Capítulo 4 #2
Mario vio cómo se alejaba «su Karina», comprendiendo que de forma lógica había seguido con su vida.
Esa misma noche, durante la cena en el comedor de adultos, buscó desesperadamente una alianza en su dedo anular.
Al comprobar que no la llevaba, el sentimiento de «destino» empezó a cocinarle el juicio.
Durante los siguientes diez días, coincidiendo en talleres, excursiones y comidas compartidas, la química entre ellos se convirtió en un auténtico incendio forestal.
Pero Martina sabía que aquello era arriesgado y una temeridad por su parte, aunque no por eso dejó de conversar con él en cada ocasión que los reunía.
El primer recordatorio de lo peligroso de aquel juego ocurrió durante el taller de supervivencia nocturna.
El grupo de alumnos intentaba encender una fogata y Martina peleaba con un pedernal que se negaba a soltar una sola chispa.
De repente, Mario se agachó a su lado, invadiendo su espacio personal con un perfume que olía a bosque y a pecado.
—Déjame ayudarte, Karina. Tienes las manos congeladas —susurró.
Mario cubrió las manos de Martina con las suyas para guiar el movimiento.
El contacto de sus palmas grandes y cálidas contra su piel provocó un chispazo que no tuvo nada que ver con el pedernal.
Martina se tensó por completo. Durante unos segundos eternos, los dedos de él se entrelazaron con los suyos, presionando con una lentitud deliberada.
Cuando ella levantó la vista, se topó con sus ojos oscuros mirándola con una intensidad fija que le bajó directa al estómago.
Tragó saliva y retiró las manos con torpeza, disimulando el temblor con una risita nerviosa.
El segundo asalto llegó unos días después, en el cobertizo de material, mientras preparaba las mochilas para una marcha.
El espacio era minúsculo y el calor, asfixiante.
Martina estiró el brazo para alcanzar unas linternas en la estantería superior justo cuando Mario entraba a buscar unas cuerdas.
Al darse la vuelta, se quedó acorralada entre el estante y el pecho de él.
Mario no retrocedió; al contrario, apoyó una mano en la madera, a pocos centímetros de la cabeza de ella, atrapándola en su campo de gravedad.
Se inclinó milímetros hacia abajo, con los ojos fijos en sus labios, y Martina sintió que el mundo se detenía.
Las bocas de ambos parecieron querer fundirse en ese mismo instante, atraídas por un imán invisible y arrollador.
El magnetismo era tan bestial que ella llegó a entreabrir los labios, completamente entregada al momento...
hasta que su cerebro pegó un frenazo de emergencia con chirrido de neumáticos incluido.
«¡A ver, Martina, frena al unicornio! Que este adonis no te está buscando a ti; está buscando el ADN de tu hermana.
Si lo besas ahora mismo, técnicamente estarías cometiendo un delito de suplantación de identidad afectiva, y Karina te despellejará viva en cuanto volvamos a la civilización».
Y con esos pensamientos, se deslizó bajo el brazo de Mario y salió huyendo de allí.
No obstante, pese a cuidar al máximo su fachada de «madre de Amanda», Martina terminó siendo ella misma en cada conversación.
Le habló de sus viajes, de su profunda pasión por la pintura y de las ganas locas que tenía de abrir su propio negocio.
Ella no quería enamorarse, no quería mentirle; pensó mil veces en confesar la verdad, sobre todo cuando Mario la llamaba «Karina» y la miraba con esa pasión contenida.
Le dolía el alma. No quería que esos sentimientos fuesen dirigidos a su hermana; deseaba con todas sus fuerzas que la mirase a ella, que viese a la verdadera Martina.
Pero una promesa familiar era una promesa irrompible.
La última noche, tras una cena compartida entre todos los adultos responsables, llegó la inevitable despedida y la tensión acumulada estalló por los aires.
Martina se repetía a sí misma que no quería que pasase nada, que era una locura estar con un hombre que anhelaba estar con otra versión de ella.
Sin embargo, cuando Mario la acorraló contra una pared detrás de los bungalows y tentó su boca, fue absolutamente incapaz de negarse.
Aquello era un error táctico nivel desastre nuclear, pero el deseo la arrastró por completo.
Se dejó llevar hasta el dormitorio del jefe de estudios y, entre sus brazos, descubrió colores que ni sus propios pinceles conocían.
Fue una noche apoteósica, donde el arcoíris entero se desplegó en mitad de la oscuridad.
Pero al alba, la realidad le pegó una bofetada helada.
Si alguien los veía salir juntos, la reputación de su hermana iría directa al desguace.
Con el corazón encogido, se escapó de la cama mientras él aún dormía.
Miró a Mario una última vez y, con la mano temblorosa, le dejó una nota sobre la mesilla antes de huir: