12 Jude
JUDE
—Tenemos tu paquete —me dijo Con cuando cogí el teléfono.
Debería haberme alegrado más de oír esas palabras.
—Joder. —Estaba de pie en mi habitación, con la chaqueta de cuero en la mano—. Eso ha sido rápido.
—No te creerías lo fácil que ha sido esta mierda, hermano. El chaval no es listo.
Eché un vistazo a la hora en el reloj junto a mi cama. Las putas 7:17 de la tarde.
—¿Cuánto tardáis?
—Una hora más o menos.
—Nos vemos allí.
Colgué.
Joder era la palabra.
Acababa de salir de la ducha, me había puesto una camiseta negra ajustada sin mangas, unos vaqueros que Katie me había informado recientemente que me hacían el culo «cacheteable» y algo de colonia… Demasiado esfuerzo para los tíos con los que ahora iba a pasar la noche.
Tenía muchas putas ganas de ver a Roni esa noche. Después de hacerme una paja pensando en ella la noche anterior, había decidido: ¿Para qué conformarse, pudiendo tener lo de verdad?… O al menos, tenía una posibilidad de tener lo de verdad.
Le había enviado un mensaje esa tarde y le había preguntado si quería quedar conmigo para cenar. Dijo que estaba ocupada, que ya tenía planes, pero que podía quedar después para tomar algo. Lo cual era en unos cuarenta y cinco minutos.
Bane confirmó que estaba en casa, que Talia había entrado en su edificio y se había quedado más de una hora, y que se había ido hacía media hora. Así que sabía que Roni no me estaba mintiendo ni cenando con otro tío. Ya me había dicho que Talia la estaba ayudando con el evento de Nochevieja.
Ahora mismo, probablemente se estaba arreglando para nuestra cita, igual que había estado haciendo yo.
Mierda.
Tiré la chaqueta de cuero sobre la cama y me puse un forro polar de manga larga y una sudadera con capucha encima.
Me había pasado la tarde intercambiando mensajes con Roni, de ida y vuelta, flirteando, y esto iba a pillarla de imprevisto.
Probablemente pensaría que estaba jugando con ella.
Pero no tenía el lujo de preocuparme por eso ahora mismo.
Ahora mismo, tenía a tres tíos cometiendo un delito grave —varios delitos, en realidad— en mi nombre.
Así que me puse mi cut de los Kings y le envié un mensaje.
Yo: Lo siento, cielo. No puedo quedar esta noche. Te lo compenso.
Debería haberla llamado, probablemente, para que supiera seguro que no estaba pasando de ella.
Pero no podía hablar con ella ahora.
La adrenalina ya me corría por el cuerpo, el corazón golpeándome mientras me subía a la moto y me ponía en marcha. Setenta minutos, directo fuera de la ciudad, al vertedero.
8:33 de la noche.
Me desvié del camino de tierra hecho polvo hasta el borde del claro.
No era un vertedero de verdad, sino como llamábamos al sitio. Estaba bastante seguro de que nadie sabía ni por qué.
La propiedad pertenecía a un King de toda la vida, un hermano ya retirado, desde hacía una puta eternidad, y las historias de cómo el vertedero había pasado a llamarse el vertedero eran de lo más variadas.
Bromas sobre tirar cadáveres; esas eran obvias.
La tradición de tirar piezas viejas de motos; eso era cierto, pero no tan interesante.
Una historia sobre cierto King que traía aquí a todas sus novias para un último polvo antes de dejarlas tiradas.
Gilipolleces de esas.
Viniera de donde viniera el nombre, encajaba. Este trozo de tierra se usaba para todo tipo de cosas, pero sobre todo, si no tenías un sitio donde hacer algo o un sitio donde meter algo… el vertedero era tu solución.
Era grande, apartado, privado y adaptable según tus necesidades. Incluso tenía algunos edificios aleatorios y siniestros, si eso era lo que necesitabas.
Cuando paré frente al cobertizo, la furgoneta de Maddox ya estaba aparcada, con los faros iluminando el pequeño edificio de madera, desgastado por la intemperie y ligeramente hundido.
Maddox y Con estaban de pie en los haces de luz, esperando mientras yo aparcaba la moto.
Lex apareció por la parte de atrás del cobertizo cuando me bajé y se acercó.
—Este sitio me da repelús —dijo.
—Pues deja de andar deambulando —dijo Maddox.
—Tenía que mear.
—¿Dentro? —Señalé con la cabeza el cobertizo y Con asintió. Me dirigí hacia la puerta—. Procurad no hablar mucho.
—¿Vas a entrar solo? —preguntó Maddox.
—Sí.
—Vale, hermano —dijo Con.
Abrí la puerta, que chirrió exactamente como cabría esperar.
En realidad, a la luz del día, la tierra alrededor del cobertizo era una pradera ondulada.
Hasta tenía algunas flores. Los Kings habían celebrado meriendas familiares allí.
Pero de noche, el cobertizo parecía un lugar donde rodaban una de esas películas de terror con escenas de tortura macabras.
Había un par de lámparas de pilas colgadas de ganchos en la pared.
