Tan canalla como Jude (Dirty: chicos malos del rock 3) 11 Roni
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Hice mis horas en la oficina del piso piloto aquel lunes y, mientras tanto, avancé todo lo que pude con el evento de Nochevieja. Seguí con ello después del trabajo, cenando comida india para llevar en la mesa del comedor.

Y durante todo ese tiempo, aparté a Jude y lo que habíamos hecho anoche por completo de mi mente. O casi por completo.

Porque estaba decidida a mantener el evento de Nochevieja y lo de anoche como cosas separadas.

Trabajo. Placer.

El trabajo era serio.

El placer no.

Lo último que necesitaba era ponerme seria con lo de tirarme a Jude Grayson.

Brody ya me había enviado por correo algunos modelos de contrato y, para cuando terminé de cenar, yo ya había mandado a mi abogado un borrador detallado con las condiciones que necesitaba que incluyera en el contrato.

Había elaborado un calendario aproximado para el día del evento, empezando por la hora a la que seguridad y el equipo necesitaban acceder al local, e incluyendo el desmontaje en las horas posteriores al concierto.

Y me pregunté, mientras miraba el calendario en mi portátil, si aquella noche —cuando termináramos con el evento, el equipo estuviera cargando los trastos fuera del local y Jude mandara a su gente a casa— sería la última vez que le vería.

Había habido tantos momentos en mi vida en los que pensé que sería la última vez que le vería. Y, sin embargo… de alguna forma, siempre volvía.

O volvía yo.

Cuando entré en mi dormitorio, estaba tan vacío de él que me dolió de verdad. Cuando me desperté esa mañana, ya se había ido. En realidad, se había ido mucho antes del amanecer. Pero había estado allí, en mi casa. Cuando me desperté, aún podía olerle en mis sábanas.

Podía olerle en mí.

Ni siquiera quería ducharme esa mañana por eso.

Lo hice.

Pero sí. Mala señal.

Me senté en la cama y me quedé mirando un rato el vaso de agua de la mesilla.

Qué extraño, cómo un hombre y una mujer podían comportarse como animales juntos. Desnudos y en carne viva y tan ridículamente íntimos, para después vestirse y seguir adelante con todas las cortesías educadas de la vida.

Después de que Jude me follara tan duro y tan bien que se me saltaron las lágrimas y un jarrón de la mesilla se estrelló contra el suelo y mis vecinos probablemente me odiaran, se sentó en el borde de la cama y me preguntó si quería un vaso de agua.

Luego fue a mi cocina y me sirvió un vaso de agua. Lo dejó en la mesilla, donde había estado el jarrón, y luego se fue al baño a limpiarse.

El vaso era uno corriente, con un estampado feo de flores amarillas, que yo había conservado de forma un tanto irónica cuando me fui de casa de mi madre por primera vez.

Era uno de esos vasos que regalaban en la gasolinera al final de nuestra calle cuando llenabas el depósito.

Me sentí orgullosa la primera vez que pude permitirme llenar yo sola el depósito del coche de mi madre. Llevé el vaso a casa para ella.

Esa misma noche, su novio lo usó para beber lo que fuera que estuviera bebiendo, se emborrachó y lo rompió. No a propósito, sino como efecto secundario de ser un idiota y un borracho en general.

Un mes después, cuando pude permitírmelo, llené el depósito otra vez, conseguí otro vaso y lo guardé en mi habitación.

Para mí simbolizaba un montón de cosas en aquel momento: mi independencia, mi capacidad para cuidar de mí misma, los lugares a los que me dirigía en la vida con o sin la ayuda de mi madre. Apenas me fijaba en lo feo que era.

Ahora que estaba en mi mesilla, donde Jude lo había dejado, me pregunté si él se habría fijado en lo feo que era. Me pregunté por qué habría escogido precisamente ese vaso feo de un armario lleno de vasos mucho más bonitos.

Después de prepararme para dormir y meterme por fin entre las sábanas, desnuda, no conseguía conciliar el sueño. Miré el móvil para ver si Jude me había escrito demasiadas veces.

No lo hizo.

Luego acabé masturbándome pensando en él. Pensé en la noche anterior, en el sexo, obviamente. Y en el preludio del sexo.

Pensé en él besándome, como hacía tan a menudo.

Intenté alargarlo, que durara… pero Jude me llevaba demasiado rápido. Incluso cuando no estaba en la habitación.

Después, seguí sin poder dormir. No paraba de pensar en cómo me había pedido —no, ordenado— que enviara el mensaje a Taze antes de follarme. En cómo quería separarnos.

Como si me quisiera para él.

¿Para más de una noche?

Desde luego no parecía un polvo de una sola vez. Parecía un polvo que llevaba a otros polvos… y, a partir de ahí… probablemente a ningún sitio.

Igual que todos los demás polvos que habíamos echado.

Todos los demás polvos increíbles.

Y aun así… volvería a follármelo. Eso lo sabía.

Iba a trabajar a tope en ese evento y me iba a follar a Jude en cuanto tuviera ocasión.

Si la tenía.

Gran plan.

Pero ¿qué pasaría cuando él decidiera que habíamos terminado, como hizo antes?

No me gustaba nada hacerme vulnerable ante él. No necesitaba para nada más sufrimiento inducido por Jude en mi vida.

