Tan canalla como Jude (Dirty: chicos malos del rock 3) 11 Roni #2
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11 Roni #2

Era la primera vez que me llamaba V. Nunca, jamás, me había llamado Wild Card como el hermano de Jessa, Jesse, o como Zane y algunos de los otros amigos. Jude me llamaba Roni o Veronica. Y ahora, V.

Llevaba su cut de cuero de los Kings con el parche de Prospect demasiado limpio.

Había empezado a hacer de prospect para los Kings ese año.

Jessa me había contado que Jesse estaba empeñadísimo en triunfar con Dirty para poder llevar a Jude de gira y mantenerlo fuera del MC, pero yo estaba bastante segura, por cómo pintaba la cosa, de que aunque Dirty triunfara, Jude iba a seguir en el MC.

Aunque sí trabajaba mucho con el grupo, como roadie, haciendo de portero en fiestas, ese tipo de cosas. Lo cual significaba que me lo encontraba a menudo, porque yo iba a todas las fiestas del grupo que podía. Siempre había sido lo bastante amable conmigo, pero también había mantenido la distancia.

Aparte de aquella noche que me besó.

Piper también era distante, pero cuando Jude se sentó a mi lado en aquellos escalones a oscuras y me miró, pude sentir las diferencias abismales entre los dos.

Quizá me había convencido de que Piper simplemente no había tenido la oportunidad de descubrir lo fabulosa que era yo; de que caería rendido cuando yo tuviera mi oportunidad de seducirlo.

No era eso.

Piper era distante porque le daba igual.

Sinceramente, probablemente se creía mejor que yo.

No es que realmente me engañara pensando que Piper pensaba en mí en absoluto, sobre todo después de aquella noche.

Más bien apenas reparaba en mí porque, a sus ojos, no era alguien digno de ser visto.

Yo solo era más ruido blanco fácil que, durante un breve momento en aquella cocina, por la razón que fuera, decidió sintonizar con más nitidez.

Y enseguida desintonizar.

Pero Jude… Jude mantenía la distancia conmigo deliberadamente. Lo sabía porque, incluso manteniendo la distancia, me observaba.

Y era bastante obvio para mí por qué, de todas las noches, esa noche se acercó. Porque estaba sentada a oscuras, sola, en una fiesta motera, y cuando le miré tenía lágrimas brillándome en los ojos.

Yo también le había observado a él y, aunque Jude era más callado que Piper, había descubierto unas cuantas cosas sobre él.

Algo que sabía con certeza era que a Jude le importaba la gente.

Más que eso, en realidad; se sentía responsable de la gente.

Lo había visto una y otra vez en cómo cuidaba de Jesse, del resto del grupo…

y de Jessa. Lo protector que era. Cómo siempre estaba separando peleas y echando a gente de las fiestas cuando la cosa se descontrolaba.

No quería que nadie saliera herido bajo su vigilancia.

Y esa noche, a mí me habían herido. Por mucho que no me gustara admitírmelo. No es que Piper me hubiera herido exactamente. En realidad, apenas conocía a Piper, y él desde luego no me conocía a mí.

Era que me había embarcado en un camino de un año para que me hicieran daño… para nada.

Nada más que unos minutos calientes en la cocina de algún tío en una fiesta.

El hombro de Jude rozó el mío, quizá porque los escalones eran muy pequeños y él muy grande —había crecido desde la primera vez que le conocí. Se sentía cálido a mi lado, y sólido. Y eso solo me hizo sentir pequeña y fría.

—¿Te queda más de eso? —me preguntó, señalando con la barbilla mi porro a medias. Como si no pudiera conseguir hierba de su hermano o de cualquiera en esa fiesta.

—Toma. —Se lo tendí. Lo cogió y fumó, pero no me lo devolvió, y fue entonces cuando me di cuenta de que no lo fumaba porque quisiera fumar. Lo fumaba para que yo no pudiera—. ¿Cuántos años tienes ya? —me preguntó, exhalando humo.

Estaba bastante segura de que sabía cuántos años tenía, lo cual significaba que hacía la pregunta por mí. Todas mis defensas se dispararon, junto con mi actitud.

—Diecisiete —dije, como si fuera idiota por preguntar—. ¿Y qué? ¿No puedo tener malos hábitos?

Se lo pensó. Incluso en la oscuridad podía verle más o menos los ojos, recorriéndome el rostro.

—¿Esto es un hábito? —Levantó el porro.

—No. Pero no todos podemos ser perfectos como tú, Jude Grayson.

Arqueó las cejas oscuras.

—¿Perfecto?

—Ya sabes. Algunos tenemos vicios. Malos hábitos. Debilidades. Se llama ser humano —le informé, con la confianza de alguien que pensaba que sabía mucho más de la vida de lo que en realidad sabía.

Él solo era tres años mayor que yo, pero seguro que sabía lo poco que yo sabía en realidad.

—¿Crees que yo no tengo vicios?

Hice un sonido desdeñoso y escéptico.

—Cream soda —dijo.

—¿Qué?

—Cream soda —repitió—. Tengo un vicio gordo con la cream soda. Cuando me siento de mierda, voy directo a por la cream soda.

Le miré fijamente.

—Es lo más estúpido que he oído en mi vida.

—Estúpido, quizá —dijo—. Pero verdad.

—¿Por qué cream soda?

—No sé. Sabe bien. —Se quedó callado un momento—. Me recuerda a los veranos de cuando era niño, antes de que mis padres se separaran. Sabe a recuerdos.