Por lo demás, el sitio estaba a oscuras.
El suelo era un montón de tablas podridas con malas hierbas creciendo entre ellas.
Había una silla oxidada y un par de cubos al azar en las esquinas.
Un gran poste de madera se alzaba en medio, del suelo al techo, de un palmo de grosor más o menos.
Taze estaba sentado en el suelo, de cara a la puerta, con la espalda contra el poste y las piernas abiertas delante de él. Tenía las manos atadas a la espalda y estaba bien sujeto al poste.
Tenía un trozo de cinta americana sobre la boca.
Algo de sangre se había secado alrededor de su fosa nasal izquierda y se le veía un poco maltratado, pero nada grave. Afortunadamente para él, les había dicho a los chicos que no usaran más fuerza de la necesaria.
También para su suerte, yo ya había visto suficiente violencia para varias putas vidas. Y como toda la mierda más fea de mi vida, a los treinta años, ya estaba más que harto de ella, joder.
Mis otros amigos, fuera del MC, bromeaban con ello. Si necesitas que alguien se encargue de algo, dile a Jude que traiga su pistola. Ja, ja. Esas eran las bromas de gente que tenía el lujo de bromear sobre violencia y oscuridad porque nunca les había tocado de verdad.
Pero la violencia no era algo que me interesara y, para mí, no era ningún chiste.
Los ojos de Taze se encontraron con los míos y pude ver su pecho moverse con la respiración. Se le dilataron las fosas nasales; esa fosa ensangrentada y la cinta americana probablemente le hacían respirar fatal. Estaba alterado, seguro. Cabreado.
Asustado, evidentemente.
No tenía ni puta idea de dónde estaba, pero aunque ninguno de mis hermanos llevaba parches de los Kings cuando le cogieron, sabía de sobra quién le había traído aquí.
Y por qué.
Me quité el cut, despacio. Agarré la silla, la arrastré unos metros hasta dejarla delante de él y le di la vuelta. Coloqué mi cut con cuidado sobre el respaldo de la silla, con los parches traseros hacia él.
Luego le observé mientras los miraba. Le observé el pecho trabajando. Mis hermanos no habían sido suaves al tirarle los brazos hacia atrás y atarle allí. No parecía ni remotamente cómodo.
Y me tomé mi tiempo, estudiándolo a fondo.
No es que no viera lo que Roni veía en él.
Era bastante obvio, joder. A las mujeres les iba el rollo chulito rubio, ¿no?
Desde luego parecía funcionarles a Piper y a Zane.
Nunca había conocido a ningún hombre que atrajera a las mujeres como esos dos.
Y Taze era sin duda un niñato guapo y rubio con la chulería escrita por todas partes.
Eso que Roni dijo de su arma, sus colores, su afiliación con los Sinners, que le hacía sentirse segura… Quizá también era verdad.
Quizá hasta estaba haciendo algo bien en la cama, para retener su interés tanto tiempo.
Pero hasta ahí llegaba yo en mi cabeza. El chaval no tenía ni una puta cualidad más que mereciera la pena que yo pudiera encontrar, y llevaba casi un año observándole.
—La otra noche —dije despacio—, cuando tú y tus hermanos me forzasteis a bajar de la moto con una palanca clavada en la espalda, y me chuleaste y amenazaste a uno de mis hermanos… ¿tenías alguna idea de lo que estaba pensando?
Me miró mientras me acercaba lentamente. Unos pocos pasos y estaba justo delante de él, así que tenía que echar la cabeza hacia atrás para mirarme.
—Me estaba preguntando: «¿Es que de verdad es tan puto imbécil?».
Me miró fijamente, y podía leerle el miedo en los ojos.
Le sostuve la mirada hasta que apartó la suya.
—Pero luego me acordé del MC de mierda al que perteneces y pensé que quizá no es culpa tuya. Quizá ninguno de tus hermanos degenerados se tomó la molestia de educarte como es debido en cómo funcionan las cosas en esta vida.
Señalé la parte de atrás de mi cut.
—O quizá viste el rocker de «Nomad» que llevo y malinterpretaste mi importancia, mi posición en mi MC.
Dejé que calara.
—Así que esta noche estoy aquí para educarte, Tyler Murphy, sobre quién eres tú y quién coño soy yo.
Me agaché delante de él. Sus ojos encontraron los míos, y sí, estaba asustado.
Bien.
Necesitaba saber, si no lo sabía ya —si de verdad había conseguido engañarse pensando lo contrario—, que un ataque contra mí era un ataque contra todos los Kings.
Una amenaza contra Lex era una amenaza contra todo el club.
Daba igual que él y sus hermanos se quitaran la mierda de los Sinners e intentaran hacerlo personal.
No era personal.
Pero tenía mucha suerte de que fuera a mí a quien arrinconaron detrás de aquella gasolinera.
Si hubiera sido cualquier otro King, la realidad era que quizá ya estaría bajo tierra.
La represalia por esa clase de mierda sería rápida y brutal.
Así que empecé su educación.
—Soy el tío que podría coger ahora mismo el teléfono y llamar a mi hermano —le dije—.
