Tan canalla como Jude (Dirty: chicos malos del rock 3) 1 Roni
2%
Tan canalla como Jude (Dirty: chicos malos del rock 3)

Tan canalla como Jude (Dirty: chicos malos del rock 3)

Por Jaine Diamond

© inepub.com

1 Roni

RONI

Sentí su peso posarse sobre mí, el calor de su cuerpo desnudo. Su erección matutina, dura e impaciente entre mis piernas.

Apenas estaba despertando. Ni siquiera había abierto los ojos y ya me tenía inmovilizada contra la cama.

La punta de su polla se deslizó dentro de mí mientras hundía la cara en mi cuello y me besaba la garganta…

con suavidad. Ya había empezado a follarme, y aunque normalmente no le dejaba ponerse tan jodidamente mimoso mientras lo hacía, se lo permití.

Sabía que si me pillaba medio dormida, se lo permitiría.

Me llenó hasta el fondo, con un gemido ronco y placentero mientras me besaba el cuello. Le rodeé la cintura con las piernas, perezosa, mientras su cuerpo tonificado se deslizaba contra el mío. Sus caderas empezaron a moverse entre mis muslos, despacio.

Ni me molesté en abrir los ojos.

Por lo general, mi novio sabía lo que me gustaba en la cama y solía intentar dármelo.

A veces trataba de cambiar las cosas, de ponerse un poco más…

tierno. Con resultados tibios. Pero, por mucho empeño que pusiera, diera igual cómo lo intentase, yo no pensaba del todo en mi novio cuando estábamos en la cama.

En realidad, no pensaba en Taze en absoluto. Aparte de registrar vagamente el hecho, en algún rincón de mi mente, de que no estaba pensando en él.

Taze era rubio, y yo sin duda estaba imaginándome a alguien mucho más… oscuro.

Piel más oscura. Ojos más oscuros. Pelo más oscuro.

Un aura general jodidamente más oscura, por kilómetros.

Por desgracia, había llegado a un punto en que, si no cerraba los ojos durante el sexo, el pelo rubio arena de mi novio era, francamente, una distracción absoluta. Me sacaba de mis fantasías.

Taze también era más delgado que el hombre de mi cabeza, pero era lo bastante fuerte y musculoso como para que, si tenía los ojos cerrados —o al menos si estaba muy, muy oscuro—, pudiera sostener la ilusión el tiempo suficiente para llegar al orgasmo. Rápido.

Nunca me había dado tanta prisa por llegar como desde que empecé a disociarme por completo de la persona con la que en realidad estaba corriéndome.

El pequeño problema de aquello: a Taze le gustaba hacerlo eternamente.

Con las luces encendidas.

Ergo, ojos cerrados.

También le gustaba hacerlo por la mañana, como ahora mismo, cuando no había luces encendidas pero el sol empezaba a entrar a raudales por las ventanas.

El sexo matutino no me entusiasmaba. La luz del día destrozaba la ilusión; me hacía más difícil, incluso con los ojos cerrados, perderme dentro de mi cabeza.

Y luego estaba la culpa. Me sentía culpable por cerrar siempre los ojos. Sobre todo cuando él me pedía que los abriese, cosa que hacía de vez en cuando.

Esperando que no lo hiciera, solté un gemido soñoliento y placentero y le mordí la garganta mientras hundía la cara en su cuello.

De todas formas, él estaba bastante ocupado gruñéndome guarradas al oído…

que era otro problema del sexo con Taze.

Me encantaba que me hablasen sucio. Me encantaba.

Pero con Taze tenía que ahogar mentalmente su voz, porque no sonaba en nada a la de mi cabeza.

Su voz.

Pensar —obsesiva, monomaníacamente— en otro hombre era básicamente a lo que se había reducido mi vida sexual últimamente. O durante los últimos diez meses, más o menos.

Básicamente, toda mi relación con Taze.

Puede que porque justo cuando me lié con Taze por primera vez, cierto caballo oscuro de mi pasado asomó su perversa cabeza. Y me folló.

Literal y figuradamente.

Dios, aquella maldita noche… Todavía tenía flashbacks.

A. Todas. Horas.

Incluso cuando estaba en la cama sola.

O cuando estaba comprando la puñetera compra.

Y algo que desde luego no iba a hacer era mentirme a mí misma al respecto.

A Taze le mentiría. Sabía de sobra que él me mentía a mí. Que había un montón de mierda de su vida que yo jamás sabría.

Así solía funcionar con los moteros —moteros fuera de la ley—, con unos cuantos de los cuales había salido. Y sí, todos me habían mentido. O habían mentido por omisión. Y yo había aceptado esas mentiras. Había aceptado a esos hombres tal como eran, y había aceptado a Taze igual.

De momento.

Pero lo que no iba a hacer era mentirme a mí misma sobre cómo me sentía.

Reencontrarme con mi caballo oscuro personal —que era exactamente como ya había empezado a verle— en la boda de estrella de rock de Jesse Mayes, diez meses atrás, me había revuelto toda clase de sentimientos, con total sinceridad.

Y no solo sentimientos. Recuerdos. Arrepentimientos.

Anhelos.

Todo ese rollo.

Volver a encontrármelo otra vez en la fiesta de presentación del bebé de Jessa Mayes, hacía seis días, tampoco ayudó precisamente.

Sobre todo cuando me acorraló, a solas, en la habitación del bebé y prácticamente me incineró la ropa con esa mirada en sus ojos de fuego infernal.

