9 Roni
RONI
Después de la cena, la noche se torció bastante, profesionalmente hablando.
No es que no estuviéramos borrachos. Lo estábamos, probablemente, pero esa no era la causa. Era que Jude estaba, por lo visto, empeñado en arrancar mi relación con Taze de cuajo y pisotearla hasta hacerla polvo.
Y cuando dejé que me cogiera de la mano y me metiera en la parte de atrás de aquel primer taxi, supe que iba a permitir que lo hiciera.
Dejamos nuestros coches y fuimos de un bar al siguiente. Me limité a una copa por bar, para no acabar completamente borracha. Aunque, desde luego, iba camino de ello.
Insistí en pagar las copas en cada bar en el que entramos, porque él era algo así como mi cliente, se suponía que aquello era una reunión de trabajo, y de ninguna manera iba a dejar que él sacara alguna ventaja imaginaria poniéndose todo caballeroso y generoso con la cartera.
Incluso le abrí las puertas yo.
Aunque Jude puso una cara bastante hosca tanto con el dinero que yo soltaba para las copas como con cada puerta que le abría.
Me aseguré de mirarme en unos cuantos espejos por el camino, y no parecía borracha perdida, que probablemente era lo importante. Estaba un poco colorada. Los ojos me brillaban. Tenía el pelo ondulado un poco revuelto, salvaje y sexy alrededor de la cara.
Sinceramente, parecía bastante dispuesta a follar.
Desafortunadamente, Jude también.
Para cuando entramos en el segundo bar, ya tenía la mano en la parte baja de mi espalda, sobre la piel desnuda.
Para cuando nos sentamos en el tercero, nos habíamos fumado juntos un porro que llevaba en el bolso, yo me sentía increíblemente calentita y a gusto y, bueno, suelta… y él tenía la mano en mi muslo.
Sabía que tenía novio. No estaba aquí, y como no iba a romper con nadie cogiendo el móvil a medianoche y diciéndole: Eh, ¿sabes qué? Se acabó, seguiría teniendo novio cuando me despertase por la mañana.
Un novio al que no quería.
Un novio que no me quería.
Y la mano de otro hombre estaba en mi muslo.
El hombre.
El hombre que siempre había querido, que probablemente siempre querría, por muchas veces que me rechazase. Porque —¿me atrevía a reconocérmelo?— me había enamorado de él como una idiota, hacía años, y ese amor, sencillamente, se había quedado ahí.
Aunque él no.
Sentía su mano pesada, posesiva y descarada en mi muslo. Atrevida. Me estaba retando, en realidad, ¿no?
Mi falda de encaje acababa justo por encima de la rodilla y no me estaba tocando la piel, pero podía sentir su calor traspasando la tela.
Sabía que yo estaba con Taze. Le había dicho que Taze me hacía sentir segura.
Y allí estaba, con la mano en mi muslo, ofreciendo —no, amenazando con— destrozar todo eso.
Era como si estuviera diciendo con aquella mano: Él no está aquí, cariño.
¿Qué vas a hacer al respecto?
En un momento, mientras le contaba la fiesta que había organizado en aquel bar el mes anterior, retiró la mano de mi muslo.
Estaba inclinado hacia mí, cerca, con la oreja pegada a mi boca para poder oírme por encima de la música alta, y tuve que hacer un esfuerzo enorme para no rozarle la oreja con los labios.
El cuello. Para no lamerle la piel. Simplemente seguí hablando, una especie de parloteo medio borracho, porque sentía que tenía que hablar de algo, como si hablar de algo pudiera borrar el hecho de que acababa de tener la mano en mi muslo.
Cuando terminé de hablar, me miró.
Me pasó el brazo por la cintura, atrayéndome más hacia él, luego se acercó a mi oído y dijo: —Estás preciosa.
Cuando se echó atrás lo suficiente para que le viera los ojos, dije: —¿Has oído algo de lo que acabo de decir?
—He oído todo lo que has dicho, V.
Joder.
¿Por qué me derretía cuando me llamaba V?
Porque sonaba íntimo.
Porque sonaba a gesto de cariño.
Seguía sujetándome, con el brazo alrededor de mi cintura, y yo tenía la espalda arqueada mientras me estiraba hacia él. Tenía la cabeza echada hacia atrás para poder verle la cara, y él la tenía inclinada hacia la mía. Estábamos a centímetros.
Me puso la otra mano en las costillas, con suavidad.
Mantuvo los ojos fijos en los míos mientras me recorría el costado con la mano… y me rozó el pecho a través de la seda de la camisa.
Se me cortó la respiración.
Su mano se quedó ahí, y su pulgar pasó sobre mi pezón tenso.
Un escalofrío me recorrió entera.
No dijo nada. Solo me observó, me miró la cara, los ojos mientras lo hacía otra vez… el pulgar rozándome el pezón, despacio, deslizándose por encima y luego alrededor… mientras el dolor delicioso se extendía por todo mi cuerpo.
Vi cómo se le oscurecían los ojos a medida que la fachada de respetable profesionalidad que ambos habíamos traído a esta «reunión» se evaporaba… junto con cualquier puñetera esperanza de que yo fuera fiel a mi novio esa noche.
Cuando salimos de aquel bar, nos subimos a otro taxi. Acababa de decirle al conductor a qué bar llevarnos, cuando Jude se inclinó y me puso su boca caliente sobre la mía, así sin más.
