15 Roni #2
Puse los ojos en blanco. —Obviamente, mamá. Pero no es que me hubiera puesto un anillo en el dedo. Nunca fue tan serio.
—¿Y eso le da permiso para ponerte los cuernos?
—No necesitaba mi permiso para hacer nada.
—Esa es la cuestión, Roni —dijo—. El hombre adecuado…
—Se abrazó a sí misma, con los ojos soñadores mientras probablemente pensaba en su hombre—.
Cuando estés con el hombre adecuado, querrás darle toda la libertad del mundo.
Y él querrá darte toda su lealtad a cambio.
No tienes que vivir con miedo a que te engañe.
El hombre adecuado probablemente preferiría que le cortaran los huevos antes que hacerte daño así.
—No sé, Jessa. Los tíos protegen mucho sus huevos.
—Sabes a lo que me refiero —dijo.
—Supongo.
Se fue a cambiarse y yo me puse a revisar las ofertas de Tinder. Era una costumbre, pero una que no estaba segura de querer mantener. Últimamente, todos eran deslizamientos a la izquierda. No es Jude. No es Jude. No es Jude…
Deslizar.
Deslizar.
Deslizar.
La lista de reproducción «Girl Time» seguía a tope, Tegan and Sara llenando el espacio de rollo femenino con «Closer» cuando Jessa salió del vestidor tarareando, en pantalones de yoga y camiseta, con su pelo de supermodelo recogido en un moño en la cabeza.
—Hablando de Jude… —dijo, lanzándome una mirada de las que no son casuales ni despreocupadas, en la transición más forzada de la historia.
—No sabía que estuviéramos hablando de él.
—Venga ya. —Se dejó caer en la cama a mi lado—. Se coló en nuestra comida de chicas. Con flores. Entiendo que quizás no quisieras decir nada delante de todo el mundo. Pero soy yo. Te mandé dos mensajes, te dejé un buzón de voz exigente, y nada.
Le arqueé una ceja. —¿Y?
—Y… creo que nuestra amistad exige una explicación, Roni Webber.
—Sí. Porque tú fuiste muy comunicativa con tu amor eterno por Brody Mason todos aquellos años.
—Roni, venga ya. Jude se presentó en un salón de té con flores. Si Brody se hubiera presentado en un salón de té con flores para mí, te lo habría explicado.
Ya. ¿Esperaba que me creyera eso?
—¿Quieres que te explique a Jude Grayson? —dije—. Buena suerte esperando a que eso pase. Serás vieja y canosa antes de que yo tenga la menor idea.
—Vale. Pues solo cuéntame algo. ¿Fuisteis a cenar aquella noche?
Puse los ojos en blanco. —Nos estamos follando, Jessa. ¿Es eso lo que intentas preguntar? Ya no somos adolescentes. Puedes decir las palabras guarras.
Sus grandes ojos marrones se abrieron como platos. —¿Tú y Jude?
—Sí. Yo y Jude.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace nueve años, oficialmente. Con unas cuantas pausas enormes de por medio.
Se le desencajó la mandíbula. Para ser justa, nunca le había dicho que me hubiera acostado con Jude. Jamás.
Pero oye, tampoco era que me lo hubiera preguntado nunca.
—¿Te gusta?
—Siempre me ha gustado.
—¡Roni!
—Ay, no empieces a flipar como los tíos.
—¿Qué tíos?
—Estos tíos. —Levanté el móvil—. Digamos que no he estado tan activa como de costumbre en Tinder y los tíos están oliendo que igual me retiro del mercado, y están flipando.
—¿Flipando…?
—Presentando sus candidaturas. Haciendo de todo menos ponerse de rodillas.
Tíos que llevan meses flirteando conmigo de repente temen que el coño deje de estar disponible para ellos y redoblan esfuerzos.
Me mandan peticiones de citas, poesía de mierda, fotos de pollas, lo que quieras.
Vídeos de pollas, de hecho, eso es lo último.
—Um. ¿Qué pasa en un vídeo de pollas?
—Ay, cielo. Si tienes que preguntar, de verdad que no quieres saberlo.
—Roni. —Me dio un golpecito en el hombro—. ¿Debería emocionarme con esto?
—¿Con los vídeos de pollas?
—Con Jude. Y contigo. ¿Te vas a retirar del mercado?
—No creo que alguna vez me haya retirado del mercado. Ni siquiera sé lo que es eso.
—Bueno… ¿es serio? Lo de Jude.
Miré el móvil otra vez. Tenía siete mensajes nuevos en los últimos, ¿qué, tres minutos?
Todos de hombres. Snapchat, Instagram, Facebook, Tinder, mensaje de texto.
Todos sabían dónde encontrarme. Aparecían por todas partes, como topos asomándose de sus agujeros.
Incluso había un mensaje de mi con-suerte-pronto-exjefe, preguntando casualmente qué hacía esta noche.