Verle de cerca, esos ojos ardientes que te derretían las bragas, los músculos gruesos marcándose bajo su camiseta negra… Oír su voz, joder, esa voz grave y áspera… Olerle, hostia, ese olor intoxicante de macho alfa… Todo me recordaba cómo se sentía —desnudo, conmigo.

Lo jodidamente increíble que se sentía su piel…

Tan suave… seda derramada sobre músculo duro, deslizándose contra la mía…

Sí. Casi estaba…

Entonces el móvil de Taze empezó a vibrar en mi mesilla y simultáneamente a soltar a todo volumen «Dirty Deeds Done Dirt Cheap» de AC/DC, reventándome la puta fantasía.

No era raro. Por desgracia.

Taze lo cogió, lo cual tampoco era raro. Justo cuando estaba así de cerca.

Gemí y le di una palmada en el hombro.

Sabía que era uno de sus hermanos del MC porque todos tenían el mismo puñetero tono. Se puede abusar hasta de algo bueno, y ese tono de llamada era la prueba.

Sobre todo cuando estaba tan cerca.

Taze sabía que estaba cerca, así que no dejó de follarme, aunque sus esfuerzos pasaron a ser bastante peores que mediocres mientras mantenía una conversación entrecortada y breve —básicamente Ajá y Sí, hermano por su parte— mientras me follaba.

Se había deslizado medio fuera de mí, el torso girado hacia un lado para poder apoyarse en el codo junto a mí mientras sus caderas seguían embistiendo. Pero el ángulo no me servía de nada.

De nada en absoluto.

Gemí de frustración otra vez cuando colgó. Me miró, sus ojos color avellana entornados por el sueño y el sexo, y soltó un suspiro. —Tengo que irme —dijo, con la voz matutina ronca de tensión preorgásmica.

Dije lo único que una mujer podía decir en esta situación.

—Ni. De. Coña. ¿En serio?

Soltó el móvil y se echó sobre mí, embistiéndome unas cuantas veces más —ya sabéis, solo para empeorar las cosas—. Al menos parecía arrepentido, especialmente cuando me apreté contra él, jadeando, buscando fricción. Luego soltó un taco entre dientes.

—Tengo que sacarla, nena.

Y la sacó. Antes de que pudiera correrme.

Me quedé laxa, derrotada, mientras le veía quitarse el condón y ponerse los vaqueros. —No me puedo creer que vayas jodidamente en serio.

—Asuntos del club. Sabes que tengo que irme.

Se inclinó para besarme, un beso rápido y torpe, y luego me dejó allí, desnuda en la cama.

Su mirada se arrastró sobre mí una última vez mientras se ponía su camiseta raída y se pasaba la mano por el pelo rubio y desgreñado.

Se echó encima su cut negro de cuero de los Sinners y cogió el móvil.

—Luego, ¿vale? —Y se fue de la habitación, todavía intentando domar su erección dentro de los vaqueros.

Le hice la peineta al parche de la espalda de su cut, el grande debajo del que decía SINNERS MC: la silueta de una mujer desnuda a horcajadas sobre una moto, de espaldas, con la espalda arqueada y las tetas en primer plano.

Esa zorra me había jodido la vida sexual más veces de las que me apetecía contar.

Oí a Taze salir de mi piso y suspiré. La verdad, ¿de qué servía un novio cuando, para lo único que este en concreto servía, no estaba disponible?

Obviamente me planteé acabar yo sola, pero las ganas se habían echado a perder.

En su lugar, miré mi propio móvil, que también había vibrado mientras follábamos.

Sí, había estado pensando en otro hombre, de forma fetichista, mientras follábamos, pero al menos yo no miré el móvil con la polla de Taze dentro de mí.

Tenía una llamada perdida de Jessa.

Me levanté y fui al baño a encender la ducha, devolviéndole la llamada. Dejé el móvil en la encimera con el altavoz puesto y me metí bajo el agua mientras sonaba. Y sonaba.

Mientras esperaba a que Jessa contestase, metí la cabeza bajo el agua caliente y dejé que me azotara, despertándome. Lavando el tacto y el olor de Taze.

Deseando que fuera el tacto de otro, el olor de otro, lo que quedara en mi piel.

Madre mía. Mi vida.

El sexo con Taze —toda mi relación con Taze, ya puestos— se suponía que iba a ayudarme a olvidar a mi caballo oscuro. Sin embargo, de algún modo, cada vez que estaba con Taze, lo único en lo que podía pensar era en Jude Grayson.

—Roni. —Jessa contestó por fin—. ¿Qué tal estás?

—Fenomenal —dije, con el sarcasmo a tope. Lo sabría. Desde que éramos adolescentes, Jessa y yo contestábamos al ¿Qué tal estás? de la otra con básicamente lo contrario de cómo nos sentíamos de verdad—. ¿Tú?

—De maravilla. ¿Tienes tiempo de pasarte esta mañana?

Sí. Tenía un poco de tiempo. Por Jessa, lo sacaría. Sobre todo ahora que acababa de tener un bebé —hacía dos semanas— y tenía mucho menos tiempo para mí en general.

Siempre que Jude no fuera a estar allí.

Un encuentro perturbador y cargado de deseo con él, apretada contra la cuna del pequeño Nick, ya era bastante para mí.

—¿Qué pasa por ahí?

—Nada, aquí con Nicky. Brody se ha ido a trabajar.

Perfecto. Si Brody no estaba en casa, la probabilidad de cruzarme con Jude en casa de Jessa era prácticamente nula.

—Necesito hablar contigo de verdad —añadió—. Lo antes posible.

Lo cual me dio que pensar. Jessa nunca «necesitaba» hablar conmigo.

—Estaré allí en cuanto pueda —le dije—. Con café.