Querámonos lo que nos dure la vida #6
Por si fuera poca la mala suerte para mi compañero al verla, esta detectó su presencia y se incomodó.
Entonces, decidí actuar. Mientras Gina se acercaba, arrimé mi silla a la de Martín y le pasé una mano por los hombros.
El pobre estaba tan rígido que hubiera sido suficiente un soplo de aire mal dado para tirarlo al suelo en bloque.
Me acerqué más, pegando mi cuerpo al suyo, y le susurré:
—Sígueme la corriente.
Por su cara de estupor, creo que no me entendió.
Cuando estuve segura de que Gina miraba, me pegué a Martín y le di un beso en el cuello.
Su olor me invadió y me quedé unos segundos más pegada a su cálida piel.
Él se estremeció y se giró hacia mí, con la confusión en la mirada.
Nuestras cabezas apenas estaban a unos centímetros y me pregunté a qué sabrían sus labios y cómo besaría.
¿Lo haría de manera apasionada o sería de esos que besan sin prisa?
—¿Qué...?
—Hola, Martín —saludó Gina con timidez.
Mi compañero tardó un poco en reaccionar. Supongo que ver a una ex, o al menos yo supuse que lo era, y tener a otra mujer al lado dándote cariño confunde a cualquiera.
—¡Oh, hola! Soy Nuria, ¿qué tal? —Sonreí mientras le tendía la mano libre, sin despegarme de Martín. Dado que él no era capaz de reaccionar todavía, me adelanté.
—Hola, soy Gina. Os he visto y... bueno, solo quería saludar.
Le temblaba la voz. Bien. Si Martín estaba incómodo, que ella también lo estuviera. Era lo más justo.
—Ay, pues, qué maja, ¿no, amor? ¿Queréis sentaros con nosotros? —ofrecí, sabiendo que rehusaría.
Martín, ante tal propuesta, salió del trance.
—Seguro que tienen prisa, Nuri.
—Ya, cariño, pero a lo mejor les da tiempo a tomarse un café rápido. —Con un movimiento, le cogí la cara y le planté en los labios dos o tres besos apretados y de los sonoros—. Este hombre, siempre pensando en los demás. —Reí mientras le acariciaba el pelo con cariño.
—Sería la primera vez —soltó ella de pronto. Al instante, se tapó la boca, como si se arrepintiese de que tales palabras se le hubieran escapado.
—¿Cómo? —me sorprendí, sin entender a lo que se refería.
Lógicamente, a mí me faltaba toda la información sobre su relación, aunque me tomé la libertad de dar por hecho de que ella fue la villana sin pensar que, quizá, me estaba equivocando.
—Déjalo, Nuri. Me alegro de verte, Gina —se despidió con voz tosca.
Por el motivo que fuera, no quería seguir con la conversación y eso me dio otra pista: había mucho resentimiento y dolor entre ellos. Dolor del que se escapaba a chorros por muchas grietas abiertas.
—Y yo. Bueno, adiós, —Dio media vuelta y se encaminó hasta el mostrador, donde su pareja la esperaba sin perder detalle de lo que ocurría en la mesa.
Cuando salieron de la cafetería, Martín pareció desinflarse. Como si hubiera perdido toda la energía, su cara se transformó en algo gris, hundido, vacío. Vi que le temblaban las manos y él se apresuró a esconderlas en un puño.
—Siento si he metido la pata, Martín. Solo quería ayudarte. He pensado que...
—Tranquila —me cortó—. Te lo agradezco. Es solo que..., bueno, que tenemos un pasado.
—Me lo he imaginado. Y duro, por lo que veo. Si quieres desahogarte, soy buena escuchando —me ofrecí.
—No te gustaría oírlo.
Se cruzó de brazos y entendí que estaba protegiéndose. ¿De quién, de mí? Era absurdo. Pero luego pensé que yo también estaba haciendo lo mismo. ¿Qué cara hubiera puesto si en vez de Gina hubiera sido Javi? Me hubiera muerto en el sitio, seguramente.
«No esperes que compartan contigo si tú no compartes con nadie», saltó esa maldita voz en mi cabeza.
Quizá tenía razón.
A lo mejor ya era hora de enfrentarme a mis demonios.
Martín
Ver a Gina después de tanto tiempo me revolvió el estómago.
Sentí tantas cosas que me fue complicado etiquetarlas todas, se mezclaron de tal manera que era casi imposible.
Los recuerdos de nuestra discusión, la que puso fin a todo, volvieron a mí con una fuerza que creí imposible después de tanto tiempo y volví a sentirme como el peor monstruo de la faz de la Tierra.
Lo anoté mentalmente para tratarlo en una sesión con Raúl, porque, entre todo ese mejunje de sentimientos y emociones que me hervía en el estómago, hubo también algo diferente.
Y sospeché que tenía que ver con Nuria.
Al intentar ayudarme, sin pretenderlo, había hecho aflorar ciertas cosas de las que no me había dado cuenta al principio.
Bueno, sí, pero nunca llegué a ponerles nombre para validarlas.
Sentir los labios de Nuria, su contacto, ese beso en el cuello que casi me hace caer de la silla...
fue explosivo. Demasiado para mi centro de control, en esos momentos aturullado por la visión de mi ex.
No estaba seguro de lo que iba a ocurrir a partir de aquel día en la cafetería, pero sí que me costaría un mundo olvidarme de sus atenciones, aunque fuesen un paripé.
