Capítulo 2
A la mañana siguiente, Carmen asomó la cabeza al despacho del director.
—Mario, perdona. Amanda Pedraza está en la enfermería con una jaqueca de campeonato. Voy a llamar a su madre para que venga a por ella.
—De acuerdo. Mantenme al tanto —respondió él, intentando sonar como un director profesional y no como un hombre al que se le acababa de iluminar el día.
Cinco minutos antes, Mario estaba decidido a evitar a Karina aunque tuviera que saltar por la ventana del despacho.
Sin embargo, de pronto la perspectiva de verla aparecer por el pasillo hizo que los informes de presupuesto le parecieran fascinantes.
Se descubrió a sí mismo trazando un plan patético para hacerse el encontradizo.
Su voluntad, al parecer, se había quedado de vacaciones en aquella noche de locura.
Mientras tanto, en la exclusiva zona de La Finca, Karina vivía su momento de gloria.
Entre contratos de Evoria, cláusulas de responsabilidad y objetivos de infarto, se sentía la reina del mundo empresarial.
Estaba tan volcada en su ascenso que no escuchó las dos llamadas del instituto.
Amanda, siendo una Pedraza de pura cepa, había decidido que su dolor de cabeza era secundario comparado con el gran día de su madre.
Como Karina no respondía, Carmen pasó al plan B: el padre.
Javier Pedraza llegó al instituto directo desde el aeropuerto, con el traje arrugado de las horas de vuelo y la inquietud grabada en el rostro.
—No te preocupes, Javier —le dijo Carmen mientras él firmaba la salida de la menor—. Es posible que sea el estrés del curso.
—Amanda es igual de cabezota que Karina —comentó él con una media sonrisa—. Seguro que no ha querido preocupar a su madre hoy. Sabía que tenía un día importante.
Mario, que había salido de su despacho carpeta en mano con la excusa más barata del mundo para merodear por la recepción, se quedó petrificado en el quicio de la puerta.
—Buenos días —saludó Javier con educación al llegar a su altura.
—Buenos días —logró articular Mario, saliendo del shock .
—Soy Javier Pedraza, vengo a recoger a mi hija Amanda.
—Me han informado. Está en la enfermería, vaya tranquilo.
«Vaya tranquilo», se repitió mentalmente. «Vaya usted tranquilo, señor Marido Perfecto de la mujer que casi me provoca un síncope ayer».
Mario se quedó solo en el mostrador, entregando la carpeta con movimientos mecánicos. La imagen de la alianza en la mano izquierda de Javier se le quedó grabada en la retina como un flashazo de magnesio.
Una vez encerrado en su despacho, la realidad le golpeó sin filtros. No había dudas: ella no solo era una mujer casada; era una mujer con una vida impecablemente construida. Aquella rigidez del día anterior, el «no nos conocemos», no era un juego de seducción, era una frontera de hormigón armado.
Para ella, lo que pasó fue un paréntesis, un error táctico, una mancha en su currículum de «madre ejemplar». Para él..., bueno, para él había sido el motivo de mudarse de ciudad.
«Imbécil», se dijo, sentándose con una amargura que le sabía a café quemado.
En ese instante, el orgullo herido tomó el mando.
Si Karina quería distancia, tendría un desierto.
Se repitió, como un mantra para no romperse, que una mujer que jugaba así no merecía su amor.
Levantaría un muro tan alto que ni ella misma podría saltarlo.
Aguantaría el curso, pediría el traslado y volvería a ser un simple profesor de Historia en cualquier otro lugar.
Lejos de su perfume, lejos de sus ojos de gata y, sobre todo, lejos de su perfecta e insoportable vida familiar.
Había pasado una semana desde que Mario descubrió que el «enemigo» tenía cara, nombre y alianza.
Hacía un calor pegajoso, de esos que te hacen cuestionar tus decisiones vitales, así que abrió la ventana del despacho esperando que la brisa de mediodía hiciera el trabajo que su fuerza de voluntad no lograba: despejarle la cabeza.
Apoyado en el marco, se quedó mirando el aparcamiento como quien mira un horizonte perdido.
Se sentía como un adolescente despechado, arrancando hojas de un calendario que ya no podía pegar.
Se había jurado odiarla por haberlo usado, pero el odio es un sentimiento agotador y, francamente, a Mario no le estaba saliendo nada bien.
La campana de salida desató una estampida de mochilas y hormonas.
