…también puede besar con la mirada Capítulo 3
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Capítulo 3

—E s viernes, Mario, no seas un mueble y vente a tomar algo —pidió Abel, el profesor de Física.

Mario miró de reojo su salón: cajas sin abrir, una pizza fría y el silencio absoluto. La juventud de Abel era insultante pero contagiosa.

«Hazle caso, unas cervezas te van a venir bien. Pareces un profesor de historia del siglo XIX, pero en vivo», se fustigó mentalmente.

Aceptó, y lo que empezó como «una caña y a casa» terminó en un pub local con Belén, una amiga de Abel, pegada a él como si fuera pegamento de contacto mientras sonaba La Bachata . Mario intentaba seguir el ritmo, pero su cerebro estaba en otro sitio... hasta que la puerta se abrió.

Y entonces, el mundo se paró.

Allí estaba ella. Pero no era la Karina de moño tirante. Era la otra. La de la melena indomable y la risa que te desarmaba. Cuando sus miradas se cruzaron, Mario sintió un calambre que no tenía nada que ver con la música de Manuel Turizo.

—Vamos, no te me pierdas —bromeó Belén, rodeándole el cuello y pegándose a él con una confianza que, en otro momento, le habría encantado.

El director le siguió el juego por puro instinto de supervivencia, aunque sus ojos buscaban, como un radar averiado, la mesa donde ella se acababa de sentar con sus amigas.

La vio apartar la mirada con rapidez, no sin antes mostrarle algo que lo dejó noqueado.

«¿Está celosa? ¿En serio?», pensó con una mezcla de rabia y triunfo patético.

Necesitaba aire o un extintor.

Se disculpó con su pareja de baile y huyó hacia el baño.

Al salir, el corazón se le cambió de sitio. Una silueta femenina lo esperaba apoyada en la pared del pasillo.

—Hola —saludó ella con una timidez que le resultaba extrañamente nueva—. No esperaba encontrarte aquí...

—Ya..., bueno, me he dejado arrastrar —respondió, tratando de sonar indiferente mientras su cuerpo le gritaba que la estampara contra la pared.

—¿Por tu novia? —soltó ella.

«¿En serio vamos a jugar a esto, Karina?

¿A las escenas de celos de instituto?», se preguntó cometiendo el error de mirarla de arriba abajo.

Ese vestido ajustado parecía una segunda piel, y el pelo suelto le recordaba que esa mujer era puro fuego.

Acercarse era quemarse a lo bonzo, y Mario ya tenía bastantes cicatrices.

—¿Y qué si lo fuese? —inquirió, apoyándose en la pared opuesta. Distancia de seguridad. O eso creía él.

—Iba a llamarte, te debo una explicación...

—Tranquila, me hago cargo —soltó con tal desprecio que le dolió hasta a él mismo—. Por mí puedes hacer como que no nos conocemos.

Ella acortó la distancia, pero el director se deslizó dos pasos a la izquierda, quedando atrapado contra una puerta de acceso privado.

—Karina, no sé a qué juegas, pero aléjate de mí —advirtió, aunque su voz ya no sonaba tan firme.

—Perdona, es que han sido semanas complicadas y...

—¿Complicadas? —Mario soltó una risa amarga—. Complicadas para mí, que creí que teníamos una conexión real y resulta que solo era el juego de una mujer casada y aburrida de su rutina.

Vio cómo el miedo cruzaba los ojos de ella.

—No, Mario, no lo entiendes. Si dejas que me explique...

—No hay nada que explicar. Por favor, ten un mínimo de decencia y vete.

Pero ella no pensaba irse. Pese al miedo al rechazo, rescató toda su seguridad y se lanzó al ataque. Se plantó frente a él, apoyando los brazos a ambos lados de su cuerpo, encerrándolo en un cerco de calor y perfume.

—Hazlo tú de mí —retó, mirándole a los ojos con una intensidad que le secó la garganta.

Mario dejó de respirar. Estaba tan cerca que podía contar sus pestañas, derribando con su aroma todas sus defensas como si fuesen un castillo de naipes bajo la lluvia.

—Yo no puedo... —susurró.

—¿Y si yo tampoco puedo? —preguntó terminando con la distancia.

El choque fue eléctrico. Sus curvas se presionaron contra Mario.

