Querámonos lo que nos dure la vida #8
«Tú solo querías lo mejor para los demás», dijo.
Tuve que admitir que sí, era tal cual eso.
No huí de mi propia boda solo por la falta de pasión arrebatadora que anhelaba sentir con Javi, sino para evitarle un futuro con una carga como la mía.
Una enfermedad así lo obligaría a cuidarme en quince años, con suerte, y yo tendría que depender de él para las cosas más básicas del día a día.
Nos odiaríamos en secreto por estar limitando la vida del otro: yo, por ser dependiente y no poder hacer nada por remediarlo; y él, por obligación moral.
No era justo, ni para él ni para mi familia.
Probablemente no fuera de mis mejores ideas, pero salir pitando sin mirar atrás me pareció la más coherente.
Miré a Martín, que estaba a mi lado deshecho en preocupación por mí, y mi corazón se saltó un latido.
Apreté mis dedos contra los suyos, que me regalaban un calorcito muy agradable.
Lo encontré guapo así, despeinado, con las arrugas incipientes más marcadas por deshidratación y la tensión, con su atuendo de profesor sin tiempo ni ganas y su empeño por sacarme una sonrisa a pesar de todo.
Al principio, pensé que me moriría de la vergüenza de que Martín me hubiera encontrado medio ida en la biblioteca y se hubiera desencadenado todo hasta terminar en el hospital.
Pero no fue así. Me sentí agradecida. Arropada.
Importante. Querida. Aquello no estaba en el plan.
Él no entraba en el plan y el amor tampoco.
«No puedes hacerle esto», me recriminé. No, no podía, igual que no pude hacérselo a Javi.
—Confieso que me he asustado mucho al verte así —declaró él.
—Lo siento, no pretendía...
—No, no, claro que no —me interrumpió—, pero me hubiera gustado saberlo para poder evitarlo.
Lo miré con ternura y le acaricié la mejilla. Deslicé los dedos por su barba y me encapriché de sus labios. Me encantaría saber cómo eran, a qué sabían y qué tenían que decirme, aunque no estuviera en el plan.
—No tenías por qué hacerlo, Martín. No soy tu responsabilidad.
—Lo sé, lo sé. Es solo que... bueno, es una de las cosas que trato en terapia para no volver a ser como era.
—¿A qué te refieres?
—Tú huiste de tu pasado y yo quiero hacer lo mismo con el mío.
¿Recuerdas a Gina? Con ella terminé mal, muy mal.
Y todo fue por mi culpa, lo reconozco, ahora lo he visto.
Desconozco en qué momento dejé de preocuparme por ella, de verla, de sentirla.
Fue como si estuviese desconectado de la realidad; no quería hacer nada, no me apetecía salir ni hacer planes con ella, nunca la escuché y apenas la vi.
No fui un adulto responsable. Y eso no se lo merecía porque Gina sí estuvo para mí.
Así que estoy tratando de encontrarme, dejar de ser la seta pocha que era antes y estar más presente en la vida de las personas a las que quiero.
—Hizo una pausa y desvió la mirada. Yo no aparté los ojos de él, intentando descifrarlo.
Lo que me estaba contando contrastaba tanto con el Martín que yo conocía que me chocaba.
Observé sus gestos al hablar, su tono, sus suspiros.
No me di cuenta de que llevaba un par de minutos así, en silencio, observándolo, hasta que, con voz quebrada, me pidió—: Por favor, di algo.
—Me gustas —solté.
A la mierda el plan. Éramos dos personas rotas que intentaban hacer algo con sus miserables vidas.
De nada iba a servir disimular eso. Ver que él también había cometido errores y que se estaba esforzando por solucionarlos fue lo que me dio la valentía de admitir lo que sentía. «Se acabó ser una cobarde», me dije.
—Vaya... —murmuró soltando el aire de sus pulmones con cierto alivio.
—Pero no puedo tener una relación, lo comprendes, ¿verdad?
Martín me miró con extrañeza. Se acomodó en la cama, frente a mí, sin dejar de acariciarme el dorso de la mano. Su peso me resultó cómodo y cercano.
—A mí también me gustas —confesó. Nos miramos y nos contagiamos la sonrisa—. El caso es que... bueno, que ya tienes una relación conmigo.
—Laboral y de amistad —puntualicé, poniendo los ojos en blanco.
—Pero una relación, al fin y al cabo. Así que ya puedes tacharlo de la lista de cosas que no puedes o quieres tener.
—Martín, no se trata de que no quiera, es que no sería justo.
—¿Y qué lo es en esta vida? ¿Crees que al niño que le diagnostican cáncer tiene una vida justa?
¿Te parece que el que no consigue trabajo a pesar de que lo intenta considera que está bien lo que le pasa?
O la madre que intenta tener hijos por todos los medios y no puede.
O el hombre que quiere desvelar su sexualidad, pero no lo hace porque podría acabar muerto. O...
—Vale, lo capto. Pero, Martín...
—No, «pero, Martín», no. Escúchame. Solo tenemos una vida y... ¿sabes lo que no es justo? Que te hayas rendido antes de vivirla.
—La enfermedad no me permitirá pasarla en condiciones —me lamenté.
