…también puede besar con la mirada Querámonos lo que nos dure la vida #5
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Querámonos lo que nos dure la vida #5

Empujé la puerta y descubrí dentro a un grupo de segundo, todos atentos a Nuria, que les explicaba dónde podían encontrar sus lecturas para clase.

Me quedé de pie, al lado de la puerta, observando cómo respondía con dulzura las preguntas interminables de los chavales.

No podía dejar de mirarla y de sonreír como un idiota.

Nuria tenía magia dentro. En cuanto salieron, su sonrisa vino a mi encuentro.

—Hola —canturreó.

—Hola. Ya veo que te has hecho con los salvajes. Toma, café.

Cuando le tendí el vaso, nos rozamos los dedos.

Hasta el momento, todo ese rollo que había escuchado sobre las corrientes eléctricas que traspasaban la piel de dos enamorados para mí eran cuentos chinos.

Siempre me pareció que exageraban, que eran florituras para hacer más bonito el momento.

Al fin y al cabo, había estudiado Literatura, sabía lo que era.

Hasta que lo sentí.

Fue como un hormigueo, más bien. Algo que me recorrió la palma y me dio un chispazo muy agradable. La miré a los ojos y vi en ellos la misma sorpresa que me asaltó a mí. Supongo que ninguno de los dos lo esperábamos.

—Bueno, ¿qué tal el día? —preguntó aclarándose la garganta.

Me hubiera gustado contarle la verdad, que me había quedado embobado pensando en ella, pero eso me hubiera hecho parecer como el rarito de su compañero.

Además, no estaba preparado. Tenía que hablarlo con Raúl antes de decidir hacer nada por mi cuenta.

Lo sucedido con Gina había provocado que saltasen todas mis alertas ante la mínima situación que conllevase una implicación emocional.

—Todavía me pregunto por qué me metí en esto.

—Vaya... ¿tan duro ha sido?

«Me han pillado en la luna, pensando en ti. Yo diría que sí», quise responder. Sin embargo, encogí los hombros y le resté importancia.

—Enfrentarse a chavales en plena pubertad siempre lo es.

—Cierto. —Rio.

—¿Tú, qué tal?

—Bastante tranquilo. Creo que voy a estar muy a gusto aquí.

—¿No lo estabas en tu anterior puesto?

Ella se atragantó con el café y enrojeció. Si hasta ahora me había cautivado con su sonrisa, con las mejillas encendidas ya me resultó exquisita.

Tragué saliva. Esa preciosa imagen no se iría de mi cabeza ni con una lobotomía.

—Es complicado.

Asentí. Bien lo sabía yo, que todo era más complejo de lo que aparentaba.

Nuria

Casi me dio algo. Nadie sabía en Madrid de mi historia, era mi oportunidad para empezar de nuevo sin la mochila ajena sobre mis hombros, y por eso, cuando Martín, con toda su buena intención, me preguntó si no estaba bien en mi anterior puesto de trabajo, por poco me atraganté con el café, el aire y mi plan.

Mi intención no era volver a Valencia, sino establecerme en Madrid de manera definitiva y dejar esa parte de mi pasado atrás.

Ni siquiera tenía amistades o familiares que quisiera mantener al tanto de mi situación, sobre todo después de dejarlos plantados con sus pamelas de diseño y sus pajaritas estrambóticas, esperando en los bancos de la iglesia que yo no había escogido.

Creí que lo mejor era no preocupar a nadie.

Tampoco hubiera podido volver. Solo de pensar en Javi me estremecía.

Pobre Javi, con lo que nos quisimos. No se merecía un trato así, era consciente.

No obstante, creí firmemente que le estaba haciendo un favor; aunque no lo viera de inmediato, seguro que con los años lo haría.

Solo quería su felicidad y sabía que no la encontraría a mi lado. Ni yo al suyo.

Martín estaba intranquilo, aunque aparentaba no estarlo.

«Qué mono», pensé. Vino a verme, tal y como me prometió por la mañana, y me trajo café, que no sabía que necesitaba hasta que lo olí.

Esos pequeños detalles yo los apreciaba, porque decían mucho de la otra persona, y cuando nuestros dedos se rozaron se me debió de notar el escalofrío.

Me gustó y eso era lo malo, porque en mi plan no entraba ninguna relación, y algo me decía que Martín no era un hombre de escarceos sin ataduras.

Más bien todo lo contrario. Era material de buen marido y yo, de eso, tenía que huir como de la peste si no quería echarlo todo por la borda.

Quizá por eso se me encendieron todas las alarmas en cuanto escuché su pregunta.

Nadie debería saber mi historia, así que cambié de tema.

—Bueno, ¿qué planes tienes para el fin de semana?

—Tendré que salir y luego, no sé, veré una peli o algo —me contestó con la mirada fija en la mesa.

—Suena a que no te apetece mucho. Al menos, la parte de salir.

—Estás en lo cierto —respondió con los labios fruncidos.

—¿Por qué lo haces, entonces?

—Por prescripción médica. —Al ver que alzaba una ceja sin comprender, me lo aclaró—: Mi psicólogo me obliga a socializar. No sé, movidas suyas.

No quise preguntar más. Si debía hacerlo, por algo sería.

