…también puede besar con la mirada Capítulo 1
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Capítulo 1

K arina castigaba el suelo del instituto con sus tacones de aguja mientras maldecía internamente a todo el árbol genealógico del nuevo director.

«Si el curso va a ser así, de exigencia en exigencia, le regalo el puesto a Barbie Hialurónica, pero este señor no me lía ni una más como la de hoy, como que me llamo Karina Herrera», se juró a sí misma.

Para ella, Nuria García no era solo una madre del consejo; era un recordatorio constante de que, si bajaba la guardia un segundo, la otra le arrebataría la presidencia del AMPA con una sonrisa perfecta y un exceso de relleno en los pómulos.

Pero antes de entregarle el mando a la Barbie y dejar que convirtiese el instituto, donde su hija Amanda estudiaba, en una competición de modelos adolescentes, Karina preferiría auditar la satisfacción del cliente en una convención de cactus.

Llegó al mostrador de secretaría con el aura de un miura entrando en la plaza.

Carmen, la administrativa, levantó la vista de los expedientes y puso una mueca de «no me mates, solo soy la mensajera».

Eran amigas de toda la vida, de esas que compartían confidencias y cafés fuera de las paredes del instituto, y Carmen sabía que ese día Karina venía con el fusible a punto de fundirse.

—Lo siento; de verdad, Kari. Sé que te he sacado del trabajo en el peor momento —se disculpó en un susurro—, pero es que el nuevo director es un cuadriculado. Dice que todo, absolutamente todo, tiene que ir en «fecha y forma».

—¿En fecha y forma? —estalló Karina, apoyando las manos en el mostrador—. ¿Pero quién se cree que es? ¿El ministro de Educación? El señor Talavera jamás me hubiera hecho esta faena.

Carmen soltó una risita cómplice y se inclinó hacia ella, con esa chispa de cotilleo que compartían en los vinitos femeninos de fin de semana.

—Bueno, mujer, no te pongas así. Si lo miras por el lado bueno, «la forma» del nuevo director es, posiblemente, lo mejor que le ha pasado a este instituto desde que quitaron el amianto.

Te lo digo yo, que lo he visto de cerca: el hombre tiene unos fondos que ni el Banco de España. Está para ponerle un piso, Kari.

Karina, que estaba ocupada buscando un bolígrafo en su bolso como si buscara una granada de mano, ni siquiera le prestó atención.

—Por lo menos dime que no está ocupado y que no me va a hacer esperar.

—No, ve y firma, pero, chica, rebaja el cabreo y no conviertas el despacho en zona de guerra, que te conozco.

Karina respiró, devolviéndole una suerte de sonrisa amable a su amiga.

—Voy a terminar con esto y a ver si mañana a estas horas te digo que soy oficialmente la nueva directora regional.

—Eso seguro, y lo celebraremos con un buen vino. Pero invitas tú, que el sueldo aquí no da para más que un Don Simón de brik, de esos con los que nos hacíamos calimocho.

Por fin, Karina rio de verdad y, tras darle un beso en la mejilla a Carmen, enfiló el pasillo hasta la puerta de dirección.

Frente al despacho, se alisó la chaqueta negra.

Era su americana de la suerte, la que había elegido esa mañana para comerse el mundo —o al menos para liderar la reunión más importante de su carrera—.

Y allí estaba ella, habiendo abandonado el barco en pleno éxito para ir a firmar, ¡a firmar!

, un dichoso papel que, por lo visto, no podía esperar a que ella fuera directora regional.

«¡Esto me pasa por delegar! Como mañana no firme el ascenso, me hago el harakiri con el puñetero bolígrafo», pensó, mientras su pulso intentaba volver a la normalidad. Se pasó las dos manos por el estirado pelo, comprobando que el moño seguía en su sitio.

Con la palma en el picaporte y respirando hondo para no aniquilar al impaciente señor que se tomaba su puesto como si fuera el mismísimo Rey Sol, no pudo evitar recordar el momento tierra trágame de hacía apenas una hora...

***

En la sala de juntas de Service Benchmark Group, el ambiente se cortaba con cuchillo. A la tercera vibración del móvil, Gabriel Guevara, el CEO de Evoria, dejó de mirar las gráficas de satisfacción para dedicarle una sonrisa de esas que desarman.

—Disculpe, señora Herrera, parece que la están llamando.

A Karina le subió un calor por el cuello que ni el aire acondicionado a tope podía frenar.

Después de años a medio gas para cuidar de su hija, por fin estaba de vuelta al cien por cien.

Aquella auditoría para Evoria era su billete de oro: el ascenso, el equipo grande, el despacho con vistas. Se lo jugaba todo.

El teléfono volvió a vibrar, martilleándole el estómago.

—Discúlpeme. Debí tenerlo en silencio, pero mi marido está fuera, hoy es el primer día de clase de mi hija y...

—Esté tranquila —la cortó Gabriel con naturalidad amable—. También soy padre. Por lo que a mí respecta, es usted la nueva responsable de auditar Evoria España. Salga y responda.

