Capítulo 5
L os días siguientes transcurrieron entre el zumbido de los monitores y el silencio contenido de la habitación de la UCI.
Karina y Javier se turnaban para estar junto a Amanda, sin hablar del secreto que había estallado tan violentamente entre ellos.
Frente a la adolescente, Javier mantenía una calma casi sobrehumana, pero en los breves momentos a solas con su mujer, era incapaz de sostenerle la mirada.
Martina observaba desde la barrera, con el alma en vilo.
Tras días de tensión, reproches mudos y lágrimas contenidas entre las dos hermanas —donde Martina asumió su culpa por ocultar lo del campamento y Karina por no advertir que el nuevo director era su antiguo desliz—, el frente común de las gemelas volvió a unirse.
Esa tarde, mientras Amanda dormía plácidamente bajo los efectos de un sedante, Martina rompió el hielo.
—Kari, Javier te perdonará, solo necesita tiempo para asimilarlo.
Karina apoyó la cabeza en las manos, exhausta.
—Me siento una descerebrada... Tenía miedo y tomé decisiones sin pensar. Pero yo siempre he amado a Javier. Siempre.
—Lo sé. Y yo... yo estoy enamorada de Mario de verdad —confesó Martina con un nudo en la garganta—. Pero lo engañé y ahora no quiere saber nada de mí.
—Dale tiempo también. Es un buen hombre. No ha parado de escribirme para saber cómo está Amanda, pero no quiere venir para respetar a Javier.
—¿Seguro que no sientes nada por él? —se vio preguntando con miedo a la respuesta.
—Martina, el amor de mi vida es Javier —respondió con lágrimas en los ojos—. No quiero una vida en la que no pueda acurrucarme en el sofá junto a él.
—Bien. En ese caso, ve a buscar a tu marido y pon cada cosa en su lugar. Yo me quedo esta noche con mi sobrina.
Karina no lo dudó. Besó la frente de su hija, la mejilla de su hermana y salió decidida a salvar su matrimonio.
Al llegar a casa, se encontró a Javier saliendo de la ducha.
Al ver sus profundas ojeras y sus ojos azules apagados como un cielo de invierno, tiró el bolso y corrió a refugiarse en su cuello, desesperada.
—Mi amor, lo siento... —Lloró, besando su rostro—. Perdóname, te prometo que jamás quise herirte. Daría mi vida por volver atrás.
Javier permaneció estático unos segundos, dejando que su propio sufrimiento se hiciera visible, pero terminó cediendo. Deslizándose contra la pared, acabaron sentados en el suelo, abrazados en un llanto compartido.
—Lo intuyo desde hace años —confesó de pronto Javier con la voz rota—, pero me negaba a creer que mi pequeña no es mía.
—Javi..., tengo que contarte todo.
Sentados en el sofá del salón, la verdad fluyó sin barreras.
Karina le habló de Sevilla, del miedo que la paralizó al saberse embarazada y de cómo eligió, libre y conscientemente, construir su vida y su familia al lado del único hombre al que amaba.
Javier la escuchó en silencio y la estrechó contra su pecho con una fuerza descomunal.
—Te amo —dijo él—. Pero necesitamos tiempo. Y pensar qué haremos con Amanda.
El siguiente paso requería madurez y valentía. Al día siguiente, Karina citó a Mario en la cafetería del hospital para cerrar de una vez por todas los malentendidos.
—Si quieres estar cerca de Amanda, no te lo impediré —le dijo de frente—. Pero debes saber que Javier ha sido, es y será el mejor padre del mundo para ella.
Mario la miró con absoluto respeto.
—No quiero trastocar la vida de Amanda ni la familia que tenéis. Ella ya tiene un padre que la ama y siempre respetaré eso. Pero, cuando esté preparada..., me gustaría formar parte de su vida.
Karina sonrió de medio lado, aliviada, antes de levantarse.
—Una cosa más, director..., Martina te ama de verdad. No digo yo que no la haya cagado, pero todo lo que hizo fue por protegerme, incluso a costa de sus propios sentimientos. Si de verdad experimentaste algo en aquel campamento, no dejes que se escape.
En ese instante, aturdido por aquella afirmación rotunda, Mario vio a Javier aguardar al otro lado de la puerta de la cafetería. Decidido a terminar con aquella situación que le asfixiaba, pidió a Karina hablar a solas con su marido.
Fue una conversación de hombre a hombre, madura y desprovista de rancios heroísmos.
Mario le dejó claro que su historia con Karina era un capítulo cerrado del pasado, que respetaba su matrimonio y su paternidad.
Javier escuchó, entendió y, con un firme apretón de manos, ambos aceptaron un pacto implícito por el bienestar de Amanda.
Karina fue llamada para unirse al final de la conversación y la decisión unánime quedó sellada: esperarían a que Amanda se recuperara por completo, creciera y tuviera la madurez necesaria para explicarle la verdad sobre su nacimiento y el milagro de su grupo sanguíneo.
Mario decidió marcharse y pasear, tenía demasiado en qué pensar.
El aire de la tarde empezaba a refrescar, pero él caminaba con la chaqueta al hombro y los pensamientos hechos un nudo.
Anduvo sin rumbo fijo, conociendo una parte del pueblo por la que nunca había pasado; y de pronto, ahí estaba, una fachada de piedra sobre la que se podía leer un letrero: «El Lienzo de Martina».
