…también puede besar con la mirada Querámonos lo que nos dure la vida #9
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Querámonos lo que nos dure la vida #9

Y tenía razón. Valía la pena todo el sufrimiento por esperar a que el amor de su vida se uniese a él en matrimonio. Sí, no había ninguna duda de que aquella vez, Martín salía ganando con semejante mujer a su lado.

Observó a su alrededor para intentar distraerse y sintió una satisfacción enorme al comprobar que todo estaba tal y como lo habían planeado.

Nuria siempre había querido una boda sencilla e íntima en un lugar bonito, no en una iglesia, y él dio gracias al cielo por eso.

No había ni pizca de pomposidad ni lujo ni necesidad de aparentar en aquel lugar.

Aunque, si le hubiera pedido una boda de siete días y doce vestidos, lo hubiera conseguido sin poner objeción.

Por ella, lo que hiciera falta. Por suerte, tenían los mismos deseos en cuanto a ese tema.

Tampoco es que con el sueldo de profesor diera para mucho más...

Lo único que le preocupaba a Martín en aquel momento en el que todos estaban pendientes era que le diera por fugarse.

Fue una idea fugaz que, por mucho que quería obviar, no podía.

Si había ocurrido una vez, nada impedía que lo hiciera una segunda.

Solo de pensarlo, el corazón se le había instalado en la garganta y temió que, si abría la boca, se le saldría.

La música empezó a sonar y se enderezó como un soldado pasando revista, contuvo la respiración y se le secó la boca.

Nunca había estado tan nervioso en su vida.

De hecho, cualquier comparación que se le pudiera hacer se quedaba corta.

Hasta las oposiciones fueron un sueño comparado con aquel momento.

Los invitados se levantaron y él estiró el cuello para ver a través de sus cabezas. Sintió que se le paraba el corazón, literalmente. Y no volvió a latir hasta que la tuvo a su lado.

Nuria apareció caminando despacio, sonriente y preciosa, de la mano de su padre, con un traje de chaqueta elegante y muy sencillo, de color crudo, que le sentaba como un guante.

Martín sonrió con gozo. Le había costado lo suyo convencerla de que debía contarles la verdad a sus padres, al menos, porque no era justo privarles de su hija solo por estar enferma.

Al final, le dio la razón. Había sido una sabia decisión.

Su padre la sostenía con lágrimas en los ojos y su madre, en primera fila, ya llevaba dos paquetes de pañuelos. Y Nuria..., bueno, estaba radiante.

«Ahí está mi mujer», pensó. No cabía en sí de puro gozo.

La dama de honor le ofreció el bastón de pedrería blanca, a juego con el traje, una vez que su padre la dejó al lado de su futuro marido y ella negó sin dejar de mirarle a los ojos.

—Gracias, pero no hace falta. Tengo todo el apoyo que necesito justo aquí —dijo entrelazando su brazo con el de Martín. Le apretó con sus dedos que comenzaban a doblarse por la enfermedad y este los cubrió con su mano.

Estaban juntos en lo que hiciera falta y ambos lo sabían.

—Brillas —le susurró él al oído porque no podía aguantarse las ganas.

Con su sonrisa, se dio por satisfecho.

Cuando el alcalde indicó que era el momento de los votos, a Martín le tembló la voz. Al principio iba a leerlos, pero no le hizo falta porque se los sabía de memoria.

—Nuria..., desde el primer momento en que te vi, te quedaste conmigo y ya me fue imposible sacarte.

Te has convertido en mi todo y juro que me desviviré para hacerte la mujer más feliz del mundo.

No tengo otro cometido en la vida que ese: hacerte feliz.

Para eso no existen límites. De hecho, me he adelantado y la luna ya está en casa, esperándonos, para que no tuvieras que pedírmela.

—Los asistentes suspiraron y una lagrimilla asomó por los increíbles ojos de Nuria—.

Podría decirte lo mucho que te adoro, lo increíblemente fuerte que eres, lo mucho que me aportas y el honor que me haces al compartir tu vida conmigo.

Pero prefiero demostrártelo cada día. Nuria, mi amor, con todo el mundo de testigo, juro que te amaré mientras nos dure la vida.

Nuria lloraba emocionada ante sus palabras y él sonrió, le apretó las manos y la besó con la mirada.

—Martín, mi vida. Si pudieras sentir lo que yo siento por ti, te darías cuenta de que es más grande que todo lo que nos rodea.

Mi amor por ti es inabarcable y tan infinito que perdurará incluso cuando yo me apague.

No me bastará una vida para agradecerte tu bondad, tu empeño y tu amor por mí.

Gracias por luchar por nosotros, antes, ahora y cuando las cosas se pongan feas.

Porque sé que lo harás. Lucharás cuando a mí no me queden fuerzas y lo harás porque tú y yo somos uno.

Pero una cosa sí que te puedo prometer: mientras respire, me esforzaré por demostrarte cada día que te amo.

Martín se enjugó las lágrimas y lo tuvo claro.

Estaba preparado para vivir con ella una vida plena, durase lo que durase.

—Martín, Nuria..., os declaro marido y mujer —sentenció el alcalde con orgullo.

—Oh, sí, capitán, mi capitán —dijeron los novios al unísono.

Y la promesa de un futuro duro, pero dulce y apasionado, se selló con el roce de sus labios.