8 Roni #2
Choqué el borde de mi copa con la suya. —No estoy segura de haberle impresionado realmente. Ganarme su confianza, por ahora, quizá.
—Con Brody, eso viene a ser la misma puñetera cosa, cariño.
Hostia. Ya con el cariño.
Iba a ser una cena muuuy larga si ya estaba desplegando los hoyuelos y sacando los cariño.
Lo siguiente sería llamarme V, como si no hubiera pasado el tiempo entre entonces y ahora, y las bragas me caerían hasta los tobillos.
Bebimos y sus ojos oscuros no se apartaron de los míos. Y recordé lo que pasó la última vez que brindamos juntos: la noche de la boda de Jesse y Katie. Ya tarde, solo nosotros dos, en la terraza del hotel.
La última noche que follamos.
Me pregunté si él estaba recordando lo mismo.
—¿Siempre discutes tus necesidades de seguridad con las promotoras en persona, cenando y bebiendo? —le pregunté.
—Las promotoras no siempre tienen tu aspecto —respondió—. ¿Siempre dejas el sujetador en casa cuando quedas con el de seguridad?
Bajé la vista; mi halter de seda se había abierto un poco demasiado por un lado, dejando al descubierto una curva bastante generosa de pecho. El pezón seguía tapado. Podría haberme alisado la camisa disimuladamente, cubriendo el resto.
La dejé justo donde estaba y le miré a los ojos.
—Nunca había tenido que reunirme con el de seguridad. Como sabes, nunca he hecho un evento de este tamaño. ¿Te ofende mi falta de sujetador?
—Mientras no te importe que mire, cariño, a mí no me importa que se te caiga la ropa.
Más tarde, cuando hacía rato que habían retirado la comida y yo había llegado al fondo de la botella de vino, y Jude iba por su tercera o cuarta copa, le pregunté: —¿Estás saliendo con alguien?
No era que nunca se me hubiera ocurrido preguntármelo. Me habría vuelto loca hace mucho si me hubiera permitido alguna vez darle vueltas a ese tema.
Ahora mismo, la forma en que no dejaba de mirarme, la forma en que había coqueteado conmigo durante toda la cena, la forma en que cada conversación volvía a algún tipo de cumplido sobre mí… simplemente necesitaba saberlo de repente.
—Con nadie fija —dijo, lo más jodidamente vago posible.
—¿Alguien especial?
—¿Especial para mí? No.
—¿Alguien a quien le molestase que estuvieras aquí, ahora mismo, conmigo? Y mirándome así…
Entornó los ojos ligeramente y no respondió de inmediato. Así que maticé la pregunta.
—¿Alguien a quien te importaría que le molestase que estuvieras aquí, ahora mismo, conmigo?
Su mirada bajó por mi pecho. Los pezones se me endurecieron bajo la tela suave y sedosa de mi camisa, y de verdad esperé que lo viera.
No porque quisiera que supiera cómo sus miradas ardientes afectaban a mi cuerpo.
Porque quería que recordase cómo se sentían mis pechos en sus manos.
Cómo se sentían mis pezones en su boca. A qué sabían.
Quería que reviviera cada momento caliente, guarro y porno que había pasado entre nosotros, y se muriera de envidia por dentro.
Cruel, quizá.
¿Una provocadora? Nunca me habían llamado eso. Pero a Jude, sin duda; le provocaría sin pensármelo dos veces.
¿Por qué? Porque me había rechazado, no una, sino varias veces en mi vida, y sí, en el fondo, en lugares que no le confesaría a nadie, todavía dolía.
Mucho.
—No —dijo, finalmente.
—¿Alguien que te haga sentir seguro?
Ante eso, se lamió el labio. Los ojos le temblaron levemente, aunque no supe si estaba divertido o considerando la pregunta. —Seguro. ¿En qué sentido?
—Eso que dijiste de Taze. Alguien más joven o inferior a ti, que te admira y te hace sentir protegido.
—Pensaba que no hacías eso con Taze.
—No he dicho que lo haga. Lo has dicho tú.
—No —dijo—. Nadie así.
—¿No sales con mujeres que te hagan sentir poderoso?
No respondió durante un momento. Luego: —No.
—¿Sales con mujeres que te hacen sentir débil? —le desafié.
—No he dicho eso. —Bebió un sorbo, despacio—. No salgo con mujeres para que me «hagan» sentir nada. Salgo con mujeres con las que quiero salir.
Terminé lo último del vino, mirándole fijamente.
Me devolvió la mirada.
En realidad no habíamos hablado tanto de trabajo, al final.
Durante la cena me había expuesto lo que esperaba de mí en cuanto a seguridad para el evento de Nochevieja.
No era nada del otro mundo, exactamente.
Nada que no pudiera haberme contado en una breve llamada telefónica.
Pero todo el rato parecía más centrado en mí, en mirarme y flirtear conmigo, que en cualquier otra cosa.
Y una botella de vino después, yo sin duda estaba centrada en él.
El hecho era que Jude Grayson era la persona que dejé escapar.
Eso siempre había sido así.
Aunque la mayoría de los días simplemente no me permitía pensar en ello. No le daba vueltas.
Si alguna vez me hubiera permitido darle vueltas, habría estado, francamente, destrozada, y no quería vivir así, pura y llanamente.
Así que simplemente. No. Pensaba. En. Ello.
Nunca.
Hasta que de repente volvió a mi vida.
Y ahora que estaba en mi vida otra vez —de repente en todas putas partes— aún no había averiguado cómo lidiar con ello.
Tuve un pequeño ataque patético alrededor de la fiesta de presentación del bebé de Jessa, pero gracias a Dios eso ya había pasado.
Simplemente no tenía claro cuál debía ser mi próximo movimiento.
Ignorarle no funcionaría. No cuando ahora iba a tener que verle, repetidamente, en la planificación y ejecución de este evento.
Follarme a Taze tampoco funcionaba. Desafortunadamente. Eso había parecido una solución de matar dos pájaros de un tiro: echar un polvo y superar a Jude. Pero sin suerte.
Entonces, ¿quizá plantarle cara era el camino?
Merecía la pena intentarlo, ¿no?
—¿Yo te hacía sentir poderoso? —le pregunté.
No respondió.
—¿Te hacía sentir débil?
Tampoco respondió a eso, pero tampoco rompió el contacto visual, ni siquiera cuando la camarera se acercó a preguntar si queríamos algo más. Pidió dos chupitos, y cuando se fue, dijo: —Me hacías sentir muchas cosas.
—¿Cómo qué?
Me miró la boca fijamente. Luego su mirada bajó otra vez. La forma en que me miraba, no me cabía duda de que recordaba exactamente cómo era mi tacto, mi sabor.
Luego clavó sus ojos en los míos de nuevo. —¿Estás jugando conmigo, cariño?
Me lo había preguntado una vez antes. Hacía tanto tiempo…
—Nunca juego a un juego que no pueda ganar —le dije.
—Yo tampoco.
—Entonces supongo que eso nos convierte a los dos en malos perdedores.
Cuando la camarera volvió con los chupitos, él le pasó una tarjeta de crédito. Sus ojos oscuros encontraron los míos mientras chocábamos y nos bebíamos los chupitos.
Le pregunté: —¿Y si te das cuenta, en algún momento, de que estás perdiendo el juego?
—Entonces cambio las putas reglas.