Quedamos más veces después de aquella y en cada una nos resultó más fácil que la anterior.
Avanzábamos despacio, sin presiones, y pronto lo notamos como si lo hubiéramos hecho toda la vida.
Como amigos, íbamos al cine, a cenar, a exposiciones y presentaciones de libros.
Era curioso, con ella, no me daba pereza salir y hacer planes.
No ponía la excusa del cansancio ni alguna tontería parecida porque, en realidad, me apetecía tanto que me sorprendía a mí mismo buscando en Internet planes que pudiéramos hacer juntos.
Me acordé de Gina y me pude poner en su piel.
Pude notar ese cosquilleo de ganas de actividad y de compartir con alguien cercano las mismas experiencias.
Experimenté en mi piel cómo se sentía uno al disfrutar con otra persona, lo mucho que llenaba el alma.
Y me sentí fatal por no haber podido ser esa persona para ella.
Nuria y yo reíamos de las tonterías del otro, escuchábamos nuestras preocupaciones e intentábamos aconsejarnos. Para mí, ella se había convertido en alguien importante de mi vida, como un órgano más que mi cuerpo necesitaba para existir.
Todas las veces que la miraba me recordaba que debía disimular, que no podía enseñar mis cartas tan temprano, que ella quizá no sintiera lo mismo.
Aunque, al hablarle, le gustase tener contacto físico conmigo de vez en cuando, no podía interpretar eso como una señal.
¿O sí? Cada vez que sus ojos brillaban o se le escapaba la risa entre los dientes ¿sería por mí?
No, seguro que no. Ella era de aquella manera, libre y feliz. No tenía nada que ver conmigo.
Un día de mediados de noviembre me presenté en la biblioteca a primera hora, como ya era habitual entre nosotros, con la magia mañanera en un vaso de cartón. Creo que, a ojos del resto de los compañeros, debíamos de dar asco porque estábamos todo el santo día juntos.
Era lunes y jamás se me olvidaría. Ese lunes marcó un antes y un después en nuestras vidas.
Había aprovechado el fin de semana para pensar sobre lo que me ocurría con Nuria y, según mi psicólogo, era el momento de hablarlo con ella, porque intuía que podía ser recíproco y, como decía mi madre, la vida son dos días como para quedarse esperando.
Café y cruasán en mano, entré en su santuario, aunque Nuria no se percató de ello. Aproveché para observarla unos minutos y deduje que no tenía un buen día. La noté sin su energía habitual, algo más lenta en sus movimientos mientras revolvía los papeles y con la mirada adormilada.
—Buenos días. —Sonreí mientras me acercaba.
—Oh, buenos días, Martín. ¿Qué tal? —preguntó en voz baja, como si le supusiera un esfuerzo considerable hacerlo. Pensé que quizá le doliera la cabeza, porque tenía esa expresión característica de aguantar el malestar.
—Mejor que tú, al parecer. —Ella asintió, con pesadez en los ojos y lanzando un suspiro—. ¿Café?
—Gracias, pero hoy no. Tengo el estómago del revés, lo siento.
Abandonó el control de su cuerpo cuando se dejó caer en la silla y se frotó los ojos.
—Caray, te veo fatal. ¿Por qué has venido? —le pregunté mientras le masajeaba los hombros. Si no se encontraba en condiciones, lo más lógico era que se quedase en casa.
—Porque en casa aún estaría peor.
—Eso no puede ser.
—Sí, Martín —suspiró e hizo un gesto que delataba lo muy segura que estaba de ello—, y tanto que sí. Aquí me distraigo.
Me senté a su lado y la observé de cerca. Su tez, tan rebosante de vitalidad unos días atrás, estaba apagada y seca. Como sus ojos, que habían perdido todo el brillo. Me sentí mal por ella y me moría por saber qué le ocurría, pero no quería ser un entrometido.
—¿Te ha ocurrido otras veces? —pregunté, escuchando a mi intuición. Ella asintió sin mirarme. Se me formó un nudo en la garganta y el pensamiento de que podía estar enferma se instaló en mi mente—. ¿Has ido al médico?
Lanzó una especie de bufido y carcajada a la vez, que se le escapó por la nariz, mezcla de hartazgo, resignación y rabia.
—Mañana estaré mejor, no te preocupes —aseguró.
Yo no me lo creí. Si le había ocurrido otras veces, quería decir que al día siguiente quizá se encontraría mejor, pero que podría volver a repetirse.
—¿Puedo hacer algo por ti? —me ofrecí. La vi tan mal que hubiera hecho cualquier cosa por aliviarla.
Eso también era nuevo en mí, ya que, según Gina, jamás me fijaba en esas cosas porque estaba concentrado en mi propio ombligo. Me alegró saber que, en aquel momento, viendo lo mal que se encontraba Nuria y la preocupación que me invadió, esa actitud de mierda ya no formaba parte de mí.
—¿Podrías... no contárselo a nadie? —Alzó la mirada, suplicante y humedecida, y me quise morir.
Confirmado, aquello no era un simple malestar, sino que venía de un lugar mucho más profundo, más importante.
Era algo que no estaba preparada para contar, que prefería afrontar sola.
De repente, Nuria me pareció increíble, una tía valiente y dura como el acero.
No se permitía bajar el ritmo ni siquiera estando hecha un trapo.