3 Roni
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RONI
Cogí un café y algo de desayuno en Nudge para tomar por el camino, con té y scones para Jessa, y me dirigí a su casa.
Eso significaba conducir hasta el centro, cruzar el Lions Gate Bridge y entrar en North Vancouver en hora punta, y luego hacer todo el camino de vuelta, también en hora punta, para llegar al trabajo a tiempo.
Solo me daría una media hora más o menos en su casa, pero me daba igual.
Ahora mismo, aprovecharía prácticamente cualquier oportunidad de quedar con Jessa.
Nos habíamos acercado más este año, desde que ella volvió. Tan unidas como cuando éramos adolescentes; quizá más. Pero con un recién nacido chupándole literalmente la energía, esperaba bajar en su lista de prioridades.
—Por favor, pasa —dijo efusivamente cuando abrió la puerta—. Estoy muerta de ganas de mantener una conversación de adultos. —Acunaba al pequeño Nicholas en brazos, y estaba comiendo. Como siempre.
Este habría sido el estado permanente de Jessa en redes sociales estos días, si usara redes sociales: Teta en boca del bebé.
—El pequeño Nick no habla mucho, ¿eh?
—Desgraciadamente, no.
Me dio un abrazo torpe mientras intentábamos no aplastar al bebé. Él se retorció e hizo un ruidito de succión, y le dije por millonésima vez lo adorable que era. Ni siquiera tenía que exagerar; el hijo de Jessa y Brody era literalmente la definición de adorable.
La seguí por el salón, el de la parte delantera de la casa que apenas se usaba, y hasta el comedor, donde Jessa se acomodó en el sofá antiguo que había pertenecido a los abuelos de Brody y era su sitio favorito para sentarse a dar el pecho a Nick.
La dejaba más o menos en el centro de la casa, desde donde podía ver tanto la cocina como el jardín trasero.
Tenía un montón de cojines apilados para apoyar los brazos a ambos lados mientras acunaba al bebé, como un trono de lactancia.
Puse el té y los scones en el borde de la mesa, a su alcance, y me lo agradeció profusamente.
—¿Quieres desayunar algo?
Dios la bendijera, de verdad me preguntó eso justo en medio de lo que estaba haciendo.
—No te preocupes, cielo. Ya he comido. Deja que te traiga un plato.
Fui hacia la cocina contigua… y me quedé clavada en el sitio.
Yo no era una chica de cocinas. Jessa Mayes, totalmente.
Tenía la batidora amasadora elegante, el taco de cuchillos, la licuadora industrial, el robot de cocina gigante, todo reluciente y alineado esperando a ser usado, sus fundas de tetera bonitas y los trapos de cocina a juego normalmente limpios y listos, para poder preparar comidas contundentes, sanas y bajas en calorías en un abrir y cerrar de ojos, para ella, para su hombre, para quien se pasase por allí.
Así era Jessa. No perjudicaba que Brody hubiera contratado a una asistenta a tiempo parcial para mantenerlo todo impecable.
Hoy no.
Toda la superficie de la cocina estaba cubierta de platos, unos limpios, otros no, y accesorios de bebé: biberones limpios puestos a secar, tetinas, bolsas de recogida de leche, chupetes y juguetes sueltos.
Incluso atisbé lo que tenían que ser los calzoncillos de Brody mezclados con las toallas limpias y la ropita del bebé que habían acabado sobre una encimera, esperando a ser doblados.
—Joder. Ha llamado el orfanato. Quiere que le devuelvas la cocina.
Jessa suspiró, un sonido de rendición por falta de sueño.
—¿Cuántos bebés tienes, me recuerdas?
—Uno —dijo, sin ninguna gracia—. Y hasta que tengas uno, te pido amablemente que no juzgues.
—No juzgo. Solo estoy… estupefacta. —Le encontré un plato limpio y le puse un scone encima; luego saqué el móvil y le mandé un mensaje a mi jefe diciéndole que iba a llegar tarde.
Le daría igual. Por desgracia, estaba colado por mí, así que ahí estaba eso.
Y como a mí me importaba lo bastante poco como para no montar un drama si amenazaba con despedirme, los dos sabíamos que no lo haría.
Para asegurarme, lo hice sonar como una especie de emergencia familiar.
Ayudando a mi amiga enferma con su bebé. Llegaré un pelín tarde. Lo siento mucho.
Luego me puse manos a la obra atándome uno de los delantales monos de Jessa y buscando la superficie de la encimera bajo las capas de trastos, a pesar de sus protestas poco convincentes. —Voy a entrar. Si no he salido el lunes, llama a refuerzos.
Jessa se rindió otra vez con un suspiro, esta vez de gratitud. —Gracias. Solo un poco, ¿vale?
—¿Dónde está tu señora de la limpieza?
—No viene hasta el lunes. Ahora hace lunes, miércoles y sábado.
—Hoy es sábado, cielo.
—Ya. Esta semana lo cambió al viernes.
—¿Estuvo aquí ayer? —Abrí el lavavajillas y lo encontré vacío. Empecé a llenarlo con platos sucios, aclarándolos sobre la marcha.
—Creía que no estabas juzgando —dijo, con la boca llena de scone.
—No juzgo. No te juzgo a ti. ¿Pero Brody no puede limpiar una cocina?
—No ha tenido tiempo.
—¿Dónde está?
—Tenía que hacer unas gestiones esta mañana antes de una reunión.
