9 Roni #2
Me dejé caer y lo acepté. Su lengua en espirales, el calor de su boca, esos labios suaves suyos… y todo el rato, la culpa nadando en mi cabeza… junto con el alcohol y el porro y el deseo.
Era vagamente consciente de que los vaqueros desaparecían y el condón se ponía, y cuando se deslizó sobre mí, muy parecido a aquella primera noche en que tuvimos sexo…
sabía adónde iba esto. Cuando miré hacia abajo, estaba enfundado, duro y listo, y cuando miré hacia arriba, sus ojos lo decían todo.
Prepárate, cariño. Eso era lo que decía esa mirada.
Mierda.
—Espera. —Le detuve con una mano en su pecho desnudo, duro como una roca.
Su polla estaba a un milímetro de aniquilar la imagen que siempre había tenido de mí misma —la de una chica que no engaña— cuando conseguí coger el móvil de mi bolso abandonado y escribirle un mensaje a Taze.
Estaba bastante segura de que decía algo como Rompemos. Se acabó. Sin duda estaba lleno de erratas. A lo mejor era totalmente jodidamente ininteligible.
Lo envié. Con suerte, Taze podría descifrarlo.
—Ya está —dije.
Jude me arrancó el móvil de la mano y lo lanzó por la alfombra del salón, y al segundo siguiente estaba dentro de mí, de una embestida poderosa y animal.
Me folló como siempre lo había hecho. Profundo. Dominante.
Para que lo sintiera durante días.
Me folló en el suelo del pasillo, a medio camino entre el salón y mi dormitorio.
Era mi casa, había tenido sexo allí muchas, muchas veces, pero nunca me habían follado justo allí, en el pasillo, en el suelo.
Se sentía sucio e increíble, y lo único que podría haberlo mejorado era que se hubiera soltado de verdad.
Pero algo le frenaba.
Era sutil. Pero se mantenía elevado sobre mí, apoyado en los brazos, y sin duda se contenía.
—Fóllame más fuerte —le urgí.
Lo hizo, pero seguía conteniéndose. A lo mejor tenía miedo de hacerme daño en el suelo duro.
—Venga, Jude —gemí—. Hazme sentirlo.
—Hostia, V…
Pero me folló más fuerte. Se ajustó un par de veces, recolocándose; por qué razón, ni idea. De cualquier forma en que entrara, se sentía jodidamente perfecto.
No solo era guapísimo, el hombre más sexy con el que había estado, el que más me atraía, sino que la polla de Jude era enorme y me llenaba de una forma que me volvía absolutamente loca. Cada parte de su cuerpo encajaba perfectamente con cada parte del mío.
Físicamente hablando, estábamos jodidamente hechos el uno para el otro.
—No pares… —Le clavé las uñas en el culo, le arañé la espalda, intenté tirar de él encima de mí, desesperada por sentir su peso. Pero él gruñó y se quedó rígido, y ahí fue cuando me di cuenta de que algo iba mal. O, al menos, de que algo no iba del todo bien.
Le estaba haciendo daño. O algo.
—¿Estás bien? ¿Qué…?
Salió de repente y se puso de pie, llevándome consigo.
—¿Estás bien?
Me besó, haciéndome callar, y empezó a empujarme por el pasillo. Para cuando llegamos a mi cama, nos habíamos quitado hasta la última prenda de ropa. Me arrastró con él a la cama, tumbándose boca arriba mientras me colocaba sobre sus caderas.
Le monté y le metí dentro, y cuando empecé a follarle como una posesa, gruñó otra vez. —Aghh. Mierda. Esto es peor.
—¿Qué te pasa? —pregunté, suave, pero él simplemente rodó apartándome, me puso en el suelo otra vez, sobre la alfombra junto a la cama, y empezó a embestirme.
Me sujetó las caderas con una mano, la mesilla con la otra, y me lo dio.
Me folló tan fuerte que se me llenaron los ojos de lágrimas por la intensidad.
No era dolor; era emoción.
Una oleada de lujuria y gratitud, alivio y ternura, deseo y satisfacción… Tantas emociones a la vez que no podía separar una de la siguiente. Todo era un único borrón asombroso de… placer.
Grité cuando el placer me atrapó, retorciéndome debajo de él al correrme.
Me di con la cabeza en la mesilla.
Un jarrón se cayó de la mesa y se estrelló contra el parqué, y por poco no nos dio.
Eran como las dos y media de la mañana.
Me daba absolutamente igual.
—Roni —susurró—, ¿estás bien, cariño? —Había dejado de embestir, y mientras el leve dolor resonaba en mi cabeza, le miré aturdida.
—Córrete —dije—. Por Dios, no pares.
Así que me arrastró a una distancia segura de la mesilla y siguió a lo suyo.
—Joder —gruñó—. Joder, qué bien se siente…
—Sí —gemí yo también—, sí, esa polla… —Y me corrí otra vez, perdiendo el control por completo debajo de él.
—Sí, V… —Me embistió con empujones cortos y profundos mientras yo cabalgaba mi orgasmo—.
Voy a follarte ese coño… —Luego perdió todo el ritmo al derrumbarse.
Se corrió con un gruñido, y cuando sentí cómo se vaciaba, su cuerpo musculoso tensándose y su polla disparando dentro de mí…
luego su cuerpo quedándose laxo mientras jadeaba sobre mí… fue pura puta gloria.
Yo había hecho eso.
Yo le excitaba así.
Había conseguido que Jude Grayson perdiera la cabeza por completo en el suelo de mi dormitorio.
No fue hasta después de que se corriera cuando vi, en el espejo de la puerta del armario, el moratón negro horroroso en la parte baja de su espalda.
—¡Jude! —exclamé, mientras se apartaba de encima de mí—. ¿Qué demonios te ha pasado en la espalda?
—Nada. —Se quitó el condón y me besó.
—Pero…
—No es nada… —Luego me besó muchas, muchas veces, hasta que capté el mensaje y dejé de preguntar.