Tan canalla como Jude (Dirty: chicos malos del rock 3) 6 Jude
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JUDE

El Artemis Club estaba a reventar, y yo no tenía precisamente entrada ni un par de tetas, pero sí conocía a uno de los porteros, así que entrar no fue un problema.

Pasar desapercibido ya era otra historia. Por eso la vigilancia nunca iba a ser una opción profesional realista para mí. No era precisamente un tío capaz de fundirse con la multitud. Con ninguna multitud.

No como Lex.

Así que me quedé al fondo, en la esquina más oscura que encontré, y observé. Observé a Roni observar el espectáculo.

Había dejado libre a Lex cuando llegué, tomando el relevo. Cuando me mandó un mensaje diciendo que Roni estaba allí, me quité el cut de los Kings, lo guardé en una alforja de la moto, me subí y conduje una hora hasta el centro de Vancouver, y entré directamente en este club.

¿Por qué? Ni puta idea, todavía.

Lo único que sabía era que Roni estaba aquí y ahora yo también.

Y Taze no.

Lex lo había dejado claro; Roni había salido, un sábado por la noche, a un club… sola.

Sin su novio degenerado a remolque.

Lo que significaba… sí, a lo mejor era optimista de cojones, pero joder, a lo mejor significaba que aunque le había tenido por ahí los últimos diez meses, por fin se estaba cansando de él.

A lo mejor esta era mi oportunidad.

Mi oportunidad de meter una cuña entre los dos… de alguna manera.

Ya había intentado advertirle sobre Taze, dos veces. Y había fracasado. Mis advertencias sobre Taze le habían importado una mierda. Podría haberle soltado pruebas; algo que enseñarle en vez de contarle lo basura que era su novio Sinner. Sin duda, eso habría dejado clara mi postura.

Pero ir por ese camino habría puesto a Roni en peligro, así que no iba a pasar.

Lo que significaba que, en realidad, solo me quedaba otra carta por jugar. La única ventaja real que había tenido nunca con Roni.

Esa puta chispa combustible entre nosotros.

Sabía de hecho —un hecho incómodo y doloroso— que, a pesar de lo Wild Card que muchos de mis amigos insistían en llamarla, Roni Webber no era el tipo de mujer que engañaría a su novio. Diera igual lo mierda que fuese.

Pero quizá se plantearía seriamente deshacerse de él si aparecía una opción mejor.

Obviamente, yo era esa opción mejor.

No era que fuese a ofrecerme como su novio. Se lo había dejado bastante claro la última vez que follamos: eso no iba a pasar nunca.

Pero sin duda podía follármela mejor que Taze.

Podía ser el follamigo del siglo, si eso era lo que necesitaba para quitarse de la cabeza y del cuerpo cualquier puto recuerdo de Taze Murphy.

Cuanto más lo pensaba, más me decían mis instintos que si me acercaba directamente a Roni en esta multitud, me pegaba a ella, le ponía la mano en la parte baja de la espalda o en la cadera mientras bailaba, le acercaba los labios al oído para decirle lo jodidamente sexy que estaba con esos pantalones de cuero, lo jodidamente bien que olía…

joder, ese maldito olor a gatita sexual, casi podía olerlo desde aquí…

Sí. Se iba a ir de aquí conmigo esta noche.

Y cuanto más lo pensaba, más me empalmaba hasta doler.

Pero mis instintos también me decían que me quedara atrás y observara.

Así que eso hice. Observé a Roni ver el final del espectáculo, bailando todo el rato, igual que cuando tenía dieciséis años, lento, sensual y libre, como si le diera igual quién la estuviera mirando, con la atención clavada en el escenario.

Y entonces vi a Ashley Player acercarse directamente a ella.

Se me cerró el pecho hasta el punto de que casi no podía ni respirar… mientras le veía besarla, y luego abrazarla, durante demasiado puto rato.

Y recordé…

Recordé cómo Roni coqueteó con Ash en la boda de Jesse.

Cómo se lió con él en la despedida de Katie; cómo bailó con él encima de la mesa de centro en bikini.

Cómo se puso aquel vestido rojo de infarto en la recepción de la boda, buscando su atención.

Cómo se sentó a su lado junto a la hoguera después, y yo me levanté y me largué.

Y cuando la vi más tarde esa noche, cómo actuó como si le diera igual que él la hubiera dejado tirada.

Recordé cómo persiguió a Ash durante toda la boda, pero ya de madrugada acabó conmigo.

Entonces, ¿qué? ¿De verdad quería a Ash todo este tiempo?

¿Se lo estaba follando a él ahora?

¿O todo el rato?

Joder. Hostia puta.

Vi a Ash cogerla de la mano y llevársela entre bastidores, con la mandíbula tan apretada que no me creía que no se me rompiera ningún diente.

Y decidí, aquí y ahora, que no necesitaba esta mierda.

Este puto proyecto personal de mierda, esta misión absurda de salvar a Roni Webber de Taze —o de sí misma— era un billete de ida asegurado a Chifladura Total, población de un jodido habitante: yo.

12:16 de la madrugada.

Salí por la puerta del club con ganas de darme una paliza a mí mismo. Volví hasta mi moto, me monté y arranqué.

Crucé la ciudad, pasé por mi barrio y seguí. Salí de la ciudad otra vez. A casa de Piper, quizá; de vuelta a la sede del club, donde fuera. Solo necesitaba conducir.

