…también puede besar con la mirada Querámonos lo que nos dure la vida #7
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Querámonos lo que nos dure la vida #7

—¿Contar el qué? —disimulé mientras tragaba la saliva que se me había convertido en cemento.

—Esto. El cómo me has visto —murmuró.

—Yo te veo estupenda.

Aquello consiguió arrancarle una diminuta sonrisa que bastó para iluminar media biblioteca.

—Gracias. Me gustaría explicártelo, pero...

—¿Es complicado? —aventuré. Ella asintió, un pelín más aliviada—. Lo comprendo. Bueno, que sepas que sigo teniendo el deber de socializar por orden médica; si te apetece seguir acompañándome en el proceso, estaré encantado de invitarte a cenar.

Hasta yo me sorprendí de mi propia osadía.

Aquello ya no era un plan de amigos, sino una cita en toda regla.

Sin embargo, también me di cuenta de algo nuevo.

Nada más soltar esas palabras, no me arrepentí de habérselo propuesto y tampoco sentí miedo al pensar que, tal vez, sí se podría convertir en una cita.

Es más, hasta me apetecía. Toda Nuria me apetecía.

Y eso era algo bueno, significaba que el pasado estaba quedándose donde debía estar.

—Eres un cielo. ¿Lo vamos viendo?

Lo dijo porque no sabía cuándo se encontraría mejor, si es que lo hacía. No quería comprometerse y lo entendí.

—Por supuesto. —Sonreí, miré el reloj y me levanté de un salto—. ¡Mierda, que llego tarde! Paso luego a verte, ¿vale? Y si necesitas algo me avisas. Tendré el móvil en la mesa y estaré pendiente.

—Pero si no hace falt...

—¡Pues claro que sí! —interrumpí. Le di un beso en la frente, que estaba más fría de lo que esperaba, y me colgué el maletín—. Te veo en un rato.

La vi sonreír durante un segundo antes de salir pitando hacia la clase.

Los alumnos estaban en corrillo, contándose las apasionantes aventuras que habían vivido durante el fin de semana, como si no las hubieran publicado en sus redes sociales y contado por WhatsApp a todo el mundo.

—¡Buenos días! A vuestros sitios, por favor. Siento el retraso —me disculpé mientras dejaba los bártulos en la mesa.

—¿Un buen finde, profe? —preguntó uno de la última fila con un tono socarrón lleno de segundas intenciones. Quizá esperaba que le contase mis intimidades, así tendría un cotilleo bien jugoso que esparcir por el instituto y en la red.

—Buenísimo, lástima que volvamos a estar aquí, ¿eh?

—Ya te digo, bro .

—Núñez... —dije con un suspiro de hartazgo.

No soportaba esa jerga juvenil, y menos conmigo, que les intentaba enseñar algo de literatura y lengua. Cuando tuvieran que enfrentarse a entrevistas de trabajo, pretendía que bro no estuviera en su vocabulario y que supieran, al menos de oídas, que existió otro Quevedo que no era cantante.

—Lo siento, profe. Me sale solo.

—Me imagino que la rima XX de Bécquer no te saldrá sola también, ¿verdad?

—¡No, bro ! No vayas a funearme ahora... —Se carcajeó con sus compañeros.

Puse los ojos en blanco y suspiré. No tenían remedio.

Por un momento me planteé quitar los exámenes y trabajos para subir nota entre los trimestres que había planificado para ayudarles a aprobar, porque preveía el fracaso más colosal del año.

En días como aquel, me apetecía mucho tirar la toalla con ellos.

Suerte que después se me pasaba con la ayuda del Sr. Keating y su horda de estudiantes subidos en los pupitres.

—Claro que no te la sabes. Pero la última de Bad Bunny... —dije, dando a entender que esa canción no suponía ningún problema para aprendérsela de memoria.

—¡Es to flama ! —exclamó dando palmas.

«Esto no está pagado», me lamenté.

—En fin, venga, todos a la página sesenta y tres, por favor... —ordené.

Tres horas más tarde, entré en la biblioteca y encontré a Nuria más pálida de lo que recordaba.

De hecho, no correspondió a mi saludo y me preocupé, así que en un par de zancadas me planté a su lado y le tomé la temperatura corporal.

Tenía el pulso acelerado y estaba helada.

No era ese frío de invierno o de después de una ducha fría, no.

Era ese tipo de frío que encendía todas las alarmas.

—Venga, nos vamos.

—¿Qué? —balbuceó sin apenas mover los labios.

—Vuelvo en un minuto —comenté.

Corrí por los pasillos hasta el despacho del director y le conté lo que ocurría. Iba a llevar a Nuria al médico y necesitaba su autorización para acompañarla. Él miró en su ficha y comprobó que no tenía ningún contacto de emergencia establecido, así que nos pidió un taxi mientras yo iba a buscarla.

—Ya estoy aquí. ¡Nuria! —Corrí hacia ella, que yacía inerte en la silla del escritorio.

