10 Jude
JUDE
Lunes por la noche.
Me dejé caer en la cama, agotado.
Me quedé mirando el puto techo, despatarrado en el colchón king size que nadie más que yo había ocupado jamás. Yo era un tío king size. Nunca se me había ocurrido antes que eso fuera raro. Que nadie se hubiera acostado nunca en esta cama conmigo.
Esta cama que jamás había compartido con una mujer. En la que nunca había pensado en traer a una mujer.
En la que nunca me había tumbado solo, tampoco, haciéndome una paja y deseando a una mujer concreta… hasta hacía poco.
Hasta ella.
Esa mañana llegué tarde a la cita con Jesse. Una combinación de haber vuelto tarde, de haber bebido con Roni, de follarnos como salvajes en su piso hasta casi las cuatro de la madrugada, y luego arrastrarme a casa… más las molestias residuales de mis heridas.
Taze. Joder, el muy cabrón.
Tiré los analgésicos por la mañana pensando que podía aguantar sin ellos, y lo estaba notando, pero no era demasiado intenso. Solo agotador, porque mi cuerpo intentaba curarse mientras yo lo castigaba con chupitos de bourbon y sexo salvaje.
No necesitaba que nadie supiera lo destrozado que estaba, así que quité importancia al golpe de la mejilla y, desde luego, no le dije a nadie lo de la espalda.
Pasé el día en el estudio de grabación con el grupo, pero durante todo ese tiempo Bane me mantuvo informado del paradero de Roni. Había ido directa a casa después del trabajo y se había quedado toda la noche, y Taze no había asomado la cabeza.
Después de recibir su mensaje de ruptura anoche, veinticuatro horas después de venir a por mí con una palanca, probablemente le preocupaba que me hubiera acercado a ella.
Buen comienzo.
Pero quería asegurarme de que se mantendría alejada de él. No tenía ni idea de si de verdad lo haría. Solo porque le dejara anoche, por mensaje, cuando yo estaba a un nanosegundo de follármela, no significaba que fuera a ser definitivo.
Ella no me escribió.
Yo no le escribí.
Me pregunté si quería que fuera a por ella.
Me pregunté si lo haría.
Poco después de conocerla, Roni me había dicho, como si nada, que ella nunca volvía a repetir. Me lo dijo muchas veces. Solo una de esas cosas coquetas y ridículas que solía decir.
Me dijo lo mismo, otra vez, la tercera vez que me la follé: la noche de la boda de Jesse.
Pero luego fue y se echó novio.
Dije que no quería una relación con ella. Se lo dije. Me lo dije a mí mismo. Pero ahora aquí estaba, solo en casa en la cama, sin ella, queriendo más. Estaba pensando en cómo seducirla cuando hacía mucho que me había dicho a mí mismo que nunca haría esto.
Veronica Webber me hizo daño. Más de una vez.
Juré que nunca miraría atrás.
Pero ahora estaba mirando atrás. Intentando ver las cosas como fueron. Con ojos maduros, en lugar de la visión limitada que tenía entonces.
Qué poco entendía de mujeres entonces, joder.
Pero siempre me conocí a mí mismo.
A lo largo de los años, había tenido mis mujeres, pero siempre me importaron. Por poco que las conociera, siempre tenía que importarme. No podía apagar esa parte de mí como hacían algunos tíos. Tenía que mirar a una mujer a los ojos y preocuparme por cómo se sentía ella durante, después.
Tenía que mirar a Roni a la cara hacía diez meses, justo después de follarnos, clavarle la mirada a esos cañones de ojos verde jade y preguntarle: ¿Me sientes, V?
Porque yo no engañaba a las mujeres. No les mentía para llevármelas a la cama ni después. Fui sincero con ella, igual que con todas las mujeres con las que había estado, por casual que fuera.
Tú y yo, cariño, no vamos a ir por ese camino.
Lo decía en serio cuando lo dije.
Al menos, eso creía, joder.
Pero la verdad era que no había acabado con ella. Lo supe unos dos segundos después de que saliera de aquel alojamiento, y en los días y semanas y meses que siguieron, cuando no podía dejar de pensar en ella.
Preguntándome por ella.
Quería follármela otra vez. Obviamente.
Siempre había querido follármela.
Pero no estaba seguro de adónde llevaba este camino, y eso me hacía sentir increíblemente jodido e incómodo. Con ella, nunca había estado seguro.
Y no estaba seguro de que ese sentimiento me gustara. En absoluto.
El caso es que yo siempre había salido con mujeres que me hacían sentir poderoso.
Y nunca una mujer me había puesto de putas rodillas como ella.
Tenía diecinueve años cuando la conocí.
En mi piso.
Acababa de entrar por la puerta, y The Doors sonaban en el equipo de Brody.
«Love Her Madly». Ella estaba tirada en mi cama del salón, con las piernas apoyadas contra la pared, su falda de cuadros demasiado corta subida hasta las caderas, y podía vérsele prácticamente el coño, cubierto apenas por una tira de bragas de encaje azul celeste.
No era exactamente un escenario inusual al entrar en este piso, que compartía con Jesse, Brody y Zane.
Estaba hojeando un ejemplar de la Penthouse de Zane, así que no podía verle la cara.
—Cama equivocada, cariño —le dije.
