Tan canalla como Jude (Dirty: chicos malos del rock 3) 2 Jude
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JUDE

Maggie me preguntó una vez por qué casi nunca apuntaba nada. Le dije: Las viejas costumbres nunca mueren.

Maggie era joven por aquel entonces. Acababa de unirse al equipo de Dirty, entusiasta, lista, pero inocente.

Cuando me preguntó qué quería decir con eso, le expliqué que mi hermano mayor me había enseñado a no dejar las cosas por escrito y que la lección se me había quedado grabada.

También le dije que en aquella época me estaba enseñando a robar coches.

No volvió a preguntar.

Maggie era así de espabilada. No hacía falta decirle una mierda dos veces.

Mientras miraba fijamente el mensaje de texto en mi móvil, me di cuenta de que iba a tener que ser un poco más claro con uno de los miembros más recientes de nuestro equipo.

Lex: Acabo de llegar al domicilio de la señorita Webber.

Me incorporé con un gruñido de fastidio. Me lo tenía merecido por mirar los mensajes antes de estar siquiera de puto pie.

Borré el mensaje y saqué el culo de la cama, restregándome el sueño de los ojos. Me aseé, me vestí con ropa de entrenar y metí unos vaqueros y una camiseta en la bolsa de deporte. Me preparé un batido enorme para desayunar y me lo bebí entero antes de permitirme lidiar con Lex.

Era sábado. Y joder, esta semana se estaba haciendo eterna.

Toda la semana había sido señorita Webber con este tío.

Nada de V, como le había dicho por mensaje que la llamara.

Nada de Wild Card en conversación informal, como la llamaban muchos de los otros tíos que yo conocía.

Nada de Veronica, como yo la llamaba a veces.

Ni siquiera Roni, como la llamaba todo el resto del mundo.

La señorita Webber acaba de llegar a su domicilio.

La señorita Webber está almorzando con la señorita Mayes.

Seguramente asumía que yo sentía algo por la señorita Webber, y pensaba que iba a ganar puntos extra siendo educado.

Estaba medio equivocado.

Lex —Lexington, ese era su nombre real; ni de coña podría inventarme algo así— se había unido recientemente a mi equipo de seguridad.

Lexington Miller Davenport. El tío tenía nombre de sociedad de inversión.

O tal vez de villano de culebrón, que era exactamente a lo que se parecía de lejos, si quizá ibas borracho.

Pero se te pasaba la borrachera cuando sonreía y vislumbrabas, a ambos lados de sus perfectas carillas de porcelana blanca, los colmillos de platino reluciente que te decían que le habías juzgado mal. Muy mal.

Recé un poco para que, si Roni se fijaba en él, no intentase tranquilizarla sonriéndole.

Por suerte, Roni no se asustaba fácilmente.

Y de todas formas, si Lex sabía hacer algo bien era desaparecer.

Como tantos otros, Lex era un buen hombre con un pasado oscuro y la necesidad de ganarse la vida. Ahí entraba mi hermano, Piper, que le había reclutado para los West Coast Kings MC, el club de moteros fuera de la ley más poderoso del noroeste del Pacífico.

Como muchos hombres del equipo de los Kings, Lex estaba hambriento de trabajo legítimo y legal para complementar sus otros negocios.

Además, no tenía antecedentes y estaba autorizado a viajar.

Y así, igual que había hecho con varios otros Kings, le conseguí a Lex trabajo legítimo: en la nómina de seguridad de Dirty.

Como guardaespaldas personal del cantante principal de Dirty, Zane Traynor.

Lo cual duró unos dos nanosegundos. Francamente, Lex le tocaba los cojones a Zane de una manera monumental, lo que significó que tuve que reasignarle a otro puesto.

Siendo justos, la mayoría de mis tíos le tocaban los cojones a Zane.

Suspiré y me puse la sudadera con capucha, listo para empezar este puñetero día.

Luego llamé a Lex. —Llámala V —le dije en cuanto descolgó.

Odiaba tener que repetirme—. Se acabó la mierda de señorita Webber.

Lo único que tienes que poner cuando me escribas es V.

Piensa en ello como en un código y deja de escribirme novelas.

Lo. Único. Que. Necesitas. Es. Una. Letra. La puñetera V. Memorízalo.

—Perdona, hermano. Pensé que querrías saber que acabo de ver al señor Murphy saliendo del edificio de la señorita Webber. Del edificio de V. Mierda. ¿La llamo V también por teléfono?

—Llámala como te dé la puta gana por teléfono, mientras nadie te oiga.

—Está, eh, en su moto. Aún no la he visto salir del edificio. ¿Quieres que le siga?

Claro. Porque este curro de vigilancia sin duda se pondría mucho más interesante —para él— si seguía esa moto. Pero no, no quería que le siguiera. Le quería justo donde puñetero estaba, que era lo más cerca de Roni que pudiera sin que ella se diese cuenta.

—No. Solo avísame de dónde está. V, cafetería. V, peluquería. V, puto estudio bíblico. Lo que sea.

—Eh, no creo que sea muy de estudio bíblico, hermano.

—Si pasa algo más interesante que eso —dije, ignorando esa observación—, coges el teléfono y me llamas. ¿Y Lex?

