Querámonos lo que nos dure la vida #4
Más tarde, anoté en un cuadernillo cómo estaban colocados los tejuelos de los libros, su distribución en las estanterías y su ordenación; dibujé un plano a mano alzada de cómo estaba ubicada la biblioteca y los depósitos de los que disponía para mantener el fondo más delicado a buen recaudo.
Cuando tuve eso controlado, cerré y me dirigí a la sala de profesores para presentarme como era debido.
Los pocos que estaban allí me saludaron con amabilidad y me ofrecieron ayuda de la que estuviera en su mano poder darme, y yo se lo agradecí.
Finalizada mi jornada, me fui a casa más cansada de lo que me imaginaba.
Al fin y al cabo, por mucho que quisiera mantener la ansiedad y la tensión bajo control, terminó por ganar la batalla final.
Caí rendida en la cama y no me desperté —milagrosamente— hasta que sonó el despertador a las seis y media de la mañana.
Martín
Mi primer encuentro con la nueva bibliotecaria me impactó.
Creo que fue de las pocas veces que estuve realmente a gusto con alguien a quien no conocía.
Me agradó que se diera de aquella forma inesperada y natural, sin prisa ni pretensiones.
Con cero presión. Como una bonita casualidad más de la vida.
Y, además, era muy atractiva. Eso era algo que echaba en falta en todas las citas que había tenido.
Absolutamente todas, como era lógico, se vistieron y maquillaron para dar la mejor impresión posible cuando quedaron conmigo.
Sin embargo, yo de eso no me podía fiar.
Necesitaba ver qué había debajo, qué tipo de pensamientos les rondaban, cómo se expresaban y si sus poses eran estudiadas o no.
Para mí, era imperativo ver viajar la sonrisa de los labios a los ojos, sin hacer caso de las tropecientas capas de rímel ni de esa raya afilada que se dibujaban hacia el infinito.
Con Nuria, todo eso me lo evité. Por suerte, pude comprobar que el maquillaje, sobre todo en exceso, no iba con ella, puesto que se había acicalado un mínimo, tan mínimo que no se apreciaba, para su primer día de trabajo.
Eso me decía que se enfocaba en otras cosas y no se obsesionaba con su imagen.
Además, su actitud tranquila y atenta me dio a entender que no tenía miedo, que se sentía segura a mi lado.
Eso, para mí, era todo un logro después de lo de Gina.
Nuestra ruptura había supuesto para mí una especie de trauma, algo que se me quedó clavado dentro y que no me podía sacar ni siquiera con la ayuda de Raúl.
Me martirizaba pensar que alguna vez mi novia se sintió lo suficientemente insegura a mi lado como para no comunicarme las cosas, someterse o cambiar de plan antes de enfrentarnos a una discusión.
Durante nuestro breve encuentro, noté que Nuria se expresaba con seguridad, apoyándose de las manos para dar énfasis a sus palabras y que su energía era muy distinta, como más fiel a sí misma, más presente. Me gustó.
A medida que hablábamos, me cercioré de que era culta, rápida, que captaba las ironías enseguida.
Y, encima, sacó a relucir la famosa frase de El club de los poetas muertos que terminó de noquearme.
Ella no lo sabía, pero desde hacía muchísimos años, era mi película favorita.
Cuando empecé a vivir con Gina tuve que dejar de verla, o hacerlo a escondidas, porque ella se hartaba de ver siempre la misma.
Lo que desconocía esta era que la visionaba cada vez que tenía un mal día en el instituto, para recordarme por qué me dedicaba a la complicada enseñanza de chavales de secundaria.
Lo hacía como una forma de motivación. Jamás se lo conté.
Supongo que tuve miedo de que me juzgase o le restase importancia a algo que era inherente a mi profesión.
Supongo que yo tampoco me sentía del todo seguro a su lado.
Al día siguiente, me encontré con Nuria en la cafetería y me pareció todavía más guapa.
Vestía con un sencillo pantalón azul acampanado, de tejido suave y cómodo, y una blusa blanca con volantes.
Se había trenzado el cabello rubio y no le preocupaba que algunos mechones ya se hubieran escapado de su amarre a esas horas tan tempranas.
—Buenos días —la saludé.
Ella se giró y me dedicó una enorme sonrisa. Se había puesto un labial muy sutil, tanto que dudé si era maquillaje o bálsamo. No supe por qué, pero aquel instante en que su sonrisa llegó a sus ojos y la amabilidad que desprendía llegó hasta mí se me quedó grabado.
—¡Hola, Martín! Te invito a café, ¿quieres? —ofreció con voz cantarina.
Estaba de buen humor y eso cambió mi actitud. Yo no me había despertado con la energía habitual, era el segundo día de clase y ya estaba cansado. Los chavales de instituto tienen ese poder, chupan la energía con una habilidad innata.
—Venga. Mañana corre de mi cuenta.
Cuando nos lo sirvieron, enfilamos el pasillo hasta la sala de profesores, donde nos sentamos en una esquina mientras esperábamos a que se entibiara el brebaje mágico mañanero.
—Me siento como una alumna nueva, aún no conozco a todo el mundo y me han dejado sola ante el peligro. —Rio al cabo de unos minutos.
