Tan canalla como Jude (Dirty: chicos malos del rock 3) 6 Jude #2
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6 Jude #2

Intentando parecer más duro de lo que era delante de sus hermanos.

Me pregunté de quién había sido la idea.

¿De ellos?

¿De él?

Se puso en cuclillas y me miró a la cara.

—Lo pillo. Eres el Señor Protector. El tío de seguridad, ¿no? Guardaespaldas de tu mejor amigo, la estrella del rock… ¿cómo se llamaba? Jesse.

Hostia. Puta. ¿En serio me estaba amenazando con Jesse?

Este chaval era mucho más imbécil de lo que yo pensaba.

Entonces se acercó más a mí y dijo: —Sé lo del tío de los dientecitos bonitos. Lex, ¿verdad? Mandé a mis chicos a seguirle hasta su casa desde el club esta noche. Sé quién es. Sé dónde vive. Sé que ha estado vigilando a Roni. Sé que tú le pusiste ahí, vigilándola, ¿me equivoco?

Esperó, pero no contesté.

Sabía que nunca iba a contestar a una pregunta así, ¿no?

—Tío guapo —continuó—. Aunque probablemente no tanto cuando Topper le arranque todos esos dientecitos blancos y bonitos. Los colmillos plateados, esos me los quedo fijo. Me hago un collar o algo. Trofeo de caza, ¿no?

Vale. Así que quizá no era tan imbécil.

Era lo bastante listo para darse cuenta de que una amenaza de muerte a uno de mis hermanos del club, o a cualquiera que me importase, era la forma más segura de captar mi atención.

Pero el chaval sin duda tenía ganas de morir, intentando hacer lo que estaba intentando hacer ahora mismo.

¿No le habían enseñado nada en ese MC de chiste?

Miré a Topper otra vez. Tenía unos cercos de sudor enormes en los sobacos.

Ninguno de ellos llevaba los colores de los Sinners.

Había una energía densa y nerviosa crepitando en el aire entre ellos.

Me daban la sensación de ser tres payasos que habían acorralado a un león en un safari para hacerse selfis y no sabían en qué momento el león iba a darse la vuelta y arrancarles la cara de un mordisco.

Solo sabían que iba a pasar, si no se daban prisa.

Entonces la mirada de Taze se desvió hacia Brag, detrás de mí, y algo me golpeó, fuerte, en la parte baja de la espalda. Un golpe directo al riñón.

Lado izquierdo, por debajo de las costillas.

Me desplomé como si me hubiera caído un rayo, el dolor atravesándome el cuerpo.

Ya estaba en el suelo, hecho un ovillo, cuando vi el arma; no era una pistola sino una llave de ruedas, en la mano de Brag.

Estaba de pie sobre mí, pero no lograba recomponerme lo bastante para levantarme.

El dolor se extendía por mi cuerpo otra vez en una ola residual de fuego. No encontraba aire en los pulmones.

Por suerte, no me dio otro golpe.

Taze me pegó una vez, en la cara, con el puño cerrado.

—Olvídate. De. Ella. —Cerca de mi oído, su voz. Pero no conseguía ver bien a través de la neblina de dolor.

Luego me dio una patada en el costado con la bota, fuerte.

Y se fueron.

Olvídate.

De.

Ella.

Costó un rato, pero conseguí ponerme en pie y llegar hasta la parte delantera del edificio, moviéndome un poco como un extra de The Walking Dead. Por suerte no había nadie, pero las luces de la gasolinera brillaban a plena potencia. Me senté en el bordillo, a la sombra de mi moto.

Comprobé si sangraba, pero aparte de un arañazo superficial en el pómulo del puñetazo de mierda de Taze, parecía estar entero y sin sangrar. Me dolía todo y tenía náuseas, y el riñón todavía me latía como si alguien me hubiera clavado un cuchillo de carne oxidado.

1:19 de la madrugada.

Llamé a Brody.

—Roni está en el Artemis Club —le dije en cuanto cogió. Mi voz sonaba ronca y rara, incluso para mí.

—¿Vale?

—Necesito que vayas a buscarla.

—¿Ahora?

—Sí. Ahora. —Sabía que le había despertado. Sabía que tenía un bebé recién nacido. También sabía que haría lo que le pedía—. Prueba con su móvil. Si no está ahí, puede que esté con Ash.

—¿Ash?

—Sí —gruñí—, Ash. —La imagen de Ash llevándose a Roni por aquel pasillo detrás del escenario estaba grabada incómodamente en mi cerebro—.

Solo averigua dónde está y ve a buscarla.

Y no le digas que te lo he pedido yo. Si no la encuentras, pide ayuda a Bishop, pero sé discreto.

Llévatela a tu casa, quédate con ella esta noche y mañana por la mañana hasta que yo pueda ir.

Dile que Jessa necesita ayuda con el bebé, lo que tengas que decir para que se quede allí.

Oí ruido de movimiento mientras se levantaba. —¿Puedo pedirte un jodido «por favor»? —Hablaba bajo, probablemente intentando no despertar a Jessa y/o al bebé.

