11 Roni #4
Y allí, de pie en el bordillo al borde del aparcamiento, me sentí desesperadamente insegura de una forma que no solía sentir. No conocía a los técnicos, no tenía ni idea de lo que Brody pensaba de mí, y no estaba segura de que fueran a decirme dónde estaba Jude si se lo preguntaba.
Pero entonces le vi salir del edificio, cerrando la puerta con llave.
Me quedé allí parada, mirándole, sin saber qué hacer.
Empezó a cruzar el aparcamiento hacia el autobús, pero entonces me vio y se paró. Se giró y vino hacia mí, una ligera sonrisa tirándole de los labios carnosos.
Tenía unos días de barba oscura y llevaba una sudadera sin mangas con capucha sobre una camiseta de manga larga y unos vaqueros holgados. Era agradable verle sin su cut de los Kings. Lo llevaba mucho por entonces, parte de su deber como prospect.
Era una mañana de primavera, un poco fresca y húmeda, y yo tenía frío con mi falda corta. Pero cuando la mirada de Jude bajó un momento a mis piernas desnudas, mereció la pena. Rara vez me repasaba así.
O al menos, rara vez le pillaba haciéndolo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó al acercarse, pero no parecía disgustado de verme.
Sonreí. No pude evitarlo.
—Solo quería despedirme. —Estaba tan guapo, un poco achuchable con su sudadera, el pelo oscuro un poco revuelto de esa manera sexy tan suya, y me sentía extrañamente nerviosa allí de pie con él.
Nerviosa de no ser suficiente para él, para esa parte de su mundo.
Levanté la estúpida lata de cream soda que le había traído porque sabía que le gustaba.
—Te he traído esto.
La cogió y sonrió, con los hoyuelos asomando.
—O sea, espero que no te sientas de mierda… pero por si acaso.
—Gracias, V.
Luego se inclinó para abrazarme.
Me mordí el labio y las rodillas me temblaron un poco cuando deslizó los brazos a mi alrededor.
Como yo estaba en el bordillo, su cara quedaba cerca de la mía.
Estaba tan, tan guapo que me quedé mirándole la cara y le di torpemente con la nariz en la mejilla.
Le abracé, con torpeza. Pero con el calor de su cuerpo y su ropa suave envolviéndome, me ablandé. Me aferré a él, fuerte.
Y una ola de emoción me recorrió, tan fuerte que me mordí la lengua y apreté los ojos.
Estaba sorprendida, quizá, de lo triste que me ponía verle irse. Quizá estaba un poco triste porque no fuera a estar para cuidar de mí. Pero más que eso: le iba a echar de menos, muchísimo.
Echaría de menos pasar el rato con él. Echaría de menos nuestras charlas. Echaría de menos sus ojos marrones, su mirada vigilante, su risa brusca y reacia. Echaría de menos hacerle reír. Echaría de menos flirtear con él y simplemente sentirme segura con él.
Echaría de menos tener ganas de verle.
Nunca había tenido una amistad tan larga con un tío, ningún tío, sin que se volviera sexual. Normalmente, se volvían sexuales prácticamente desde el minuto uno.
Esta no.
Sus brazos se aflojaron a mi alrededor y se apartó un poco, y cuando volví a mirarle la cara, frunció las cejas. Me estaba mirando a los ojos… y luego me estaba mirando la boca.
Y entonces me besó.
Sus labios rozaron los míos, arrastrándome el labio inferior hacia abajo, y jadeé, sorprendida de que no fuera solo un beso platónico…
Mis labios se abrieron a su encuentro cuando aplastó su boca contra la mía.
Su lengua se deslizó entre mis labios; rocé mi lengua contra la suya y, al saborear su calidez húmeda, ese sabor único que era Jude, lo sentí hasta la punta de los pies.
Me arqueé contra él y me sujetó, agarrándome la cintura mientras me tambaleaba en el bordillo, la lata de cream soda clavándose en mi espalda.
Y me di cuenta, aturdida, mientras me besaba, de que no era que nuestra relación no fuera sexual. Que no hubiéramos tenido sexo no significaba que no fuera intensa, profundamente sexual.
Con aquel beso, me enseñó cosas que nunca había entendido.
Me hizo preguntarme cosas que nunca se me habían ocurrido.
Me hizo desearle.
Me dejó increíblemente claro cuánto le necesitaba en mi vida.
Lo supiera él o no, con aquel beso, Jude Grayson se estaba llevando otro pedacito de mi corazón.
—No te vayas. —Las palabras me salieron en un susurro, impotentes, cuando el beso terminó. Sabía que tenía que irse, pero lo dije de todas formas.
Él me miró con esa mirada firme y oscura.
—Tengo que irme, V. —Luego me besó otra vez, en la frente esta vez, demorándose—. Volveré.
Luego se dio la vuelta y se fue sin volver a mirarme. En aquel momento, me pareció un rechazo. Después, me diría a mí misma, una y otra vez, que era porque era demasiado difícil para él mirarme y tener que alejarse.
Éramos amigos. Sabía que le importaba.
Pero nunca supe si me necesitaba como yo le necesitaba a él.
Él tenía a su hermano. Tenía muchos hermanos, en realidad. Tenía a Jesse. Tenía al grupo, a sus otros amigos.
Yo nunca había tenido una hermana ni un hermano, y nunca había tenido un amigo como él.
En algún punto del camino, me di cuenta de que Jude no solo se había convertido en mi amigo… era, un poco tristemente, el mejor amigo que había tenido en mi vida.
Eso, y que allí, de pie, viéndole subir a aquel autobús de gira, supe que me había enamorado de él por completo.