El director los observó con envidia. A sus treinta y ocho años, tenía una carrera meteórica y dos premios al mejor profesor en la estantería, pero se sentía como un examen suspendido.
Le faltaba el « pack completo»: la complicidad, el hogar con ruido, alguien con quien compartir el mando de la tele.
Creyó haberlo encontrado y, tras descubrir que ese «alguien» ya tenía el pack con otro, era incapaz de quitarse la sensación de patetismo y estupidez que le acompañaba de forma constante.
Estaba sumido en su propio pozo de autocompasión cuando una voz conocida lo trajo de vuelta a la tierra. O mejor dicho, al aparcamiento.
«Otra vez tú. Maldita sea mi suerte por verte hasta cuando parpadeo», pensó, mientras el corazón le daba un vuelco no autorizado.
Allí estaba ella, acompañando a Amanda.
—Comemos en Le Petit Monde y te llevo a piano —anunció la mujer que perturbaba sus sueños.
—¡Genial! Me muero por unas crepes —exclamó Amanda—. Papá me prometió ir, pero con el viaje de última hora pensé que me quedaría con las ganas.
—Pues no se hable más: ración doble de nata y chocolate.
Las dos rieron y ese sonido golpeó a Mario como una descarga eléctrica. Un cosquilleo traicionero le recorrió la espalda, recordándole que su corazón era un órgano rebelde que no aceptaba órdenes de su cerebro.
Como si fuera un niño que acaba de romper un jarrón, Mario se escondió tras el lateral de la ventana. Sabía que mirar era territorio prohibido, pero era incapaz de apartar la vista. Era igual que tocarse una herida: duele, pero no dejas de hacerlo.
La observó con una mezcla de fascinación y rabia.
Ese día no había rastro de la ejecutiva de hierro.
Ni traje de chaqueta ni moño de «aquí mando yo».
Llevaba unos vaqueros claros y una blusa color coral que le daban un aire relajado y terriblemente atractivo.
Su melena suelta le devolvió el recuerdo de aquella noche en la que él mismo le soltó la coleta, desatando, sin saberlo, una tormenta que ahora lo estaba ahogando.
Se quedó allí, oculto como un espía de pacotilla, hasta que el coche desapareció.
Con el motor se fue la alegría de verla y volvió el remordimiento.
Estaba claro: Mario De la Vega, director de instituto y profesor premiado, no tenía ni un gramo de fuerza de voluntad para sacarla de su corazón. Ni de su cabeza.
Esa que, encabritada por todo lo que el centro de su pecho sentía en contra de lo que la razón dictaba —dos fuerzas tirando de él como caballos en direcciones opuestas—, rememoró una reunión acontecida tres jornadas atrás, cuando el director se presentó formalmente ante los miembros del AMPA y su presidenta...
La que presidió la toma de contacto con impecable eficacia, tratándolo con la calidez de un polo de limón y evitando mirarlo más de lo estrictamente necesario.
—Antes de empezar —anunció ella con su mejor tono de ejecutiva—, quiero agradecer la presencia del nuevo director. Señor De la Vega, gracias por acompañarnos.
Le dedicó una sonrisa de cortesía, de esas que no llegan a los ojos ni por error. Mario se puso en pie, sintiendo una punzada de despecho por su indiferencia.
—Gracias a ustedes —respondió—. Mi objetivo es velar por el bienestar del alumnado.
—Ese es el objetivo común —admitió Karina—. Coordinación y transparencia. Empecemos.
El sector crítico no tardó en asomar la patita. O mejor dicho, el tacón de diseño.
—¿Y la nueva directiva ha valorado las quejas de la cafetería? —soltó Nuria García.
Karina apretó el bolígrafo hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
«Ya está Barbie Hialurónica tocándome lo que no debe», pensó con veneno.
Nuria no se limitó a preguntar. Se recolocó un mechón de su melena impecable y le dedicó a Mario una mirada que era puro almíbar, ladeando la cabeza para que la luz del techo resaltara sus pómulos estratégicamente rellenos.
Le estaba haciendo ojitos al director de una forma tan descarada que Karina sintió una punzada de algo que se negaba a llamar «celos».
—Discúlpeme, no tengo constancia de eso —admitió Mario, algo abrumado por el despliegue de pestañas de Nuria.
La Barbie meneó la cabeza con un suspiro dramático, buscando la complicidad del director con una sonrisita de «nosotros nos entendemos».
