Capítulo 4
K arina miraba la pantalla del ordenador con ganas de lanzarlo por la ventana.
«Confirmación de reunión presencial. Asistencia imprescindible».
El cliente era Evoria, el pasaporte directo a su ascenso, y la querían en su sede justo cuando ella debía estar en el campamento con su hija. Su tradición. Su espacio sagrado.
Suspiró y llamó al único número que marcaba cuando el mundo se le venía encima.
—¿Vino o pala? —saludó Martina al descolgar.
—¿Una máquina del tiempo o un clon? —respondió Karina sin pizca de gracia.
—Uf, de eso no tengo. Cuéntame, que me huele a drama de «señora bien» con la agenda a tope.
Karina le soltó el pastel: el CEO de la multinacional quería un proceso de selección exprés, una semana de inmersión en su sede y tres de proyectos. Si no iba, adiós al ascenso. Pero si iba, dejaba tirado al instituto y, lo peor, a Amanda.
—Pues llama al director ese con nombre de ciudad... —sugirió Martina.
—¿Al señor Talavera? Está de baja. No hay nadie al mando hasta septiembre. Si no voy, no se cumple el ratio de adultos y nos penalizan. Y Amanda... es nuestro ritual.
Hubo un silencio. Martina, que estaba de vacaciones antes de abrir su nueva tienda de manualidades en septiembre, empezó a maquinar.
—¿Y si no fallas en nada? —soltó con una sonrisita que su hermana no pudo ver, pero sí intuir—. Somos idénticas, Kari.
Karina se detuvo en seco en mitad del salón.
—Ni se te ocurra. Ni lo pienses.
—¡Venga ya! ¿Cuántas veces lo hicimos de crías? Cambiarnos en gimnasia, romper con mis novios intensos porque tú tenías más sangre fría... ¡Ni mamá nos pillaba!
—Teníamos dieciocho años. Se lo prometimos a mamá...
—Karina, tenemos cuarenta tacos. Hemos cumplido la promesa de sobra. Además, si mamá nos viera, nos daría un aplauso. ¡Seguimos siendo calcadas!
El silencio que siguió no fue de rechazo, fue de pura tentación. Karina sabía que Martina era un espíritu libre, mochilera y un poco caos, pero adoraba a Amanda.
—No lo veo... —mintió Karina.
—Solo sería el campamento. Amanda sabrá la verdad y estará encantada de tener a su tía favorita de «mami postiza». Yo iré, firmaré lo que haya que firmar y pondré cara de presidenta seria. Nadie notará la diferencia.
Karina dudó. Martina era lo opuesto a ella: bohemia frente a ejecutiva, pinceles frente a hojas de cálculo. Pero la imagen de su hija haciendo la maleta frente a la del despacho acristalado de sus sueños la terminó de convencer.
—Es una locura. Alguien te descubrirá.
—¿Quién? Con que Javier y Amanda lo sepan, el resto es pan comido. Acuérdate de cuando te conseguí el diez en el test de Cooper porque tú tenías la regla.
—¡Sí! Y me costó que el pobre Julián me llorara una hora porque «yo» lo había dejado. —Rio Karina, recordando sus tiempos de gloria adolescente.
Tras las carcajadas, llegó el susurro que cambió sus destinos:
—Solo ellos sabrán la verdad —cedió Karina.
—Prometo comportarme —juró Martina.
Esa promesa nació muerta. Aquella mañana, Martina subió al autobús con Amanda, fingiendo una sobriedad que no le pegaba nada. Y Karina entró en su reunión decisiva, convencida de que por fin lo tenía todo bajo control.
Ninguna de las dos imaginó que aquel cambio de cromos iba a enredar sus vidas, sus nombres y, sobre todo, el corazón de un director de instituto que nunca sospechó que el fuego que sintió en aquel campamento no era por la mujer de la oficina, sino por la gemela que jugaba a ser ella.
Martina terminó de relatar la forma en que llegó a hacerse pasar por su hermana.
Mario, con las manos aferradas al volante y el hospital ya a la vista, no pudo aguantar más la pregunta que le quemaba la garganta.
—¿También eras tú en Sevilla?
—No —respondió Martina.
Esa simple palabra cayó como una losa. Mario sintió un vacío en el estómago al darse cuenta de la magnitud del lío: había vivido dos noches mágicas, sí, pero con dos mujeres distintas. Una era un recuerdo borroso y divertido; la otra, la mujer que tenía sentada al lado.
Sevilla. Diecisiete años atrás
Mario estaba de despedida de soltero. Cervezas, risas ruidosas y el ambiente cargado de la capital andaluza.
Pero entonces la vio a ella, sentada en la barra, sola, bebiéndose un botellín como si quisiera apagar un incendio interno.
Se pasaba la mano por el pelo y suspiraba con una pesadez que no encajaba con la fiesta de fuera.
Mario, que siempre había tenido un radar para las causas perdidas, se sentó a su lado.
—No soy médico —le dijo con una media sonrisa—, pero creo que eso ya no es sed. Es una relación tóxica con el vidrio.
Ella lo miró de reojo y, contra todo pronóstico, soltó una risa seca.
—Pues llegas tarde para el rescate —replicó ella, con un deje irónico—. Ya estoy bastante hundida.
Aquello fue el comienzo de una noche muy distinta a lo que Karina imaginó, cuando huyó a kilómetros de su vida buscando refugio en casa de una amiga de la infancia.
