Querámonos lo que nos dure la vida
Livia Nohi
N uria
Si alguna vez pensé que era buena idea pasar por la iglesia, me equivoqué.
De hecho, creo que ni siquiera fue idea mía, que me la engendraron y la interioricé como si aquella brillantez hubiese emanado de mí.
En ese momento, con mi imagen frente al espejo de mujer segura de sí misma y emperifollada, pero con cuidado de no parecerlo, no estaba tan segura de que fuese buena.
Tampoco era descabellada; después de diez años con Javi era lo más lógico, ¿no?
Y si además nos queríamos, era lo mejor.
No obstante, me lo estaba replanteando todo y una pesada bola chiclosa de angustia se instaló en mi pecho. Mentiría si dijera que entré en pánico, que perdí el juicio o que ese miedo era normal en los momentos previos al día más importante de mi vida.
El caso es que algo se me estaba removiendo por dentro y me daba miedo.
Vestida con mi traje de chaqueta blanco roto de Rosa Clará, impoluto, perfecto y a medida —y carísimo—, me vi ante el espejo y me grité: «¿Qué narices te crees que estás haciendo, Nuri?». Y no pude rebatirme nada porque, en efecto, no tenía ni idea.
Con la respiración agitada, me senté en el sillón de estilo renacentista tapizado en marfil de la habitación del hotel.
El corazón me martilleaba frenético y pesado a la vez que en mi mente acudían pensamientos del tipo: «no lo hagas, no lo hagas, no puedes hacerlo, ni se te ocurra». Del vértigo, me mareé.
Gruñí de rabia. ¿Qué me estaba pasando? ¿Tenían que entrarme esas dudas justo en un momento tan importante?
Me recordé a mí misma que quería a Javi, que era una decisión tomada a conciencia y basada en el amor.
Además, llevábamos una eternidad juntos y nos complementábamos genial; teníamos una vida cómoda, sencilla y fluida. Nada iba mal.
«Mentirosa», me recriminó esa vocecilla interior tan molesta y punzante que me asaltaba en los momentos más críticos.
Vale, sí, quizá no era del todo sincera.
Digamos que me faltaba algo de chispa en la relación y sabía que después de diez años era normal que la cosa se enfriase, pero era muy consciente de que no se había encendido ni siquiera desde el principio.
Lo acepté, convenciéndome de que necesitaba bajar el ritmo, una vida tranquila y alejarme de los «intensitos».
Me conformé con ese apaciguamiento que me ofrecía Javi y que me aseguraba una vida sin sobresaltos de montaña rusa.
Sin embargo, aceptarlo en su momento no implicaba que pasara por alto el hecho de que me hacía falta algo más.
Lo notaba, era como si latiera dentro de mí.
Y lo percibí desde el principio, pero no le hice caso.
Ahora, la perspectiva de pasar toda mi vida con esa sensación no me gustaba un pelo.
Y luego estaba el «otro problema», del que él no sabía nada.
Ni él ni nadie. Todavía no era el momento de contarlo, ni siquiera yo me atrevía a hacerle frente porque era demasiado grande hasta para mí.
Simplemente, miré hacia otro lado y lo ignoré.
Lo puse a la cola de problemas pendientes de resolver.
Ya me encargaría de eso cuando pasase la boda.
Dios mío..., Javi. ¿Cómo iba a decirle...? No podía. Era injusto. No habíamos hablado todavía de lo que nos deparaba el futuro y no podía casarse conmigo sin saberlo. Pero... ¿realmente quería que lo supiera?
Me cuestioné si de verdad quería vivir el resto de mis días con ese ser maravilloso y tranquilo que me estaba esperando impaciente y nervioso en el altar, con su traje a medida que tan bien le quedaba, frente a todos los invitados que esperaban a que yo hiciera la entrada triunfal.
¡Dios, qué presión! Lo odiaba. Que estuvieran todos ahí expectantes, de punta en blanco y deseando cotorrear sobre todo lo que aconteciese en nuestra boda me ponía histérica.
A aquellas alturas, ni Javi ni yo teníamos voz ni voto en la boda. Tampoco es que le dejasen meter baza en algún momento, porque de organizar una boda se encargaban las mujeres, que para eso tenemos mejor gusto, o eso dijeron las confabuladas señoras de nuestras respectivas familias.
Lo que en un principio planeamos que sería una boda sencilla e íntima se convirtió en un paripé que se escapó de nuestro control.
En cuanto delegamos ciertas tareas a la familia y amigos, aquello se fue de madre y ya no quedaba nada de la boda que yo había soñado.
Ahora era un escaparate, y nosotros solo dos muñecos rígidos que no podían escoger su postura y que estaban condenados a coronar una tarta demasiado dulce.
Maldita la hora en que acepté la ayuda. Si la hubiéramos organizado nosotros tal y como estaba planeado, quizá no estaría en plena crisis premarital.
O quizá sí, quién sabe. Lo cierto era que, por mucho que intentase esconderlo, la excusa que me estaba poniendo de la boda no era la única que me impedía dar el paso.
Unos golpecitos en la puerta me sacaron del trance.