—Kari, querida... —dijo con esa falsa dulzura que escuece—, eso era prioritario.
Pensé que lo habías gestionado tú, pero claro, con tanto trabajo...
—Nuria volvió a mirar a Mario, bajando la voz a un tono sugerente—.
No se lo tenga en cuenta, director. A veces a nuestra presidenta se le escapan los detalles.
Karina tensó la mandíbula. Estaba a una estupidez más de saltar sobre la mesa o responder algo fuera de lugar; no obstante, Mario se adelantó tomando la palabra, cortando el flirteo de Nuria de raíz y cubriendo a Karina.
—Reitero mis disculpas, el error ha sido mío. He tenido una semana caótica. Si me explican el problema, me pongo con ello ahora mismo.
Karina lo miró de verdad por primera vez en la tarde.
La había protegido. Había dejado a la Barbie con la sonrisa de plástico congelada y el ligoteo a medias.
Por un segundo, sus miradas se engancharon en un pulso invisible.
Karina sintió que todo su cuerpo vibraba.
Temía que él rompiera la farsa, que la llamara por su nombre como hizo aquella noche, pero esa vez delatándola frente a todas aquellas madres.
Sin embargo, aquello no ocurrió, y la reunión que se le había hecho agónicamente larga, tocó a su fin.
—Si les parece, votamos el presupuesto y terminamos —concluyó, cerrando la carpeta con un gesto seco.
Necesitaba salir de allí. Necesitaba estar lejos de Mario y, sobre todo, lejos de la cara de envidia de la Barbie Hialurónica, que seguía mirando al director como si fuera el último trozo de tarta del bufet.
El estridente sonido del teléfono móvil sacó a Mario de su trance, obligándolo a aterrizar de golpe en su despacho y en la montaña de papeles que, a diferencia de sus sentimientos, no se gestionaban solos.
Media hora después, el marcador iba: Trabajo 0 - Obsesión 1.
La impulsividad, esa que ya le había arruinado la vida una vez, le obligó a hacer algo que rozaba lo temerario. Cogió el teléfono y marcó el número de aquel pequeño restaurante francés, un refugio de manteles de cuadros en mitad de Monteolivos.
—Buenos días, ¿todavía tienen la cocina abierta? —preguntó, intentando no sonar como un hombre al borde del colapso.
—Si no tarda mucho, le hacemos un hueco. ¿Para cuántos?
—Para uno. A nombre de Mario.
Colgó y agarró su chaqueta como si le fuera la vida en ello.
No tenía un plan. No sabía qué diría si la veía ni cómo explicaría qué hacía un director de instituto almorzando solo en el mismo sitio que ella.
Pero la necesidad de verla, de confirmar que era real y no un fantasma de su memoria, pesaba más que su orgullo y mucho más que el sentido común.
Llegó a las inmediaciones de Le Petit Monde con el corazón en la garganta. Apenas había logrado encajar el coche en un hueco cuando, por el retrovisor, la vio.
—Mierda, se marchan ya... —se lamentó, hundiéndose en el asiento como si eso fuera a hacerlo invisible.
Abrió la puerta un milímetro, lo justo para dejar entrar el audio de la escena, y agudizó el oído con la intensidad de un espía de serie B.
—Amanda, te llevo a casa, te metes en la cama y apagamos el mundo, ¿sí?
—Pero tengo clase de piano en una hora —protestó la adolescente.
—Amanda, tienes dieciséis años, deja la responsabilidad extrema para cuando tengas hipoteca, por favor...
—Pero...
—Pero nada. Te acuestas y punto. ¿O quieres acabar con otra jaqueca como la de la semana pasada?
La joven claudicó con un gesto derrotado y ambas subieron al coche, ajenas por completo al hombre que, a escasos metros, las observaba con una mezcla de envidia y vergüenza.
En cuanto el ruido del motor sonó lejano, Mario, en el silencio de su vehículo, se regañó.
«¡Imbécil!», frustrado, golpeó el volante con la palma de la mano. «Pareces un acosador de película mala. Se acabó. La olvidas hoy mismo. Tiene una hija que la necesita, un marido que la espera y una vida en la que tú no eres ni un figurante».
Arrancó el coche con un movimiento brusco. El hambre se había evaporado, sustituida por un nudo de realidad que no había crepe en el mundo capaz de deshacer.