Querámonos lo que nos dure la vida #2
Qué poco me gustaba... ¡Con lo bien que estaba yo en mi refugio, sin que nadie me molestase! Sin embargo, no me quedó más remedio que aceptar que quizá Raúl, ese profesional que aguantaba todas mis mierdas con paciencia infinita, tuviera razón.
—Martín, voy a ponerte deberes —sentenció en nuestra última sesión.
Qué paradoja. Deberes al profesor de Literatura...
—¿Cómo dices? ¿Deberes?
—Eso he dicho, sí. —Se subió las gafas de montura transparente que se deslizaban por su nariz constantemente y carraspeó—. Vas a tener que socializar.
—Socializar —repetí para cerciorarme, porque deseé haber oído mal.
Si me hubiera dicho que debía hacerme una colonoscopia rectal sin sedación me hubiera sonado mucho más apetecible que lo que me proponía.
—Socializar —confirmó sin dar pie a reproche—. Ver y conocer gente. Divertirte, que te dé el aire y hablar con personas que no conozcas. Volver a retomar contacto con tus amigos y ponerse al día. Y lo escribirás todo en un cuaderno para que podamos hablarlo a la vuelta, ¿de acuerdo?
Así que socialicé, claro. Demasiado, diría yo.
Como no me dijo en qué medida debía hacerlo, pues lo di todo y así estaba, fiesta tras fiesta, tardeo tras tardeo, quedada tras quedada.
¿Y para qué? Para nada, porque no conocí a nadie especial, ni me sentí mejor después de aceptar todas las invitaciones que me llovieron ni saqué nada positivo de toda esa socialización recomendada. Solo había conseguido agotarme.
Necesitaba vacaciones de mis vacaciones.
Una vez más, recordé que debía hacer caso a Raúl para no volver a estar como antes y me dije que todo lo ocurrido era por mi culpa y mi deber era enmendarlo. Ese pensamiento se relacionó con otro: por ser yo como era, Gina se fue. Me dejó por soso. Y no pude reprochárselo.
Por eso busqué ayuda tras comprobar que el bajón era demasiado grande como para poder yo solo con él. Necesitaba auxilio para luchar contra ese cancerbero, así que empecé a verme con Raúl una vez a la semana al principio y una cada quince días después.
No fue agradable destriparme sobre la mesa y observar todas mis vísceras desde todos los ángulos.
De hecho, me costó mucho al principio. En las primeras sesiones nos mantuvimos en silencio al menos veinte minutos de la hora que tenía que pagar, porque no sabía qué decir ni cómo empezar.
Raúl no me presionó, no forzaba la situación; simplemente, me esperó.
Hasta que un día, por romper el hielo, me preguntó si tenía novia y entonces rompí a llorar como si se me hubiesen destrozado las llaves de paso.
Quise contenerme, me mordí los puños, cerré los ojos tan fuerte que comencé a ver destellos en color y apreté la mandíbula hasta que me crujieron las muelas, porque no quería hablar de Gina.
No quería llorar. No quería ser débil. Me daba asco a mí mismo.
Quise odiarla a ella, pero no pude, porque después vi que era maravillosa y mis inseguridades la consumieron.
La culpa era toda toda, enterita, mía. Gina no hizo otra cosa que adaptarse a mí, a mis «hoy no me apetece», a mis eternos «uf, qué pereza», a mis «estoy demasiado cansado, Gi». Hasta que se hartó. Y con razón.
Al principio me enfadé mucho, la taché de egoísta, la acusé de no querer una relación seria, de seguir viviendo en la adolescencia tardía, de querer forzarme a hacer los planes que solo a ella le apetecía hacer, que nunca contase conmigo y lo que yo necesitaba. Fui de lo más injusto e hiriente.
Jamás olvidaré sus ojos anegados en lágrimas ni su dolor concentrado en su rostro contraído. ¿Cómo pude ser capaz de hacerle eso? ¿Cuándo me había convertido en semejante cabrón? ¿Por qué lo pagaba todo con ella?
Con la ayuda de Raúl fui capaz de ir pelando mis tropecientas capas de inseguridad y me hizo abrir los ojos ante los constantes sacrificios y esfuerzos que hacía mi novia, porque me quería.
Gina llegaba siempre puntual, organizaba la compra, domiciliaba los gastos, apuntaba las citas en el calendario.
Me compraba calzoncillos cada vez que alguno salía de la lavadora con la goma demasiado dada, calcetines si descubría un agujero, camisetas si se daba cuenta de que ya tenían bolitas.
Lo hacía sin decirme nada, solo me comentaba que había ido a comprar para ella, cosa que solía ser mentira, y, de paso, había aprovechado para traerme un par de cosas.
Ni siquiera era necesario que le dijese mi talla, porque se la sabía.
De ropa y de zapatos. En cambio, yo no recordaba ni lo más básico de ella porque jamás presté atención.
Y yo nunca fui capaz de ver todo lo que hacía por mí y por nosotros.
Siempre me acordaba tarde de los aniversarios; de las fechas importantes siempre me olvidaba.
No estuve atento a sus necesidades, nunca me fijé en sus estados de ánimo ni fui lo suficientemente considerado como para comprarle una mísera caja de bombones cuando le iba a venir la regla o unas flores un viernes cualquiera porque sí.
Sin saber cómo, me había convertido en mi padre. Un gilipollas de manual.
