Querámonos lo que nos dure la vida #3
—¿Sabes qué? Tiremos la casa por la ventana. Te invito a lo que quieras al bar de abajo. Gracias, Martín. Nos vemos luego. Suerte con los chavales.
Me dejaron ahí, con el café tibio y la victoria en la lengua.
Sabía que a esos dos pedantes la entrada de Aurora los iba a hacer recular.
Era la única que tenía la habilidad de indagar en cualquier cuestión hasta la extenuación —o desesperación, sobre todo, del otro—.
Pobre mujer, ella no tenía la culpa de ser una apasionada de los filósofos y sus teorías.
Era muy maja, pero si se quería mantener una conversación con ella que no fuera sobre eso, mejor hacerlo con un par de copas encima.
Ella, no el resto.
Nuria
Los nuevos comienzos siempre me daban miedo.
No porque creyese que sería incapaz de realizar nuevas tareas, sino por la incertidumbre de no controlar lo que ocurría a mi alrededor.
En mi anterior ciudad —qué raro me sonaba todavía—, me había dedicado a lo mismo y, sin embargo, al cambiarme a este nuevo puesto, me sentía como la novata del principio.
En Valencia fui bibliotecaria muchos años en una escuela de mi barrio y me encantaba.
Después de todo lo que ocurrió tras mi boda fallida, decidí que eso era lo único que no quería cambiar.
Necesitaba algo a lo que aferrarme, algo de mi antigua vida que siguiera siendo estable.
Algo que me recordase de dónde venía y el tiempo que tenía para disfrutarlo antes de que se agotase.
Empecé de cero. Nueva ciudad, nueva casa, nuevo lugar de trabajo.
Dije adiós a mi vida con Javi y todo lo que nos rodeó durante años, porque era incapaz de mirarles a la cara sin morirme de vergüenza.
Solo poner un pie en la calle ya me sentía la peor traidora y manipuladora de la historia.
Como me esperaba, el plantón en el altar fue un bombazo.
Me marqué un «novia a la fuga» de campeonato y le hice mucho más daño a Javi del que pretendía, que, como consecuencia, no me dirigía la palabra. Lógico. Quizá era mejor así.
Fue demasiado soportar las miradas de reproche y decepción de todo el que pasaba por mi lado, los silencios de mi familia, sobre todo de la política, y la huida en bandada de los amigos que teníamos en común.
A sus ojos, yo era la villana de la historia y así me sentía yo también, como la peor persona del mundo.
Terminé por encerrarme en casa, a llorar a moco tendido, a arrepentirme de ser tan cobarde y a desear mi propia desaparición de la faz de la Tierra.
Incluso llegué a replantearme si no hubiera sido mejor casarme con Javi, tal y como lo teníamos previsto, para no morir sola y rodeada de gatos, aunque las dudas me carcomieran por dentro durante el resto de mi vida.
Pero supe que no hubiera sido feliz y él tampoco.
Y yo creía sinceramente que nos merecíamos serlo, aunque no fuera juntos.
Creo que por eso huí, porque de repente la verdad se impuso y lo tuve muy claro.
De hecho, me reprendí por no haber abierto los ojos mucho antes.
No podía seguir adelante con la boda, ni por mí ni por él.
Era injusto para ambos empezar un matrimonio de esa forma, y más con la vida que me esperaba en un futuro cercano.
La lástima es que no tuve oportunidad de explicarme con el bendito hombre que se quedó como un pasmarote en el altar, esperando a que su futura mujer apareciese.
Entendí que no quisiera saber nada más de mí.
Así que me mudé a Madrid y conseguí trabajo en la biblioteca del Instituto San Mateo.
Aunque me muriese de miedo de empezar de nuevo, por lo menos no sentía la presión de tener cientos de ojos clavados en mí a cada sitio al que iba, juzgándome. Me lo tomé como una nueva oportunidad para descubrir quién era yo y qué quería.
En el instituto nuevo, el director, un hombre canoso pero con la piel tersa como la de un chaval, me dio una cálida bienvenida y la secretaria se encargó de llevarme hasta la biblioteca mientras me daba información que no recordaría después.
—Pues aquí es, linda. Te dejo para que te instales y enseguida vendrá Rosaura, tu antecesora, y te pondrá al día —dijo Helena con una sonrisa amable.
—Gracias. —Le correspondí el gesto.
Cuando cerró la puerta y el silencio acogedor me dio la bienvenida, me sentí más arropada de lo que pensaba. Aquel lugar me daba buena sensación, transmitía una energía cálida y sosegada que me vendría muy bien para poner en orden mi vida.
Dispuse mis escasos bártulos en el escritorio y los armarios y respiré hondo.
Para ser una biblioteca de instituto, era bastante grande, tenía dos salas y las estanterías estaban bien surtidas.
Había espacio suficiente para modificarlo y llevar a cabo actividades con los alumnos.
Estaba revisando la colocación de las materias en las estanterías cuando, de pronto, se abrió la pesada puerta de madera.
—Oh, perdona, creí que no habría nadie —se disculpó el hombre.
—No importa, pasa. Soy Nuria, la nueva bibliotecaria. Encantada. —Le tendí la mano y le ofrecí mi mejor sonrisa cordial.