Tras comprobar que el pulso estaba más o menos estable, llamé enseguida al director al móvil y le pedí que se olvidase del taxi, que llamase a una ambulancia.

Todo ocurrió en un lapso de tiempo que no sabría cómo definir.

Se me hizo eterna la espera, aunque en realidad fueron apenas tres o cuatro minutos.

Mientras la vigilaba, estuve atacado de los nervios hasta el punto de gritar a quien no debía sin darme cuenta.

No fue hasta horas más tarde en que supe el porqué: Nuria me importaba más de lo que pensaba.

La ambulancia acudió rauda y, tras tomarle las constantes y ponerle una vía con suero, se la llevaron al hospital.

No me dejaron acompañarla, aunque eso no impidió que la siguiera en taxi hasta allí.

Ni de coña iba a dar clase sabiendo que Nuria se despertaría allí sola y desorientada.

Me quedé un par de horas en la sala de espera, alimentándome a base de angustia y de comerme las uñas, caminando por la sala como si estuviera majara.

Tuve miedo. ¿Y si le ocurría algo grave?

¿Y si desaparecía de mi vida? Fue entonces cuando caí en que la necesitaba, en que se había convertido en alguien muy importante para mí.

Que mi vida sin ella se volvería mucho más oscura.

Al cabo de una hora, pude entrar a verla y lo hice con cuidado, como si mi presencia lograra hacerla empeorar.

—Ey... —musitó ella atontada por los calmantes.

—Hola... ¿cómo te encuentras? —susurré angustiado.

Me acerqué a la cama y me atreví a cogerle las manos, pálidas y frías. Me estremecí, pero me hice el fuerte.

—Mejor, gracias. ¿Vaya espectáculo, eh? —Sonrió débilmente.

—Nada mal para un lunes, la verdad. Pero, por favor, no repitas la función, ¿vale? Que ya estoy mayor para estas cosas. —Me reí con ella y, al conectar nuestras miradas, sentí que algo se me removía por dentro—. Nuria...

—Atrofia multisistémica —suspiró sin dejarme terminar.

—¿Cómo?

—Mi enfermedad, Martín. No quería que lo supiera nadie, pero... en fin. —Desvió la mirada y yo la tomé de la barbilla.

—No debes avergonzarte de eso, Nuria. ¿Por eso te fuiste de Valencia?

Ella asintió y tomó aire para contarme algo que le pesaba mucho sobre los hombros.

—Y no solo por eso. Unos días antes de mi boda me llamó el doctor para que fuera a la consulta lo antes posible.

Y cuando me comunicó el diagnóstico yo...

no sé. No le di importancia, creí que no sería para tanto, que ya me ocuparía en otro momento.

El día de la boda hablé con un amigo que sabe de esos temas y me lo confirmó, no tenía ese tiempo.

Así que me fui. Dejé a todo el mundo plantado y hui.

Como si fuese a servir de algo. No podía volver después de aquello, me moría de vergüenza y todo el mundo me juzgó, como era lógico.

Nunca se lo he contado, eres la primera persona que lo sabe.

Parecía realmente afectada por aquello. Intenté ponerme en su piel y pensar qué hubiera hecho yo en su situación. Era muy probable que el plan hubiera sido el mismo.

—Bueno, tú solo querías lo mejor para los demás —dije.

El brillo de sus ojos al escuchar esas palabras no se me olvidaría jamás.

Un temor desconocido se apoderó de mí. «Nuria está enferma. Enferma, enferma, enferma...», me repetí mentalmente.

Me imaginé una vida sin ella y no me gustó.

Al principio podía parecer que lo nuestro era un tonteo entre compañeros sin más, un ligue sin más recorrido que ese.

Pero lo cierto era que el corazón me latía diferente a su lado, que mis pensamientos eran de otro estilo cuando estaba con ella, que mi cuerpo se relajaba con más facilidad.

Y en ese momento, verla en una cama de hospital con un pronóstico tan malo ensombreció mis pensamientos e hizo que el pánico se adueñara de mí.

Porque una vida sin Nuria no era la vida que yo quería.

No sabía qué nos depararía el futuro, solo sabía que quería que lo viviésemos juntos.

Durase lo que durase.

Nuria

Se me cayó el mundo encima cuando desperté en el hospital.

Apenas tenía recuerdos de lo ocurrido antes de llegar ahí, pero ese hecho fue como recibir un revés de la vida.

«Esto va en serio», me dije. Y había empezado antes de lo que pensaba.

Creí que tendría más margen, algo de tiempo para hacerme a la idea de lo que me venía encima.

Pero no. El aviso llegó de pronto y ya no podía mirar hacia otro lado, tenía que afrontarlo y empezar a aceptar que, a partir de aquel momento, mi vida ya no sería tal y como la conocía.

Cuando el médico hizo la ronda, me contó quién me había llevado al hospital y que fue una suerte que lo hiciera, porque el cuadro podría haber sido bastante peor.

Le estuve muy agradecida a Martín, que en aquellos momentos me estaba mirando con una ternura que no estaba segura de merecer después de confesarle lo que me atormentaba.