos, y durante el rato siguiente follamos como monos salvajes.