Los meses tras nuestra ruptura significaron un antes y un después.
Odiaba reconocerlo, pero su falta me hizo reaccionar y espabilar.
Tarde, lo sé. Pero, si no fuese por eso, seguiría siendo un rábano plantado en el huerto, mustio y sin ganas de brotar.
Seguiría bajo tierra hasta que se me secasen las raíces, ni siquiera haría el esfuerzo de asomar unas hojillas al sol para revivir o de tomar agua para, al menos, no morir.
Así que en esas me encontraba, intentando sacar la cabeza de mi oscuro y solitario agujero, para volver a ser una persona decente en un mundo lleno de demasiada gente. Para no repetir mis propios errores.
En el instituto, el timbre nos escandalizó a todos cuando tronó en cada rincón y provocó una oleada de estudiantes ansiosos por un descanso, que salieron en masa de las aulas. Si supieran que yo fui el primero que lanzó un agradecido aleluya al cielo...
Cuando llegué a la sala de profesores, puse los ojos en blanco sin poder disimularlo a tiempo. Miguel Ángel, el de Matemáticas, y Asensio, el de Física, estaban discutiendo de forma acalorada sobre algún tema de ciencias. Y los dos eran pedantes a más no poder.
Antes de que me enganchasen, en silencio me serví un café rápido en la cafetera de cápsulas mientras rezaba por haber pasado desapercibido.
—¡Eh, Martín! —exclamó Asensio.
Mierda, me habían visto. Me di la vuelta con una sonrisa de disculpa, porque pretendía inventarme cualquier excusa para salir por patas.
—Ey..., hola, no puedo quedarme...
—Solo será un segundo —insistió.
—De verdad que no... —repuse.
El profesor de Física colocó una mano callosa sobre mi hombro y apretó, a la vez que me conducía hasta Miguel Ángel. ¡Qué fuerza tenía el tío!
—A ver, tú que eres de otro campo —comenzó el de Matemáticas—, ¿a que el sándwich cortado en diagonal tiene, científicamente, más proporción de sándwich?
Me quedé a cuadros. ¿En serio me estaba preguntando eso?
—¿Perdón? —Los miré a los dos, ojiplático, intentando detectar si me estaban gastando una broma.
—¿A que no? Asensio no quiere bajarse del burro —replicó Miguel Ángel, cruzándose de brazos.
—¿Que no quiero bajarme del burro, dices? ¡Pero si eres tú el que discutes! Un sándwich cortado en diagonal tiene más superficie, eso es así. Matemática básica.
—¡Pero qué barbaridad dices, hombre! —exclamó Miguel Ángel alzando los brazos con exasperación—. Eso no tiene sentido, ¿a que no, Martín?
—¿De verdad estáis discutiendo sobre un sándwich? —pregunté con incredulidad.
Porque notaba el café ardiendo en mi mano, que si no, hubiese jurado que estaba teniendo un sueño muy tonto. Ambos me miraron muy serios. Se habían tomado aquella discusión muy a pecho, al parecer.
—No es solo «un sándwich» —puntualizó Asensio—. Se trata de la verdad. Científicamente, un recorrido en diagonal tiene más distancia que uno en línea recta, ¿verdad?
—Sí, pero... —aceptó Miguel Ángel.
—¡Ajá! Entonces, confirmas que el sándwich cortado en diagonal tiene más cantidad.
—¡Que no! —se exasperó—. Martín, por favor. Me gustaría salir de este bucle...
Me miró con ojos suplicantes, deseando que le diera la razón. Sin embargo, como eran dos pedantes que me habían captado para solucionar una absurdez, decidí complicarles un poco la vida.
—A ver si lo he entendido. Asensio, tú dices que el sándwich cortado en diagonal tiene más cantidad, ¿no? —Este asintió—. Y tú, Miguel Ángel, sostienes que no es así.
—Lógicamente.
—¿Y cuál es el objetivo de esta discusión? —pregunté con seriedad, para que vieran que yo también me quería implicar, aunque no fuera el caso.
—Pues... bueno, pues... saber quién tiene razón, digo yo —declaró Asensio.
—Comprendo. —Hice una pausa melodramática mientras ellos esperaban, expectantes, una respuesta esclarecedora—.
Lo que yo veo aquí es una cuestión multidisciplinar.
En esta ecuación, no solo estaría implicada la superficie del sándwich, científicamente hablando, sino que entraría en juego la verdad, que es lo que vosotros queréis saber.
—Eso es —afirmó Miguel Ángel—, y si nos ponemos del lado de la física, el sándwich es igual se corte por donde se corte.
—Mira que eres obtuso —exhaló Asensio, poniendo los ojos en blanco.
—Bueno, es que, en realidad, me gustaría saber si la verdad que necesitáis la tenemos que buscar en las corrientes filosóficas.
Para eso, quizá sería mejor hablar con Aurora, que es la experta.
—Miré mi reloj y añadí—: Estará al caer.
Estoy convencido de que es la más indicada para resolver este problemón.
A mí me encantaría ayudar más, pero... yo solo enseño letras.
Al mencionar a la profesora de Filosofía, ambos se enderezaron y desviaron la mirada.
—Bueno, a ver, si en realidad no es tan importante, ¿no, Asensio?
—Para nada, compañero. Las cosas de ciencias se quedan en cienci as. Si al final, no tengo tanta hambre. Podemos partir el sándwich como prefieras.