—Pues yo no tengo plan y apenas conozco nada de Madrid. —Hice una pausa, rascando con suavidad la mesa con la uña—. ¿Te apetece socializar conmigo?

Los segundos que transcurrieron entre mi pregunta y su respuesta se me hicieron eternos.

Por un momento, me sentí idiota. ¿De verdad le había preguntado esa tontería?

¿En qué estaba pensando? Si éramos compañeros de trabajo, nada más.

Además, ¿no me había repetido hasta la saciedad que no quería ningún tipo de relación con nadie?

¿Estaba loca? No. Loca, no. No debía decirme esas cosas. Debía tener cuidado con eso.

—Eso ya me apetece más —dijo con una sonrisa tibia.

Yo le sonreí de vuelta e ignoré el vértigo que empezó a diluirse en mi estómago.

El sábado por la tarde quedamos en una pequeña cafetería escondida en Lavapiés, muy mona y tranquila.

Me costó decidir cómo me iba a vestir, y eso para mí era algo extraño.

Siempre había sido fiel a mi instinto y a mí misma.

Primaba mi comodidad, jamás vestía nada que me apretase o me hiciera sentir insegura.

Odiaba ir pensando en el vestido que se me subía a cada paso que daba o si el pantalón me apretaba tanto que el botón se convertía en un segundo ombligo.

No iba a la moda y tampoco me interesaba. Salvo aquella tarde.

De repente, me preocupaba lo que Martín pudiera opinar de mí y me reñí por eso.

Me había costado muchos años y demasiado trabajo aceptarme tal cual era, no era el momento de recular.

Al final, me decidí por unos pantalones acampanados de lino crudo y una camiseta blanca, sencilla, tal y como era yo.

Mi esencia era esa y así debía seguir siendo.

Además, aquella mañana me había despertado con un ligero mareo y el cuerpo algo entumecido que no se me había terminado de pasar durante el día, así que lo mejor era vestir cómoda.

Cuando nos vimos en la cafetería, comprobé que Martín se había molestado en vestir un poco más formal, con unos chinos y una camisa de algodón azul muy fina, arremangada.

No supe por qué, pero me dio la sensación de que ese no era para nada su estilo.

Aun así, le agradecí internamente el detalle de querer causarme buena impresión, porque eso me dio a entender que también le importaba el encuentro conmigo.

No quise aventurarme y pensar en el porqué. Me daba miedo descubrirlo.

—Hola, siento el retraso —dijo mientras se sentaba.

—Nada, acabo de llegar. ¿Cómo estás?

—Bien, bien, ¿y tú?

—Bien, bien. —Me reí y él se recostó en la silla, sorprendido.

—¿Qué pasa?

—Nada, nada, que no sé por qué, pero parecemos dos desconocidos en la primera cita.

Él rio por la nariz y comenzó a enrojecer.

—Es verdad. Y eso que no es una cita.

—¿No lo es? —Pestañeé con fingida coquetería. Él enrojeció aún más y yo lancé una carcajada—. ¡Relájate! Te estaba tomando el pelo.

«Mentirosa», dijo esa voz odiosa en mis oídos a la que mandé callar.

Pedimos dos cafés con leche y un par de cruasanes.

—Bueno, cuéntame. ¿Qué te parece Madrid hasta ahora?

—Me trata bien, no me quejo. Tiene gente muy maja —contesté con un guiño de ojo dedicado a él.

Martín soltó una risa contenida.

—Lo cierto es que la ciudad a veces puede parecer que te ahoga, pero al final, sobrevives.

—Supongo que sí. Valencia también se está convirtiendo en una ciudad que nunca duerme.

—¿La echas de menos?

No respondí de inmediato. Tenía entre las manos el sobrecito de azúcar que le había echado al café y empecé a doblarlo de todas las formas posibles.

¿La echaba de menos? Me resultaba complicado responder un sí o un no.

Quizá no añoraba la ciudad en sí, que también, porque había sido mi tierra desde que nací y le tenía cariño.

Tal vez lo que más me encogía el corazón era la vida que tenía antes de que todo se torciera.

Y no hablaba solo de Javi o de mis amigos, sino de todo lo que había sido allí antes de recibir la peor noticia que me podían dar.

Entonces ya todo dejó de tener el sentido que había tenido hasta el momento.

—Un poco, sí —contesté cabizbaja.

—Me lo imagino. Estar lejos de casa es duro, es como si...

De pronto, su cara perdió todo el color. Fue instantáneo, se tensó, con los ojos abiertos como platos, y enmudeció.

—¿Qué pasa? ¿Estás bien? —Como no me respondía, alargué mi mano hasta tocar la suya y lo zarandeé—. Eh, Martín, ¿qué pasa?

Su mirada estaba perdida por detrás de mi cabeza, así que me giré y en el mostrador vi a una pareja, de nuestra edad más o menos, cogidos de la mano y decidiendo qué iban a pedir.

—Gina... —alcanzó a decir.

Fue apenas un susurro, un aliento que se escapó con el nombre de esa mujer. No fue necesario que sacase conclusiones precipitadas porque se veía claramente que esa tal Gina había tenido algo con Martín. Algo intenso, al parecer. Algo que lo debió partir en dos.