Capítulo 1 #2
«¡Ostras, cómo besa el director!», fue lo primero que formuló su cerebro, flotando en una nube de endorfinas.
Pero la nube se evaporó antes de que pudiera acomodarse.
«¡Espera, espera! ¡Que soy una señora casada!
¡Javier! ¡Las tostadas! ¡La hipoteca! ¡Karina Herrera, detén esta debacle ahora mismo o te quitan el carnet de esposa del mes y te lo cambian por adúltera confesa! ».
Con la imaginaria mirada reprobatoria de su marido, pasó de la entrega total a la defensa personal en tiempo récord. No hubo dudas ni enredos; fue una reacción química. Sus brazos se dispararon hacia adelante como si Mario fuera un cable de alta tensión.
—¿Quién te has creído que eres para propasarte así? —siseó, recuperándose del momento—. ¿De verdad piensas que una noche de locura me marcó tanto como para lanzarme a tus brazos en cuanto te vuelvo a ver?
Mario se quedó de piedra. Sus hombros se tensaron y el ceño se le contrajo en un gesto de absoluta confusión.
La mujer que tenía delante, con su moño pulcro sin un solo pelo fuera de sitio y ese maquillaje de ejecutiva que realzaba sus iris felinos, no se parecía en nada a la que él recordaba.
Ni en la mirada, ni en la energía ni en la forma de desafiarlo.
Retrocedió hasta que el escritorio se convirtió en una frontera de seguridad entre ambos.
—Perdone... no debí... —Se rascó la nuca, buscando unas palabras que se habían ido de vacaciones.
Deseando que la tierra se tragara a uno de los dos (o a ambos), Mario agarró un documento de la mesa. Evitó mirarla a los ojos y señaló el papel con el bolígrafo como si fuera un escudo.
—Necesito su firma aquí. Es el informe final del campamento. Como madre responsable, si no firma ahora, el instituto no podrá participar en futuras ediciones. Es... urgente. Debemos enviarlo hoy o nos quedaremos sin plazas para Navidad.
La realidad es que el plazo no expiraba precisamente «hoy», pero Mario, sintiéndose como un adolescente que acaba de meter la pata hasta el fondo, necesitaba una excusa para justificar por qué la había hecho ir con tanta urgencia.
La verdad era que se moría por verla, pero estaba claro que el sentimiento no era mutuo.
Karina, aunque el corazón le iba a mil por hora y le faltaba el oxígeno, recuperó su fachada de «mujer que lo controla todo» con la misma eficacia con la que cerraba tratos en la oficina.
Agarró el bolígrafo, firmó con un trazo tan rápido que casi perfora el papel y, tras un escueto y gélido «buenos días», salió de allí a velocidad de crucero.
Sus tacones repicaban en el pasillo con la urgencia de quien acaba de soltar un gas en un ascensor lleno de gente.
No era una huida, era una evacuación de emergencia en toda regla.
Mientras ponía pies en polvorosa, sin siquiera despedirse de la pobre Carmen, su cerebro no paraba de aplaudirle irónicamente: «¡Bravo, Karina!
Un diez en gestión de crisis. Mañana, si eso, le pides matrimonio al conserje para completar el cuadro de locura transitoria.
Una vez es un error, dos es una suscripción Premium al desastre con derecho a humillación pública».
Dobló la esquina del pasillo sin mirar atrás, rezando para que el asfalto del aparcamiento se la tragara antes de que alguien notara que llevaba la cara del color de un camión de bomberos.
Mario se quedó petrificado, con la mirada clavada en la puerta que Karina acababa de cerrar de un portazo invisible pero rotundo.
El silencio que quedó en el despacho era denso, casi pesado.
Fue entonces cuando la imagen volvió a su mente en alta definición: el destello frío sobre el dedo anular de Karina mientras ella sujetaba la carpeta.
Un anillo. Estaba casada.
«Eres un imbécil de manual», se fustigó, dejándose caer en la silla de su escritorio.
«Has renunciado a una plaza fija, a un apartamento con luz envidiable y a tus amigos por un impulso adolescente.
Te has creído el protagonista de una novela romántica y la realidad es que acabas de estrellarte contra un muro de compromiso e indiferencia.
¡Genial, lumbrera! Has venido a jugar una partida en la que ella ni siquiera te ha dado cartas».
Pero el daño ya estaba hecho. No había billete de vuelta.
Tenía por delante, como mínimo, todo un curso escolar en el que tendría que cruzarse con esa mujer de doble personalidad que lo hacía sentir como el hombre más patético del planeta.
Frustrado, se pasó los dedos por los labios.
El fantasma de su perfume todavía flotaba en el despacho, recordándole momentos que, según parecía, no volverían a repetirse.
Ya en el coche, Karina se aferró al volante como si fuera lo único que evitaba que saliera volando. El motor rugía, pero el ruido en su cabeza era mucho peor.
«¿Y si lo descubre Javier?».
La pregunta le martilleaba las sienes con la sutileza de una taladradora.
«A ver, Karina, respira. Ha sido un beso, no un golpe de Estado...
, aunque con la intensidad que le ha puesto el director, casi podríamos haber declarado una república».
Se miró en el retrovisor, estudiando su cara de culpabilidad en alta definición.
«¿Cómo voy a estar en la misma sala que ese hombre sin delatarme?
¡Ay, Dios! Como Javier sospeche algo, no solo me pide el divorcio, me quita hasta la custodia de la cafetera por adúltera y mala mujer».
Apoyó la cara sobre las manos, respiró unos instantes y se puso en marcha.
Ya gestionaría la crisis en su debido momento.