Era un piso de un dormitorio y yo compartía el salón con Zane, principalmente porque era el único que aguantaba dormir a pocos metros de él. Aunque no me encantaba cuando sus conquistas acababan invadiendo mi futón.
Lo cual pasaba regularmente.
Bajó la revista. Guapa. Nariz pequeña y respingona, pelo negro en dos coletas largas y un flequillo espeso sobre ojos verde jade con demasiado eyeliner negro. Y estaba chupando una piruleta.
—¿Quién eres tú? —dijo, repasándome despacio, de arriba abajo y de vuelta. No hizo el menor gesto por ajustarse la falda o taparse el coño apenas cubierto de encaje.
—¡Jude! —Jessa salió del baño, sorprendiéndome.
Iba toda emperifollada con un top rosa brillante de tirantes y unos vaqueros, ambos demasiado ceñidos.
La chica tenía un pecho generoso desde que tenía unos doce años, y Jesse habría flipado si la veía con esa camiseta—.
¡Hola! —Me dio un abrazo y se lo devolví.
—Hola, briboncilla —la saludé—. ¿Dónde está tu hermano?
—No sé. Nos vamos de compras. —Le hizo un gesto a la otra chica para que se levantara de una vez, y en ese momento caí en que la tía despatarrada en mi cama no era una cualquiera que alguno de los chicos se hubiera traído a casa, sino una amiga de Jessa, la hermana de quince años de Jesse.
¿Una chica de instituto?
Vi cómo la chica dejaba la Penthouse y se levantaba, alisándose las coletas, con los ojos perfilados de negro puestos en mí todo el rato, mientras yo notaba el olor inequívoco a alcohol que Jessa había intentado disimular con perfume y enjuague bucal.
Para mí no era ningún secreto que Jessa se pasaba a menudo por el piso de su hermano cuando él no estaba, porque lo compartían cuatro tíos y siempre había alcohol a mano.
—De compras —dije mientras las veía ponerse los zapatos—. ¿A las ocho de la noche un miércoles?
—El centro comercial está abierto una hora más —dijo Jessa, agarrando a su amiga del codo y tirando de ella por delante de mí hacia la puerta.
—Encantada de conocerte, Jude —dijo la chica, lamiéndose la piruleta y trabajándose a fondo el rollo Lolita.
Ni siquiera sabía su nombre.
Tres días después, cuando vi a Jessa en un ensayo del grupo, le pregunté:
—¿Quién era esa chica que estaba contigo en el piso la otra noche?
—Era Roni —dijo.
—Querrás decir Wild Card —intervino Zane—. Es la nueva amiga de Jessa del instituto. —Arqueó la ceja de una manera que me decía que él también la había conocido.
Jessa puso los ojos en blanco. —Se llama Roni.
Zane me dijo moviendo los labios: Wild Card.
En una semana, descubrí un montón de cosas sobre Veronica Webber.
Primero, lo de Wild Card: invención de Zane. Y desgraciadamente, caló. Aunque era nueva en el instituto de Jessa, Roni Webber ya se estaba labrando cierta reputación por el barrio. Iba un curso por delante de Jessa, y, obviamente, estaba a años luz en madurez sexual.
Descubrí que vivía con su madre y el novio de su madre en una casa vieja y cutre a unas diez manzanas de la casa donde Jesse y Jessa se habían criado, donde Jessa ahora vivía con la madre de ambos.
También descubrí que Roni usaba el coche de mierda de su madre para ir a fiestas.
Y que estaba empezando a llevar a Jessa a esas fiestas con ella.
Fiestas a las que ninguna de las dos debería haber ido.
A Jessa parecía caerle bien, siempre andaba con ella.
A Jesse no le hacía mucha gracia. Desde luego, no quería que sus maneras de «comodín» se le pegaran a su hermana pequeña.
Yo me reservaba el juicio.
No me caía mal, eso seguro.
El rollo Lolita no era lo mío, pero algo en ella sí.
Siempre había sido bastante selectivo con las chicas.
Normalmente, me atraían mujeres mayores.
Quizá era mi propia inseguridad, o quizá simplemente estaba hecho así.
Pero nunca entendí la fascinación de mi hermano con las chicas fáciles del club.
Nunca me atrajeron las fans que revoloteaban como moscas alrededor del club de motos de mi padre, ahora también el club de motos de mi hermano, ni alrededor del grupo.
Prefería mujeres que ofrecieran un poco de desafío. Inteligentes. Con clase. Quizá un poco misteriosas.
Mujeres que no tocarían a hombres como mi hermano ni con un palo.
No solía sentirme atraído por chicas más jóvenes, en general. Cuando tenía dieciséis, ya me acostaba con mujeres de veinte.
Pero Roni me daba curiosidad.
Y las pocas veces que coincidí con ella, cuando estaba con Jessa, se me quedaba mirando. Flirteaba un poco. Me preguntó por mi nombre.
—Jude —dijo, la tercera vez que nos vimos, alargando la U—. Juuude. Nunca he conocido a un tío que se llame Jude. ¿Eso es como la canción de los Beatles?
—No es que no sea como la canción de los Beatles —dije.
Sonrió. Tenía labios redondos, carnosos, y sabía perfectamente cómo usarlos cuando un tío la miraba. Era la primera vez que me sonreía, y me gustó.
Luego apareció en un ensayo del grupo con Jessa, literalmente al día siguiente, y flirteó descaradamente con Zane, delante de mis narices.
Y con Dylan.