El beso fue un estallido tan salvaje que, por un instante, Mario olvidó que era el director, olvidó al marido, olvidó el sentido común.

Pero entonces, como un proyector que se enciende en una sala oscura, la imagen de Javier y Amanda apareció en su mente.

«¿Qué estás haciendo, Mario? No vas a ser el juguete de nadie», se gritó internamente.

Se separó con un esfuerzo sobrehumano, jadeando.

—Tengo que irme.

—Por favor —suplicó con los labios todavía rojos por el beso—. Vamos a un sitio más tranquilo. Te prometo que después, si quieres alejarte, no te lo impediré.

Mario quiso decirle que no. Quiso soltar un discurso digno sobre la moral, la fidelidad y el código deontológico del profesorado, pero sus armas femeninas lo habían despojado de su habitual locuacidad.

Esos ojos esperanzados y el calor de la mano que se posó en su mejilla fueron el «jaque mate» a su fuerza de voluntad.

Sin dar explicaciones a sus compañeros de copas, recogieron sus cosas y salieron del pub. Caminaron en un silencio denso hasta el apartamento de Mario. No es que él pensara que estar a solas era una buena idea (de hecho, era una idea nefasta), pero se veía incapaz de no escucharla.

«Tal vez si me cuenta sus mentiras hoy, podré olvidarla mañana», se autoengañó mientras subían las escaleras.

—Espérame en el salón —pidió, señalando la puerta como quien señala el lugar de un interrogatorio.

Fue directo a la cocina y agarró dos cervezas con manos temblorosas. Al volver, decidió sentarse en el sofá individual. Distancia estratégica. Lo suficientemente lejos del calor que emanaba esa mujer con ese vestido que, sinceramente, debería estar prohibido por la Convención de Ginebra.

—Tú dirás —dijo, intentando poner cara de director severo.

Ella se puso en pie. Estaba claro que la verdad era un trago amargo y que Mario, el hombre de principios, probablemente no perdonaría el engaño. Sintiendo que el suelo era de hielo fino, con valentía, se obligó a coger su mano.

—Sé que no he hecho las cosas bien... que probablemente me odies.

—Ojalá pudiese hacerlo —confesó el director.

La frase quedó flotando como una invitación al desastre. El aire del salón cambió de densidad; ya no estaban hablando de actas del AMPA ni de cafeterías. Estaban en el ojo de una tormenta que ninguno quería amainar.

—Mario, yo...

—No empieces ahora —la interrumpió con voz ronca—. Si empiezas a hablar... tendré que escucharlo. Y ahora mismo no quiero oír nada.

Lo estudió, memorizando cada rasgo por si aquella era la última vez. Y ese pensamiento fue el que rompió la presa. Si el mundo se iba a acabar mañana, quería que el final fuera inolvidable. Apoyó la mano en el pecho de Mario y sintió el galope de un caballo encabritado.

Él cerró los ojos. Sabía que estaba a punto de cruzar una frontera que le destrozaría la conciencia, pero la anhelaba con la desesperación de un náufrago.

—Karina... —susurró. Pero no fue un aviso. Fue una rendición incondicional.

Sus labios se encontraron a medio camino, y todo lo que Mario había intentado enterrar bajo la lógica y el reproche se lo llevó el huracán que había despertado en su estómago y ya no se veía capaz de pararlo.

La besó con rabia, con necesidad, sabiendo que ella era el viento que enardecía la locura que se desataba en su interior.

Las manos de él recorrieron su espalda, asegurándose de que no era un sueño, de que no se desvanecería.

En ese instante, el apartamento quedó reducido a respiraciones entrecortadas y latidos salvajes.

La culpa se aplazó. Los secretos se suspendieron.

Solo existía esa conexión primitiva que los atravesaba, una verdad física que no necesitaba explicaciones.

Se dejaron llevar. Demasiado.

Cuando finalmente quedaron tendidos sobre la alfombra, en ese silencio postormenta donde los secretos suelen salir a la luz, él apoyó la frente contra la suya, todavía exhausto.

—¿Por qué me torturas? —murmuró Mario con una ternura que dolía.

Ella sintió que el corazón se le encogía. El momento había llegado. La adrenalina del placer fue sustituida por el frío del miedo.

—Tengo que decirte algo... —dijo, incorporándose a duras penas—. Pero antes... antes debo ir al baño.

