Capítulo 4 #3
«Me encantaría quedarme, pero hay lugares a los que una siempre tiene que regresar, incluso cuando todo en ella le pide lo contrario.
Quizá el destino vuelva a cruzarnos y esa vez lo haga con ojos distintos.
Si lo de estos días ha significado algo, espérame; te prometo que un día, no muy lejano, seré yo quien vaya a tu encuentro.
Hasta entonces... quédate con esta versión de mí».
Cuando Mario despertó, la cama ya estaba fría. Al llegar al comedor del desayuno, ella ya no estaba y, para cuando salió al exterior, solo alcanzó a ver cómo el autobús de Monteolivos se alejaba por la carretera de la sierra, dejándolo plantado de nuevo.
Tardó dos días en procesar qué hacer, leyendo la nota una y otra vez.
Mario no alcanzó a comprender el sutil mensaje entre líneas; solo entendió que no pensaba quedarse de brazos cruzados esperando una señal de humo.
Tras hablar con su hermana —una romántica empedernida que lo espoleó a no rendirse—, decidió, por una vez en su vida, apostarlo todo a un solo color: el verde de los ojos de aquella mujer.
Por eso, cuando apenas una semana después le saltó la notificación de una vacante de director en el instituto Monteolivos, lo tomó como una señal divina e inequívoca del destino. No lo dudó un segundo. Aceptó la vacante pensando en darle la sorpresa de su vida.
Porque aquella primera noche en Sevilla la había recordado durante años como un sueño hermoso.
Pero esa segunda vez, tras días conviviendo con ella y creyendo firmemente que era la misma mujer, había comprendido la verdad: estaba enamorado, no de un recuerdo borroso del pasado, sino de la persona real, vibrante y fascinante que acababa de tener entre sus brazos.
Mario cruzó el umbral de Urgencias sintiéndose un fraude, un patético náufrago de sus propios impulsos.
Quiso odiar a Martina, quiso darse la vuelta y desaparecer, pero al mirarla de reojo vio algo que le desarmó los pulmones: vulnerabilidad.
No era la mujer que lo había embaucado, era una tía aterrada por la vida de su sobrina.
En la sala de espera, el aire se congeló. Karina estaba allí, sentada junto a Javier. Al ver aparecer a Mario junto a su hermana, el poco color que le quedaba en la cara se mudó al suelo. Martina le lanzó una mirada de «tranquila, está bajo control», pero era mentira. No había nada bajo control.
Javier se levantó al verlos. Estrechándole la mano, preguntó sorprendido.
—¿Director?
—Estaba con Martina cuando llamaron. Quería interesarme por Amanda —explicó Mario intentando no escanear a las dos hermanas en ese instante.
El médico apareció recibiendo la atención de todos los presentes.
—¿Familiares de Amanda Pedraza? —llamó.
Javier abrazó a su mujer antes de aclarar:
—Sí, somos sus padres.
El doctor habló sin preámbulos.
—Hemos estabilizado a la paciente, pero tiene un trombo cerebral. Hay que operar ya.
El miedo se convirtió en un nudo físico, pero lo peor estaba por llegar.
—Necesitamos sangre —sentenció el doctor—. Su grupo es muy raro.
Mario, de forma casi inconsciente, rodeó a Martina con el brazo, dándole el sustento que ella no podía pedirse a sí misma. Javier y Karina entraron a las pruebas, decididos.
Minutos después, el médico pidió hablar con Karina a solas.
—Seré directo —dijo el doctor—. El grupo sanguíneo de su esposo es incompatible con la paternidad de su hija. No podemos usar su sangre.
—Pues usen la mía... —Se vio diciendo aturdida, sin comprender lo que aquella información significaba.
—No es tan sencillo.
El doctor le explicó que la sangre de Amanda era denominada Fenómeno Bombay, una mutación rarísima. Solo otro donante Bombay podría salvarle la vida.
Karina sintió que el mundo, el de verdad, el que había construido durante diecisiete años sobre una mentira piadosa, se hacía añicos. Aquel miedo de Sevilla, aquella duda sobre el preservativo que el tiempo había enterrado, acababa de emerger con la fuerza de un volcán.
Salió del despacho como una exhalación. Cruzó el ala del hospital con la mirada fija en un solo hombre.
—Tienes que donar sangre. Amanda te necesita —le soltó, con una firmeza que sonaba a súplica.
Mario parpadeó, descolocado. Martina, en cambio, hizo la conexión eléctrica en su cabeza.
Recordó los sollozos de Karina tras la boda, las dudas sobre aquella noche de locura...
Comprendió el universo entero en un segundo.
Agarró la mano de Mario —que seguía estático sin comprender nada— y lo arrastró al ascensor.
—Vamos. Te acompaño.
Dentro del elevador, Martina se lo soltó. Sin anestesia. Sin metáforas. Mario subió siendo el director del instituto y bajó sabiendo que la alumna ejemplar a la que saludaba cada mañana llevaba su sangre en las venas.
Las horas de cirugía fueron un desierto de agonía. Mario se quedó allí, en un rincón, con un hilo de voz y el alma en carne viva. Cuando el cirujano salió al amanecer anunciando que la operación había sido un éxito, el alivio fue tan pesado que casi lo tumba.
Karina se derrumbó en brazos de Javier, quien la sostenía con amor, pero con una sombra de duda creciendo en sus ojos como una mancha de aceite. Todavía no entendía por qué la sangre del director era la única que servía y, aun así, lo entendía tan bien que tuvo miedo de preguntar.
Al otro lado del pasillo, Mario cerró los ojos un instante y, al abrirlos, supo que debía marcharse, tomar distancia y pensar.