—Martín. Bienvenida. —Su sonrisa fue más amplia y cálida que la mía.
La verdad es que era bastante atractivo, no pude evitar fijarme.
Lo primero que me llamó la atención, además de su sonrisa amplia y sincera, fueron sus manos.
Cubrían por entero las mías y transmitían un calorcito muy agradable; los dedos finos me recordaban a los de un pianista y me pregunté si se dedicaría a eso.
Quizá fuera el profesor de Música. Luego me fijé en su pelo alborotado y salvaje, por el que no tenía ningún interés en mantener bajo control, y su atuendo relajado, de algodón y sin estampados, que terminaban de darle un aire de profesor que gritaba a los cuatro vientos.
—Gracias —musité tras darme cuenta de que me había quedado mirándolo demasiado tiempo.
—¿Te importa si me refugio aquí? Suelo hacerlo a menudo. Estar con mis compañeros termina por agobiarme más de lo que debería, y si después tengo que dar clase...
Reí. Me pareció muy tierno. Era como si hablase de sus compañeros del aula cuando, en realidad, se refería a los profesores.
—No tienes que darme explicaciones. La biblioteca es para todos, claro que puedes quedarte.
—No quiero interrumpir tu trabajo, me sentaré allí al fondo y leeré un rato. No te molestaré.
—En realidad, no tengo trabajo todavía. Estoy esperando a... —¿Cómo se llamaba mi antecesora? ¡Maldita fuera! Con la perimenopausia tenía la memoria de una ameba.
—¿Rosaura? —adivinó.
—¡Eso!
—Bueno, si quieres, puedo ayudarte yo con lo más básico hasta que venga ella. Conozco bien este lugar.
—Eres muy amable.
Martín me guio por la biblioteca para que pudiera situarme en mi espacio de trabajo.
De esa forma, Rosaura solo tendría que encargarse de enseñarme la manera en que estaban catalogados los documentos y los programas en el ordenador.
Comprobé que Martín era un hombre muy majo, algo tímido, que hablaba con claridad y orden, despacio, con calma. Como hacen los buenos maestros.
—Y esto es, más o menos, todo. En cuanto lleves unos días, lo tendrás controlado —concluyó tras el recorrido.
—Te lo agradezco mucho. La verdad es que no es fácil empezar de cero, tengas la edad que tengas.
Martín torció el gesto y tragó saliva.
—Hay que aceptar lo desconocido, perderle el miedo y el resto es sencillo.
Con sorpresa, aquella frase me caló.
—¿Es tuya?
Él negó con una sonrisa.
—Qué va. De John Lennon. Y no es que yo sea un gran fan, pero mi psicólogo sí lo es. Cada dos por tres me mete frases de estas con calzador, a ver si alguna me inspira.
—Ah, ya veo. —Reí—. No te he preguntado, discúlpame. ¿De qué das clase? —inquirí.
—Literatura. Creí que se me notaba. —Rio.
Fijó sus ojos en los míos y una corriente discreta y placentera me recorrió la columna.
—Bueno, sí, en realidad, te pega bastante.
Sonó el timbre y se rompió el hechizo.
—Vaya, me toca volver con los salvajes. —Se apenó.
—¡Oh, capitán, mi capitán! —bromeé.
Compuso una expresión de asombro.
—¿ El club de los poetas muertos ?
—¿Hay algo mejor? —Sonreí con ganas. Era una de mis películas favoritas.
Él frunció el ceño y asomó una sonrisa ladina en su rostro. Quiso aparentar seriedad, pero noté enseguida que había tocado una de sus debilidades.
—Si alguien piensa que sí, entonces no está en sus cabales. Nos vemos, Nuria. Ha sido todo un placer.
—Lo mismo digo, Martín. Gracias por enseñarme todo esto.
Salió y me quedé sola, entre libros y su aroma a suavizante flotando en el ambiente.
Cuando me di cuenta de que estaba sonriendo como una boba, me di dos cachetes en las mejillas y seguí con lo mío.
Tuve que recordarme para qué estaba yo ahí, y no era para ligar con nadie, por muy mono que me pareciera.
El caso es que sería complicado reventarme la burbuja porque, a mí, los hombres con pinta de eruditos sin que estén rellenos de pedantería y presuntuosidad, me encantan.
Y Martín me había dado muy buena sensación.
Al cabo de media hora, vino Rosaura. A pesar de intentar transmitirle mi predisposición y buen rollo, resultó que ella era impermeable a eso.
Tenía un carácter cerrado y de lo más huraño.
Con tono seco y directo, me lo explicó todo deprisa y corriendo, sin ganas de repetir las instrucciones para que las pudiera anotar en una libreta.
Al final, desistí. Iba a dejarme sola en la selva de todas formas.
Cuando se fue, su aura negativa se me había pegado a la piel, así que me apresuré a abrir las ventanas para que entrase aire fresco y se la llevase.
Dediqué el resto de la jornada a familiarizarme con el programa de préstamos haciendo prácticas conmigo misma.
De esa forma, podía dedicar mi atención hacia algo provechoso y no quedarme con la sensación extraña de ser una carga para una recién jubilada a la que molestaron durante media mañana para enseñarme.