Se miró al espejo y sintió que el reflejo le devolvía la imagen de una estafadora profesional.

La tensión entre lo que dictaba su moral y el desastre que se avecinaba le nublaba la vista, pero Mario se merecía la verdad, aunque esa verdad fuera a quemarlo todo.

Se armó de valor, se tragó el nudo de la garganta y enfiló el pasillo.

Al llegar al salón, Mario la esperaba de pie, con el fuego negro de su mirada clavado en el teléfono que descansaba sobre la mesa.

—Te ha llamado Karina —soltó desviando la vista para quemarla desde esa distancia.

A ella se le retiró la sangre de la cara. Ya estaba. Game over. Ya no había vuelta atrás.

—Mario, escúchame, hay una explicación para esto...

Pero el teléfono no le dio tregua. Volvió a iluminarse, vibrando sobre la mesa con una insistencia casi violenta. El nombre de Karina parpadeaba en la pantalla como una alarma de incendio.

—¿No vas a cogerlo? —preguntó el director, entornando los ojos.

Supo que, si Karina llamaba dos veces seguidas a esas horas, no era para charlar. Estiró el brazo y descolgó, poniéndose de costado porque era físicamente incapaz de sostenerle la mirada a Mario.

—¿Qué pasa? —preguntó. En cuanto escuchó la voz al otro lado, cualquier rastro de calidez desapareció de su rostro—. ¿Qué? ¿Cómo que ha colapsado? ¿Qué significa eso? Karina, frena, habla más despacio...

Mario dio un paso hacia ella, alerta. El nombre de «Karina» flotaba en el aire como una pieza de un puzle que no encajaba en ese salón.

—¿Está...? —Su respiración se volvió errática—. ¿En coma?

Mario sintió que el suelo se desplazaba bajo sus pies. Se acercó tanto que pegó su oreja al terminal, olvidando cualquier rastro de orgullo.

—¿En qué hospital está? —preguntó ella, ya sin importarle quién escuchaba ni qué farsa estaba rompiendo.

Una frase rota por un llanto entrecortado llegó nítida hasta el director: «Martina, te necesito».

—Sí. Sí. Tranquila. Voy para allá —respondió, colgando con las manos temblorosas.

Durante un segundo infinito, no se movió. No lo miró. No intentó recomponer su vestido ni su dignidad.

—Amanda ha sufrido un colapso mientras dormía —dijo, más para convencerse a sí misma que para informarle a él—. Está en coma. Se la han llevado al hospital. Mi coche está en el taller... necesito que me lleves.

Mario la observaba en silencio, procesando la gravedad de lo de Amanda, pero sobre todo la grieta que acababa de abrirse en su cabeza.

—¿Quién eres? —preguntó con una voz baja, peligrosa, mientras agarraba las llaves del coche y su chaqueta por puro instinto.

Ella se detuvo justo en la puerta. Se giró y lo miró por primera vez desde que había colgado. En sus ojos ya no había deseo ni juegos ni ambigüedad. Solo urgencia.

—Martina Herrera.

El mundo se detuvo. Se sintió como lo que era: una estafa, una farsa andante. Pero ya no había marcha atrás y Amanda era lo único que importaba.

—Soy Martina —repitió—. La mujer que conociste en el campamento y la hermana gemela de Karina.

A Mario, aquella declaración le dio una clarividencia inmediata, pero con el sabor amargo de un golpe seco en las entrañas.

De pronto, todo encajó en un juego de espejos opuestos: la frialdad del despacho frente a la dulzura del pub; el moño pulcro frente a la melena salvaje; la mujer que huía frente a la que lo buscaba.

Eran gemelas. El descubrimiento lo sacudió por completo, pero no había margen para el asombro.

—Por favor —insistió ella, con la mano ya en el pomo—. Llévame.

En el coche, Mario abría la boca para preguntar.

Eran tantas las dudas que lo acechaban que no sabía por dónde empezar; en cambio, viendo lo preocupada que aquella mujer estaba, le parecía secundario saciar su curiosidad.

Por ello, durante el trayecto, decidió rememorar ese campamento de verano sin encontrar lógica a lo ocurrido, y como si Martina pudiese leerle el pensamiento, odiándose por enredar las cosas de aquel estúpido modo, decidió ilustrarle.