—¿Buenos recuerdos?

Se encogió de hombros.

—Buenos. Malos.

Me lo pensé, observándole. Llevaba una camiseta bajo su cut de los Kings, y en sus brazos musculosos no sobraba precisamente ni un gramo de grasa. No parecía alguien que se excediera con la cream soda.

—¿Te sientes de mierda a menudo? —pregunté, todavía escéptica.

—No mucho. A veces. —Sus ojos oscuros se entrecerraron un poco al mirarme—. Todo el mundo se siente de mierda a veces. Se llama ser humano.

Hice otro sonido desdeñoso e impasible. Jamás le demostraría que me impresionaba nada de él. Su ingenio, sus brazos musculosos, lo que fuera.

Aún estaba un poco dolida, quizá, porque me había besado en una fiesta una vez y nunca lo volvió a intentar. Aunque habría complicado las cosas y me había dicho a mí misma que era Piper para mí, no Jude… Se sentía como un rechazo, y yo no llevaba muy bien el rechazo.

—Sabes —dijo despacio, sin apartar sus ojos oscuros de los míos—, eres una chica guapa, Roni, debajo de todo el maquillaje. Algunas no lo son. Y eres más lista de lo que la mayoría de la gente cree.

—No me digas —dije, intentando no sentirme bien por los halagos.

Señaló con la cabeza la casa detrás de nosotros.

—Ahí dentro hay armas, drogas…

—Un momento —dije, subiendo la borde al máximo—, ¿me estás contando secretos de los Kings? Sabes que tengo vagina, ¿verdad? ¿No te preocupa que no te den el parche si vas contándome estas cosas?

—No son secretos —dijo, con calma, sin dejar de mirarme—. Todo eso está a la vista, encima de la mesa del salón.

—¿Y?

—Pues que ¿qué haces aquí? Tú no necesitas esto.

—Puede que no —dije—. Puede que lo quiera. —Le miré fijamente, todo actitud y desafío de diecisiete años.

Él me sostuvo la mirada con esos ojos de fuego infernal. Ese marrón profundo, fundido, simplemente observándome. Me había estado observando así todo un año. Desde lejos.

Me dije que era porque miraba a todo el mundo así.

Pero entonces se inclinó hacia mí, solo un poco. Solo hacía falta un poco; estábamos así de cerca. Sentí su aliento en la cara. Se detuvo y luego rozó sus labios suavemente con los míos.

Y fue el beso más suave, más suave.

Ay, joder… ¿cuándo los labios de un hombre habían sido tan suaves?

Era exactamente como lo recordaba, como la primera vez que me besó. Sus labios se sentían igual. A veces me había dicho a mí misma que debía de haberlo recordado mal, porque ningún hombre besaba así.

Jude sí.

También besaba de la forma más brutal, exigente y vertiginosa, pero no estaba haciendo eso ahora.

Estaba esperando, quizá. Esperando a que yo le devolviera el beso.

No lo hice. Más bien me quedé paralizada.

No era culpa suya. No sabía que tenía el peor timing del mundo, que su hermano acababa de tirárseme en la cocina y que no quería que nadie me besara en ese instante.

Sabía que no lo sabía, porque si lo supiera, no le parecería bien.

No estaba segura de lo que Jude sentía por mí, pero sabía que eso no le parecería bien.

Y desde luego no estaría intentando besarme ahora mismo.

Se detuvo y respiré temblorosamente, negando ligeramente con la cabeza… No.

Se apartó.

Sus ojos de fuego y azufre me quemaron durante un minuto.

Quise decir algo, para… ¿explicarme? Para que supiera que no era un no para siempre, solo un no ahora mismo. Pero no sabía qué decir.

¿Perdona, tu hermano ya se me ha tirado, y no estoy de humor?

Nunca había sentido tanta vergüenza como en ese momento, sentada junto a Jude, incapaz de hablar.

Apartó la mirada. Le dio una calada al porro, lo tiró al suelo y lo aplastó con la bota.

—Vete a casa, Roni —dijo.

Luego entró en la casa.

Y como no había forma de que yo volviera a entrar en esa casa, me fui a la mía.

Poco después de aquella fiesta, la madre de Jessa murió.

Jesse había planeado quedarse con su custodia; eso era lo que ella siempre decía.

Pero cuando llegó el momento, estaba tan ocupado con Dirty que se decidió que no podía proporcionarle un «hogar estable» a su hermana.

Así que la abuela de Zane, Dolly, obtuvo la custodia y Jessa se fue a vivir con ella.

A mí no me importó; de hecho, la casa de Dolly estaba más cerca de la mía.

Dirty incorporó un miembro más, un guitarrista rítmico y compositor llamado Seth. Jessa me contó que Seth había estado más o menos sin hogar, pasando de sofá en sofá, cuando Zane le conoció. Empezó a dormir en el garaje de Dolly, donde el grupo ensayaba, de vez en cuando.

Jessa llevó mal la muerte de su madre; lo sabía perfectamente, aunque ella no quisiera hablar mucho del tema.

Escribía mucho, pero nunca me dejaba leer lo que escribía.

Empezó a pasar mucho tiempo con Seth, quedando con él en el garaje incluso cuando el resto del grupo no estaba, y empezaron a escribir canciones juntos.

Luego Dirty sacó sus cosas del garaje de Dolly. Consiguieron un espacio de ensayo más grande y más profesional, una sala en un edificio que alquilaba a grupos. Tocaban más en salas, les pagaban mejor, y empezaban a tocar canciones propias, no solo versiones.