Mientras su mujer estaba quién-sabe-dónde.
Ni un solo mensaje de Jude.
Después de que me mandara un mensaje anoche, con su Me gustabas. Debí decirlo más, yo le había respondido con Sí, debiste.
Desde entonces, ni una palabra.
Aparté el móvil y le dije a Jessa: —No lo es, la verdad.
Me escribió a la 1:07 de la madrugada.
Estaba en un club con Talia y un par de amigas suyas.
Talia me había mandado un mensaje por Snapchat antes de irme de casa de Jessa, y de todas las invitaciones que había recibido esa noche —era viernes, así que había unas cuantas— la selfie mona de Talia con dos de sus amigas y un filtro de carita de gatito se llevó la palma.
El club donde quedé con ellas estaba a reventar, de esos en los que sudas y te empapas mientras te abres paso entre la gente para llegar a la barra, claramente por encima del aforo, y las chicas ya iban borrachas cuando llegué.
Y digamos que un grupo de tías buenísimas de veintidós años borrachas en un bar atraía a los tíos como moscas cachondas, así que mientras nos pasamos la noche bailando, estuvimos bastante asediadas.
Yo no estaba muy por la labor, así que iba soltando un flujo constante de Tengo novio, ese rechazo universal y educado que normalmente funcionaba. Si no funcionaba, el tío era un baboso, y ya no tenía que ser educada. Esas eran las reglas tal y como yo las conocía.
Pero desde luego no me importaba moverme y restregarme con mis veintisiete años de tía buena soltera en las inmediaciones de un puñado de tíos buenos y jóvenes, siempre y cuando mantuvieran sus partes del cuerpo para ellos mismos.
Eso era lo que estaba haciendo a la 1:07, así que no vi el mensaje de Jude hasta la 1:18.
Jude: Hola, guapa.
Eso era todo.
Puede que eso fuera todo lo que hacía falta.
Porque le contesté de inmediato.
Yo: Hola tú, guapísimo.
Eso era el alcohol hablando. Habíamos estado tomando chupitos de Blow Job y sidra (ambas ideas horribles) y me estaba diciendo a mí misma lo genial que era estar en el mercado, mientras todo el rato no dejaba de mirar el móvil a escondidas, esperando tener noticias de él.
Jude: ¿Estás fuera?
Eso llegó a la 1:23, momento en el cual decidí: Esto está en marcha.
Era perfectamente consciente de que un tío que le mandaba un mensaje a una chica a la 1:07 de la madrugada estaba pensando ¿Dónde meto la polla esta noche? en vez de ¿Dónde está esa mujer maravillosa que quiero presentarle a mi madre?
Pero esa noche podía vivir con eso.
Yo: Con Talia. ¿Dónde estás TÚ?
¿Y cuánto tardas en estar debajo de mí?
Jude: En casa de Jesse. ¿Quieres que te lleve?
Después me mandó un emoji de moto.
Y me dio una emoción ridícula.
Yo: Sí. Quiero que me lleves.
Jude: Puede que haga frío.
Yo: Ya me calentarás tú.
Entonces le mandé todos los emojis que se me ocurrieron que representaran una polla. Berenjena. Piruleta. Ese emoji de sushi que parecía un perrito caliente.
Eso sí, igual solo pensó que significaba que tenía hambre.
Tenía unos veinte minutos que matar antes de que apareciera, así que participé en la ronda de Blow Jobs que las chicas se estaban metiendo en la barra. Después bailamos un rato más.
Entonces vi a Jude de pie junto a la barra, al borde de la pista de baile, mirándome moverme y restregarme con Talia. Como me estaba mirando, le di un poco más de espectáculo, luego le dije a Talia: «Mi transporte ha llegado», le di un beso en la mejilla y me contoneé hasta él.
Sin exagerar, cuatro tíos diferentes intentaron manosearme mientras salía de la pista de baile abarrotada. Nuestro grupito de bombones había generado mucha atención, y los chicos parecían bastante decepcionados de que me fuera sin ellos.
Yo solo sonreí y básicamente me dejé caer en los brazos de Jude.
Me atrajo hacia él, y cuando eché la cabeza hacia atrás para mirarle la cara, sus ojos buscaron los míos. Los entrecerró un poco. El atisbo de una sonrisa le tiró de los labios.
Entonces me besó. Dulce y cálido, largo. Sin lengua. Solo un beso.
Y pequeñas chispas de felicidad me hormiguearon por dentro.
Peligroso.
Y la sensación de salir de ese club con él… cogida de su mano mientras me guiaba entre la multitud…
Pura alegría.
Bueno, alegría cachonda.
Fuimos caminando hasta su moto, yo acurrucada bajo su axila. Hacía frío. Por suerte, me había traído un jersey. Una sudadera negra gigante con capucha que olía a él. Me la puse con una sonrisa de idiota en la cara, inhalando su olor.
Dios santo, el olor de este hombre.