—¿Sí? ¿Qué tal va el álbum?
Suponía que iba de maravilla, como todas las demás veces que había preguntado.
Brody era el mánager de Dirty, y eran un grupo increíble, básicamente fin de la historia.
En realidad era una pregunta de cortesía, porque sabía lo importante que era este álbum para ella y para Brody.
Porque era la primera vez que Jessa coescribía canciones con Dirty desde su primer álbum, hacía una década.
—Increíble —dijo—. Todo lo que he oído es increíble. Ojalá pudiera estar más entusiasmada, pero es que estoy agotada, la verdad. —Señaló con la cabeza al bebé pegado a su pecho para enfatizar.
—Literalmente —solté.
Soltó un gruñido, como si reírse fuera demasiado esfuerzo. —¿Qué tal Taze?
Ni siquiera pude evitar poner los ojos en blanco.
—Lo de siempre. Es decente en la cama, normalmente, pero es que ni siquiera pienso en él cuando estamos juntos.
—Sí, fui directa al sexo, que es lo que asumí que estaba preguntando, porque en lo que a Taze y a mí respectaba, no había mucho más que discutir—.
¿Tú alguna vez haces eso? ¿Pensar en otro… ?
—¿En alguien que no sea Brody? —dijo, como si literalmente no tuviera ni idea de qué le estaba hablando.
—Claro que no. Estás en la cama con el hombre de tus sueños.
—Yo también estaba en la cama con el hombre de mis sueños, pero solo en mi cabeza.
Porque en la realidad, el hombre de mis sueños era más bien una pesadilla—.
Y por eso te odio. Porque seguramente fantaseas con que Brody te esté follando mientras Brody te está follando.
—Sí —admitió Jessa—. Pero no siempre fue así. No siempre tuve al hombre que quería. Yo también pensaba en Brody cuando estaba con otros. Sé lo que se siente. Es doloroso, no estar enamorada de la persona con la que estás.
Era bonito por su parte; sabía que no estaba enamorada de Taze. Pero la verdad, ¿alguna vez había estado enamorada?
Podía contar las veces. Con un dedo.
Un dedo increíblemente estúpido.
Me encogí de hombros. —Normalmente, esa es la realidad.
Me miró, pero su atención estaba dividida, todavía pendiente del bebé en su pecho. —¿Con quién estarías en la cama si pudieras?
—¿Y yo qué sé? No he encontrado a nadie por quien merezca la pena sustituir a Taze. Cuando le encuentre, te lo haré saber.
Era bastante cierto, aunque también era esquivar un poco la pregunta.
La observé un minuto, intentando comerse el scone sin que le cayeran migas encima de Nick, ocupándose de su mantita, arropándole las manitas. El lavavajillas estaba lleno, y le di un empujón con la cadera para cerrarlo.
—Y por esto te quiero —le dije—. Estás literalmente en medio de mantener a otro ser humano con vida con tu fluido vital, y aun así haces el esfuerzo de seguir mi pregunta rutinaria sobre tu hombre con la correspondiente pregunta rutinaria sobre el mío.
Como si Brody y Taze fueran comparables en algún sentido.
Jessa se limitó a sonreír, pero seguía mirando a Nick. —Si te importa Taze, puedes considerarlos iguales.
—Jessa. Tu hombre es entregado, exitoso, rico y, ya sabes, un adulto. El mío es un niñato con un póster de Star Wars encima de la cama…
—¿Qué? —Jessa se echó a reír y Nick se revolvió en sus brazos—. ¿Tipo Darth Vader o la Princesa Leia en el bikini dorado? Por favor, no me digas que son Ewoks o algo así.
—Es Han Solo y el otro. ¿Chewbacca?
—No me lo puedo creer.
—Te lo juro. Y ni se te ocurra hacerme empezar con las fotos de tías en pelotas.
Jessa arrugó la nariz. —Más tópico imposible.
—Completamente. Por eso nunca lo hacemos en su casa. Puedo aguantar mirar al joven Harrison Ford mientras estoy en la cama, pero el resto es insostenible. Y me dejó tirada a medio orgasmo esta mañana.
—¿A medio?
—A tres cuartos. Tenía que irse. Estoy tres cuartos planteándome no volver a dirigirle la palabra.
Jessa hizo un sonido compasivo, aunque no estaba segura de si era por mí o por el pequeño Nick. —Seguramente se siente fatal por haberse tenido que ir. Seguro que lo único que quiere de verdad es complacerte, Roni.
—¿De dónde sacas eso?
Jessa levantó la vista. Yo estaba doblando su colada y me miró de arriba abajo, con intención.
Por primera vez, me fijé de verdad en las tenues ojeras moradas bajo sus grandes ojos marrones.
Jessa era guapísima —literalmente, guapa de modelo de lencería—, pero ahora mismo parecía una flor marchita a la que se le hubiera olvidado regar.
—¿En serio me estás preguntando eso —dijo— mientras llevo un sujetador de lactancia con discos absorbentes, apesto a regurgitación y no me he dado una ducha en condiciones en tres días?
Mírate en el espejo. Tienes veintisiete años y estás cañón.
Tienes esa melena negra y brillante, ese escotazo de infarto y una manicura, y tu propio piso.
Él tiene veintitrés. Vive en una habitación asquerosa en la sede de su club de moteros, ¿no?
¿Con fotos de tías en pelotas en las paredes? Seguramente venera el suelo que pisas.