Estaba perfectamente bien sin él.

Pero ¿desde cuándo «bien» era suficiente?

No quería bien.

Quería épico, frenético, desesperado, intenso, brutal, sin compromisos, viva. Quería lo que sentía cuando estaba con él.

Quería a Jude.

Le quería…

Pero no le escribí. No le llamé.

Al borde del sueño, seguía pensando en él besándome en el taxi la noche anterior. Y pensaba en mucho más atrás, cuando me besó hacía once años, en aquella fiesta.

El mejor primer beso que había tenido en mi vida.

La sensación de sus labios sobre los míos por primera vez; aquel beso sorprendente. El sabor extraño de él, que enseguida se volvió familiar, su calor y el ritmo de su boca…

Aquel beso que era mi secreto.

Tan inesperado. Tan brutal.

Tan suave.

Aquel beso que Jude me robó; aquel pedacito de mi corazón que se llevó esa noche y que nunca devolvió.

Incluso después de que Jessa me contara lo que le pasó esa noche —que Brody la besó fuera de aquella fiesta antes de llevarla a casa en coche— no le conté que Jude me había besado. Era demasiado íntimo. Demasiado privado, aunque hubiera pasado en medio de una fiesta abarrotada.

Además, no quería que nadie lo supiera.

Así que no se lo conté a nadie.

Iba a por Piper, quería a Piper, y eso no cambió.

Por un lado, ya les había declarado a todas mis amigas, repetidamente, que iba a hacer que Jeremy «Piper» Grayson fuera mío. Estaba comprometida con mi misión y no iba a dar marcha atrás. No era mi estilo. Simplemente no lo haría.

No hasta conseguir lo que quería.

Y sabía lo que quería.

También conocía más o menos cómo funcionaban las cosas en el mundo motero.

Por lo que le había sacado a Jessa interrogándola sobre todo lo que sabía de Piper Grayson, él era muy cercano a su hermano.

Lo cual significaba que, si me liaba con Jude primero, las probabilidades de que Piper se me acercara eran mínimas.

Por otra parte… tenía dieciséis años y era idiota.

Pensaba, desde mi limitada experiencia con hombres, que podía conseguir lo que quisiera. Que debía conseguir lo que quisiera.

Estaba completamente equivocada.

Hice mi elección, pero fue la elección equivocada.

Solo que aún no lo sabía.

De alguna manera, quizá el universo sabía, aunque yo no, que debería haber sido Jude. Quizá Jude sabía que debería haber sido Jude, y me lo estaba diciendo con aquel beso.

Quizá solo iba a guardar aquel pedacito de mi corazón hasta que yo lo descubriera.

Y yo, boba de mí, tozuda como era… quizá me convencí de que podía vivir sin él.

Ocurrió en una fiesta cutre.

Bueno, la fiesta estaba bien. La casa era de un simpatizante de los Kings, un tío que quería ser King, al que aún no habían invitado a hacer de prospect para el club, pero que tenía una casa en una propiedad a las afueras de Cloverdale y montaba fiestas decentes que solían prometer al menos a unos cuantos Kings.

Piper estaba allí esa noche, yo estaba allí, y estaba en una misión.

Él estaba borracho, estaba soltero —después de una breve y misteriosamente persistente semicosa con una chica que estaba segura de que era la mitad de guapa que yo, aunque el doble de zorra— y, cuando empecé a servirle chupitos, empezó a prestarme atención.

Me había costado mucho, mucho tiempo conseguir la atención de Piper. Llevaba un año persiguiéndole. Bueno, había muchas chicas compitiendo por su atención, así que quizá era justo que tuviera que esperar mi turno. Solo tenía diecisiete años y no parecían interesarle las chicas de mi edad.

Lo cual solo me empeñaba más en hacer que se fijara en mí.

De todas formas, casi tenía dieciocho. Era madura. Y era la chica para él. Solo que aún no lo sabía.

Eso era lo que me había estado diciendo a mí misma durante el último año.

Al final, esa noche, sí conseguí que me prestara atención el tiempo suficiente para quedarnos a solas en la cocina unos minutos calientes.

Pero su atención no duró mucho, la verdad.

Y después, me mandó a paseo.

No me afectó tanto como quizá debería, teniendo en cuenta que había esperado convertirlo en mi novio, que lo había idealizado en mi mente y había fantaseado con él durante tanto tiempo.

Pero todo el asunto fue tan increíblemente anticlimático, tan…

sin más… tan absolutamente nada… que ni siquiera parecía importar.

Me hizo sentir un poco, durante unos minutos, como si yo no importara.

Al borde de una pequeña crisis emocional, saqué el culo fuera, donde pudiera estar sola.

Tenía pensado irme, pero me pareció que debía recomponerme antes de conducir.

No estaba borracha, ni siquiera había bebido; quería estar sobria para hablar con Piper.

Aunque tampoco es que habláramos mucho, de todas formas.

Estaba sentada en los escalones traseros de la casa, sola en la oscuridad, medio fumándome un porro, cuando me di cuenta de que había un hombre de pie frente a mí. Me sobresaltó, pero cuando levanté la vista y descubrí que era Jude, me relajé.

—Ey, V —dijo, mirándome de esa manera silenciosa suya. Como si estuviera leyendo la situación.

Leyéndome a mí.