—Jodido por favor.

—¿Va todo bien? —Estaba claro que sabía que no.

—Todo jodidamente bien. Solo llévala allí.

—Entendido, hermano.

—Nos vemos mañana.

Colgué, luego llamé a Lex y le puse al día. Le dije que Taze le había identificado, que sabía que había estado siguiendo a Roni. —Vigila tu espalda —le dije—. Y aléjate de Roni.

—Entendido. ¿Estás bien?

—Sí. —Me di cuenta de que probablemente no sonaba muy bien—. Ni una palabra a nadie.

Colgué y me puse de pie. Me monté en la moto, con dificultad, con las lumbares gritándome de dolor, y salí despacio del aparcamiento de la gasolinera.

1:42 de la madrugada.

Me desvié por una carretera tranquila a unos veinte minutos de mi casa, frente a un patio de colegio vallado.

No iba a llegar ni de coña.

Aparqué bajo un árbol, en la oscuridad entre dos farolas. Me senté en el bordillo.

Luego llamé a Con para que viniera a buscarme.

Seguía en la sede del club, pero sabía que esa noche no estaba bebiendo mucho. Era uno de los pocos Kings que nunca se quedaba a dormir en la sede, siempre se aseguraba de estar lo bastante sobrio para conducir a casa al final de la noche.

—Sin moto —le dije, escupiendo sangre sobre el asfalto a mis pies—. Trae un coche y ven solo. Trae algo de pasta. ¿Puedes conseguir un par de mil?

—Sí. Vale. Estaré ahí en unos… cuarenta y cinco.

—¿Y Con?

—Dime, jefe.

—Ni una puta palabra a nadie.

—¿Qué coño te ha pasado?

Abrí los ojos.

2:36 de la madrugada.

Levanté la vista y encontré a Con de pie sobre mí con una sonrisa de dientes blancos, el pelo rubio aureolado por la farola como un puto halo.

—Me han asaltado.

Se rio, incómodo. —Joder. ¿A ti quién coño te asalta?

—Un par de chavales. —Escupí saliva rosa, sanguinolenta, en el suelo a mis pies. El diente me había cortado por dentro del labio cuando Taze me pegó, por lo visto, y todavía sangraba—. Y una llave de ruedas.

Se sentó a mi lado en el bordillo, echándome un vistazo. —¿Estás bien?

—No estoy muy seguro.

—¿Quién cojones ha sido? ¿Dónde ha pasado? ¿Quieres que avise?

—No. —Le miré a los ojos—. No se lo vamos a contar a nadie.

Se me quedó mirando un momento, procesándolo. —¿Ni a Pipe?

—Sobre todo a mi hermano no.

Con se quedó callado un momento.

—Entonces supongo que la pasta es para el médico.

—Me gustaría asegurarme de que los riñones todavía me funcionan —dije.

3:19 de la madrugada.

Cuando llegamos a la clínica del Dr. Singh, ya estaba allí. Nos abrió con una sonrisa. El hombre era increíblemente animado para ser un tío al que habían despertado en mitad de la noche un par de moteros, uno de los cuales escupía y meaba sangre.

El Dr. Singh siempre llevaba una sonrisa y tenía una mirada de loco. A mí me parecía que siempre estaba bajo los efectos de algún estimulante. O quizá simplemente era feliz por naturaleza. O por la pasta que los Kings le iban pasando regularmente.

O todo lo anterior.

Me examinó y me hizo unas radiografías, sin preguntarme absolutamente nada. Salvo qué me había golpeado en la espalda. Cuando le dije que una llave de ruedas, dijo: —¿Una barra? ¿O una llave de ruedas?

—Llave de ruedas —dije—. En L.

—Ay —dijo, con una sonrisa.

Mientras esperábamos los resultados, Con me acorraló un par de veces con lo de los «chavales» que me habían atacado, queriendo saber qué cojones había pasado de verdad.

—Ya te lo he dicho —dije—. Me han asaltado.

—¿Por qué? ¿Por la puta cartera? —Miró significativamente mi cartera, que tenía en la mano, y el fajo de billetes que estaba sacando de ella.

—La próxima vez que te diga que traigas dos mil —dije—, trae dos mil.

Se limitó a sonreír mientras añadía doscientos de mi cartera a los mil ochocientos que él había traído.

Cuando el Dr. Singh volvió y me enseñó las radiografías, me aseguró, con una sonrisa, que no había roturas. Ni de huesos, ni de órganos, ni de nada. Solo un moratón de los buenos.

Luego estaba el molesto detalle de la sangre en la orina, que me dijo que no me preocupase, a menos que empeorase. Después me recetó unos analgésicos.

Con pagó y me llevó a casa, donde tenía previsto mear más sangre y dormir durante un año.

—Haz que un prospect recoja mi moto y la traiga aquí antes de que amanezca —le dije cuando me dejó.

—Hecho. ¿Seguimos con la historia de los chavales más imbéciles del mundo que te asaltaron sin motivo?

—Sí —dije—. Seguimos. Y… necesito que me hagas otra cosa.