Porque qué cojones tenía esta mujer, esta única mujer, que se me había metido bajo la piel cuando tenía diecinueve años y no se había ido nunca.

Y ahora me tenía actuando como un adolescente obsesionado.

Había corrido hasta aquel club en mitad de la noche, en cuestión de minutos, para aprovechar una oportunidad imaginaria de rescatarla de su novio.

Ya, claro.

¿A quién coño creía que estaba engañando, y cuándo, exactamente, había empezado a mentirme sobre lo que sentía por Roni Webber?

¿Hoy? ¿Este año?

¿Hace años, joder?

¿Y cuándo iba a meterme en la cabeza que no era mía para protegerla?

12:50 de la madrugada.

O algo así…

En retrospectiva, no había ninguna puta manera de que, si no tuviera la cabeza tan metida en el culo por una mujer con la que estaba estúpidamente obsesionado, que se follaba a todos los tíos que yo había conocido en mi vida —menos, claro, a mí—, hubiese entrado en ese puto aparcamiento de gasolinera.

Por una cream soda.

Lo único que quería era una cream soda.

El noventa y nueve por ciento del tiempo comía bien, trataba mi cuerpo más o menos como un templo, evitaba la comida basura. No bebía en exceso ni fumaba hierba en exceso ni tomaba otras drogas.

Pero cuando estaba solo y algo me tenía alterado —algo que de verdad me jodía— la cream soda era mi vicio. Intentaba que ni mi hermano ni Jesse ni nadie que me conociera demasiado bien me viera bebiéndola, porque eso significaba que sabían que estaba en un momento de debilidad.

Y estaba en un puto momento de debilidad.

Jamás debería haber estado tan distraído, por una mujer que no era mía y unas ganas de cream soda, entre todas las cosas posibles, como para no fijarme en la furgoneta sospechosa que entraba en el aparcamiento justo detrás de mí…

hasta que fue demasiado tarde. Hasta que se paró a mi lado, bloqueándome del resto de la gasolinera, y el primer tío ya se me había acercado.

Y otro me clavó algo duro y frío en el riñón izquierdo.

Si era una pistola, era totalmente innecesaria. Sobre todo teniendo en cuenta que eran tres y el tío que tenía justo delante no era otro que Taze.

El novio de Roni.

Bastante obvio que esto no era una visita de cortesía.

El tercero ya se había unido a la fiesta para cuando terminé de hacer un inventario mental de cada arma u objeto parecido a un arma en mi moto. No llevaba nada encima, no me la habría jugado en la puerta del club, pero tenía lo que necesitaba en un compartimento oculto de la moto.

Sin posibilidad de llegar a él, eso sí.

Los cuatro dimos un paseo hasta la parte de atrás del edificio, lejos de las cámaras de seguridad. Lo cual habría resultado sospechoso de cojones, si alguien hubiera estado cerca para verlo. Todo el camino, el cabrón de detrás me mantuvo el arma clavada firmemente en la espalda.

Colaboré de puta madre. No iba a dejar que me reventaran los órganos internos detrás de una gasolinera junto a la Trans-Canada en mitad de la noche por culpa de un imbécil que no había acabado ni la ESO.

Le eché un vistazo y supe quién era.

Los Sinners le llamaban Brag, y de todas sus cualidades de mierda, la que menos me gustaba de Brag era lo pegado que iba a Taze. Lo bastante pegado como para que Taze compartiera con él a su flamante novia en una fiesta de los Sinners en un romántico trío que tuve la suerte de presenciar.

—De rodillas —dijo—, y manos detrás de la cabeza. —Estaba claro que había visto demasiados episodios de Law & Order mientras se fumaba porro tras porro y estudiaba para ser un tío duro.

Obedecí.

El otro chaval se puso delante de mí. Solo le conocía como Topper. Era un armario, uno de esos tíos que los demás tenían por ahí sobre todo porque venía bien en una pelea. Pero cuando le miré a los ojos, parecía acojonado.

Yo estaba de rodillas, y él parecía asustado.

Como debía ser.

Los tres estaban cruzando una línea muy fea ahora mismo.

Al menos no eran tan imbéciles como para no saberlo.

—Si me la cuelan una vez, la culpa es tuya, ¿eh, Jude?

—Taze empezó a hablar—. Si me la cuelan dos veces…

la culpa es mía, ¿verdad? —Cuando le miré a la cara, estaba de pie sobre mí, a mi derecha, observándome con cuidado—.

Me ha costado lo mío, ¿eh? Pero te he calado.

Te tengo pillado. Te gusta mi chica, ¿es eso?

Por eso no paras de aparecer sin que nadie te invite.

Cuando me la estoy follando. Cuando vamos a conocer a los bebés de sus amigos.

Y no paras de lanzarle esa puta mirada. A ver si adivino.

Te rechazó, no sabes aceptar un no, algo así, ¿no?

Topper se movió, y le eché un vistazo.

—Te estoy haciendo una puta pregunta. ¿Te gusta Roni?

Miré a Taze otra vez y no dije nada.

Sinceramente, él también parecía asustado. Esa puta vena en medio de la frente. Parecía cabreado, pero cabreado de acorralado. Cabreado de impotente, como un tío al que le acaban de cortar la polla y dársela en la mano.

Sí, estaba asustado.

Y estaba celoso. Amenazado. Sin saber qué era realmente mi relación con Roni.