—Nuria, cariño, ¿va todo bien? —preguntó mi cuñada con un tono de urgencia camuflado con suavidad.
Suspiré. Nada iba bien. Si fuera así, las pulgas de la duda no me picarían tanto. Abrí la puerta con decisión y se sorprendió al ver mi expresión.
—Pasa.
El tono serio de mi voz la puso sobre aviso.
—¿Qué ocurre?
Intentó disimular el pánico con un tono cantarín, pero no le salió demasiado bien.
Me descalcé los tacones que no iba a poder soportar ni media ceremonia y que ni siquiera había escogido yo, y me deshice también de la americana, porque me estaban entrando sofocos del agobio.
—¿Cómo está Javi? —le pregunté con la mirada esparcida sobre la moqueta mientras caminaba sobre mis pasos.
Elsa, mi cuñada, se quedó perpleja. Sus pestañones postizos se movieron con rapidez, intentando averiguar por dónde iban los tiros.
—¿Cómo dices?
—Que cómo está —repetí, mordiéndome una de las uñas. Me importó un bledo estropear el esmalte; a aquellas alturas, la manicura era el menor de mis problemas. De pronto, me urgía saber cómo se encontraba mi prometido y no tenía ni idea de por qué.
—Bien, supongo... Te está esperando. Porque vas a bajar ya, ¿verdad?
Ese «¿verdad?» reflejó el pánico que la embargaba ante la posibilidad de presenciar un momento de novia a la fuga. Seguro que hubiera corrido detrás de mí solo para no tener que enfrentarse a los invitados y necesitar dar explicaciones.
No contesté. Si era sincera, marcarme una huida en el último momento se me antojaba demasiado jugosa.
Mi parte racional no quería, pero la emocional no hacía más que agitar los pompones.
¿Cómo me sentiría si le hiciera eso a Javi?
No podía plantarlo en el altar, eso era cruel e innecesario.
Éramos adultos y podíamos solucionar las cosas como tales.
«La salida de emergencia está justo ahí. Nadie estará mirando», susurró esa conciencia endiablada que se había empeñado en atormentarme aquel día.
—¿Nuria? —reclamó mi cuñada.
—Solo necesito unos minutos más —concluí.
Solo unos minutos, sí. Con eso bastaría para centrarme y dejarme de tonterías. Javi me esperaba impaciente y lo estaría pasando mal. Los invitados estarían cuchicheando sobre mi retraso; y nuestros padres, a punto de sufrir un colapso nervioso en medio del pasillo de la iglesia.
Tenía que salir. Ya.
Elsa asintió una sola vez y me dejó sola para que pudiera prepararme. Yo tragué saliva, intentando beberme el miedo con ella. Le eché valor, me subí a los tacones de nuevo, me abotoné la americana y, de un estirón del bajo de esta, salí.
A cada paso que daba, pensaba en Javi, que se atrevió a pedirme matrimonio durante un atardecer precioso en Ibiza. Fue un momento mágico y me sentí muy afortunada.
Pensé en mamá, que se emocionaba con cualquier cosa que tuviera que ver con la boda, porque era lo que siempre había soñado para mí y la estaba viviendo con intensidad.
En papá, que se tragaba la ilusión porque su educación férrea no le permitía demostrarla, pero que se escapaba a chorros por sus bonitos y cansados ojos.
En Elsa, que me acogió como una más en cuanto Javi nos presentó y se ocupó de que cada detalle de la boda estuviera controlado para que yo no tuviera que preocuparme.
Pensaba en los padres de Javi, ya mayores, que estaban orgullosos de que diésemos aquel paso tan grande y se alegraban de poder verlo con sus ojos.
En nuestros familiares, que se morían por contar todo lo que ocurriese en la boda al resto de vecinos del pueblo y que sería la comidilla durante meses.
En el cura, que tenía prisa porque tenía otras cosillas que oficiar, pero que comprendía que, al fin y al cabo, el amor no funcionaba con tiempos exactos.
Pensaba en todos los invitados que se habían tomado la molestia de asistir.
En el catering , que esperaba, con respeto y las manos en la espalda, a que terminásemos con nuestra movida para poder irse a casa.
En la banda de música, que se cocía dentro de sus trajes bajo el calor acuciante de junio, esperando a que llegásemos y empezásemos la fiesta.
Pensaba en todos, menos en mí. ¿Qué quería yo? ¿Qué necesitaba?
Aire, necesitaba aire. Llevaba tiempo ahogándome y no me había dado cuenta.
Y entonces, sin saber cómo, me encontré en la calle de detrás del hotel, cegada por la luz del sol.
Martín
Los comienzos de curso siempre me resultaban intensos, emocionantes y agotadores.
Sin embargo, aquel año, el mismo día de empezar ya tenía ganas de que llegasen las vacaciones.
¿Cómo volvían los chavales con tanta energía después del verano, si yo todavía no me había recuperado de las mañanas lentas, de las comidas copiosas a deshora ni de las cañas interminables con amigos en las terrazas de la plaza?
Me empeñé en exprimir al máximo el verano con la intención de redescubrirme.
Bueno, eso no era del todo cierto. Digamos que mi psicólogo me «animó» a salir de casa, a retomar costumbres.
A socializar.