Hablaron durante horas frente al Guadalquivir.
La brisa del río les acariciaba la cara mientras Mario le ponía su chaqueta sobre los hombros.
Karina lo miró preguntándose qué se sentiría al mandar todo a la mierda por una noche.
Y lo hizo. Se dejó llevar por una boca desconocida y un deseo que la asustaba.
Terminaron en un hostal cercano. Fue intenso, torrencial, casi desesperado.
Pero mientras Mario dormía, Karina se quedó mirando el techo, aterrada.
En dos semanas se casaba con Javier, el hombre de su vida, y acababa de dinamitar su conciencia en una ciudad donde no la conocía nadie.
Huyó antes del amanecer sin dejar ni una nota.
Mario carraspeó, mirando de reojo a Martina, la «fotocopia» que en ese instante terminaba de rellenar las lagunas de esa historia.
—Mi hermana se agobió antes de la boda y huyó a Sevilla creyendo que Luisa, una amiga nuestra, estaría allí.
Pero como se fue sin llamarnos a ninguna, descubrió demasiado tarde que nuestra amiga estaba en Valencia con su chico —explicó Martina con voz suave—.
En fin, que acabó en aquel bar y al día siguiente apareció en mi piso compartido deshecha en lágrimas.
—Vaya, sí que la traumaticé... —masculló el director con amargura.
—No, Mario. No fue por ti. De ti me habló como de algo bonito, un hombre que se merecía lo mejor.
Lloraba por la culpa. Por Javier. Fui yo quien le dijo que no contara nada.
Éramos jóvenes, ella amaba a su prometido, y Javier...
Javier es un hombre de principios. No habría perdonado una infidelidad ni aunque le fuera la vida en ello.
—Me borró de su mapa —sentenció Mario.
—Míralo de otra forma: gracias a esa noche, ella se dio cuenta de que Javier era su todo. Fuiste el error que le confirmó su acierto. Yo juré guardar el secreto.
Mario aparcó en la puerta de Urgencias y clavó la mirada en ella.
—¿Y tú? —preguntó con voz ronca—. ¿Por qué tú?
—Yo nunca olvidé tu nombre. Karina te describió tan bien que, cuando te presentaste en el campamento, supe que eras tú al instante. Pero yo tenía un papel que cumplir. No podía delatarme sin hundir a mi hermana.
Martina le sostuvo la mirada, y en ese momento, el aire en el coche volvió a chisporrotear.
—Necesito entrar —insistió ella con urgencia—, pero te prometo que después te lo contaré todo.
Mario no pensaba moverse de allí. Necesitaba ver a Amanda, necesitaba ver a las dos gemelas juntas para terminar de creerse esa locura y, sobre todo, necesitaba entender por qué Martina lo había usado de esa forma tan vil... o tan desesperadamente humana.
—No diré nada, pero me quedo —respondió, bajándose del coche.
Caminaron hacia la entrada manteniendo la distancia, aunque sus cuerpos seguían atrayéndose como dos imanes con la polaridad alterada.
El pasado y el presente estaban a punto de chocar en una sala de espera.
Campamento juvenil. Un mes antes
Mario recordaba perfectamente el momento en que ella bajó del autobús.
No fue un flechazo instantáneo, fue más bien como si el universo le pegara un tirón de orejas.
Pero fue al segundo día cuando el cerebro le hizo clic.
Ella soltó una carcajada durante una actividad grupal y esa melodía lo devolvió de golpe a una noche casi olvidada en Sevilla, a los brazos de una joven que creyó haber soñado tras unas cervezas de más.
Mario, que estaba allí como jefe de estudios del instituto en el que trabajaba en aquel momento, decidió que ya estaba bien de fantasmas. Se acercó con su mejor cara de «no soy un acosador, solo tengo buena memoria».
—Buenas tardes, ¿nos conocemos? —preguntó.
Martina sonrió sintiendo un repentino cortocircuito mental. Su detector de hombres espectaculares acababa de saltar por los aires.
«¿Cómo? ¿Este monumento conoce a Kari?», pensó, pero sabiendo lo que debía ocultar, decidió jugar al despiste, utilizando la ambigüedad para sonsacar información.
—Pues, en verdad, no sabría decirle. Su cara me suena. Karina Herrera, presidenta del AMPA del Monteolivos, encantada —dijo, tendiéndole la mano.
En cuanto Mario la estrechó, Martina sintió un calambre que le llegó hasta el páncreas.
—Mario De la Vega, jefe de estudios del Felipe Trigo.
Los ojos de Martina la traicionaron: supo al instante quién era él. Y un impulso interno y más fuerte que la razón la obligó a confirmarlo.
—Pues, Mario De la Vega, si hace una vida estuviste en Sevilla, sí, nos conocemos... —Se arrepintió antes de terminar la frase.
«¡Bravo, Martina! ¡Eres una genia del camuflaje!», se recriminó.
En cambio, Mario no se percató de aquel sutil cambio en el rostro de la mujer, él ya estaba en otra galaxia. Sin soltar aquella cálida mano, la miró y aseguró:
—Si no te hubiera encontrado aquí, habría seguido pensando que lo soñé...
La aparición de Amanda la salvó de una respuesta comprometedora y, sobre todo, fue la vía de escape perfecta para recuperar su mano.
—¡Mamá! ¿Puedes venir a echarnos una mano? —gritó.
—¡Claro, voy!