Sus labios se abrieron y los míos fueron con ellos, y entonces su lengua se deslizó dentro de mi boca y su mano fue a mi nuca, agarrándome del pelo. Gimió dentro de mi boca… y se acabó todo.
El deseo me arrasó el cuerpo mientras su lengua me devoraba la boca. Le dejé hacerlo, devolviéndole el beso, más o menos, pero apenas me moví. Apenas respiré.
Cuando se apartó, me dijo: —Escríbele a Taze. Dile que se acabó.
Le miré parpadeando. —¿Quieres que rompa con un hombre por mensaje? —Por poco sagrada que fuera mi relación con Taze, no le haría eso a ningún hombre con el que estuviera.
—Ahora mismo.
—No voy a hacer eso.
Me besó de todas formas.
Más profundo.
Más caliente.
Me cogió la mano y me la puso sobre la polla.
Estaba duro dentro de los vaqueros, y su polla era, tal como recordaba, más de un puñado.
No le apreté, pero tampoco me resistí exactamente cuando me mantuvo la mano contra él, firme, y movió las caderas lentamente, restregando su erección contra mi mano, para que no quedara la menor duda de lo que me estaba ofreciendo.
Cuando su boca se separó de la mía otra vez, jadeaba suavemente.
—¿Quieres esta polla? —murmuró contra mis labios.
Sí. Sí que quería esa polla.
Pero era vagamente consciente de que todavía tenía novio. Lo que significaba que todavía intentaba, de verdad intentaba, no participar en aquello.
Pero no le detuve cuando me agarró del pelo, atrayéndome con más fuerza hacia él, y me cerró la mano alrededor de su polla.
—¿Quieres esta polla bien dentro de tu boca, V?
Dios mío. Me metió la lengua en la boca, caliente y lenta, para subrayarlo.
Luego me dejó la mano en su regazo y subió la suya, rozándome el pezón con los dedos a través de la camisa.
—Te quiero en mi boca. —Deslizó la boca hasta mi oído—.
Quiero que te sientes en mi cara… que me des ese coño precioso.
—Me rozó los labios con la boca—. Me acuerdo…
—me dijo entre besos—, me acuerdo de lo jodidamente precioso…
Después de eso, no llegamos al siguiente bar.
Nos besábamos mientras entrábamos dando tumbos por la puerta de mi piso. Si es que a eso se le podía llamar besar. Nos devorábamos mutuamente, la boca de Jude dominando totalmente la mía y la mía intentando dominar la suya… y joder… cómo había echado de menos sus besos.
Llevaba soñando con los besos de Jude desde los dieciséis años, y, por desgracia, no había cambiado gran cosa desde entonces. Todavía me besaba como si yo fuera su mundo entero.
Yo seguía sabiendo que no lo era.
En ese momento, sencillamente, me daba igual. No lo suficiente como para parar aquello.
El bolso cayó con un golpe seco en el suelo del pasillo mientras me empujaba contra la pared.
Me aplastó los labios con los suyos mientras nuestras lenguas luchaban por imponerse.
Nuestros cuerpos se fundieron, mis manos en su pelo, las suyas en el mío, sus caderas estampándose contra mí.
Su muslo presionó entre mis piernas, mi falda ceñida impidiéndole llegar donde yo le quería.
Quería que me tirara al suelo y me follara. Me daba igual que fuera parqué. Me daba igual lo que viniera después de esto… o no.
Me daba igual Taze.
Solo quería que Jude Grayson perdiera la cabeza por mí, ahora mismo, y me follase en el suelo.
Cuando salimos del restaurante y nos metimos en aquel primer taxi, había empezado a parecer un juego de quién se rajaba primero. Los dos acelerando el uno contra el otro, sin ceder, esperando a ver quién se apartaba en el último segundo.
Solo que nadie se apartó.
Así que ahora era más bien un accidente de coche. Como una colisión frontal: a ver quién salía vivo del otro lado…
Yo.
Sin duda tenía que ser yo.
No iba a arder por esto.
En cuanto nos arrancamos las chaquetas, le quité la camiseta por la cabeza.
Me agarró la camisa y me la bajó por los hombros, rasgándola por la mitad, dejándome los pechos al aire. —Esta puta camisa… —dijo.
Vale, esa la ganó él.
Fui a por sus vaqueros a continuación, abriendo el botón y levantando la lengüeta de la cremallera para poder bajarla de golpe.
Me subió la falda y me bajó directamente al suelo, sobre su cara.
Hostia. Estaba ganando de calle aquella batalla…
Ni siquiera me quitó las bragas primero. De alguna forma, su lengua estaba dentro de mí. Su pulgar clavándose, apartando las bragas más o menos del medio, mientras me follaba con la lengua.
—Dios mío… —gemí, más para mí misma. Su polla no estaba dentro de mí, pero su lengua desde luego que sí, y aquello era sin duda territorio de infidelidad.
Habíamos cruzado ese límite en algún punto entre el último chupito en el restaurante y su mano cogiendo la mía. Lo sabía.
Seguía luchando contra ello.
Ni siquiera era por Taze.
Era por mí.
Rodó, llevándome consigo. Me tumbó boca arriba en el suelo, me subió la falda más por las caderas y me bajó las bragas, quitándomelas. Luego me levantó el muslo y se lanzó a por mi coño con la boca.