—Bueno, yo iré a verte en tres horas. En cuanto a conocer a todo el mundo, tranquila. Tarde o temprano todos pasan por la biblioteca. Será peor en época de exámenes, pero para eso todavía quedan unos meses.
—¿En serio vendrás a verme? —preguntó con un toque de ilusión.
No podía dejar de mirarla. Me sorprendió que, de nuestra conversación, se hubiera quedado precisamente con mi prometida visita en la media hora de descanso.
Me sentí... importante. Tragué saliva. ¿Qué me estaba pasando?
Notaba algo raro en el estómago. Sería el café, que siempre me sentaba regular. ¿Qué otra cosa podía ser, si no?
—Claro. Pero con la condición de que, si algún día estorbo, me lo digas —musité.
Tampoco supe de dónde había salido aquello y culpé a mi psicólogo de sus hechizos de sinceridad. Supongo que algo estaba aprendiendo en sus sesiones para no repetir el desastre con Gina.
Nuria lanzó una carcajada y noté un puñetazo en el corazón. Su risa sonaba como un puñado de brillantes canicas cayendo en cascada, era casi infantil. Y hermosa.
—¿Cómo ibas a molestarme tú? Anda, que tienes unas cosas... Bueno, me voy. ¡Suerte con los salvajes!
Murmuré un «oh, capitán...» que seguro que no escuchó.
Me levanté con torpeza y me dirigí a la primera hora de clase, que para mí era la mejor, porque los chavales seguían a medio camino entre Morfeo y la realidad, y no me complicaban la existencia.
Ahora bien, la siguiente clase ya fue otro cantar.
—¡Profe! —exclamó un alumno.
—No se entera... —cuchicheó otro entre risas.
Recibí una bolita de papel en el pecho. La carcajada generalizada me sacó del trance.
Tardé unos segundos en ubicarme, porque, por arte de magia, por un instante había dejado de estar en la segunda hora de clase con los de tercero de la ESO y me había ido lejos, muy lejos, a un lugar donde el pasto era de un verde tan bello que abrumaba, el mar de un azul profundo y la risa de Nuria le daba sentido a la composición.
De hecho, era la parte esencial de mi visión.
Ella y la música que emanaba de su garganta, su trenza despeinada, su mirada limpia y viva. Carraspeé.
—Perdón —mascullé, enderezándome. Menuda pillada.
—Uuuuh, el profe estaba pensando en una tía, ¿eh? —se burló un graciosillo del fondo.
El resto le rio la gracia y a mí no me hizo ninguna, claro, porque tenía razón.
—¿Tiene novia? —Cuchichearon por lo bajo las tres alumnas de la tercera fila.
El gallinero se me revolucionó en décimas de segundo sin que lo viera venir. Mierda.
—Venga, centraos —ordené con una expresión lo más seria que pude.
Revolví los papeles de la mesa como excusa, para disimular que mi viaje mental estaba justificado. Pero lo cierto era que había perdido totalmente el hilo de la clase. Las orejas empezaron a arderme. ¡Lo que me faltaba!
—¡Pero si eres tú el que está buggeado , bro ! ¿En quién estás pensando? ¿La conocemos? —Rio uno de la segunda fila.
—Seguro que es la de Educación Física, que está rotísima ... —dijo otro.
—Imposible, a esa no le renta estar con el profe, bro . Es una killer y él un NPC.
—¡Literal! —corroboró otra alumna.
Otra carcajada. Cerré los ojos y deseé que me tragase la tierra y me escupiese bien lejos.
Estaba haciendo el ridículo y, si eso persistía, adiós al respeto que había conseguido ganarme, con lo difícil que había sido conseguirlo.
Eso sin contar que me había perdido la mitad de la conversación en su idioma.
—¡Bueno, vale ya! Sánchez, lee el último párrafo. Retomamos desde ahí. —Encomendé.
—Pero en plan... ¿todo el párrafo? —preguntó el aludido con cierto pavor en la voz.
—Sí, Sánchez. Las cinco líneas del párrafo. Confío en que podrás —suspiré con cansancio.
—ASAP, profe. —Intentó hacer un saludo militar para hacer la gracia, pero le quedó regulero.
«La madre que los parió», pensé. Respiré hondo y procuré calmarme, que todavía me quedaba media hora de clase y luego una más con otro curso de primero.
No supe cómo, pero sobreviví. Los más chicos todavía eran demasiado impresionables y tenían poca confianza conmigo como para vacilarme libremente.
Entre eso y que yo era de los de advertir con un examen no recuperable ante la mínima sublevación, pues íbamos tirando.
Al sonar el timbre del descanso, casi me eché al suelo para besarlo, como el papa. En milésimas de segundo desaparecieron todos como si los hubiera arrastrado el viento y yo aproveché esa paz momentánea para serenarme.
Bajé al bar, compré dos cafés y me acerqué a la biblioteca.
Me sorprendí parado ante la puerta, con un nudo en el estómago y la boca seca.
Yo ya estaba mayor para ponerme nervioso por ver a una compañera de trabajo, no entendía por qué me ocurría.
«Fácil, porque en el fondo quieres que sea algo más», me contestó mi propia conciencia.
Maldita traidora.