—Dime, jefe.

—Vuelve a llamarle señor Murphy y te pego un tiro en el culo.

—Enterado. —Oí la sonrisa en su voz mientras mascaba chicle. No era que Lex fuese estúpido. Es que se esforzaba demasiado.

Le colgué.

Me pregunté en qué momento iba a decidir que lo que le tenía haciendo —vigilar a una mujer, por su «protección», cuando ella ni siquiera sabía que estaba pasando— era sucio de cojones, y me mandaría a la mierda.

De momento, no había pasado. Probablemente nunca sabría por qué.

Como con la mayoría de mi equipo, aunque supiera cada detalle que había que saber de Lexington Miller Davenport sobre el papel —y otros detalles que no se escribirían en ningún puñetero sitio—, nunca sabría de verdad qué le hacía funcionar ni las razones exactas de su lealtad.

Mientras siguiera siendo leal, me importaba una mierda.

Cogí las llaves; los putos dedos me vibraban. Los nervios me palpitaban, los músculos tensos, el corazón bombeando sangre a cada tejido de mi cuerpo. Respuesta de adrenalina.

Me quedé de pie justo dentro de mi puerta y respiré hondo, despacio.

Y me pregunté qué cojones estaría haciendo Roni.

Y por qué seguía haciéndolo.

El puto señor Murphy.

El follamigo del mes de Roni —bueno, del año—, Tyler «Taze» Murphy, salía de su piso a las siete de la mañana. Otra vez.

Lo que significaba que había pasado la noche.

En la cama de Roni.

Otra vez.

Con ese cuerpo de infarto envuelto alrededor de él. Con sus manos encima. Con esos ojos verde jade y ese pelo negro y espeso, y su olor… por todo él. Y sin duda, su voz ronca, cachonda y dulce diciéndole lo que tenía que hacerle.

Porque ni de coña ese crío sabía cómo satisfacer a Roni Webber por sí solo.

Cogí la bolsa de deporte y salí dando un portazo, apartando de un manotazo el puñetero periódico de la mañana camino de la entrada.

No tenía ningún uso para los periódicos ni para toda la industria «informativa».

Cuando has visto las gilipolleces que imprimían, la mierda que se equivocaban, una y otra vez, sobre gente y cosas que tú conocías, sabías que no merecía la pena suscribirse.

Algún inquilino anterior se había suscrito, y los periódicos seguían llegando.

Yo los tiraba al jardín de la vecina, y mi vecina me dejaba manzanas e higos de los árboles de su callejón trasero, o pan de la panadería calle arriba, en el porche a cambio. Una vez, hasta me hizo una tarta por iniciativa propia.

Estaba bastante seguro de que esperaba que me la follase, pero eso no iba a pasar jamás. Demasiado cerca de casa.

Era rabiosamente protector de mi intimidad.

Lástima para los demás, no siempre sentía lo mismo con la suya.

Sabía mucho sobre mis vecinos, pero no porque estuviera interesado ni porque lo buscara. Simplemente sabía leer las pistas sin mirar demasiado.

Cuando estaba interesado, miraba más.

Sabía, técnicamente, que Taze era el «novio» de Roni. Lo que significaba que tenían algún tipo de relación jodida en la que follaban regularmente, se cogían de la mano en público y, presumiblemente, él fingía que no se tiraba a otras y ella fingía creérselo.

No era mi idea del amor, pero allá cada cual con lo suyo, ¿no?

También sabía cómo era Taze desnudo, lo cual era una puta desgracia. Tenía una imagen mental vívida de él —y de su colega de mierda— follándose a Roni a la vez, grabada permanentemente en mi materia gris.

Si me preguntabais, Roni Webber se merecía algo mejor que un niñato rubio de veintitrés años con pinta de modelo y humos de macarra que la compartía con quien coño fuera en una fiesta del club y le ponía los cuernos cada semana.

Pero nadie me había preguntado.

Me subí al Bentley y salí quemando rueda de la entrada, y como casi todas las mañanas, me dirigí al oeste, hacia casa de Jesse.

En el día a día, yo era el guardaespaldas personal de Jesse Mayes, estrella de rock de cojones, guitarrista principal de Dirty y mi mejor amigo.

En general, iba donde él iba. Cada mañana, siempre que era posible, empezábamos el día juntos con una carrera o un entrenamiento.

Después le llevaba a donde tuviese que ir, o nos separábamos y quedábamos más tarde; lo que su agenda exigiera.

Por eso me compró este coche cuando volvimos a casa de la última gira de Dirty y se dio cuenta de que había dejado el Range Rover hecho polvo. Yo solía hacerles eso a los coches, y ni de coña Jesse iba de paquete en una de mis motos. Así que aquí estaba.

Este era el único momento del día que era más o menos mío, temprano por la mañana, antes de llegar a casa de Jesse.

Antes de que el reloj empezase a correr en mi cabeza.

Antes de haber respondido los mensajes que ya me esperaban en el móvil; el de Lex era el único al que me había molestado en contestar todavía.

Todos los demás podían esperar mientras yo tenía mi trayecto matutino en coche.

Puse Soundgarden, «Rusty Cage», y pisé a fondo.