Conoces a mi hermano. Piper. Vicepresidente de los West Coast Kings.
Quizá le cuento a mi hermano lo que pasó la otra noche.
Te acuerdas. Tú y tus hermanos y vuestra palanca.
Y Piper… se cabrea bastante. Coge el teléfono y llama a nuestro presidente, que llama a vuestro presidente y le pone al corriente. ¿Qué crees que pasa después?
Me miró fijamente, pero no podía contestarme, claro, así que seguí.
—Te digo lo que pasa. Porque tú… no eres nadie.
Eres un puto matón. Tu MC te echa a patadas, te arranca el parche por ir a por un King sin autorización, y mi hermano pasa a recogerte.
Y tengo que decirte, Tyler, que mi hermano mayor me quiere muchísimo.
¿Cómo crees que te va a ir tu rato a solas con él?
Dejé que pensara la respuesta mientras me ponía de pie y caminaba despacio por el cobertizo.
—Pero quizá yo no soy ese tío —dije, una vez estaba de pie en las sombras detrás de él—.
Quizá no le digo nada a mi hermano. Quizá en vez de eso se lo digo a mis hermanos de ahí fuera.
—Hice una pausa; se oían los ruidos de mis chicos fuera, el arrastre de botas sobre la tierra, un comentario murmurado—.
Esos tíos no son el vicepresidente de los West Coast Kings.
Son soldados rasos, como tú. Soldados que hacen lo que les pido, joder.
Que te recogieron de la puta calle, te metieron a la fuerza en una furgoneta y te arrastraron… hasta… aquí… fuera.
Me acerqué por detrás, justo a un lado, y me agaché.
—¿Cómo crees que se tomarán enterarse de lo que pasó la otra noche? Quizá les dejo aquí contigo un rato, que te hagan saber cómo se sienten al respecto.
Dejé que calara. Luego me puse de pie otra vez.
—Entonces, ¿cuál de esos dos tíos crees que soy yo? —Me moví para ponerme frente a él otra vez—. ¿Se lo digo a mi hermano…? ¿Se lo digo a mis hermanos de fuera…?
Ahí estaba el hermoso problema de esa pregunta: la respuesta no importaba.
De cualquier forma, esto terminaba igual para él.
Y Taze lo sabía.
Básicamente, yo era el tío que se interponía entre él y un final muy malo, y estaba empezando a darse cuenta. A esas alturas, había empapado la camiseta de sudor. Podía oír su respiración ronca volviéndose superficial.
—Lo sé. Difícil elección cuando no sabes una mierda de mí y no eres tan listo, Tyler. Pero déjame que te eche una mano. Personalmente, yo siempre lo veo así: cuando estás decidiendo entre dos opciones, incluso dos buenas opciones… incluso dos opciones de mierda… siempre hay una tercera.
Hice otra pausa, y oí su voz de imbécil, amenazándome, en mi cabeza.
Olvídate. De. Ella.
—Así que déjame que te diga quién soy.
Me agaché bien abajo, poniéndome a la altura de sus ojos. Esta vez, no me miró del todo a los ojos, fijándose en algún punto cerca de mi barbilla.
—Soy el tío que no le dice nada a mi hermano. Tampoco les digo nada a mis hermanos de fuera. Soy el tío que te deja salir de aquí. Te deja volver a la pocilga de tu clubhouse. Y tú eres el tío que se olvida de Roni Webber.
Le dejé masticarlo un buen rato antes de volver a hablar. Al final, sus ojos encontraron los míos.
—No te acerques a ella, joder. No hagas ningún intento de comunicarte con ella.
Borras su contacto del móvil. Le quitas la amistad en el puto Facebook, deslizas a la izquierda en el puto Tinder, lo que coño tengas que hacer para borrar su existencia de tu cerebro.
Te mantienes alejado de mí. Te mantienes alejado de Lex.
Y en el momento en que eso cambie, en el momento en que me entere de que te olvidaste de olvidarte de Roni o de Lex, de que estás merodeando cerca de Roni o causando problemas de cualquier tipo a alguno de mis chicos, me convierto en otro tío, Tyler.
Un tío que les cuenta a mi hermano y a mi presidente exactamente lo que tú y tus colegas hicisteis, cómo amenazasteis a Lex y tu hermano me golpeó en la espalda con una palanca.
Todo porque intentabas reclamar unos derechos de mierda sobre una mujer que no te pertenece.
—Se le abrieron un poco los ojos y me incliné bien cerca para rematar—. Es. Mía.
Me levanté. Me quedé de pie sobre él un rato. Solo dejando que se preguntara si iba a partirle la cara de un puñetazo o a darle una patada, como había hecho él conmigo.
Pero el dolor no era mi arma de elección.
Lo único que necesitaba era miedo.
—Olvídate de ella —dije, una vez le dejé sudar un buen rato: lo cerca que había estado de que le dieran una paliza, o algo peor, en un puto cobertizo siniestro en medio de sabe Dios dónde.
Dejar que sintiera exactamente quién tenía el poder aquí.
Luego salí.