Karina buscó con la mirada a su jefe, Valentín Sanchís. El pobre hombre, que había arriesgado el pellejo apostando por ella, pasó de una mueca de pánico a un gesto de alivio que parecía decir: «No la fastidies ahora».

—Muchísimas gracias. Será solo un momento —prometió ella.

Pero el «momento» acabó en un desahucio profesional exprés:

—Discúlpenme, tengo que ir al instituto por un trámite burocrático urgente. Mañana tendrá la propuesta en su bandeja, se lo prometo.

—No tengo la menor duda —respondió Guevara con una elegancia que la hizo sentirse más culpable—. Su talento nos va a hacer brillar.

***

Y así, con la promesa de una celebración en familia y el ascenso casi en el bolsillo, Karina dio dos toques secos con los nudillos en la puerta del director.

Puso su mejor sonrisa de presidenta del AMPA, aunque por dentro solo quería terminar el papeleo y volver a su realidad de ejecutiva brillante.

—Pase. —Resonó una voz grave desde el otro lado.

Karina entró pisando fuerte, con el discurso de «presidenta responsable» ensayado, pero se frenó en seco. El hombre que la recibía estaba de espaldas, mirando por el ventanal.

«¡Madre mía!», fue lo primero que registró su cerebro.

Aquella espalda no tenía nada que ver con la del señor Talavera, el antiguo director, que básicamente era un hombre con forma de pera y jerséis de rombos.

Este, al que escaneaba con poco disimulo, era joven, de hombros anchos y una planta que no encajaba con el mobiliario de oficina de los años ochenta.

Karina tragó saliva. Estaba casada, sí, pero una tiene ojos y no se los puede arrancar por decreto ley.

Aquello era, objetivamente, un monumento.

Se obligó a reaccionar. No era el momento de evaluar la genética del personal docente.

—Buenos días. Soy Karina Herrera, madre de Amanda Pedraza y presidenta del AMPA —soltó con su mejor tono profesional—. Disculpe mi descuido con las actas del campamento. Le prometo que este tipo de errores no es propio de mí.

«No, desde luego que no», añadió para sus adentros, visualizando la cara de la verdadera responsable de aquel caos burocrático.

Mientras terminaba de presentarse, el nuevo director se giró.

Sus ojos, oscuros como el carbón, la escanearon con una intensidad que, si Karina fuese de apostar, arriesgaría que repleta de lujuria.

Rodeó la mesa con caminar tranquilo hasta quedarse a apenas a dos pasos de ella.

Karina, en lugar de retroceder, sostuvo la mirada.

—Karina —dijo él, ladeando una sonrisa juguetona que le dio un vuelco al estómago—. ¿De verdad vamos a tratarnos de usted?

La cercanía de su voz la intimidó. Irradiaba una familiaridad que, dada la situación, estaba totalmente fuera de lugar.

Instintivamente se puso tensa, de la misma forma que te tensas cuando te da un calambre en medio de una clase de yoga y tienes que fingir que ese gesto de dolor es, en realidad, concentración espiritual.

—Creo que es lo correcto. No nos conocemos —consiguió decir.

Pero, al terminar la frase, algo hizo clic en su cabeza.

Pese a las gafas, a la barba y al pelo algo más largo, el magnetismo que aquel hombre desprendía la teletransportó de golpe a un momento que había jurado enterrar bajo llave; un recuerdo borroso donde sus sentidos, un tanto embriagados, la habían traicionado.

«No puede ser. Si el karma quería cobrarme todas las veces que he aparcado en doble fila, se ha pasado de creativo. Esto no me está pasando a mí», lloriqueó su subconsciente.

Él, al ver la rigidez de Karina, pareció convencerse de que ella estaba siguiendo algún tipo de juego. Igual que la última vez que se vieron.

Decidido a dejarse llevar por aquel picante encuentro, estiró la mano hacia ella, invitándola a estrecharla. En su mirada se leía que recordaba perfectamente a la mujer audaz que lo había arrastrado a una locura —o dos— nada propia de su carácter serio.

Sin dejar de mirarla a los ojos, se presentó con una ironía que a Karina le dolió en el orgullo:

—De acuerdo, señora Herrera. En ese caso, será mejor que me presente como es debido. Mario De la Vega, un placer conocerla.

El nombre «Mario De la Vega» impactó en el cerebro de Karina como un disparo.

Ya no había dudas: era él. No era una alucinación producto del estrés laboral; era el mismo hombre con el que había compartido risas, pasión desmedida y una ofensa a la moral que no debía salir a la luz... y mucho menos repetirse.

Karina levantó la mano con la rigidez de un robot, entrelazándola en un apretón sin fuerza.

El simple roce ya le parecía un pecado mortal.

No esperaba que Mario, en lugar de soltarla, posara sus labios sobre sus nudillos.

El desconcierto fue tal que se quedó congelada, permitiendo que el brazo libre del director la rodeara por la cintura y reclamara su boca con una impaciencia feroz.

El beso fue un estallido, un choque de trenes que le nubló el juicio durante tres segundos gloriosos.