—Bueno, eso dependerá de todo lo que hayas hecho con tu existencia hasta que llegue el momento de no poder continuar, ¿no?
—Pero... yo no puedo ofrecerte lo que mereces, Martín. —Noté cómo una lágrima se deslizaba en caída libre por mi mejilla.
—¿Y qué es lo que merezco?
Enmudecí. Los labios me temblaban. El cuerpo me latía, deseoso de empezar a sentir.
—Todo —declaré—. Te lo mereces todo, Martín.
—¿Y tú no?
Me acarició con dulzura el cabello y cerré los ojos de placer. En aquel momento, era la niña dolida y asustada que necesitaba de cariño y protección. Y él me lo estaba dando.
—Martín... —balbuceé con la voz tomada y a punto de llorar.
—Escucha, Nuria. Tú también te lo mereces todo. La vida nos ha repartido unas cartas con las que debemos jugar. No abandones a media partida, por favor.
—Pero no puedo encadenarte a mí, ¿lo comprendes? No quiero eso para ti.
—Claro que lo entiendo. Siempre hay opciones. Podemos contratar a alguien en los momentos más duros. Podemos mudarnos a un sitio adaptado. Podemos... no sé, Nuria. Podemos adaptarnos, ¿no? No tenemos por qué decidir nada ahora. Simplemente... lo vamos viendo, ¿no? —Sonrió al parafrasearme.
—Pero ¿y si no sale bien? —murmuré.
Martín me alzó la barbilla con un dedo para mirarme a los ojos. No vi duda ni miedo en ellos y eso logró calmarme un poco.
—¿Y si sí? Nuria, me gustas muchísimo desde el primer día. No puedo quitarte de mi cabeza y necesito saber si sientes lo mismo. —Tragué saliva y asentí. Él sonrió y la calidez le llegó a los ojos—. Entonces ¿qué te parece si cuando puedas salir de aquí, te invito a cenar?
—Mientras no sea sushi... —Sonreí con timidez mientras mi corazón aleteaba con pompones y lanzaba confeti.
—¿No te gusta el sushi? Vaya, entonces... lo siento, no tenemos ningún futuro juntos —dijo con seriedad.
Por un momento, todo a mi alrededor se congeló.
—¿Hablas en serio? —balbuceé con miedo. A los pocos segundos, él lanzó una carcajada preciosa—. ¡Eres idiota!
—Lo cierto es que sí, lo soy. Y bastante, creo. Cenaremos donde tú quieras, Nuria.
Sonreí. Poco me importaba lo que dijera el médico, ya me encontraba muchísimo mejor.
—Esto no entraba en mis planes —confesé más ilusionada de lo que me esperaba.
Me acarició la mejilla y recogió una lagrimilla traicionera. Cerré los ojos ante su contacto, atesorándolo en mi memoria.
—Suerte que los planes pueden cambiar —susurró él con una sonrisa preciosa.
Nuria y Martín
Estaba atacado de los nervios, arrugando la corbata de tanto toquetearla, y eso que era de tejido sintético.
Su cuerpo se movía sin parar, intentando liberar toda esa adrenalina que lo consumía por dentro.
Los testigos estaban impacientes, como él, aunque no tanto, claro.
No era con ellos con los que Nuria iba a casarse, sino con Martín.
Su noviazgo fue tan bonito que, cinco años después, le estaba pidiendo matrimonio en Disneyland París.
Él odiaba esas horteradas, pero por ella tuvo muy claro desde el principio que siempre haría lo que hiciera falta para verla feliz.
Afortunadamente, no le dio calabazas delante del Pato Donald.
Hubiera sido demasiado humillante y lo hubiera traumatizado.
Ese pato siempre fue su personaje favorito de la infancia.
Convinieron en que, antes de que la enfermedad se lo impidiese por completo, harían todo lo que ella siempre había querido hacer.
La intención de Martín era evitar a toda costa que se quedase con las ganas de nada.
No importaba qué locura fuera; si ella quería hacerla, él la convertía en realidad.
Sin darle ni una sola vuelta, sin dejar que el miedo irrumpiera en sus vidas.
Una de esas locuras fue visitar el reino de la magia.
Una noche, mientras veían El club de los poetas muertos en el sofá de su casa y saltó la publicidad de Disneyland, Nuria confesó en un suspiro que le hubiera encantado ir, que había sido su sueño desde pequeña.
En cuanto se levantó para ir al baño, Martín reservó los billetes.
Y al hacerlo, fue como si una luz divina lo iluminase todo de repente.
«Es ella», se dijo. Nuria era la mujer de su vida.
Lo tenía clarísimo. Y no la iba a dejar escapar.
Compró los anillos a la mañana siguiente y se puso en contacto con el hotel de Disneyland para organizar la pedida más romántica posible.
Dejó de lado sus inseguridades porque lo importante era cumplir el sueño de su chica.
Así que allí estaba, esperando en el altar, con su hermano como padrino intentando que se tranquilizase, aunque sabía que se estaba partiendo de risa por dentro al verlo a punto de vomitar.
—Estás a tiempo de salir corriendo, hermanito. —Se carcajeó.
—Siempre te ha gustado verme sufrir, maldito sádico —le espetó Martín.
—¡No te quejes, que esta vez ganas tú! —Rio, palmeándole el hombro con cariño.