Se quedó estático, con la mandíbula apretada y una tormenta rugiendo en el estómago.
Su orgullo le gritaba que diera la vuelta; se negaba a estar con una mujer que había edificado su atracción sobre una red de mentiras, que se había reído en su cara cada vez que la llamaba por el nombre de su hermana.
«Date la vuelta, De la Vega», se fustigó mentalmente.
Pero entonces, la miró a través del gran ventanal.
Martina estaba subida a una pequeña escalera, colocando unos tarros con pinceles.
Llevaba el pelo en un moño caótico y un peto vaquero manchado de mil colores.
Estaba riéndose de algo, gesticulando, desprendiendo esa luz salvaje y desorganizada que la hacía tan dolorosamente bella.
Era pura vida. Una versión tan real y alejada de la rectitud de Karina, que a Mario se le cortó la respiración.
En un movimiento descuidado, Martina giró la cabeza hacia la calle. El mundo se detuvo. Sus ojos verdes cruzaron el cristal y se clavaron directamente en los de él.
La risa se congeló. Colgó la llamada, y tras quitarse los cascos, bajó de la escalera a trompicones.
Dudo un segundo antes de caminar hacia la puerta.
El tintineo de la campana al abrirse sonó como un cañonazo en el silencio de la calle.
Salió a la acera, apretándose las manos contra el pecho, visiblemente nerviosa.
—Hola —susurró ella, dando unos pasos tímidos hacia el director.
—Hola —respondió Mario, con una voz fría y distante que le sorprendió incluso a él.
Martina se mordió el labio inferior, pero en lugar de acobardarse ante su muro de hielo, enderezó los hombros y se armó de valor.
—Sé que tienes derecho a no volver a mirarme. Fui una cobarde. Te engañé por una promesa estúpida y un miedo atroz a decir la verdad. Y lo siento. Te pido perdón desde lo más profundo de mi corazón.
—Martina, me mentiste en la cara...
—Lo sé, y me arrepentiré toda la vida. Pero la mujer que estuvo contigo en el campamento, la que te habló de sus sueños y la que se enamoró de ti hasta las trancas no era un personaje.
Esa era yo. Martina. No hubo ni un solo sentimiento falso en esa cama, Mario.
Te amo a ti. Y me estoy muriendo de pena al pensar que te he perdido por no haber tenido el valor de decir mi nombre a tiempo.
El director la miró. Las lágrimas asomaban en esos ojos verdes, haciéndolos brillar bajo la luz de la tarde.
El reproche y el orgullo que había levantado durante días se pulverizaron ante su verdad desnuda, mandando la dignidad a paseo.
Dio un paso al frente, la agarró por la cintura con una urgencia casi violenta y la pegó a su cuerpo, estampando sus labios contra los de ella.
Fue un beso hambriento, desesperado, lleno de la frustración acumulada de la separación y de una pasión salvaje que no entendía de mentiras ni de nombres.
La devoró con la fuerza de quien encuentra el aire, mientras los dedos de Martina se aferraban a su camisa.
En mitad de la acera, bajo la luz dorada, las dudas se disolvieron.
Martina lo arrastró hasta su local, colgó el cartel de cerrado y lo besó sin descanso hasta encerrarse en la trastienda. Necesitaba sentirlo, necesitaba abrazarlo, necesitaba fundirse con él y cerciorarse de que no era un sueño.
Un sofá naranja claro fue el soporte del amor durante aquella tarde, también el pilar en el que recuperaron el aliento.
Abrazados, solo arropados por la chaqueta de Mario, el silencio se hizo en la estancia.
—¿En qué piensas? —preguntó el director acariciándole el pelo.
Martina suspiró, jugueteando con la otra mano de él.
—En que... en que... no puedo evitar pensar que Karina fue la primera, es la madre de Amanda y... —Las dudas la atenazaban el pecho, necesitaba decirlo—: Tengo miedo de que lo que sientes por mí sea solo un espejismo de lo que sientes por ella, que al no poder tenerla te conformes conmigo...
Mario le tomó la barbilla con suavidad, obligándola a levantar la mirada para encontrar esos ojos verdes que lo traían de cabeza.
—Escúchame bien. Si he comprendido algo en estos días es que lo de Sevilla fue una ensoñación, un relámpago que se apagó antes de que saliera el sol.
Pero lo que pasó en el campamento... eso no fue un simulacro.
Me enamoré de la mujer que me hablaba de pintura, de la que me obligó a saltar al agua helada del lago, de esa que con su luz iluminó mi aura más aburrida.
Eres la única. Karina es el pasado y la madre de mi hija, y siempre tendrá mi cariño por eso. Pero tú eres mi presente.
Martina esbozó una sonrisa débil, aún no despojada de las dudas por completo.
—Si he tenido que cruzarme con las dos para terminar aquí contigo —añadió Mario, reptando por el sofá hasta que sus frentes quedaron apoyadas la una contra la otra— es porque el universo tiene un sentido del humor muy retorcido, pero muy efectivo.
Al final, nuestra historia se resume en algo muy sencillo: dos noches y un destino.
La besó con lentitud, deshaciendo cualquier duda. Un gesto que sabía a promesa cumplida y a un nuevo comienzo. Ella sonrió contra sus labios, comprendiendo que ya no quedaban más sombras entre ellos. El destino, por fin, sintonizaba con el mismo nombre.